Muerte secreta de una joven y bella periodista. Diana Aron.

Morir es la noticia

 

Diana Arón Svigiliski:
Muerte secreta de una joven y bella periodista


por María Eugenia Camus y Wilson Tapia Villalobos(1)

Nombre 
Diana Arón Svigiliski
Lugar y fecha de nacimiento 
Santiago, 15 de febrero de 1950
Especialidad 
Periodista, graduada en la Universidad Católica
Lugar y fecha de muerte 
Detenida desaparecida, arrestada en Santiago, 18 de noviembre de 1974.
Actividades 
Práctica profesional en Canal 13 de TV de la Universidad Católica. Se inició como reportera en la revista juvenil Onda, de Editorial Quimantú. Integró el equipo de redacción de El Rebelde, vocero del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) y fue militante de esa organización.
Situación judicial (1996) 
Corte de Apelaciones sobreseyó temporalmente el 19/5/1976 la causa radicada en el Octavo Juzgado del Crimen de Santiago, Rol 11844.

Un último encuentro

Casi con timidez, el sol anunciador de la primavera que llegaría en pocos días intentaba colarse entre los edificios. La gente caminaba con prisa en medio del escenario gris del centro de Santiago de fines del ’73.En pocos minutos, las aceras se transformarían en un enjambre.

Yo avanzaba por una expedita calle Agustinas. Ese día tenía varías entregas que hacer a los pocos amigos que aún no habían sido despedidos. Estaba en el difícil proceso de acostumbrarme a mi recién estrenada condición de vendedor de fiambres. Mi Fíat 600 olía al perfume inconfundible que impregnan el queso y el jamón.

De pronto, una lola cruzó la calle y tuve que frenar violentamente. Cola de caballo, mini-mini escocesa, botas. .. y ni siquiera miró a su salvador. Iba echar puteadas, cuando puse atención y quedé tieso…Estacioné el auto en doble fila y bajé como un autómata.

–¡Diana!

La muchacha se detuvo en seco. Volteó la cabeza y soltó su risa que parecía abarcarnos a todos. Corrió a darme un abrazo. Sí no hubiera sido por su cara alegre, era otra Diana. Parecía una típica muchacha del barrio alto.

–¿Cómo estás?, pregunté alegre, esperanzado.

–Bien, pasando, pasando… No quise ahondar en detalles. Todo era obvio, su vestir, el nuevo aspecto que, en el fondo, le pertenecía pero al que ella había renunciada años antes. Con pena la miré partir. Sonreía con una mezcla de ingenuidad y picardía. Le hice una seña. Respondió con unos dedos largos agitados en el aire. Más bocinazos.

Fue un año rápido 1974. La solidaridad hacía más fácil acostumbrarse fuera del país, pero a veces entregaba noticias dolorosas. Al fin del día, un amigo me dio la noticia en Buenos Aires:

–Hace dos días detuvieron a Diana Arón y no hay noticias de ella, Lo único que se sabe es que cayó herida. Estamos haciendo gestiones para que intervengan a su favor.

Peticiones para salvar su vida viajaban a Chile o ya estaban en el basurero de algún despacho militar. Intentamos contactos con organismos internacionales, en una carrera contra el tiempo. Luego supimos que el tiempo ya había terminado.

Desaparecida sin dejar rastros

Las noticias sobre lo ocurrido a Diana Arón siempre fueron escasas. Pocas gestiones en su favor se conocieron públicamente. Era como si un grueso manto incomprensible hubiera sido lanzado sobre su suerte. Nada se sabía de ella. Pocos testimonios daban cuenta de sus padecimientos. Ninguna declaración de familiares pidiendo por su vida se conoció en aquellos años.

El retorno a la democracia no logró romper el silencio. Parecía que con la joven periodista sus captores hubiesen logrado el objetivo totalitario de borrarla de la historia. Incluso el informe de la Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación fue parco:

“E1 18 de noviembre de 1974 fue detenida en la vía pública, en la comuna de Ñuñoa, la militante del MIR Diana Frida Arón Svigiliski, quien como producto déla detención resultó herida a bala”.

