Setenta y dos horas en Londres 38. Patricio Rivas

Revista de Estudios Sociales


rev.estud.soc.  no.25 Bogotá Sep./Dec. 2006

Setenta y dos horas en Londres 38

Patricio Rivas

Sociólogo, Doctor en Filosofía de la Historia. Fue profesor de la Escuela de Gobierno de la Universidad de Chile y Coordinador General de la División de Cultura del Ministerio de Educación de Chile. Actualmente es el Coordinador del Área de Cultura del Convenio Andrés Bello. Premio Nacional de Ensayo de Chile.


RESUMEN

A partir de referencias directas con su pasado en Chile, durante los años de la dictadura de Augusto Pinochet, el autor presenta un desgarrador testimonio de las torturas y vejaciones de las que fue víctima durante la represión militar.

PALABRAS CLAVE

Chile, memoria, represión, militares, trauma.


Seventy-two hours in London 38

ABSTRACT

Based on direct references to his past in Chile—during Pinochet’s dictatorship—the author presents a heart-rending testimony of the tortures and ill-treats he had to endure during the military repression.

KEYWORDS

Chile, memory, repression, militaries, trauma.


Desde el primer momento entendí cómo era el mundo de los hombres del coronel Manuel Contreras. Fui arrojado al piso de una camioneta enlodada. Recibí golpes, patadas y puñetazos. El trayecto duró más de media hora; de vez en cuando sentía el ruido de los automóviles y las voces de personas que caminaban sin sospechar que a su lado circulaba una camioneta de la DINA. El vehículo ingresó por una estrecha calle de adoquines. Estaba en Londres 38. Me bajaron al interior de un zaguán, a tientas reconocí una mesa de escritorio donde se controlaba el acceso de los agentes. Preguntaron mi nombre y fecha de nacimiento, me sentaron en una silla de madera y fierro y me esposaron por la espalda. Una especie de coro infernal repletaba el recinto. Oía gritos en distintos tonos, desde distintas bocas, que se mezclaban con las órdenes de los agentes. Eran gritos de espanto que mordían el aire y que al terminar seguían vibrando en el espacio. No eran gritos de miedo, eran de soledad frente a lo incomprensible. Las voces de esos jóvenes quedaron ahí para siempre y luego la certidumbre de que no se esfumaron. Se les vio con sus rostros marchando por la Alameda, frente al palacio de La Moneda, un día del 2004 en que se recordó a los 119 asesinados en la Operación Colombo.

Uno de esos interrogatorios se ha esculpido en mi memoria. Un oficial preguntaba por una casa, después venía la sucesión de bofetadas y golpes, aparentemente de palos, ante cada silencio del torturado. Él lanzaba gemidos sordos en un intento por reprimir el dolor. Al tiempo que escuchaba esa escena, percibía que algunos prisioneros hablaban entre ellos. En el nivel del tormento hay dos juegos, en uno se hacen preguntas singulares, concretas y focalizadas; en otro, más allá de la información perseguida, se busca doblegar al prisionero. Estoy convencido de que el compañero murió ese mismo día. No respondió, sólo se replegó hacia la muerte. Permanecí alrededor de una hora y media sentado en la frágil silla, amordazado y vendado. Pasado ese tiempo me quitaron las esposas y me hicieron subir al tercer piso por una escalera de madera, corta y angosta, que conducía a una especie de buhardilla. Hacía frío y se escuchaba una radio. Los locutores relataban el partido en que la selección chilena abrumaba a goles al equipo de Haití; la noticia alegraba a los guardias y oficiales que celebraban con infantil nacionalismo. Todos se burlaban de los negritos. El dolor agónico de quienes sospechaban su inevitable asesinato se combinaba con la alegría de los torturadores frente a un partido de fútbol. Sus risas, sacadas de contexto, podían provenir de sujetos normales, amistosos, que disfrutaban en las salas de sus casas.

– A ver, a ver ¿a quién tenemos aquí? —dijo uno de ellos.

