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Exilio chileno: 1973-1990 
Carmen Pinto Luna

 

Ana Vásquez define el exilio como un castigo que se les impone a las personas privándolas del derecho de vivir en su propia patria, la que se vive en general como una injusticia e impone elregreso como único medio de reparación, es probablemente una de las razones por las cuales la idea de retorno es uno de los mitos constitutivos de la comunidad en exilio. Para los chilenos el exilio y el retorno al país se acoplan como una causa y su consecuencia, el retorno se impone por lo tanto como el único fin lógico. (Vásquez, 1988[1]).

Sobre el número de chilenos que partió al exilio las cifras son vagas y difusas, y hasta hoy no hay un consenso sobre la cantidad exacta de personas que se vieron afectadas.  En lo que si hay consenso es a la hora de señalar que el destierro significó un gran dolor, y un giro en 180 grados en sus vidas, tanto para los que partieron, los que trataron de iniciar una nueva vida, los que retornaron, como para los que decidieron quedarse por razones diversas,  todos además coinciden en que el exilio nunca fue dorado.

En el caso de Chile, junto con el exilio político se constituyó un exilio llamado económico. El desempleo, condición consustancial a la implementación de un nuevo modelo político y económico, es en la práctica una forma más de represión que afectando a trabajadores, técnicos y profesionales, obliga a miles de ellos a buscar horizontes en otros países. Como lo señala Marina Franco, la decisión personal de abandonar el país se produce  porque juzgaron su permanencia en el país “de alto riesgo para la supervivencia propia o de los seres cercanos, o porque las condiciones represivas prohibían el ejercicio de una profesión política, cultural o laboral” (Franco, 2008[2]).

Es claro, que los emigrantes chilenos que salieron o fueron expulsados del país a consecuencia del golpe de Estado fueron refugiados que huían de la represión política. No podría haber, en efecto, situación más evidente en el caso chileno luego del golpe militar, y parece casi indecente hacerse la pregunta si tuvieron que partir de manera forzada, es claro que esta fue, aún por razones económicas, asociada a la idea de una necesidad imperiosa o forzosa. Las formas de represión vividas por cada uno: detención, tortura, muerte o desaparecimiento de algún familiar o amigo, condicionaron  esta decisión.

Los exiliados, en su gran mayoría, pensaban constantemente en el retorno y es ahí donde el exilio se diferencia de otras migraciones de tipo económico, para estos últimos el regreso es en cualquier momento posible. “Quienes salieron de manera forzada, no pueden retornar al país sin exponerse a los riesgos de los cuales huyeron. Por lo demás, cuando una persona se beneficia de una protección internacional acordada por la Convención de Ginebra, no puede reclamar la protección de su país ni puede volver a él sin riesgos de perder el estatuto de refugiado. (Gaillard, 1997[3]).

Al mismo tiempo se vive una situación de aislamiento y desarraigo graficada por un “estoy aquí, pero no pertenezco“. Las casas de los exiliados eran como un país en miniatura. Ismael: “hablábamos español al interior de la casa, estaban las fotos de Allende y de Víctor Jara, escuchábamos los discos de los Quila. La familia, desde Chile, tejió una red de amor, conectándonos a través de cartas, dibujos, conversaciones grabadas”.

El choque cultural se manifiesta en formas y períodos diversos. El exiliado vive una situación disociada entre los requerimientos inmediatos de adaptación y sobrevida que le imponen las condiciones del país y el anhelo siempre presente de retornar a la patria. La gran mayoría vivió muchos años de exilio sin deshacer las maletas. Sebastián: “mi mamá tenía las maletas literalmente listas, porque pronto volveríamos a Chile, nunca estuvo en nuestra familia la idea de quedarnos en otro país, por eso tampoco solicitamos la nacionalización”.

La patria se idealiza petrificándola en formas pretéritas conservadas en el recuerdo. En ocasiones los análisis políticos hicieron creer “que antes de fin de año estaremos de vuelta”, lo que refuerza el sentimiento de transitoriedad. Angélica: “siempre tuvimos un sillón que recogimos de la calle, mi papá lo tapizó y, una mesa que nos regalaron a la cual mi papá le puso una tabla para agrandarla, en los once años de exilio nunca la cambiamos”.

Se fortalecen entonces mecanismos de defensa que incluyen, entre otros, el reforzamiento de patrones tradicionales de relación intrafamiliar, la reclusión en un marco de interacciones estrechas (el grupo partidario, el núcleo de chilenos), el refugiarse en la noticia sobre y desde Chile, la que se vive siempre con atraso.

