El Navío de los Locos: Relatos-divagaciones de Juan Shilling para una memoria frágil.

28.1.13

Todos los caminos conducen a Roma

 
Dedicado a Sonia Monreal a quien nunca di las gracias
Me puse unos calzoncillos y encima me puse otros calzoncillos, luego pensé “ahora puedo decir con justicia que llevo un par de calzoncillos”, pensé eso nomás porque no había tiempo para divagaciones de esas que se me dan tan bien. Luego me puse un par de calcetines y encima otro y no pensé nada al respecto porque ya había llegado alguien a buscarme, aunque tuve conciencia que lo que estaba haciendo era una típica solución Schilling.
Soluciones Schilling® es la marca registrada de ciertas formas originales –a veces acertadas, otras no tanto- de resolver problemas sencillos y cotidianos. La primera de estas creaciones que recuerdo debe haber sido cuando tenía unos tres o cuatro años. Era verano en el campo y mi hermana mayor y un primo habían planeado una excursión. Yo no me la quería perder ante todo para ir con los grandes, pero también porque irían al Cerro de la Cruz y por ahí había un eco bien conversador que a mí me fascinaba. También había una vertiente donde prepararíamos agua con harina tostada y azúcar para acompañar unos sanguchotes que contendrían una variedad impresionante de ingredientes en una combinación bastante original, algo así como mantequilla, miel, queso, manjar y quesillo, si es que me acuerdo de todos..
El problema, entonces, era que no me sabía vestir solo y mi hermana mayor no iba a hacerlo. La solución era fácil, me tenía que poner el piyama sobre la ropa y así al día siguiente bastaría sacarme el piyama y estaría listo para salir. A veces una idea brillante se echa a perder por una exageración, parece que en esta ocasión ese fue el caso porque en medio de la noche desperté muy incómodo, casi no podía moverme y con una sensación extraña en todo el cuerpo. Me dio miedo y llamé a mi mamá para que me ayudara y ella descubrió que estaba durmiendo con zapatos. Eso me pasó por llevar las cosas demasiado lejos, en caso contrario, todo hubiera andado bien.
Hago un esfuerzo y mi mente regresa al presente que está fluyendo en forma acelerada. El problema, en este momento, es llevar una muda de ropa sin ocupar las manos que deben estar completamente libres en esta excursión que me llevará mucho más lejos que al Cerro de la Cruz de mi infancia. Pensé en que podía haberme puesto un tercer par de calzoncillos, pero los que usaba eran de esos chiteco bien gruesos y quizás empezaría a caer en la exageración y ya había aprendido algo sobre eso.
Terminé de vestirme con una polera y una camisa, un suéter y una chaqueta liviana. En la sala me esperaba un cura vestido de negro, con una camisa con cuello redondo y una biblia grandota. Apenas estreché su mano hice la pregunta más estúpida del mundo: ¿usted es  cura de verdad? Fue de esas que uno no termina de pronunciar y ya se ha arrepentido tres veces. Sin embargo, el no se lo tomó mal, sino que lo encontró divertido o aprovechó la ocasión para bromear, reírse y bajar la tensión que tenía todo el asunto. Yo creo que la culpa la tuvo mi jefe que andaba con una pinta parecida y dentro de la biblia llevaba una Colt 45. Por supuesto, mi jefe nunca fue cura.
– ¿Y a cual embajada nos vamos?- Dije, para seguir con las preguntas inteligentes.
No te preocupes, todos los caminos conducen a Roma- respondió dándoselas de enigmático y agregó- Vamos pronto al carro, queda mucho cosa para hacer- y ahí mismo me di cuenta que además de cura era gringo.
Abracé a mi prima Sonia y le dije al oído que la pistola de Octavio estaba en el cajón de mi velador y partí con el cura.
El “carro” era una citrola bastante rasca que pasaba piola, pero no serviría para arrancar si era necesario. Para pensar en otra cosa le pregunté de cuál congregación era.
– Maryknoll, no es muy famosa en Chile, pero en Estados Unidos es importante.
Tuve que reconocer que jamás la había oído nombrar, pero eso no era extraño porque las cosas de la Iglesia no eran mi fuerte.
Por suerte, llegamos pronto a un convento o algo así, que quedaba en el barrio Providencia, donde conocí a quienes serían mis compañeros de aventura: tres hombres y una mujer, jamás había visto ninguno de esos rostros, lo cual me extrañó y me inquietó. Otro poco de adrenalina no me venía mal para enfrentar lo que viniera.
