Memorias silenciadas por el terrorismo de Estado.

Detención y torturas en Base Aérea Cerro Moreno y Grupo de Instrucción de Carabineros de Antofagasta

Por Camila Toro Aguirre -agosto 4, 20190 Share

En la penumbra del silencio, aguardan historias de vida cuyos destinos fueron truncados por la profunda huella que marcó la violación sistemática de los derechos humanos en Chile, donde torturas, homicidios, exilios y desapariciones forzadas, impusieron un silencio que por miedo o complicidad, censuraron una parte de la memoria histórica del país. A pesar de que muchos de estos relatos permanecen bajo el manto del negacionismo, otros en cambio, ven la luz pública para develar los crímenes perpetrados por agentes del Estado en más de 1.160 recintos públicos y privados. Entre ellos, los infranqueables muros del Grupo de Instrucción de Carabineros y la Base Aérea Cerro Moreno de Antofagasta.

I – SANGRE VERDE: TORTURAS EN NOMBRE DE LA PATRIA

Viejos tablones de madera crujían cuando los firmes pasos de carabineros marchaban al ritmo de un plan siniestro. A lo lejos se escuchaban relinchos y un olor a excremento de caballo daba señales sobre dónde podrían estar. En ese momento, la única certeza era que detrás de esas paredes verdes, la ciudad parecía seguir la rutina con normalidad.

Con los ojos vendados y un bebé de un mes de vida entre sus brazos, una adolescente de 17 años llamada Sandra Gahona, podía palpar el miedo que cada vez se hacía más denso en el ambiente. Ella sabía que era el comienzo de una dolorosa memoria que perduraría hasta el último día de su vida.

La hermana de los extremistas

La acción represiva de la dictadura militar no sólo persiguió a ciudadanas y ciudadanos disidentes, sino que también a las personas sin militancia política, tal como consigna el Informe Rettig de la Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación. Este fue el caso de Sandra Gahona, “la hermana de los extremistas”, como la llamaban sus torturadores.

La historia de Sandra forma parte de la larga lista de mujeres que tras ser secuestradas y torturadas, fueron por sobre todo víctimas de la violencia sexual. Según cifras de la Comisión Valech, en Chile hubo alrededor de 230 mujeres detenidas estando embarazadas, algunas dieron a luz en prisión, otras abortaron a causa de las torturas, y otras quedaron embarazadas producto de las violaciones perpetradas.

Enfrentando violentos contrastes en su vida, Gahona había dado a luz a su hijo en fechas cercanas al día en que su primo, Norton Flores, fue acribillado con ráfagas de ametralladoras la madrugada del 19 de octubre de 1973, en el paso de la Caravana de la Muerte por Antofagasta.

Fue un 5 de diciembre de 1973 cuando Sandra decidió presentarse ante la Fiscalía Militar junto a su hijo de tan sólo un mes de vida. El motivo: la necesidad de apelar para reducir los 50 años de presidio de su hermano mayor, Osvaldo Antivilo, condenado por militar en el Partido Comunista.

Sandra Gahona, “la hermana de los extremistas”.

Esperando durante largas horas con el bebé entre sus brazos, en tan sólo una fracción de segundo, el escenario de la Fiscalía Militar se fue a negro. Una capucha envolvía su rostro y desde ese momento, sólo quedaba suplicar que no le hicieran daño a su hijo.

Horas más tarde, Sandra fue trasladada en un furgón manejado por agentes del Servicio de Inteligencia de Carabineros (SICAR). Una vez que llegaron a su destino, la ubicaron en la pérgola del Grupo de Instrucción mientras designaban su celda.

Grupo de instrucción de Carabineros Antofagasta.

Perdiendo la noción del tiempo, el paso de los días los contabilizaba con rayas en la pared. Cada día implicaba una pesadilla distinta –fueron 45 en total-, y dependiendo de la voz del torturador, Sandra sabía lo que le esperaba. “Podía distinguir entre el que me sacaba para colgarme durante horas; el que me daba golpes con sacos húmedos o el que me llevaba a un cuarto para violarme”.

