MÁS ALLÁ DE LAS ROCAS NEGRAS , para la profesora Marta Ugarte. Martín Faunes Amigo

MÁS ALLÁ DE LAS ROCAS NEGRAS , para la profesora Marta Ugarte

de Martin Faunes Amigo, el Domingo, 27 de marzo de 2011 a la(s) 11:14 ·

AMANECÍA LA VEZ que deambulando por donde la arena se torna acuosa, tomé rumbo, sin proponérmelo, hacia la punta de la playa donde está ese roquerío que algún ángel caprichoso pintó de negro. Amanecía, pero el sol no lograba mostrarse aún o tal vez estaba ahí, oblicuo sobre los cerros, pero la bruma espesa lo ocultaba. Madrugada sin sol era entonces ésa, y casi tropiezo con el falucho que se hunde en la arena y que mientras prolonga su muerte adorna la playa con el nombre sabroso “barcarola de Los Molles”. “Cada año está más roto”, me dije, “cada día más triste”, después noté con pena que por cada temporada pierde nuevos tablones y su casco se hunde más y más por esa misma arena acuosa por donde yo también me hundía con los ojos semi cerrados como los llevaba para resistir a la llovizna que se venía en mi contra. Y aquí voy, mi andar se hace penoso. Camino casi a ciegas y me gusta. Me gusta jugar a creer que soy realmente ciego y que nada sé y que tampoco nada he visto. Camino así, minotauro no vidente conducido acaso por una muchacha de paloma en la mano, aunque no había tal muchacha lazarilla, a mí no hay quien pueda guiarme, tropiezo por eso con una roca que me hiere el pie descalzo. Duele el rasguño, duele cierto, sin embargo una ola que ha subido algo más por la arena, me ha alcanzado aliviándome el ardor. Arde el agua salada en la piel herida y eso me obliga a abrir los ojos. Me doy cuenta así de que mi marcha, aunque pausada, me ha llevado más allá de las rocas negras. Es allí donde se separa nuestra playa de esa otra que llaman “La Ballena”, un sector más duro y peligroso donde las corrientes se desnudan con las olas y hacen esa arena por donde voy mucho más acuosa y movediza. Cierro de nuevo los ojos porque deseo continuar ciego entre la niebla, y deseo también que la llovizna y el mar congelado de septiembre me salpique y me cure de los daños que, ciego como voy, pueda inferirme en la marcha. Sin embargo un impulso que siento por descubrir la roca con que me he herido, hace que me detenga; y así, sin cejar la fuerza con que mis ojos están apagados, me arrodillo y mis dedos recorren un trozo de metal largo cubierto por el óxido. La ceguera agudiza los sentidos, “pero no siempre”, me digo; pero me digo también que sí en este caso; será por eso que no me cuesta reconocer al tacto que se trata de un trozo de riel de ferrocarriles. Es bastante evidente, lleva un canto redondeado y a lo largo dos anchos simétricos con cintura, además, al canto que supongo sería el de abajo se lo palpa plano; “es por donde se asientan los durmientes”, me digo mientras me pregunto qué hace medio metro de riel en la playa más allá de las rocas negras, qué hace semi enterrado en la arena acuosa, ¿acaso imita a la barcarola, ballenero que agoniza? Voces que me alertan y me sacan del ensimismamiento, me obligan a abrir los ojos porque necesito saber quiénes son los que me dicen “compañero, no toque ese riel, que es del acero más noble y del más venerado”. Eso me dicen, y me lo dice un coro de niños que la llovizna impide que vea, no obstante los escucho y cada vez más cerca; además, mis sentidos agudizados destacan para mí una voz principal más reluciente, voz de mujer hermosa. Hago caso. Me levanto y mis manos quedan lejos del contacto con el metal enmohecido, pero ahora con mis ojos muy abiertos deseo ferviente encontrar con la vista a esa mujer cuya voz ha delatado su hermosura. Nada veo sin embargo, sólo bruma y rugido del mar, viento y llovizna. Pero no, hay velas encendidas en este sector donde esta madrugada el azar me ha traído. Las portan muchachos y muchachas vestidas de blanco, y se acercan; caminan sobre la arena movediza y ahora este solitario que se aventuró ciego más allá de las rocas negras puede verlos mejor. Son todos muchachos valientes, chiquillas bonitas. Son todos muy jóvenes para ir con velas y de tobillos hundidos por esa costa traicionera. Pero no están solos, los acompaña una mujer cuyo vestido blanco flamea entre sus piernas. Es la mujer de la voz hermosa, no creo equivocarme, y ahora la veo bastante mejor; trae también velas en las manos. Bonita la mujer, ¿tal vez su profesora?

“A ese riel habían atado a Marta, pero la nobleza del acero no permitió que su cuerpo se perdiera en las profundidades”.

Así me dice, y yo que deseo saber de dónde vienen todos ellos y quiénes son, pero sobre todo, qué hacen allí en ese amanecer, nada alcanzo a decir ni a preguntarles, porque antes de que pueda siquiera balbucear, ella se desvanece frente a mí junto a todos sus muchachos; alumnos suyos serían, no hay duda. Alumnos suyos que con ella se perdieron entre la niebla, mientras yo, ya no más ciego, concluyo que un homenaje era el que realizaban; cómo no, si una vela encendida llevaba ahora yo mismo en mis manos tal vez entregada a mí por ella o por alguna de sus muchachas. Alcé entonces esa vela para purificarme y quizá, para que me oyeran los miles que no quisieron ver ni escuchar y que nada dijeron tampoco, con el puño izquierdo en alto dije para mí en un grito que hizo callar al fragor del oleaje rugiente: “¡Profesora Marta Ugarte!”. Una bandada de gaviotas respondió “¡Presente!”, y ese “presente” se fue repitiendo por la rada, contestado tal vez por gente de mar, por lobos marinos, por sierras, lenguados y sirenas. Media hora más tarde, mientras la niebla se disipaba ese “presente” no terminaba de repetirse ni bajaba su potencia, pese a que se alejaba de las rocas negras y se iba lejos, más lejos, cruzando esa línea imaginaria donde el cielo se junta con el mar.

Martín Faunes Amigo.

MÁS ALLÁ DE LAS ROCAS NEGRAS, homenaje a la profesora Marta Ugarte, pertenece al libro “Aulas que permanecerán vacías”, Cuarto Propio, 2009,

La profesora Marta Ugarte Román, dirigente del Partido Comunista y miembro de su comité central en la clandestinidad, fue detenida por la DINA el 9 de agosto de 1976. Según testigos, permaneció recluida en el sector denominado “La Torre” de Villa Grimaldi, muriendo posteriormente a consecuencia de las torturas de que fue objeto. Su cadáver fue arrojado por sus captores al mar, aunque no obstante las precauciones que los asesinos tomaron para evitarlo, el 9 de septiembre de ese mismo año su cadáver apareció desnudo dentro de un saco amarrado con alambres. Según la autopsia, Marta sufrió en vida una luxo fractura de columna, traumatismo toráxico abdominal, fracturas costales múltiples, ruptura y estallido del hígado y del bazo, luxación de hombros y cadera, y una fractura doble en el antebrazo derecho.

Últimas noticias conocidas por dichos de los ex jerarcas de la DINA, hoy, recluidos, hablan de que Marta, tras todas las torturas, habría sido asesinada por ahorcamiento con alambre, con su cabeza cubierta por una bolsa plástica. Un método similar al que se habría ocupado con Víctor Díaz, su compañero en la dirigencia clandestina del P.C., quien era el padre de la ya legendaria dirigenta de la AFDD, Viviana Díaz.

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