Mientras tomábamos once, el cura que me había recogido nos explicó que éramos los cinco más complicados de un grupo de unos treinta que tenía que ingresar a la Nunciatura Apostólica –la embajada del Vaticano por si no lo saben- el problema principal era que por fuera de la embajada había vigilancia policial –dos pacos de punto fijo y con metralleta– dijo en perfecto chileno.
El plan que nos explicó era simple e inteligente. Atrás de la Nunciatura estaba la Embajada de Francia que ya no recibía refugiados y por eso no tenía vigilancia policial, además el acceso era por una calle bastante secundaria donde no habría muchas personas circulando. Tendríamos que escalar por el portón de metal y guiándonos por un mapa, que nos entregó en ese momento, debíamos ubicar la muralla divisoria con la Nunciatura, saltarla y quedar esperando hasta el día siguiente y cuando llegara un cura debíamos pedirle asilo. En la Embajada de Francia había un cuidador que sabía lo que haríamos y no escucharía absolutamente nada. Seguramente era él quien había hecho el mapa que llevaba en el bolsillo de mi camisa.
Nuestra versión debía ser que entramos por la reja del frente de la Nunciatura Apostólica, en un descuido de los carabineros que la custodiaban. De este modo guardaríamos el secreto del acceso a través de Francia porque el segundo grupo debía ingresar por la misma ruta.
Los organizadores de la operación darían la noticia de nuestro asilo a las agencias internacionales de noticias, para hacer más improbable la acción de la Dina que temíamos llegase a violar la inmunidad diplomática.
Todo se veía bien, la hora de partida debía ser apenas empezara a obscurecer para que no nos sorprendiera el toque de queda que debe haber sido a las 10 de la noche. El vehículo: una Volkswagen Combi medio hippie. El chofer: el cura gringo.
El plan estaba bien pensado, la distancia que recorrimos fue pequeña, apenas algunas cuadras hasta llegar a la Embajada de Francia. La Volkswagen se detuvo justo frente al portón negro.
– Ahora deben saltar el portón y guiarse con el mapa. ¡Qué Dios los bendiga!
Esa fue toda la despedida. Nosotros bajamos en silencio, murmuramos un adiós y nos enfrentamos a un portón altísimo y muy liso, no había de donde agarrarse, no sabía como iba a subir cuando un grandote me agarró y me lanzó hacia arriba con tal fuerza que casi paso de vuelo hasta el otro lado. Me alcance a tomar del borde y dejarme caer al otro lado sin problemas. La primera barrera había sido superada.
Los cinco estábamos bien y del lado correcto del portón. El cuidador tiene que haber sabido muy bien eso de hacerse el sordo, o quizás era sordo de verdad, eso no lo explicó muy bien el cura. El portón metálico había sonado como cinco truenos de la mejor tormenta que pudieramos imaginar y nadie dio señales de vida. Yo tenía el mapa y trataba de entenderlo, pero no correspondía exactamente con lo que veíamos. Seguramente el mapa no había sido dibujado por el cuidador, sino por alguien que lo había hecho de memoria y que no tenía tan buena memoria porque la muralla señalada no iba dar a la casa de atrás como nos habían explicado sino más bien a una casa del lado. Expliqué mi teoría a los demás y estuvieron de acuerdo. Decidimos entonces saltar a la casa de atrás, aunque no fuera la ruta señalada en el mapa.
Llegamos a una especie de parque con grandes árboles, donde había una cancha de bochas, más allá había una mansión que parecía deshabitada, un jardín con rosas y un enorme césped que invitaba a jugar una pichanga, todo esto terminaba en una reja y luego la calle donde dos carabineros armados con subametralladoras Karl Gustav se paseaban lentamente.
Este último detalle nos confirmó que habíamos tomado la decisión correcta. Sólo nos quedaba ocultarnos entre los árboles y esperar la llegada del día. La noche fue larga, el amanecer lento. El primero en cruzar la reja fue un hombre alto delgado y de piel muy obscura, casi negra. Pensé que era africano, pero su rostro era muy fino y sus rasgos definitivamente europeos. Correspondía a la descripción del Secretariode la Embajada, es decir el segundo después del Nuncio.
Nos presentamos ante él y le contamos la historia que teníamos preparada.