“¡En el mes de diciembre de 1974 fue detenido por la DINA el conviviente de Diana Frida Arón, quien se enteró en Villa Grimaldi que ésta. había pasado por allí y había sido trasladada a la clínica, de la DINA ubicada en calle Santa Lucía. Dichos antecedentes son corroborados por otros recibidos por la Comisión y se han estimado suficientes para llegar a la convicción de que Diana Arón desapareció por la acción de la DINA, en violación de sus derechos humanos”. Ni una palabra más.

Diana Aron

Jamás se vio una foto suya ni peticiones por su vida. Extraño para quien llenaba los ambientes con su sola presencia. La alegría de vivir que irradiaba Diana era contradictoria con el silencio de su desaparición. Muy lejano a su sonrisa, a su rítmica sonoridad, a su calma sin afectaciones. Era una campanita resonando en diapasones positivos.

Cuando llegó a Editorial Quimantú tenía 21 años. Asumió con pasión y profesionalismo el trabajo en la revista juvenil Onda que publicaba la empresa. Entonces, sus compañeros desconocían su militancia en el MIR. Sólo era una joven periodista revolucionaria. Al comienzo, no participaba en las luchas cotidianas para mantener la línea editorial de la revista y evitar el desmembramiento del equipo periodístico, pretensión constante de comunistas y socialistas de Quimantú. Tal ausencia –se sabría después–, respondía a órdenes terminantes de su estructura política. Pero muy pronto se las arregló para hacer sentir que las preocupaciones del equipo la incluían.

Debutando como corista

Y claro, era un miembro que no rehuía obligaciones. En una oportunidad se resolvió mostrar una realidad poco conocida para los lectores. Onda puso en pauta una nota sobre cómo se seleccionaba a coristas del legendario Bim Bam Bum. El cuerpo bien formado de Diana apuró el consenso: sería la pseudo aspirante a vedette.

En el teatro Opera, en Huérfanos, entre Estado y San Antonio, un personaje bajito, de voz atiplada y ademanes ampulosos recibió a las postulantes, más de veinte mujeres que miraban con timidez. Sus vestimentas delataban a la clase media, media baja. Diana no desentonaba con su camuflaje: falda ajustada, maquillaje recargado y tacos altos, el mayor martirio del reportaje.

No es fácil que veinte mujeres se vistan en un camarín de 6m3. Y menos aún cuando el encargado apura segundo a segundo, paseándose entre las mujeres mientras las faldas y blusas resbalaban al suelo. Divertida y urgida, Diana intentaba una pose profesional, pero las prendas proporcionadas no ayudaba.

–Señor, señor –la voz de Diana sonó alarmada– este sostén me queda chico.

Los pequeños ojos del encargado se clavaron en la imponente estructura de Diana:

–Pon un poco de tu parte, mujer, respondió sin querer reconocer lo que estaba a la vista.

Diana hizo otro intento fallido de acomodar la prenda. Insistió e insistió, sólo por sentido profesional. Cuando quedó claro que era imposible, la mirada calibradora y las manos expertas del encargado se unieron a la voz del profesional que se ha visto en peores situaciones.

–A ver, a ver, déjame…

Sin muchos miramientos hizo un añadido en el terreno con algo que parecía un cordel. Con esa precaria vestimenta, la aspirante aprobó la audición. Pero el Bim Bam Bum debió soportar su ausencia. Durante largo tiempo, la experiencia fue tema de risa. Y cada vez que la contaba, no ahorraba detalles.

Para Diana todo era nuevo. Y junto al desafío, descubría su mundo profesional en el equipo periodístico de Onda, integrado por gente muy joven, siempre dispuesta a lanzarse a nuevas experiencias. En el verano de 1972, especialmente caluroso, climática y políticamente, el Festival de Viña era el acontecimiento.

Dos periodistas deberían cubrir el evento: María Eugenia Camus y Diana Arón. Muy práctica. Diana decidió que el viaje a Viña del Mar no requería de gastos de locomoción. Por lo tanto ahorrarían los viáticos. Sus argumentos pesaron en María Eugenia, quien comenzaba su vida de casada con muchas esperanzas y necesidades por cubrir. Al otro día hicieron dedo al final de la Alameda Bernardo 0’Higgins, en la nueva ruta 68. No correspondían a la imagen de dos profesionales iniciando un trabajo reporteril, sino a dos lolas escapando del calor y — en el lenguaje actual– lanzadas al carrete.

