Septiembre y el recuerdo de quienes vivieron por la alegría
Por: Jimena Colombo
El día que asesinaron a José Carrasco, hace cuarenta años, la vida de sus tres hijos quedó marcada como la de tantos otros de esa generación concebida al fulgor de la utopía. El sueño socialista y la militancia eran una forma de ver la sociedad como una construcción colectiva. A cuatro décadas de ese momento, sus hijos vivos, su viuda, amigos y colegas que conmemoran anualmente su compromiso con la democracia, siguen recordando, a las nuevas generaciones y sobre todo, al negacionismo, qué es resistir y qué es la memoria.
La noche anterior al secuestro del padre, los niños se preparaban para comenzar la semana, arreglando sus mochilas y uniformes. En esa calma de domingo por la tarde, a pesar de la dictadura, la vida se trataba de una cuestión rutinaria. Calma. Vivían por fin todos juntos desde hacía dos años en el departamento desde donde Carrasco sería secuestrado horas más tarde. Eran esa familia que hoy llamarían ensamblada. Los hijos de su primer matrimonio, Iván y Luciano, y el hijo de su mujer Silvia Vera, Alfredito. Esa era la vida nueva, después del dolor, de las prisiones y el exilio. En esa tarde de domingo con sus ritos preparatorios para comenzar una nueva semana, la presencia del padre parecía ser una promesa eterna, una imagen de seguridad, de ternura y compromiso con la vida.
Cuando la noticia del atentado a Pinochet llegó esa noche a la casa del periodista, el clima pausado del hogar se tornó expectación. La figura del reportero intentando actualizar la revista Análisis, de la que era editor internacional, quedó retumbando en las paredes del departamento. Las llamadas por teléfono acompañaron los rituales dominicales, hasta que los niños se acostaron y durmieron. El periodista decidió que la familia se quedaría junta esa noche. A pesar de las advertencias y las probabilidades de la fuerte represión que vendría tras el atentado fallido. Según sus cercanos, ya estaba cansado de escapar. Días antes había estado en Argentina por amenazas directas hacia él y otros cuadros del MIR. Pero aquello era una postura contraria a su retorno legal, José Carrasco había apostado por vivir a cara descubierta en Chile, refugiado en su rol de periodista, como un importante activista del gremio y un mirista, que en muchos casos se mostró disidente a las posturas oficiales, pero sobre todo, descansando en las distintas acciones que ejecutaba junto a otras fuerzas de la izquierda con el objetivo único de recuperar la democracia.

Antes del amanecer, cerca de las cinco de la mañana, llegaron los agentes de la Central Nacional de Información (CNI) a buscar a Carrasco. Iván, el mayor de los hijos, repetiría por cuarenta años, que nunca olvidaría el rostro de aquel hombre alto que se llevó a su padre descalzo. Silvia, su mujer, sabía lo que significaba esa detención arbitraria, al despunte del alba, con civiles armados. Durante los diez años que compartieron había temido tanto esa tragedia, que en ese momento no tuvo más remedio que lidiar con la pesadilla real de que su compañero no volvería más.
Luciano y Alfredo seguían en la pieza que compartían, asustados por los ruidos, pero sin sopesar lo que ocurría. La niñez parecía ese estado que se destruye a veces de manera muy brusca. De golpe. En esos últimos minutos de inocencia, no imaginaban cómo serían las horas siguientes. Mientras se buscaban pistas del periodista, los tres hijos fueron enviado a Viña del Mar.
***
Silvia Vera había conocido a Carrasco cuando él estaba preso en 1975. Ella buscaba a su marido, Alfredo García, quien había desaparecido cuando fue a un punto de encuentro en 1974. Alfredito era una guagua de 18 días al momento del secuestro de su padre biológico. Doce años después, otra vez, los agentes de Pinochet le arrebataban a su padre.
Cuando Silvia reconoció el cuerpo encontrado junto a un muro del Parque del Recuerdo en Huechuraba el 8 de septiembre de 1986, como el de su compañero José Carrasco, constató que la dictadura, esa bestia sedienta, todavía tenía ganas de más muerte y represión. Esa era la venganza de Pinochet por los escoltas muertos en el atentado fallido perpetrado por el Frente Patriótico Manuel Rodríguez. Fueron por él y otros cuatro opositores a la dictadura la misma noche, la que después se conocería como la “noche de los pies descalzos”.
Las muestras de cariño y respeto fueron inmediatas. Tras velarlo en el Círculo de periodistas en el centro de Santiago, la multitud que acompañó a la familia, llegó hasta el Cementerio General, donde se multiplicaron los carteles con su rostro y las consignas que el periodista defendió siempre: democracia, libertad de expresión, fin a la dictadura.