Años más tarde, logró reconocer al torturador que abusaba sexualmente de ella: el ex carabinero y agente del SICAR, Héctor Obando, quien la sacaba de su celda más de diez veces en el día. Lo que se sabe actualmente de este personaje, es que fue condenado el 2011 por el delito de tenencia ilegal de armas en Puerto Montt.

A pesar del dolor insoportable, Sandra no podía gritar ni sacar la voz. “Les causaba mucha rabia que no me quejara ni gritara. Me insultaban por eso y me torturaban más aún”, comenta con extrañeza y concluye que, “fue un mecanismo de defensa (…). Hasta que conocí la parrilla”, un catre metálico donde le aplicaban electricidad en sus genitales.

Los brutales métodos de tortura no podían cruzar la línea de la muerte, y en esa misión participaban médicos y enfermeros cómplices que prestaban asistencia en los centros de detención. Así fue como llevaron a Sandra a enfermería para frenar múltiples hemorragias internas que le habrían provocado.

Durante la atención médica cargada de violencia psicológica, Sandra se encontró con la sorpresa de ser atendida por un reconocido ginecólogo de Antofagasta, quien actualmente lleva la bandera de lucha por conflictos medioambientales en la ciudad.

Sueños truncados, ideales enterrados

En los años 70, un joven entusiasta llamado Nelson Ormeño, estudiaba Pedagogía en Lengua Castellana en la Universidad del Norte. A sus 24 años, enfrentaba una época universitaria de fervor político, donde organizaciones estudiantiles despertaron por un deseo de cambio y transformación basado en la educación.

“Cuando educas al pueblo comienzan a darse cuenta dónde están las miserias y quiénes las producen”, afirma Ormeño, que al revivir este capítulo de su vida, recordó cómo las injusticias sociales removían sus convicciones, despertando su motivación por ser parte del Frente Estudiantil Revolucionario (FER).

Nelson Ormeño Olivares.

La clave de esta unión entre jóvenes que perseguían los mismos ideales, tenía su esencia en el querer “proyectarse como personas que pudieran realizar un verdadero cambio social”. Pero luego de la dictadura militar, “muchos de estos sueños se murieron, y sus idealistas hasta el día de hoy, están desaparecidos”, lamenta Ormeño.

Nelson estaba terminando de realizar una clase cuando fue detenido en agosto de 1974. A pesar de tener los ojos vendados, él sabía perfectamente dónde estaba. Lograba visualizar a través de la tela a carabineros haciendo guardia en la entrada del recinto; le sorprendía ver lo jóvenes que eran.

Ormeño estuvo detenido en dos ocasiones en el Grupo de Instrucción de Carabineros, y en ambas instancias, enfrentó las torturas del catre metálico donde le aplicaron electricidad en los testículos, lengua y dientes; además de recibir golpes y patadas en todo el cuerpo. “Durante las interrogaciones me desnudaron y humillaron, querían hacerme sentir poca cosa, bajar mi calidad de ser humano”, recuerda Nelson y afirma que los responsables, pertenecían a la Comisión Civil de Carabineros.

José Torres Órdenes

Durante los obscuros días en el Grupo de Instrucción, Nelson reconoció un rostro familiar que lo transportó a las cálidas calles de la ex oficina salitrera Pedro de Valdivia, donde conoció a su amigo de infancia, José Torres. Ormeño jamás habría imaginado que décadas más tarde, se reencontraría con su compañero de escuela en un recinto de torturas.

Delatado por el mismo individuo que reveló la identidad de Nelson, José Torres, en ese entonces profesor de coro de la Universidad de Chile sede Antofagasta, fue prisionero político a los 22 años por ser parte del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR). “Me detuvieron en la vía pública en la población Corvallis. Allí me encapucharon y me metieron en una citroneta con una pistola cañón apuntando en mi espalda”.