Memoria del exilio: Al articular el concepto de memoria en el espacio público en lo referente al exilio asistimos a que dicha categoría analítica está afecta a un vaciamiento de su propia palabra en un contexto post dictatorial que ha naturalizado el orden social. Para Nelly Richard la condición “post” no puede sino evocar un constante pensamiento sufriente atrapado en el recuerdo del ayer y la injusticia del hoy, vaciándose la densidad de la propia historia que transita entre el querer olvidar-recordar, quedando ésta exiliada a ser una narrativa del no acontecimiento. (Richard, 1998[4]).

El exilio ha sido la violación de los derechos humanos que menos ha sido tematizada. A la negación en el discurso social del exilio como una experiencia limite se agrega la ausencia de espacios colectivos donde dicha vivencia pueda ser reflexionada. “Así, por ejemplo, en las conmemoraciones del trigésimo aniversario del golpe de Estado en Chile, un tema ausente de las discusiones sobre la memoria fue, precisamente, el exilio y el retorno.Los seminarios, debates y mesas redondas no lo abordaron, probablemente porque no lo consideraron importante”. (Rebolledo, 2006[5]).

El fenómeno del exilio es mucho más que un accidente en la biografía de muchos desterrados, pervive en la memoria de quienes vivieron esa experiencia, existiendo diferentes memorias, entre las cuales las más notorias son el exilio como traición y, el exilio como oportunidad. El silencio está en las propias familias de las víctimas, en parte porque el dolor sigue estando presente. Sebastián: “a mi tío Mario le sacaron la mugre, lo pasó pésimo, eso fue comentario de familia, se dio en una sobremesa. Mario le contó a una sola persona, a mi abuela, le dijo yo le cuento pero nunca más me habla del tema, no me pregunte nunca más, no quiero  hablar del tema”. Ítalo: “Mi padre, hoy cuando se toma una copa, llora y nos pide disculpa, a mí, a mis hermanas, pero por qué, nosotros no fuimos consecuencia de sus decisiones sino de otros, mi viejo estuvo en Villa Grimaldi y nunca ha dicho que le pasó”. 

En los relatos de hijos de exiliados-retornados de Francia, se hace evidente que sus memorias pugnan por abrirse paso negándose al olvido, reconocen la validez de la lucha de sus padres, en muchos casos han tomado “la antorcha” que les dejaron, con orgullo y responsabilidad. Obviamente el tiempo ha trabajado de manera diferente en cada uno de ellos, pero todos vehiculan una memoria de la cual se sienten herederos y si bien no se consideran víctimas directas, asumen que sus vidas son la consecuencia del exilio de sus padres.

Como ya se ha dicho, el exilio en Chile no es un tema de conversación pública. Es como si el retorno hubiera sido una compensación al castigo y con eso se cierra el paréntesis en las vidas de tantas personas, a las que se agregan las generaciones siguientes, hijos y nietos. Un muro invisible sigue separando a los que se quedaron con quienes salieron, eufemismo que sortea nominar el drama, y en el que subyace el miedo y desconocimiento de unos sobre otros. Pero sobre todo, no se habla de la historia del exilio, es una historia muy difícil de escribir. Se trata de las vidas truncadas y recomenzadas en más de cincuenta países de todos los continentes de alrededor un millón de compatriotas.

Cada cual habla del exilio sobre su propia experiencia y sentir. Para algunos fue una tragedia personal sin remisión; algunos se suicidaron no pudiendo soportar la vida fuera de su hábitat natural, para muchos fue una oportunidad de estudiar, de adquirir una conciencia más profunda de lo que somos como país, de la historia y del futuro deseado,  Hubo también quienes se extrañaron, quienes no quisieron dejar atrás lo vivido en Chile e iniciar una vida nueva. Son los menos.

Para los hijos, el retorno a Chile significó una experiencia muy dura, especialmente para quienes volvieron antes de 1989 y se vieron obligados a vivir bajo la misma dictadura que expulsó a sus padres del país. La vigilancia funcionaba sin cesar, la mirada sobre el que volvía estaba por doquier, el retornado se enfrentaba a un Chile herido por  la aplicación de políticas de violencia y mecanismos de represión aún en vigor. Michelle: “dejé de hablar por mucho tiempo para que no notaran mi acento y no tener que mentir en torno a mi padre. Después de ir de colegio en colegio, llegué al Liceo Latino-Americano, ese mismo año tres profesores fueron degollados[6]”. Jerónimo: “Una semana después de mi llegada, ese once de septiembre hubo tres muertos. Pinochet tenía todo el poder que quería.  Fue súper traumático enfrentarse a una situación que no era la que uno esperaba. De afuera se veía  como  que la lucha era del conjunto del pueblo para derrotar a la dictadura y te das cuenta que la mitad de la gente votó por mantener el sistema.