No pasó mucho tiempo antes que se detuviera un automóvil conducido por un hombre maduro, moreno, atractivo, de ojos negros y mirada penetrante. Ambas repararon –comentaría después María Eugenia– que este personaje buenmozo era bajito y las dimensiones del vehículo aumentaban la discordancia.

Un encuentro premonitorio

La conversación fue rápida, entretenida. El comedido conductor, además, era inteligente. Llevó la conversación de modo que se enteró quiénes eran sus ocasionales acompañantes. A las dos les pareció ver un destello soñador en sus ojos cuando supo que eran periodistas. Dijo que conocía a alguien de la misma profesión. Al llegar al cruce de Viña donde ellas bajarían y él continuaría viaje a Valparaíso, con su franqueza característica Diana dijo: .

–Bueno, después de dos horas de viaje y tantas confesiones nuestras, lo menos que podría hacer es decirnos quien es usted. No nos gusta el off the record.

Se rió de buena gana y despidiéndose cariñosamente, les dio su nombre: Enrique Paris, asesor del Presidente Salvador Allende. Un año y medio mas tarde, el 11 de septiembre sería detenido en La Moneda y pronto compartiría con Diana la fatídica lista de los detenidos desaparecidos con que el régimen militar sembró Chile. Los restos de Enrique Paris fueron encontrados en 19 9 5 y pudieron ser enterrados por sus deudos En el homenaje previo, María Eugenia quiso contar esta anécdota y recordar que aún se desconoce el destino de su compañera Diana.

Descubriendo a Coco Legrand

Pero les habían pedido una cobertura diferente del Festival del ’72. Además de chismes e historias entre bambalinas, deberían desentrañar hacia dónde se movían las preferencias y si el Festival dejaría alguna huella en la sociedad chilena. La profusión de exponentes de la “Nueva Canción Chilena» hablaba a las claras de lo que ocurría en el país. La sensibilidad social estaba a flor de piel. Las dos periodistas sentían plena identidad con el contenido de las canciones pero estaban conscientes que no siempre los intérpretes eran de calidad. Por ello buscaron otros protagonistas. Y el mejor era un humorista que recién aparecía, Alejandro González, que se enfrentaba al desafío de un público que aún recordaba a Bigote Arrocet.

El humorista les cayó bien. A Diana se le ocurrió grabar entrevistas cortas mientras González actuaba. El primer contacto entre el cómico y el público fue difícil. Pero después los aplausos lo decían todo: se iniciaba el fenómeno que hoy conocemos como Coco Legrand.

Esa fue la noticia diferente que prepararon las periodistas, reconociendo el genio que acompañaba a Coco Legrand. Diana entendía que el buen periodista debía estar en condiciones de recoger retazos de la realidad y transmitirlos sin agregar dramatismo, en lo posible a través de la voz de los protagonistas.

Reportera policial

Su visión también estaba profundamente comprometida con la realidad de esos años. En otra oportunidad Diana y María Eugenia propusieron un reportaje sobre la Policía de Investigaciones, que mostrara la razón por la que un joven podía integrarse a una institución represiva. Y conocer los argumentos esgrimidos por Eduardo Paredes, Director de Investigaciones, y militante socialista de toda la vida.

De entrada, Diana interrogó a Eduardo Paredes:

–¿Qué siente una persona que alguna vez fue de izquierda estando a la cabeza de un organismo donde se interroga a los detenidos con métodos irregulares?

El Jefe de Investigaciones reaccionó tratando de poner en su lugar a la joven reportera. Pero poco a poco, comenzó a mostrar realidades. De la conversación surgió la invitación a presenciar una redada y se estableció una buena relación.

Encuentro con la familia

No fue fácil llegar hasta los familiares cercanos de Diana. Pero el camino quedó expedito cuando se estableció contactó con su hermana Ana María y anunció que en la entrevista también participaría su madre. Perla Svigiliski, de 76 años.