Grupo de Instrucción de Carabineros

Torres comenta que cada vez que escucha el pasar del tren revive las emociones de las torturas, visualizando las veces que lo dejaron atado de pies y manos en el catre metálico, aguantando durante horas un dolor indescriptible con la ropa mojada por su propia orina.

Ferrocarril de Antofagasta junto al grupo de instrucción.

Algunos encerrados en calabozos y otros en barracas de madera, allí permanecían de pie durante horas con las manos y pies engrillados. Para ir al baño, todas las mañanas sacaban a las y los presos en fila india, caminando vendados con la mano derecha sobre el hombro del compañero de adelante. Hacían sus necesidades en un tarro común, y a veces, compartían el mismo inodoro donde los observaban y obligaban a dejar la puerta abierta. “Mientras estábamos ahí vendados, no cesaba el afán por parte del personal de carabineros de querer quebrarnos moralmente”, afirma un ex preso político de siglas G.L.

“Cuando me liberaron, lo primero que pensé al llegar a la esquina de Matta con Cautín, era tirarme a la rueda de un auto y morirme. Ya no aguantaba… No podía superar nada más con ese dolor y ese miedo de que me pudieran llevar de nuevo”, recuerda con pesar José Torres.

Caso Gumercindo Álvarez: ¿Homicidio en el Grupo de Instrucción?

El ministro en visita por casos de violaciones de derechos humanos de la Corte de Apelaciones de La Serena, Vicente Hormazábal, asumió el 2017 las investigaciones judiciales del Norte Grande y Norte Chico, liderando las pericias de Antofagasta.

Según cifras reveladas por el ministro Hormazábal, en Antofagasta existen 25 procesos judiciales vigentes por delitos de lesa humanidad. Del total de las denuncias, tres son las causas vigentes que corresponden a los crímenes cometidos al interior del Grupo de Instrucción de Carabineros. Entre ellos, el caso del obrero socialista Gumercindo Álvarez, detenido por miembros de la FACH el 2 de septiembre de 1974.

La versión oficial de este caso, que actualmente se encuentra en tela de juicio, relata que Álvarez se habría ahorcado en un calabozo del Grupo de Instrucción de Carabineros. Sin embargo, según antecedentes de la Comisión Rettig, el cuerpo de Gumercindo tenía quemaduras en los testículos, carecía de uñas y mostraba signos de haber estado maniatado, por lo que la teoría del suicidio no era de fiar.

“Hicimos una exhumación del cadáver y aparecieron fracturas costales. Evidentemente, si es que no fue un homicidio, este hombre sufrió muchas torturas antes de quitarse la vida”, comentó el ministro a El Mercurio de Antofagasta. Además, cuatro días después de su detención, funcionarios de carabineros habrían llegado a la casa de Álvarez para informar a la familia que estaba hospitalizado y en estado de gravedad. Sin embargo, una vez que llegaron al hospital, descubrieron que Gumercindo habría llegado muerto en un furgón de carabineros la noche anterior.

II – LOS SECRETOS DE CERRO MORENO

La Base Aérea Cerro Moreno, ubicada a un costado del aeropuerto de pasajeros, fue el centro de detención y tortura con más personas recluidas en la ciudad de Antofagasta. Bajo el control de la Fuerza Aérea de Chile (FACH), las detenciones se concentraron en 1973 y aumentaron en 1980.

Los crímenes de lesa humanidad ocurrían dentro y fuera del recinto. Entre ellos, salieron a la luz casos como la tortura y posterior muerte de un niño de tan sólo 14 años; o el triple homicidio de Luis Muñoz (MIR), estudiante de la Universidad del Norte, junto a Nenad Nesko Teodorovic (MIR) y su esposa embarazada, Elizabeth Cabrera de 23 años.

“Todas las víctimas fueron ultimadas por personal militar cuando eran trasladadas hacia el recinto”, afirma Luis Galaz, Jefe de la Brigada de Derechos Humanos de la PDI.

Ante la crueldad injustificada de esto hechos, Domingo Asún, magíster en psicología social, atribuyó el actuar de los militares a “un proceso de deshumanización del otro”. En su investigación sobre la psicología experimental cognitiva de los torturadores, a las y los ciudadanos disidentes “le quitan los rasgos humanos, la identidad y todo tipo de nobleza”.