 

 

13.8.13

Vacaciones en El Vaticano

 
 
leer de preferencia después de Todos los Caminos Conducen a Roma
 
La sonrisa dibujada en la cara de monseñor no se borraba en ningún momento. En realidad fue sabio entregarle la tarea de explicar la forma en que entramos a la Nunciatura, a la única mujer del grupo. Ella no se puso nerviosa, a pesar que la sonrisa de monseñor no correspondía a la situación que si bien no era directamente dramática, si tenía un trasfondo muy serio. Yo trataba de darme una explicación silenciosa de lo que estábamos observando y se me ocurrió que el que había planeado todo y a lo mejor hasta era el autor del plano, era justamente quien escuchaba la historia con una sonrisa que ahora me parecía culpable. Culpable de haber inventado una mentira que ahora le tocaba escuchar pacientemente. Culpable como me sentía yo mismo de estar haciendo que esa compañera mintiera por todos nosotros.
-Los carabineros se habían metido debajo del techito que hay frente a la entrada de autos y nosotros vinimos por la otra punta y saltamos la reja, los cinco al mismo tiempo. Cuando ellos se dieron cuenta ya estábamos adentro y aunque nos apuntaron con sus armas no podían hacernos nada.- explicaba Marta al sacerdote. Una historia que hacía agua de principio a fin, pero que mantenía en resguardo la verdadera ruta de ingreso a través de la Embajada de Francia y que usarían pronto otros compañeros
Como diplomático que era, el cura, escuchó el relato sin hacer preguntas ni emitir juicios, solo esa sonrisa que estaba fuera de lugar. Luego nos pidió la documentación que llevábamos para poder hacer una solicitud escrita de asilo político y nos invitó a desayunar, lo que nos sonó simplemente maravilloso, después de una noche en la que no pegamos los ojos ni un momento.
Después a cumplir con la burocracia, hacer nuestra solicitud manuscrita y presentar los papeles que teníamos. El que no tenía nada, nada de documentación era un compañero que se había escapado del campo de concentración de Ritoque. Yo al menos tenía mi carnet escolar y mi visa para viajar a Suecia, el carnet de conducir y mi cédula de identidad los había hecho desaparecer poco tiempo atrás, cuando mi hermano me dio los suyos.
Una vez terminada la burocracia inicial, fuimos a lo doméstico y tomamos posesión de un departamento que contaba con una pieza y un baño que estaba fuera del edificio de la embajada y que parecía destinado a un cuidador, el cual estaba desocupado y fue rápidamente “amoblado” con cinco colchonetas con sus respectivas frazadas, las cuales inauguramos rápidamente con una siesta para recuperarnos un poco de la noche insomne y fría que habíamos pasado.
De a poco fuimos intercambiando nuestras historias, con mucha desconfianza por supuesto, como podíamos confiar en un fugado de un campo de concentración, cosa poco creíble en un país que era una prisión del tamaño del territorio. Nadie había oído hablar de una fuga exitosa por aquel tiempo, pero también queríamos creer que era posible y preguntábamos lo menos posible. Cada uno contaba lo que quería y ocultaba otro tanto.
Esa misma noche iniciamos una vigilia en espera del segundo grupo que debía llegar dentro de poco, usando la misma ruta que habíamos estrenado nosotros. Sabíamos el camino y la hora que debía ser cercana al toque de queda, pero desconocíamos el día de la operación. Tuvimos que esperar unos días para que se materializara la llegada de los otros compañeros. Esto nos había mantenido expectantes y preocupados. Entretanto habíamos aprendido a jugar a las bochas un juego italiano que se parecía un poco a la rayuela, pero que no se jugaba con tejos sino con unas bolas de madera y monseñor nos llevaba todos los días El Mercurio que nos repartíamos, leíamos, comentábamos e intentábamos hacer análisis de la situación política a partir de esa información incompleta sesgada y manipulada, pero que era la única información con la que contábamos.