La cita fue en una confortable sala del austero hogar de los padres. Desde la cubierta de vidrio de una mesa, Diana sonríe en diversas poses desde un collage de instantáneas un poco ajadas, quizás por el cariño y el traslado durante 24 años. Luego apareció un anciano que saludó y, con dificultad, se instaló a ver televisión. Elías Arón, de 84 años, padre de Diana, conserva secuelas irreparables de una embolia sufrida en 1975.

Al triunfo de la Unidad Popular, el exitoso empresario periodístico Elías Arón era director de la revista Radiomanía. Abandonó Chile ese mismo año. A su memoria acudieron las historias de su padre sobre los pogroms de la Rusia zarista (1903/ 1906), exterminio de judíos y jóvenes liberales, reeditado a veces contra los semitas en la convulsión del triunfo revolucionario de los soviets.

Para él, la revolución bolchevique tenía sabor a sufrimiento. Estimó que el gobierno de la izquierda en Chile sólo traería nuevos padecimientos . Elías y Perla partieron a Israel en 1970, en un auto-exilio que concluyó en 1987, mucho después que el fantasma del comunismo fue aventado del país que abandonaron.

Ana María y su madre llevaron la conversación sin evadir las dificultades del tema. Perla Svigiliski derrocha fortaleza. Días antes fue operada de cáncer al colon, sin embargo estaba presente. Los recuerdos comenzaron a hilvanarse cuando emergió una niña rulienta, de gran sonrisa, entre un montón de fotografías antiguas.

“A Diana le decíamos «Aliviol», desde chiquita”, contó Ana María, agobiada por los recuerdos. “Cuando alguien estaba apenado o tenía problemas, pedía que trajeran a Diana, que era capaz de hacer más fácil cualquier trance. Por eso se quedó con el mote de “Aliviol”.

Una tolerante familia judía

Nacida el 15 de febrero de 1950, fue una excelente alumna en su colegio de siempre, el Instituto Hebreo, donde una beca para un estudiante sin recursos lleva su nombre. Es el homenaje de sus padres para perpetuar su memoria.

La familia Arón Svigiliski tuvo tres hijos: Ana María, psicóloga; Roberto, médico, y Diana. En el grupo familiar reina un profundo sentido comunitario y un irrenunciable respeto por la libertad individual, muy poco comunes en la clase media chilena típica.

Desde su revista Radiomanía, Elías Arón permanentemente organizó actividades en beneficio de artistas judíos en gira o de personajes de la colonia que carecían de recursos. En el terreno político, el ambiente familiar era más bien conservador y de temor al comunismo.

El respeto por la libertad individual fue puesto a prueba muchas veces. Pero el desafío definitivo vino con el crecimiento de los hijos. Raúl decidió partir a Estados Unidos para alcanzar su especialización. Y allí hizo su vida. Ana María subió la exigencia, porque la familia, sin ser religiosa observante, tuvo siempre un sentido muy judío, pero ella se enamoró de un no judío. Nadie desafió esa decisión. Por eso, cuando Diana comenzó a participar en los trabajos voluntarios siendo estudiante de periodismo en la Universidad Católica, la familia no se extrañó, ni hizo de su compromiso político un punto de quiebre para la convivencia. Las relaciones con sus padres conservaron la calidez de los tiempos en que todos vivían juntos en la casona de Ricardo Lyon.

En la Guerra de los seis días

El respeto a las decisiones de Diana tenía también que ver con su historia. A los 17 años, creyó que debía luchar en la tercera guerra árabe israelí, conocida como la de los seis días. No fue aceptada entre los voluntarios del Instituto Hebreo porque tenía menos de 18 años. Sin embargo, decidió partir sola, aunque llegó a Israel cuando la guerra había concluido.

Su unión con la izquierda revolucionaria fue obro paso que no melló los lazos familiares. Tampoco se trizaron cuando irrumpió la brutalidad militar. El 5 de septiembre de 1973, Diana desgranaba explicaciones epistolares por su silencio, para tranquilizar a sus “queridos viejitos”:

“Me imagino que estarían preocupados sin saber nada de mí, por lo que creo valió la pena el tiempo perdido al lado de los teléfonos. Pero de nuevo les repito que no se preocupen por mí, ya que soy lo suficientemente responsable como para no arriesgarme innecesariamente, de modo que entiendo cuándo me tengo que quedar tranquilamente en mi casa y no salir a buscar aventuras».

