En el Día del Trabajador Radial: Recuerdos de infancia, Escucha Chile y la voz de Katia

En el Día del Trabajador Radial: Recuerdos de infancia, Escucha Chile y la voz de Katia

En el Día del Trabajador Radial: Recuerdos de infancia, Escucha Chile y la voz de Katia

de Manuel Guerrero, el El Viernes, 21 de Septiembre de 2012 a la(s) 9:09 ·
 

Cuando era pendex, habré tenido 10 años, viajé de la mano de mi viejo (habrá tenido unos 30) a Moscú donde vivían en el exilio mis tíos y primos. A los seis salí de Chile luego que recuperáramos a mi padre de distintos centros de tortura, y viví hasta los 11 en Budapest, Hungría. Parte importante de mi infancia la pasé, por lo tanto, en un país socialista.

 

Fui pionero de pañoleta azul de primero a cuarto básico, y en quinto me pude poner mi pañoleta roja, lo que implicaba un nivel de compromiso social más grande. ¿Con qué indicadores se medía eso? Con participación en trabajos voluntarios, exposición en distintos centros productivos de lo que ocurría en Palestina, Chile, Sudáfrica, Angola, Mozambique  El Salvador, Nicaragua… en fin, una serie de actividades comunitarias, rodeadas de lecturas de Alejandro Dumas, Emilio Salgari, Edmundo de Amicis, los Diarios de Marco Polo, casi todo Julio Verne, desde luego Nicolás Gogol con su Taras Bulba, Mark Twain, La Madre de Gorki y el poema pedagógico de Makarenko… Es decir, toda la Ilustración humanista soñadora de futuros mejores en las cabezas y corazones de la tierna infancia. Nuestras lecturas eran acompañadas por la música de Bela Bartok, Franz Liszt, Rimski Korsakov. Nuestros héroes eran los indios en la películas de cowboy producidas en la República Democrática Alemana, con el rubio cantante folk revolucionario Dean Read y el moreno alemán Gojko Mitic de Apache. Por supuesto yo tenía héroes adicionales, Asterix que traía mi padre de sus viajes donde los chilenos exiliados a Francia y Salvador Allende (de quien yo de niño pensé siempre que era comunista! No podía no serlo jajaja).

 

Con esa infancia paradójica a cuestas, de vivir desterreados con las heridas de la represión en nuestros cuerpos al tiempo que experimentar lo hermoso de Hungría, llegué a Moscú con mi viejo en 1980. Recién se estaban separando la Vero y el Manuel, mis padres. El mundo se derrumbaba para mi viejo y decidió hacer este viaje a la “madre patria”, con su retoño, para que yo conociera al pueblo del gran Yuri Gagarin, cosmonauta que conquistó el espacio (los pilotos capitalistas eran, por su parte, “astronautas”). Llegamos en pleno invierno, con treinta grados bajo cero. Premunidos de un buen shapka, el gorro ruso de invierno, no nos pasaban balas. En el avión le confesé a mi padre (porque era como un rito iniciático lo que estábamos haciendo) que en el colegio le había robado una naranja a una compañera de curso, y llevaba ese peso conmigo durante muchos meses. Mi padre me acarició y sentimos como las ruedas del avión Aeroflot frenaban sobre la fría loza el aeropuerto. Esta es la patria de Lenin, me dijo mi viejo, y estaba muy emocionado.

 

Cómo no iba a estarlo. Si su abuelo, el artesano Manuel Jesús, de la época de don Lucho Recabarren, le hablaba con añoranza del país de los soviet, donde obreros, artesanos, campesinos y soldados se habían tomado por primera vez en la historia el poder para inventar algo diferente, para los trabajadores. Si su padre, el escritor autodidacta Manuel Rodríguez, peleó en la fundación de la Fech porque los estudiantes de Chile tuvieran conciencia de clase y aspiraran a construir una patria socialista, sin diferencias de clase, libres de explotación económica. Si él mismo, de veintitantos años, había visitado al Komsomol (las juventudes comunistas soviéticas) saliendo clandestino de Chile en plena cacería de la Dina, y volvió lleno de ilusiones para aguantar la barbarie, la persecución, la tortura, la desaparición  Y ahora era su turno de mostrarle ese pedazo de tierra e historia a su hijo. Él, Manuel Leonidas, de la mano de su propio Manuelito.

 

Nos golpeó el frío en la cara al bajar del avión y recibimos el abrazo de mi tío Máximo, bautizado así por Gorki por supuesto. Nos llevó a su departamento, sencillo, espartano, como el de todo el pueblo soviético. Pregunté cuándo iríamos a ver a “Lenin Bácsi”, el tío Lenin en húngaro, y me dijo que antes pasaríamos a saludar a buenos amigos.