Cinco noches después llegó un grupo de nueve compañeros que era menor a lo que esperábamos. Nos reunimos para explicarles a los recién llegados que era lo que debíamos hacer cuando nos enteramos que el grupo que había llegado era solo la mitad, había otro grupo de nueve compañeros que ya deberían estar allí porque habían salido antes que ellos. Esto nos alarmó a todos, porque no entendíamos que podía haberles pasado. Nos quedamos despiertos y vigilantes en espera de que en algún minuto llegaran los que faltaban. A mí me preocupaba muchísimo que entre los nueve recién llegados no hubiera ninguna cara conocida.
–¿Aquí es la Nunciatura?– preguntó un chico con más cara de despistado que ninguno. No sabíamos distinguir si era del grupo de los nueve recién llegados o no, pero  la pregunta a esas alturas era extraña, no correspondía.
–Si weón –respondió el negro y echando la talla, agregó: –Yo soy el Nuncio.
El chico se devolvió unos pasos se trepó a la tapia por donde habíamos ingresado y lanzó un chiflido como para despertar a toda la manzana.
–Vengan acá, aquí es la Nunciatura– dicho esto se descolgó del muro y fue a conversar con nosotros que lo abrazamos y recibimos como compañeros.
–¿Y cuál de ustedes es el Nuncio? –preguntó el chico haciéndonos reír  a todos, porque a esa hora solo queríamos relajarnos después de tanta tensión–.
Finalmente, el grupo había llegado y de a poco nos fuimos enterando de lo que había pasado con los nueve que se hicieron esperar. Ellos, como todos, entraron por la Embajada de Francia, pero luego saltaron hacia otra casa que no era la Nunciatura, pero era grande y estaba vacía, la recorrieron en silencio y encontraron una libreta de teléfonos con la insignia de Carabineros, eso que debería haber bastado para que salieran rajando de ese lugar, fuera de toda lógica, les picó la curiosidad y se pusieron a buscar documentos, información que le serviría a nadie. Así encontraron documentos que nos hicieron pensar que estuvieron en la casa de un General de Carabineros. Por cierto, las mansiones de ese barrio obligaban a pensar que sólo un General podría darse ese lujo.
Luego habían saltado a otra casa por suerte también vacía y luego de comprobar que no había nadie, se asomaron a una tercera casa, donde si había luces y un perro que ladraba diciendo claramente que esa no era la Nunciatura, las explicaciones eran muy claras y no mencionaban a ningún perro. En ese punto habían decidido retroceder hasta la Embajada de Francia y enviar un explorador saltando una muralla distinta a la de la primer intento. Este explorador era el chico que se había encontrado con nosotros.
A alguien se le ocurrió que nos contáramos para estar seguros de que no faltaba nadie. Éramos 23, la cuenta estaba correcta, solo faltaba decidir quién le diría la mentira al cura. El chico se ofreció de voluntario. Preparó bien su historia, que era aún más inverosímil que la anterior, porque 18 personas saltando la reja que ahora estaba custodiada por 2 parejas de carabineros hubiera terminado con una masacre. Sin embargo, esta vez monseñor no hizo preguntas, les dijo que tenían que hacer una solicitud escrita de asilo y nos invitó a todos a desayunar. Las tazas alcanzaron para todos al igual que el pan y el queso, por lo que seguí sospechando que él era parte de la operación. No hice ningún comentario sobre esto, si tenía razón era mejor que nadie sospechara que contábamos con la ayuda del Secretario de la Embajada del Vaticano.
Un final feliz para una noche tensa que pudo terminar en un drama más, de los miles que vivió Chile en esos años.