Más adelante, Diana intentaba mantener los velos de la clandestinidad: “Tú me preguntaste, Mami, donde me podías escribir. En realidad, no sé todavía, porque en mí casa es difícil que lleguen las cartas, ya que nosotros no estamos en gran parte del día. Por el momento, me las arreglo con la Anita. Cuando tenga trabajo les mando mi nueva dirección, ¿ya?”

Pero mantener la clandestinidad con la familia no era fácil. Preocupada, a fines de 1975, Ana María quiso saber de su hermana. Recordó que hizo los contactos para que Diana arrendara la casa en que, suponía, vivía en esos días. Siguió esa pista y una tarde llegó con su pequeña hija.

–“La reacción de Diana me pareció desproporcionada en aquel momento”, recordó Ana María. “Me dijo que era una irresponsable por ir a visitarla y, más aún, con mi hija. Con el correr del tiempo comprendí que tenía razón”.

Cuando concluía 1975, Elías y Perla vinieron a Santiago para llevarse a Diana con ellos.

–“La idea era que partiera con nosotros”, resuena con precisión la voz de la madre. “Incluso su pareja nos dijo que la tratáramos de convencer. Pero no hubo caso. Ella me pidió que si queríamos ayudarla, le consiguiera un pasaporte. Me llamó la atención y le respondí que para eso sólo tenía que ir a Identificación a. buscarlo. Respondió que eso era imposible y que si los contactos de su padre no bastaban, no había nada. que hacer. Sólo le pudimos dejar los pasajes y el dinero necesario para que partiera. Y empezamos a esperarla “.

Una joven empecinada

Mientras tanto, la situación de Diana era complicada. No sólo estaba el problema de su militancia. Sin trabajo, clandestina, difícilmente podía subsistir. La esporádica ayuda económica de la familia no bastaba.

Semanas después del golpe, contactos familiares permitieron conseguirle un trabajo de secretaria en la oficina de un abogado. Pero abandonó la oficina jurídica de Juan Carlos Esquep porque los vínculos de su patrón con el gobierno militar eran demasiado evidentes, según contó a su hermana. Pero las precauciones no fueron suficientes.

–“El 18 de noviembre de 1974, Luis, el compañero de Diana, me llamó por teléfono para avisarme que ella no aparecía. Era media tarde y debía haberse puesto en contacto con otros amigos en la mañana. Lucho salió con ella de la casa alrededor de las 11 y ahí se perdían sus pasos. Me avisó que él no regresaría a la casa, y me entregó las llaves. Me pidió que nos viéramos después”. Ana María se esfuerza por recordar detalles.

— “¿Sabes qué hice cuando recibí las llaves? Me fui a… Carabineros, a pedirles que me acompañaran. Le conté al teniente de guardia la detención de Diana y que quería ir a su casa para saber qué había pasado. El me miró de manera rara y luego dijo “Señora, esa gente que detuvo a su hermana es de Inteligencia. Tenemos órdenes perentorias de no intervenir en sus procedimientos. No se acerque a la casa de su hermana”. Cuando meses más tarde pude llegar allí, la casa estaba completamente desvalijada. Todo lo que Diana tenía formó parte del botín de guerra. ¡Por Dios, qué ingenua era yo!

Desde ese momento, las gestiones comenzaron a ser apremiantes. Diana desapareció sin dejar rastros, como ocurría con tantos otros chilenos por esos días. Y Ana María, la única representante de la familia en Chile, buscaba con desesperación.

–“Yo conocía a un muchacho militar que era miembro de un aparato de inteligencia. Le pedí que averiguara. A las pocas horas me dijo que efectivamente Diana estaba detenida y que el cargo era “tráfico de armamento”. Se comprometió a entregarme más información en una semana. Cuando se cumplió el plazo, se excusó y me dijo que no volviera a llamarlo”.

No sería la única pista que se perdería en el silencio cómplice o temeroso. Cuando los padres visitaron Chile después de la detención, se entrevistaron con el juez Abraham Meersohn. Les dijo que había visto un expediente abierto en contra de Diana. Se comprometió a averiguar su paradero, pero cuando Perla le preguntó por el resultado de sus gestiones, la respuesta fue categórica: “¡No me pregunte más!”.