– A uno de los hijos de puta que está preso en el SIFA. Al Gonzalo—comentó otro.

– ¿Al cabrito que se nos arrancó? A ver si ahora intenta algo. Dejémoslo solito para ver cuánto alcanza a correr.

– Comencemos, que luego van a llamar por teléfono para ver cómo nos va con este muñeco.

Casi sin dar órdenes ni mediar palabras fui llevado a un pequeño cuarto donde fui desnudado y, como un animal aturdido, fui colgado entre dos muebles que logré ver por debajo de la venda. Además de la corriente eléctrica que aplicaban en todas las zonas de mi cuerpo, recibí golpes de puño y patadas en la espalda que casi me hicieron perder la conciencia. Sentí un crujido en la columna vertebral, luego otro. Después sentí muy poco dolor. Todo el tiempo que estuve en Londres 38 permanecí en esa posición.

– ¿Dónde vivías? ¿Dónde está el depósito de armas que controlabas? ¿Cuáles son las casas de reunión del Comité Central en Santiago? ¿Dónde vivías? ¿A qué huevón vas a entregar tu casa?

Las preguntas eran calcadas a las que me habían hecho los agentes del SIFA. Era evidente que la Fuerza Aérea estaba infiltrada por la DINA. En ese momento yo era testigo de la guerra de los servicios de inteligencia; de la disputa por el liderazgo estratégico de la represión. Repitieron el mismo guión durante varias horas. Presentía que la reiteración de mis respuestas era la única posibilidad de que creyeran en mi relato. Había terminado el partido con el triunfo de Chile. Algunos gritos cesaron y hubo un cambio en el equipo de torturadores. Amanecía. A la distancia se escuchaba el ruido de los automóviles. Los nuevos agentes se sentaron, aparentemente, en una habitación contigua. Yo seguía colgado y buscaba acomodarme para descansar. Cuando entró el primero de ellos oí sus pisadas vacilantes, caóticas. Podía oler un rancio olor a vino que se mezclaba con el olor a sudor y cigarrillos. No sabía si me daba más miedo ese olor y la locura que ocultaba o la inminencia de una nueva sesión de tortura. Me preocupaba si el formato de las preguntas se mantendría dentro del programa inicial. Por fin comenzaron. Pasaron segundos, minutos, horas. Lejos se escuchaba una radio… -Ay Rosa, Rosa, tan maravillosa—Sandro cantaba desde el pasado.

– ¿Dónde vives? ¿Cuáles son los recambios de las direcciones regionales? ¿Dónde están las armas? ¿Dónde está el dinero? ¿Dónde está el Tavo y la Gringa? Combinaron nuevas descargas de electricidad con golpes de pie y puño; la mezcla provocaba grandes espasmos y saltos en todo mi cuerpo. En un momento el palo crujió y se dobló hasta romperse. Rodé por el suelo y se desprendió la venda, entonces miré a mis torturadores, con asombro reconocí a Osvaldo Romo Mena, enemigo patológico del MIR.

Romo tenía un resentimiento histórico con los miristas. Desde fines de los años sesenta lo habíamos visto desplazarse como un pequeño mercenario de sus propios intereses. No era alguien en quien pudiéramos confiar. El dirigente Víctor Toro había hecho una radiografía muy certera de su psicología. Éste, por agradar al que tiene poder, está dispuesto a vender su alma. Romo me miró desconcertado, puso la venda en su sitio y me sentó sobre una silla.

– No puedo explicarte qué estoy haciendo aquí, pero no te preocupes—dijo y salió del cuarto. Entraron otros hombres más fétidos y gritones que los anteriores.

Veintinueve años después esperaría a Romo en la sala de un juzgado para declarar en la querella por la desaparición de Jorge Espinoza, el hermano de Juancho. Venía fuertemente custodiado. Su aspecto era repugnante, monstruoso. Todas las miserias de su alma se expresaban en su cuerpo. Intentó ser astuto ante el juez.