 

 

El navío de los locos: Intentando matar el tiempo o Vacaciones en el Vaticano II.

28.9.13

Intentando matar el tiempo o Vacaciones en el Vaticano II

 
Dedicado a Lumi Videla y Guillermo Cornejo

 
La primera semana había sido de espera. Espera de los compañeros que debían llegar y llegaron bien, a pesar de los peligros en que estuvo el último grupo. La segunda semana fue de organización. Todos tenían experiencia de participación en organizaciones políticas y sociales, así que se inventaron tareas para todos. Yo no quería asumir ningún papel destacado. Mi intuición me llamaba a mantener un perfil bajo, por eso me propuse para organizar un campeonato de bochas ya que me había aficionado bastante al jueguito italiano que era la mejor forma para matar el tiempo durante esas vacaciones en el Vaticano. En realidad a poco andar comprendí que la entretención para un grupo numeroso obligado a convivir en condiciones difíciles era una de las cosas más importantes que existían en ese momento.
Por ahí aparecieron unos naipes que permitían organizar grupitos que jugaban brisca, canasta y hasta póquer con apuestas de porotos.
En la categoría del sano esparcimiento podríamos colocar también a las tertulias que se fueron dando en forma espontánea y preferentemente en las tardes y noches en las que la obscuridad y el frío hacían que nos achoclonáramos lo más que podíamos. Ahí, tomando un mate que demoraba muchísimo en dar la vuelta y uno no tardaba nada en hacerlo sonar indicando que había terminado, empezaron a surgir historias, quizás contadas con trampa porque ese no era un momento para contarlas con sinceridad y transparencia como quizás podríamos hacerlo hoy sin los fantasmas que nos acosaban entonces y que nos obligaban a callar nombres y ser muy poco precisos con los lugares.
Una historia que nos impactó fue la sucedida a otro grupo de 23 personas que trataron de asilarse en la misma Nunciatura casi un año antes que nosotros, que también habíamos llegado a ser 23, la coincidencia en el número y en el lugar hizo que le prestáramos gran atención. Además se trataba de algo que no habíamos conocido por los medios de comunicación que en ese tiempo informaban lo que le convenía al gobierno y callaban lo que lo pudiera incomodar.
Desde el Golpe había un importante número de curas que se habían dedicado a salvar personas consiguiendo asilo para los perseguidos en distintas sedes diplomáticas. Pero a mediados de 1974 empezaron a escuchar repetidamente que cuando se iban a poner ellos con su propia embajada, es decir, sus amigos diplomáticos les señalaban que la embajada del Vaticano podía servir de puerta de salida de estas personas, aunque era comprensible que no fueran recibidas por el Vaticano mismo debido a que apenas contaba con 44 hectáreas, es decir era un micro micro Estado, pero como Estado podía recibir asilados que después de obtener salvoconducto podrían salir hacia otro destino.
Finalmente, se habían decidido a intentar la entrada a la Nunciatura, con un grupo de 23 personas. La Fundación Niño y Patria estaba muy cerca en la misma calle que entonces se llamaba Montolín, ahora se llama Nuncio Sotero Sanz en honor a Monseñor Sanz quien era el representante del Vaticano en ese momento, se encontraba con su guardia reforzada en número y tipo de armamento, por lo que se reunieron a evaluar la situación y uno de los 23 desistió del intento. Los otros 22 más 2 sacerdotes y un pastor luterano saltaron la reja y pidieron asilo. El Nuncio estaba en Roma y quien lo subrogaba no se encontraba en ese momento, habían sido recibidos por un cura que los acogió, pero debían esperar a Monseñor Piero Biggio quien cuando llegó se negó a recibirlos haciendo entrar a una pareja de carabineros, que en realidad poco podían hacer para sacar a un grupo tan grande, sin embargo uno de ellos se asustó, salto hacia afuera y escapó.