Los amigos “se corren”

Elias Arón comprobó qué era enfrentarse al silencio y al miedo de sus amigos. El general Berdichewski, su compañero de colegio, se comprometió a averiguar sobre Diana. Pero la respuesta fue que no estaba en ninguna lista. Recurrieron al ministro de justicia Miguel Schweitzer, hombre influyente en el entorno militar, padre de un futuro canciller de la dictadura. Cuando Elías comenzó a quejarse en su despacho del silencio oficial y de las negativas sobre la responsabilidad de los militares en la detención de su hija, Schweitzer se levantó del sillón y cerró las cortinas:

–“Bája la voz, por Dios. Estamos en una situación delicada, ten calma”, susurró. No hubo ayuda de su parte. Sólo otro tramo en la larga pendiente de decepciones. Los conocidos se fueron alejando. Y cuando comentó que publicaría un comunicado en los principales diarios del país y del exterior pidiendo información sobre Diana, lo convencieron que no lo hiciera, porque sería perjudicial para ella o para Ana María, que aún vivía en Chile.

Los influyentes amigos periodistas también se excusaron. José María Navasal respondió con evasivas. Igualmente, María Eugenia Oyarzún, requerida por Ana María para obtener noticias sobre Diana.

“Fueron días difíciles”, recordó Ana María. “Uno no sabía a quién acercarse. Una de las primeras instancias a que recurrí fue el Gran Rabino Kreiman. Le expuse el caso. Me escuchó. Tomó el teléfono y se comunicó con el coronel Manuel Contreras. En ese momento yo no sabía su importancia, pero evidentemente Kreiman sí. Ese era su nivel de contactos. Pidió información sobre Diana. La conversación fue corta. Después me informó que Contreras le había dicho: “Otra niñita que se arranca con el pololo y nos echa la culpa a nosotros*. Ahí terminó mi contacto con Kreiman “.

–“Sí, pero después nosotros insistimos con él”, aseguró la madre. “Y nos contestó una carta estúpida diciendo que no podía inmiscuirse”.

Las gestiones continuaron. Roberto Arón logró que Henry Kissinger, entonces Secretario de Estado de los Estados Unidos, enviara una carta a la Junta Militar chilena. Nunca hubo respuesta oficial.

–“Yo le escribí una carta, personal al general Pinochet”. La mirada de Perla se hace penetrante y sus palabras suenan a dolorosos latigazos. “Creía que lograría conmoverlo para que nos dijeran realmente qué había ocurrido. Viejo infeliz, nunca supe de él”.

Con el tiempo el silencio se fue haciendo más espeso. En los niveles militares la respuesta era que Diana habría salido clandestinamente del país: por eso su familia no sabía.

–“Una llegaba a dudar”–cuenta Ana María–, pero yo sabía que Diana se habría puesto en contacto con mis padres de cualquier forma, para evitarles la preocupación. Y eso me impulsaba a seguir buscando. Hice todas las antesalas y fui a todas las reuniones posibles. Fui a la oficina en que se informaba, de los presos, fui a la Vicaría de la Solidaridad. La abogada Gloría Torres patrocinó el juicio que abrí por la desaparición de Diana “.

Las circunstancias que rodearon su detención siguen hasta hoy en el misterio. La versión más creíble es que la detuvieron herida y murió después de ser interrogada. Sin embargo, su madre fue informada que habría fallecido de un paro cardíaco, provocado por un shock eléctrico. No estaba herida de bala, según la versión del Dr. Baytelman, quien la habría recibido inconsciente en el Hospital Militar el mismo día de su aprehensión.

Acatamiento de la dura realidad

Las dudas atraviesan todos los intentos de buscar la verdad. Ya pasó el tiempo en que todo pudo ser sólo una larga pesadilla. Con agotamiento, Ana María reconoce que asumió la situación hace relativamente poco tiempo.