– Me acuerdo de Gonzalo, después se llamaba Pablo. Lo torturó Marchenko, yo no tuve que ver con su traslado a Londres.

Con su actitud de víctima parecía un pobre diablo. Su tamaño, su gordura, sus tics, configuraban la silueta de una marioneta desarticulada. Hice ver al juez que sólo mis compañeros, y no sus asesinos, podían decirme Gonzalo. Me miró torva y lastimeramente.

Sonó un teléfono. No alcanzaba a comprender qué hacía un aparato como ése en un lugar de tortura. Asociaba su sonido a conversaciones deseadas, anheladas; aquí servía para que el jefe del grupo se comunicara con su mando superior. Escuché la conversación. Imaginé que al otro lado de la línea un hombre hablaba desde su casa, rodeado de sus hijos. El país oficial a un lado, el real al otro. En uno los que no querían ni saber ni ver esto; en el otro los que tenían la voz y el alma cansada de tanto defender a los suyos.

– Sí, mi capitán…veremos ese tema…no le creo…seguiremos intentando…mandaremos a Ceballos a la mierda. Déjemelo a mí.

El breve descanso reanimó mi cuerpo y ordenó mínimamente mi cabeza. Recibí más electricidad y nuevos golpes, además de una inyección posiblemente de Pentotal, la llamada droga de la verdad. Quedé tendido en el suelo. Me molestaba el olor a suciedad que emanaba de las ranuras de las tablas. Debajo de ellas se escuchaban lamentos. Me quitaron la venda en una habitación más bien larga y baja. En el centro del cuarto pude ver una mesa tosca, cubierta por una tenue luz amarilla. Vi a una hermosa joven desnuda a la que los torturadores llamaban La Socia. Estaba brutalmente golpeada, tenía marcas de quemaduras de plancha en la cara y en la zona de los pechos. Agonizaba. Me miró con unos gigantescos ojos verdes y con actitud de madre.

– No digas nada, no sirve contar nada—susurró.

– Cállate, puta de mierda—gritó uno de los torturadores— ¿o quieres más?

Ella irguió con fuerza moral de lo femenino, su rostro destrozado. Ese cuerpo tenía un alma incólume. No importaba si físicamente había sido violada, era éticamente de una sola pieza.

Yo no lograba comprender la situación. De pronto, entre la luz, surgió una voz y un revólver.

– ¿Dónde vives?—me interrogó—Si no hablas, la mato. Miré el rostro impertérrito de la mujer. En su cara había una mueca parecida a una sonrisa. Oí el disparo. Mi pecho y mi rostro quedaron bañados en sangre. Sentí un odio sin límites. Traté de pararme, pero me golpearon hasta quedar semiconsciente.

– Vamos a seguir—amenazó uno de los hombres. Temí que fuese cierto, pero no hicieron nada. Tenía la cabeza en blanco, sólo veía la foto fija de los recuerdos.

La cara de la mujer no ha dejado de estar presente en mi memoria. Tampoco el ruido del disparo ni el breve silencio posterior que inundó el recinto. He tratado de pensar qué sucedió verdaderamente. Algunos me dicen que fue un montaje, una macabra puesta en escena, que no veo con claridad debido al estado de perturbación en el que estaba. Otros me recomiendan traicionar mi recuerdo y contar esta experiencia como un simulacro. No tengo pruebas ni testigos. En el fondo de mí he deseado que esto no hubiese ocurrido, pero al evocar los detalles regreso al dolor de la verdad.