Los curas que habían organizado el asilo masivo trataban de convencerlo, pero él no aceptaba ningún argumento y estaba a punto de entrar un contingente mayor a detenerlos. Sin embargo, el cura que los había acogido en principio le dijo algo en voz baja y le hizo cambiar de parecer. La Nunciatura terminó dando asilo a las 21 personas que se encontraban en sus jardines.
Paradojalmente, en los noventa Monseñor Piero Biggio regresó a la embajada del Vaticano convertido en representante de Juan Pablo II. Pero eso no lo podíamos saber nosotros que vivíamos en 1975, como tampoco podíamos saber que el 16 de Junio de 1976 un grupo de 28 compañeros, entre quienes estaba el Chico Feliciano intentarían asilarse en la embajada de Bulgaria que en ese momento estaba a cargo de Austria, sin embargo son detenidos. En ese momento sesionaba en Santiago la Sexta Asamblea General de la OEA con los cancilleres de toda América (excepto México) y el mismísimo hijo de puta de Kissinger presentes. Pinochet para evitar una condena por violaciones a los Derechos Humanos estaba haciendo show con la liberación de presos y los 28 fueron puestos en libertad en el Parque O´Higgins, luego volvieron a cazar a Feliciano y a otro compañero, ambos están desaparecidos.
Duro había sido asilarse para algunos y más duro lo sería para otros, pero a nosotros nos estaba saliendo bastante bien todo. Sin embargo debíamos estar preparados, la DINA era capaz de cualquier cosa. Quienes estábamos allí sabíamos bien que esos asesinos habían arrojado al interior de la Embajada de Italia el cuerpo sin vida de Lumi Videla para crear confusión en la opinión pública.
A Lumi la conocía bien, ya que era la hermana mayor de un amigo y compañero quizás por eso se me ocurrió una de esas ideas estúpidas que solo se pueden justificar porque en una situación como la que vivíamos uno no está demasiado cuerdo. Lo cierto es que en nuestro afán de jugar y quizás porque la mayoría éramos unos jóvenes muy lejanos a cualquier idea religiosa, acordamos hacer espiritismo e invocar la presencia de Lumi.
Los preparativos para el ritual fueron simples: escribimos las letras en trozos de papel, en un papel escribimos “SI” y en otro “NO”. Esperamos hasta la media noche y salimos al jardín con nuestra ouija artesanal, allí había una mesa redonda con cubierta de vidrio, pero no había sillas para los 6 o 7 valientes. Sacamos el vidrio y nos sentamos en el suelo con las piernas cruzadas y con el vidrio afirmado en nuestras rodillas. Las letras se distribuyeron en un círculo alrededor del vidrio en orden alfabético y al centro el “SI” y el “NO”, un vaso de vidrio completaba el instrumental necesario para la comunicación con el más allá. El lugar en que nos encontrábamos era debajo de un árbol casi al lado del campo de bochas, la noche era tranquila y silenciosa, los pacos nos custodiaban allá lejos fuera de la reja.
 La que actuaba de bruja nos dijo que nos tomásemos las manos y después de mirarnos con seriedad nos pidió que lo que ella dijera nosotros lo repitiéramos en coro sin soltarnos de las manos.
Llamamos a la compañera Lumi Videla para que se presente a hablar con nosotros— y el coro repitió el llamado, pero nos salió solo un murmullo, algo de susto ya debe haber empezado a darnos en ese minuto.
—Tienen que hablar más fuerte y claro, así no se entiende ni lo que dicen— reclamó la bruja cada vez más autoritaria y metida en su papel. Repetimos la invocación, esta vez con bastante claridad.
—Ahora, suéltense las manos y coloquen un dedo sobre el vaso.