“Cuando se te muere alguien, tú paras, dejas de trabajar, recibes a la gente que te conoce y te va a ver. Como en nuestro caso nada de eso ocurrió, yo no asumía. Seguía pensando en que algo ocurriría y que Diana aparecería y liaríamos todo lo posible por devolverla a la normalidad. Cuando me tocó declarar en la Comisión Rettig, asumí la realidad. Eso se juntó con que en la misma tarde, por razones profesionales  tuve que hablar con la señora Leonor de Aylwin. Ahí como que cerré el capítulo. Poder hablar oficialmente de mi dolor, de mi pérdida, eso me sirvió”.

La familia hizo lo que pudo

Con Perla es difícil conocer el resumen. Tiene la imagen de una mujer sólida, fuerte. Jamás dio a conocer su pesar abiertamente. Confiesa que nunca lloró en público. Hasta que un día, después de tanto. silencios, excusas, evasivas, llegó a convencerse que su hija había muerto. Ya no fue necesario mantenerle pieza lista, las mudas de ropa.

–“Me encerré y lloré todo lo que tenía que llorar. Es cierto que nuestro labor en favor de Diana no fue pública. Pero hicimos lo que pudimos y en los niveles que sabíamos tenían la respuesta. Esto ha sido doloroso También hay un padre que no pude resistir las tensiones y las negativas”.

Mientras Perla habla, busca fotografías, cartas y otros recuerdos de su hija menor. Sus palabras constituyen también una respuesta final a la sensación de abandono y de ausencia de gestiones que existió entre los amigos de Diana, ignorantes de los esfuerzos de su familia por salvar su vida y conocer su paradero.

–“Yo no quería estar en esta entrevista y así se lo dije a Ana María. Pero ya ves tú, aquí estoy. Y me ha hecho bien”, concluyó Perla.


María Eugenia Camus, periodista, trabajó en Análisis y Apsi, colabora en La. Época y se desempeña en relaciones públicas de la Compañía de Teléfonos de Chile, CTC. Trabajó con Diana Arón en la revista Onda.

Wilson Tapia, periodista y profesor universitario, fue director de Onda, editada por Quimantú. en la época en que Diana Aron comenzó a ejercer el periodismo.


Editado electrónicamente por el Equipo Nizkor- Derechos Human Rights el 09nov01

La crónica que Diana Arón no pudo escribir

Lucía Sepúlveda Ruiz
Rebelión

 

Por el secuestro de la periodista Diana Arón, el ministro Alejandro Solís condenó en mayo de 2004 a quince años de prisión al ex jefe de la DINA, General (R) Manuel Contreras y al coronel (R) Miguel Krassnoff. El brigadier (R) Pedro Espinoza, el coronel (R) Marcelo Morén Brito, y el agente y torturador Osvaldo Romo fueron condenados a diez años de cárcel por el mismo delito, que tuvo lugar hace 30 años, el 18 de noviembre de 1974.

En la clandestinidad, Diana Aron cumplía tareas de propaganda e informaciones en la Resistencia a la dictadura. Para que no escribiera más, para que no luchara y no pudiera tener el hijo que esperaba, – ya que tenía un embarazo de meses para la detención– , la profesional mirista fue detenida y baleada por la espalda mientras caminaba por la avenida Oss.

En el Centro de tortura de Villa Grimaldi, el Brigadier de Ejército (R) Miguel Krasnoff (condenado a 10 años) reconoció ante la pareja de Diana, Luis Muñoz Eyraud, detenido pocos días después, haberle disparado por la espalda a “Alba”, nombre de guerra de la periodista. Hay versiones disímiles sobre el lugar donde fue atendida: la Clínica Santa Lucía o e el Hospital Militar, pero los testigos coinciden en que estuvo en Villa Grimaldi, recinto de tortura que estaba a cargo de Morén Brito en ese año.

En Canal 13 y Quimantú

Nacida el 15 de febrero de 1950, Diana estudió la enseñanza secundaria en el Instituto Hebreo, y se había graduado en la Universidad Católica. Hizo su práctica profesional en el noticiero central de Canal 13 de televisión, junto a Claudio Sánchez y Hernán Olguín, y luego trabajó en la revista juvenil “Onda”, de la desaparecida editorial estatal Quimantú. Colegas de la época destacan su capacidad y oficio como reportera y redactora. Como muchos colegas de su generación, Diana se comprometió políticamente, ingresando al MIR, y antes del 11 de septiembre, recopilaba informaciones sobre los sectores golpistas. Después del golpe militar, su opción fue quedarse en el país para impulsar la resistencia a la dictadura. La estructura de informaciones, a la que perteneció, trabajó estrechamente ligada al Secretario General del MIR, Miguel Enríquez, que cayó en combate el 5 de octubre, el mismo año del secuestro de Diana.