La segunda generación, la de los hijos que salieron pequeños o que nacieron en el exilio, tiene una memoria particular sobre sus propias vivencias, pero comprenden aun mejor la situación de sus padres pues para algunos de ellos el retorno es el inicio de su propio exilio o la conciencia de no ser de acá ni de allá. Sara: “finalmente mirando hacia atrás, es el mismo movimiento pero a la inversa de lo que vivieron los papás, llegar a un país que no conoce, que no eligió”.

En sus testimonios se puede identificar una memoria del exilio como un tiempo en que la vida cotidiana se vivía de manera paralela, entre un allá y un acá, entre Chile y el país de acogida, entre el país de sus padres y el país en el cual ellos crecieron o nacieron, donde se formaron. No lo vivieron como un drama, es lo que les tocó. Claudio: “me distinguía en todo, en la forma de hablar, me llamaban el gringo, fue una experiencia y una fatalidad; es lo que me toca vivir pensé, vamos para adelante no más. Cuando llegué acá mucha gente apoyaba al régimen y no lo podía creer, no saben lo que pasó me preguntaba”.  

En la mayoría de las familias se conservó el idioma y la cultura, donde la música, la literatura, los afiches, las fotografías, la  artesanía, la gastronomía y, hasta la bandera nacional y las partidarias fueron su mundo propio. Jerónimo: “Siempre supe que era chileno, aunque desde que tengo uso de razón fui bilingüe, participaba en todas las actividades relacionadas con Chile junto a mis padres, y otros niños hijos de chilenos, en mi pieza tenía las banderas del partido y las del FPMR”.

Las memorias de los hijos son un  reflejo del exilio de los padres proyectado sobre ellos, aun cuando para algunos la idea de Chile era lejana o muy abstracta. Conscientes o no, los padres transfirieron a los hijos una parte de su destino de exiliados, por un lado subsiste una admiración por el compromiso adquirido por los padres en aras de un mundo mejor, más igualitario y por otro, un sentimiento de profunda injusticia y frustración al momento del retorno, experiencia que en muchos casos convierte a los padres en víctimas por segunda vez a los ojos de sus hijos.

 La compenetración con la historia de sus padres es tal, que aun cuando no estén comprometidos políticamente en el sentido de militancia partidaria, se sienten portadores y asumen una herencia humanista, de tolerancia, de respeto por los derechos humanos, de solidaridad con las luchas actuales por conquistar una sociedad más justa, como es el caso, por ejemplo, de la lucha de los estudiantes, donde participan muchos nietos de exiliados.

Muchos, incluso los que nacieron en otro país, se autocalifican como “nosotros los exiliados” o “nosotros los retornados”, y si bien hubo frustración, discriminación, sintieron rabia por haber dejado el país donde se criaron, hoy se han adaptado al país y sienten que es importante aportar, desde los diferentes lugares donde actúan: el arte, el sindicalismo, la academia, la educación, para producir los cambios por los que sus padres lucharon y como dice Ismael: “porque aquí empezó todo, la historia de nuestros padres que se comprometieron con el gobierno de la Unidad Popular, que abrazaron la causa de los más necesitados”. O, Ana: “cuando llegué a Chile echaba de menos a mis amigos, que eran todos africanos. Pero volví a vivir allá y me quise volver a Chile. Con el paso del tiempo, y sin caer en nacionalismos baratos, uno se va chilenizando y va ‘cachando’ la cultura. Ahora miro Francia con otros ojos, agradezco la oportunidad, pero mi interés está acá. Hay una energía que me llama mucho la atención y quiero que mi hijo lo viva y lo sienta”.

 UNLP. Septiembre 2012

 

[1] Vásquez, Ana y Araujo, Ana María (1988) Exils latino-américains: La malédiction d’Ulisse. Paris: Ciemi L’Harmattan.

[2] Franco, Marina (2008) El exilio, Argentinos en Francia durante la dictadura. Buenos Aires: Siglo XXI.[3] Gaillard, Anne Marie (1997) Exils et retours : Itinéraires chiliens. Paris: Ciemi L’Harmattan.[4] Richard, Nelly (1998). Residuos y Metáforas. Ensayos de crítica cultural sobre el Chile de la Transición. Santiago: Cuarto Propio.[5] Rebolledo, Loreto (2006) Memorias del desarraigo. Testimonios de exilio y retorno de hombres y mujeres de Chile. Santiago de Chile: Catalonia.

[6] Fue el secuestro y asesinato de tres miembros del Partido Comunista de Chile, perpetrado por Carabineros en 1985, Manuel Guerrero, Santiago Nattino, José Manuel Parada.

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 Referencia
Carmen Pinto Luna.  “Exilio chileno: 1973-1990 .”  Anaquel Austral. Ed. Virginia Vidal. Santiago : Editorial Poetas Antiimperialistas de América.   14 de Septiembre de 2012.
 <  http://virginia-vidal.com/publicados/cronicas/article_491.shtml >
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