Repitió el llamado y nosotros lo coreamos, luego nos advirtió que no repitiéramos —¿Compañera Lumi estás con nosotros? —y el vaso produjo ese ruido feo cuando se frota vidrio contra vidrio y se movió hacia el “SI”… nos quedamos sin aliento, pero eso pudo hacerlo cualquiera de nosotros porque con nuestros dedos tocábamos el vaso.
—¿Queremos saber si te asfixiaron, Lumi? —dijo la bruja en el tono común de quien está conversando.
El vaso comenzó un movimiento lento como si buscara una letra que hubiésemos olvidado colocar, rodeó el “SI” sin detenerse, rodeó el “NO” y siguió buscando dio una vuelta completa y empezó a acelerar su movimiento y a sacar del vidrio todas las letras con movimientos cada vez más violentos. Todos soltamos el vaso que también saltó del vidrio y rodó por el pasto sin romperse. Nos paramos lo más rápido que pudimos y nos fuimos a tratar de dormir temblando de miedo.
Al día siguiente, volvimos a colocar el vidrio en su lugar, pero no encontramos ni las letras ni el vaso, la historia fue contada en voz baja y seguramente los que no estuvieron allí no la creyeron. Pero nadie volvió a meterse con los muertos.
Las conversaciones se fueron volviendo más serias cuando nos fuimos conociéndonos y confiando un poco más unos con otros. En la Nunciatura escuché por primera vez la narración de una tortura en primera persona, yo las conocía con detalle, eran parte de los informes oficiales que nos llegaban desde la Comisión Política, pero es distinto cuando alguien te cuenta esto es lo que me hicieron. Todos los que habían pasado por las cárceles habían sido interrogados bajo tortura. Una noche escuché también a una compañera contarle a otra como había sido violada, ellas suponían que yo estaba durmiendo.
Teníamos turnos de vigilancia nocturna, cosa aprendida en las tomas de terreno de fundos y otras acciones que nos eran familiares. Esto que parecía una exageración, sin embargo sirvió para detectar la llegada en medio de la noche, mucho después del toque de queda de un hombre joven como nosotros que venía a pedir asilo. Era bastante sospechosa la aparición inesperada de este personaje. Lo mantuvimos encerrado en una pieza y los más grandotes del grupo se encargaron de interrogarlo sin golpes, para ver si tenía una historia consistente. Todos lo miramos por la rendija de la puerta, por si alguien lo había visto alguna vez.
Nadie lo conocía y la historia de su asilo no era creíble. Nos costó tomar la decisión, pero finalmente lo entregamos al Secretario de la Embajada que mantenía el contacto con nosotros y le pedimos que se lo llevara en el auto diplomático a donde él quisiera ir, porque finalmente no estábamos seguros de nada.  Podía ser un agente de alguno de los servicios de inteligencia que operaban contra nosotros, como podía ser una persona que necesitaba salir de Chile. Si se trató de esto último, espero que haya logrado su objetivo en otra ocasión.
Al Nuncio que ahora le da nombre a la calle de Providencia, nunca le vimos, se tejían historias de que era anti Opus Dei, pero que después se había arrepentido y le había pedido perdón de guata a Escrivá de Balaguer en persona. La verdad es yo no cachaba ni papa de todo ese lío, pero ni falta me hacía porque siempre nos entendimos con el afable Secretario de la Embajada cuyo nombre no recuerdo.
En realidad las vacaciones fueron tensas, pero afortunadamente cortas, al menos para nosotros tres. Había pasado casi un mes cuando nos avisaron a Margarita, a la chica Silvia y a mí que nos íbamos el Domingo próximo. Margarita iría a Suiza, nosotros a Suecia.
A pesar de mi intuición, yo no presentía que muy pronto habría de suicidarme.

Neandro
 
Publicado por 

La Mañana 29 de abril de 1975

Esto me parece que fue una forma de sacarle pica a los milicos y también dejar un registro de mi partida para que no los molestaran demasiado.

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