A pesar del daño provocado, Asún afirma que la meta final para los agentes del Estado en dictadura, siempre fue “defender la patria” por sobre todas las cosas. “Por eso están dispuestos a violar, a poner electricidad, a sacarles las uñas, mantenerlos en condiciones infames de indignidad, y luego, vuelven a sus casas, le hacen cariño a sus hijos, salen el fin de semana y vuelven el lunes a seguir destruyendo personas”:

Los sobrevivientes

Eran aproximadamente las seis de la tarde cuando Osvaldo Caneo llegó a la base aérea de Cerro Moreno. En ese momento, la arena entre sus pies y el silencio penetrante hacían cada vez más difícil vislumbrar dónde estaba; hasta que el sonido explosivo del despegue de un avión, dejó todo en evidencia.

Juan Carlos García y Osvaldo Caneo.

Fue en el mismo infierno donde conoció a su compañero Juan Carlos García, con quien compartiría los momentos más duros de su vida. Los métodos de tortura en Cerro Moreno parecían juegos. Situaban a los presos políticos en el medio, tomaban distancia, y luego corrían con fuerza para rematar con múltiples patadas en sus cuerpos.

Juan Carlos relata que varias veces intentaron ahogarlo en un pozo; en otras ocasiones, lo amarraban de los brazos y pies a una especie de plataforma de madera, la cual debía sostener con su cuerpo mientras lo golpeaban a palos.

-Mira nosotros fuimos entrenados en Brasil y Vietnam, así que sabemos bien cómo pegar, y si pasa algo y los matamos, no nos va a pasar nada. ¿Quién se va a acordar de ustedes? ¡Nadie! –gritó el militar en el rostro de García.

Esa frase nunca se le olvidó a Juan Carlos, porque en cierta forma, tenía razón. Ni el Estado, ni su familia, ni nadie podrían revertir el daño causado.

Al igual que García, Osvaldo Caneo también luchó para no ahogarse en el estanque donde fue sumergido. Hasta que un día, después de los apremios, un militar se acercó a él y le dijo:

-Debes contestarnos dos preguntas y te dejamos tranquilo… ¿Dónde están las armas para derribar los aviones?

-Ya le dije que la Juventud Socialista no maneja armas –respondió Osvaldo con el último aliento.

-Hasta aquí llegamos entonces –advirtió el militar.

Pasaron un par de horas cuando los torturadores decidieron introducir los cuerpos de Osvaldo y Juan Carlos dentro de un aparato metálico gigante con forma de carrete. Sin ropa y de manos atadas al interior del tubo, los lanzaron cerro abajo.

Cuando los torturadores se percataron de que los cuerpos de Osvaldo y Juan Carlos quedaron completamente destrozados, en un breve e irónico momento de “piedad”, decidieron no volver a lanzarlos cerro abajo por “miedo a matarlos”, recuerda García.

A 45 años desde que estas historias formaron parte de un presente donde gobernó el terrorismo de Estado, hoy rompen el silencio y derriban las murallas levantadas por el negacionismo en Chile. Un país donde la impunidad, aún gana la batalla de la incansable búsqueda de verdad y justicia.

En este sentido, la misión que heredan las generaciones de la democracia, está en preservar la memoria histórica y promover la defensa de los derechos humanos, por la construcción de un futuro donde no haya cabida para replicar esta cicatriz.

Un futuro donde el silencio deje de invisibilizar los escenarios destinados a matar y torturar; donde las víctimas de la represión, dejen de cohabitar los mismos espacios que sus torturadores en libertad, mientras todos los demás por egoísmo o comodidad, juegan a olvidar.

Porque la historia se cuenta por sí sola aunque muchas veces se intente negar; porque quienes aún luchan contra la pesada carga del pasado, hoy tienen la convicción de que nada ni nadie aquí está olvidado.

Memorial de Ejecutados Políticos de Antofagasta.

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