 

Después de descansar y repartir los regalos que traímos para los primos, partimos al local del Partido. Una oficina llena de afiches llamando a la solidaridad por los presos políticos en Chile, por las causas subsaharianas, por los chipriotas, por la libertad de Mikis Theodorakis, con alusiones a los republicanos de España, en fin: el mundo de la resistencia en afiches. Por supuesto imágenes de Victor Jara, del Chicho acompañado de Fidel en lo que yo ahora sé que era el Estadio Nacional de Santiago de Chile. Mi padre tocó con cariño a una persona canosa, muy bajita que consultaba unos papeles. El se dió vuelta y al reconocerlo abrazó a mi padre como si fuera su hijo. Me lo presentó y yo ví un abuelito de ojos dulces, con cachetes colorados por el cambio de temperatura de la calle y la oficina. Me saludó respetuoso: Hola compañero. Hola, le respondí. ¿Cómo va el colegio? Bien, le dije, pensando de inmediato en la naranja que había sustraido. Tienes que estudiar mucho, no todos los niños tienen el privilegio tuyo de poder estudiar. Otros trabajan desde muy pequeños, sin ellos poder escoger hacerlo. Estudie compañero, me dijo con mucha convicción, casi como un mandato del Antiguo Testamento. Y bueno, no he dejado de estudiar nunca. Le hice caso a ese viejito de canas bajito, que era don Lucho Corvalán.

 

Todo sucedía a mucha velocidad en esa oficina. Llamadas telefónicas, cables de prensa y al medio de todo, una radio con cassetera. Alrededor una personas escuchando el cassette con mucha atención, comentando lo que decían. Revisaban la edición que saldría en unas horas más al aire, con noticias sobre nuevas detenciones en Chile, con acciones de protesta que ya existían, con llamados a aguantar, a no dejarse vencer. Cada vez que ponían el cassette se oía una voz muy dulce, que yo ya traía en mi memoria de niño porque oírla era parte ya de mi vida familiar, desde más pequeño. “Escucha Chile”. Era la voz de aquella compañera soviética, que años más tarde supe se llamaba Katia Olevskaia, quien incansable se las jugó por las causas internacionalistas.

 

La recuerdo con muchas sensaciones de nostalgia, pena, pero también con orgullo. Orgullo por el país de los soviet y por los socialismos reales que no fueron solamente aquello que, con justa razón, se ha denunciado de autoritarismo y burocratismo tecnocrático que se fue alejando del pueblo y de los trabajadores. Tal como Katia, como don Lucho, como todo aquello que pude vivir en forma privilegiada como niño, también era socialismo. Por el cual valía la pena luchar y vale la pena aún. Sobre todo porque la caída de los socialismos del este no ha implicado que las barbaridades del capitalismo hayan desaparecido. Y aún millones de niños no tienen otra opción que trabajar. Que jamás tendrán como libros de cabecera a Tolstoi, Pushkin, Dickens, Hemingway con su viejo y el mar. Que aunque estudien, por la calidad de la educación que reciben según el lugar de residencia, apellido, condición socio económica y etnia, no podrán leer en partituras el Microcosmos de Bartok, algo que todos los niños de quinto básico hacíamos en el país de Joszef Attila y Ady Endre, Hungría.

 

Ese era el sueño de Katia, el de mi viejo, el de su padre, el de su abuelo. No los totalitarismos burocratizantes, pero tampoco los capitalismos de “rostro humano” que no cesan de explotar a las personas y al medioambiente por intereses de lucro privados. Ahora yo le cuento esto a mis hijas. No tengo una Plaza Roja donde llevarlas. Pero me basta con ir a la zona sur de Ñuñoa con ellas, a la población Rosita Renard, o al sur de Chile al acompañar a la infancia mapuche, o a la Plaza de Armas para que juntos nos conmovamos con esta realidad para transformarla. “Escucha Chile” nos dice Katia y habemos muchos que aún la oímos clarito.

 

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    Comentario #1 Esa voz era luminosa era como una hoguera en la noche oscurisima, que viajaba miles de KILÓMETROS para provocar esperanza en los corazones de muchas personas

     
  • Comentario #2 Recuerdo como si fuera ayer cuando mi papá, profesor de la ex escuela República de Checoslovaquia de un cerro en Viña del Mar, llegó con dos nuevos integrantes del mobiliario de nuestra infancia, una litera metálica que en sus tonos cafés intentaba imitar ser de madera, y una radio Silver, que no sólo tenía la maravilla de tocar cassettes y grabar nuestras voces, sino que también tenía (¡oh, maravilla!) una línea más en el dial, la ¡onda corta! Pasé mucho tiempo sintonizando radios en otros idiomas, imaginándome sus rostros y riéndome de sus tonos y cadencias, y cuando fue el momento, sintonicé “Escucha, Chile”, que como decía su conductora de voz saltarina, se transmitía por “Radio Moscú  en la banda de 31, 41 y 49 metros”. Pasé mucho tiempo de esa infancia y adolescencia escuchando a Katya sin saber gran cosa de ella, ya que tan sólo escuchar a Los Jaivas era herético en ese oscuro tiempo de Sábados Gigantes y el Festival de la Una. Muchas cosas me gustaron de esas escaramuzas nocturnas, pero lo que más rescato era que había una voz en la que yo imaginaba la Patria Obrera que sabía de nosotros, que comentaba cosas de nuestro país que no sabíamos y que, entre tanto milico suelto, nos decía que no estábamos solos. Saludos, valiente Katya, aún te escucho a la distancia.
     
  • Comentario#3 Tenemos historias muy parecidas . Los niños y adolescentes de ese tiempo . Gran Compañía En mi clandestinidad en Chile de los 80 ese programa .
  • ANTROPO MEMORIA Les ruego a quienes quieran participar en el rescate de esta memoria de todos, que a la vez es reconstrucción de un espíritu, de una generación, de un proceso histórico único en el mundo, contesten este cuestionario, descargándolo o copia/pega en un Word con o sin su nombre,para así gritar fuerte la historia de lxs hijxs de la primera generación, y de sus nietos.

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