En el epitafio de su tumba, se grabó un fragmento del Reportaje al pie de la horca, de Julius Fucik, reportero checo torturado por los nazis: Por la alegría he ido al combate, por la alegría muero, que jamás la tristeza sea unida a mi nombre.
Sus colegas de la revista Análisis escribieron un libro que narraba sus orígenes en Conchalí, sus tiempos de estudiante en el Instituto Nacional y en la Universidad de Chile, el oficio bohemio en los sesenta y su participación en el MIR. Su relación con la revolucionaria brasileña Jane Vanini y cuán marcado quedó Carrasco tras el enfrentamiento en el que cayó su compañera. Tras ese dolor, vivió la prisión en los distintos centros de tortura donde se encontró con camaradas y forjó amistadas, quienes lo recuerdan como un importante cuadro que alentó siempre al resto. A no ceder. Luego fue el exilio en Venezuela y México que compartió con Silvia y Alfredito. Con amigos repartidos en el destierro. Siempre trabajando como periodista e intentando hacer algo por la situación del “paisito”. En México se reuniría con Iván y Luciano, y también aceptaría la oferta de asumir como editor internacional de Análisis. Eso significaba el retorno a Chile y la apuesta por volver legal. Decisión que defendió hasta el secuestro y asesinato esa madrugada de septiembre de 1986.
***
Después de su asesinato, la familia se quebró. Iván y Luciano volvieron con su madre a México. Silvia siguió viviendo en el departamento con la puerta mala, sin poder cerrar. No recuerda cuánto lloró. Alfredo comprendió que algo se había truncado en su vida. Al poco tiempo, su madre, Graciela Tapia, murió de un infarto. Su hermano se fue exilió en Canadá.
En los años noventa, los hijos mayores regresaron a Chile y tomaron distintos caminos con el mismo destino: seguir la posta del padre. Iván se dedicó al movimiento estudiantil y Luciano a honrar su memoria. Así, crecieron como esa generación que pagó el precio del olvido, de un país que recuperó la democracia a un precio muy alto.
Desde 1986 el muro del Parque del Recuerdo donde fue acribillado, vendado y descalzo, se transformó en un sitio de memoria para sus cercanos. Con el tiempo devino en altar. Los primeros años su madre reponía flores frescas junto a una cruz de madera. Los vecinos le pedían milagros, decían. Más tarde y producto de los cambios esa animita política se volvió un muro más sobrio donde año tras año, los colegas y compañeros, fueron instalando placas y afiches en su memoria.
Los agujeros de las balas todavía pueden observarse
En 2002, Luciano murió por suicidio, decisión que fue interpretada por algunos cercanos a la familia como la segunda muerte de José Carrasco, puesto que en sus años de joven y adulto se abocó a recordar al padre con poesía y actos que removían una y otra vez ese dolor que se incrustó en su pecho desde aquella madrugada de septiembre. Desde entonces, también en ese paredón de Santiago norte, las imágenes alusivas a Luciano conviven con las de su padre.

Iván y Alfredo siguieron sus caminos, ya no como hermanos, pero compartiendo una pena y una esperanza. Ambos eligieron seguir adelante y desde distintas trincheras, combatir el olvido, las injusticias y aportar a un país mejor. Alfredo dice que ganó porque Silvia le inculcó vivir sin odio. Iván tampoco quiso traspasar los resentimientos a sus hijos. Aunque ninguna de esas decisiones significó jamás olvidar o perdonar. Por el contrario, desde sus oficios, han intentado seguir remando un mar que nunca les ha sido muy manso.
Cuando llega septiembre, los recuerdos se hacen más vívidos, el cuerpo parece recordarles la tragedia, a la vez que los actos de conmemoración les sirven de bálsamo para la cicatriz imborrable. La imagen del periodista comprometido, el defensor de las libertades, el padre que intentó enmendar las ausencias con tiempo de calidad resuena en las voces de los hijos cuando hablan de los días de felicidad. En los cumpleaños y fechas importantes, lo recuerda Iván. Encumbrando volantines en el exilio, nadan en la piscina, lo evoca Alfredo. Quizás eso sea la victoria de la que hablan y la humilde convicción de saberse uno más entre los miles de chilenos y chilenas, que sufren esas muertes y desapariciones mientras intentan vivir con dignidad y ser felices, a pesar de todo.
*El sábado 12 de septiembre a las 18:00 en el Círculo de Periodistas (ubicado en Amunátegui 31, piso 2, Santiago centro) se llevará a cabo el lanzamiento del libro «Cuando llega septiembre: el asesinato de José Carrasco», de Jimena Colombo. La obra será presentada por los periodistas Amanda Marton Ramaciotti y Sergio Jara Román.



Deja un comentario