Los padres de la joven periodista, de ideas conservadoras, habían emigrado a Israel durante el gobierno de la Unidad Popular, y en 1974, ella vivía en Santiago con su pareja. Enterados del secuestro, los padres regresaron para buscarla a partir de sus contactos con sectores uniformados y de derecha, sin resultado alguno. Su hermana Ana María, hoy destacada académica de la Universidad Católica, realizó también la interminable búsqueda. En el Colegio Hebreo, la familia estableció como homenaje a Diana, una beca con su nombre, para un estudiante sin recursos.

Los careos 

En diciembre del año 2002, Luis Muñoz, viajó desde Inglaterra –donde había formado parte del llamado “Piquete de Londres” durante la detención de Pinochet – a carearse con Krassnoff en el Octavo Juzgado del Crimen, en Santiago. El oficial responsable de la represión al MIR, a través de la Brigada Aguila y los grupos Halcón y Tucán, intentó entonces desconocer su rol de torturador en jefe. Pero su responsabilidad fue acreditada a través de estremecedores careos con decenas de sobrevivientes de Villa Grimaldi que dieron testimonio ante la jueza. Diana había sido reconocida en la calle por “Carola”, María Ali.

Larga espera de justicia 

Aunque la última etapa del proceso correspondió al Ministro Alejandro Solis, la investigación fue reactivada el 2001 por la Jueza especial María Inés Collins, del 8° Juzgado del Crimen, como parte de las medidas adoptadas conn posterioridad a la Mesa de Diálogo. La intención era investigar y/o acelerar los procesos judiciales relacionados con casos de detenidos desaparecidos. La causa había sido sobreseída el año 76. El juez Solís se hizo cargo del “cuaderno Grimaldi” traspasado en enero de 2003 por el Juez Guzmán, acelerando desde entonces las investigaciones relacionadas con esas causas. El secuestro de Diana también figuró en la querella interpuesta ante el juez Guzmán por el Colegio de Periodistas.

La primera victoria de Diana tuvo lugar en mayo de 2002, cuando en dictamen unánime, la Corte de Apelaciones de Santiago, rechazó los recursos interpuestos en favor del ex Jefe de la DINA, Manuel Contreras, y del Brigadier de Ejército (R) Miguel Krasnoff, procesados por la jueza Collins por el secuestro, tortura y desaparición de Diana Arón. El citado dictamen mantuvo la detención de Krassnoff y Manuel Contreras en el Comando de Telecomunicaciones del Ejército.

También por Miguel Angel 

Este es el segundo fallo en contra de Contreras dictado este año por el Ministro Solis. El primero fue por el secuestro del sastre mirista Miguel Angel Sandoval Rodríguez (7 de enero de 1975). Gran parte de la carrera delictiva profesional del General Contreras y la DINA estuvo dedicada en 1974 y 75 a lograr la desarticulación del MIR, según reconoce el Informe de la Comisión de Verdad y Reconciliación. Resulta curioso que 30 años después, cuando el MIR de entonces no existe como tal, que Contreras acuse al juez que lo condena de ser mirista y actuar por odio. El ex jefe de la DINA defendió su actuación en la época, demostrando que sigue considerando legítimo el terrorismo de Estado que imperó en tiempos de la dictadura.

Allá lejos, en la localidad de Brill, al oeste de Londres, como parte del proyecto internacional de Derechos Humanos “Eco Memoria”, crece un roble chileno plantado en memoria de Diana Arón por Luis Muñoz Eyraud, ex detenido sobreviviente, el padre del hijo que Diana llevaba en su vientre cuando fue secuestrada.

Lucía Sepúlveda Ruiz.

Periodista

http://www.rebelion.org/hemeroteca/chile/040519ls.htm

Nota. Luis Muñoz dio a su hija el nombre de Diana, nacida de su relación con Eugenia Yulis.

 

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