Estuve setenta y dos horas en la casa de Londres 38. En cada uno de los segundos de esas horas sentí el vértigo de la muerte. Mi deteriorada condición física fue un argumento determinante para ser trasladado con urgencia al Hospital de la Fuerza Aérea. No tengo imágenes nítidas de mi paso por ese lugar. Recuerdo figuras fantasmales, enfermeras, luces. Regresé a la Academia de Guerra por el pasillo largo del subterráneo, portado en vilo por dos soldados, observé de refilón las caras de pánico y lástima de la gente que estaba alrededor. Sólo deseaba tomar una taza de té y dormir para siempre. Desde ese momento La Ardilla empezó a cuidarme, me daba la comida en la boca y varias veces me regaló su postre, el más preciado de sus platos. Alguna vez, en Guatemala, Gonzalo habló con Pablo Monsantos sobre el misterio de la tortura. La represión en ese país fue una de las más violentas en la historia latinoamericana. El Informe de la Comisión para el Esclarecimiento Histórico, redactado en 1999, estimó que los desaparecidos y muertos fueron más de 200 mil; de ellos, 50 mil fueron víctimas de violaciones a los derechos humanos. El caso de Guatemala no sólo le impacta por la envergadura de la represión o porque el Estado o los organismos paramilitares vinculados a él fueron los responsables del 93 por ciento de las violaciones. Lo que le sorprende es la crueldad. Hubo torturadores que tras cortarle la cabeza a un prisionero, abrían el vientre de su compañera y depositaban la cabeza en su interior. El genocidio de pueblos completos fue una práctica habitual en ese país.

– Las personas no hablan o se doblegan producto del dolor. El dolor intenso aturde. Lo que sienten es el pánico a lo desconocido; el pavor a estar completamente sometido a la voluntad de otro. Es la pérdida de humanidad e identidad la que produce el derrumbe.

¿Sabes?, muchos compañeros que aguantan la tortura luego se derrumban por otras cosas, no por el dolor—le decía Pablo. Se desmoronan por miedos básicos, temen que los muerda un perro, pasar frío o hambre. No existe una coherencia unívoca frente al dolor.

Cada vez fuimos quedando menos habitantes en la pieza número 1. Hacia el verano de 1975, La Ardilla, El Pato y yo éramos experimentados prisioneros. La forma en que se expresa la amistad y el cariño en instantes como éstos es maciza. El vínculo es tan intenso que los otros se convierten en tu extensión espiritual. Llegas a conocer las respiraciones, las miradas, la manera de girar la cabeza, el modo de hablar.

La relación que construimos fue puesta a prueba antes de ese verano. A fines de julio de 1974 logré escribir tres cartas a Miguel Enríquez. En la primera le hablaba de los detenidos, le contaba de Ceballos y Oteíza, de las torturas, de la información que creía que ellos manejaban. Una tarde en que leía subrepticiamente su segunda respuesta fui sorprendido por el guardia.

– ¡Entrégueme ese papel!—dijo, amenazante. Estaba seguro de que si lo hacía los tres habitantes de la pieza 1 moriríamos.

– No tengo ningún papel, se equivoca, vio mal—mentí.

– Voy a buscar a mi oficial.

Lancé la carta a las garras de La Ardilla. Cuando el soldado regresó con el oficial de turno no había pruebas. Fui castigado por sospecha, me dejaron de pie en el pasillo, no me dieron comida durante un par de días, pero se salvó la vía de comunicación con Miguel y la vida de mis amigos. Sólo dos personas sabían la trama completa, además del suboficial allendista que había sacado las cartas desde la Academia de Guerra. Por intermedio de un enlace, el suboficial hizo llegar la carta al Tavo, su ex cuñado, quien la entregó a Sergio Pérez, hasta llegar al Secretario General del MIR. Informes completos, redactados en pequeños papeles, partieron hasta la casa de la calle Santa Fe. Miguel respondió en dos ocasiones. La primera vez envió cerca de treinta papeles de cigarro, escritos con letra menuda. Expresaba su afecto y hacía preguntas muy específicas: número y nombre de los prisioneros, formas de interrogatorio y tortura, identidad de algunos oficiales. En la segunda carta entregaba información general del MIR y un análisis de la situación política. Miguel moriría antes de responder por tercera vez.

Las cartas de Gonzalo y la última de Miguel se salvaron y fueron publicadas por la prensa mirista en Europa, mientras él aún estaba detenido en la Penitenciaría. Le preocupa no saber qué ha pasado con quienes lo ayudaron a que circulara esa correspondencia. Decide no desenterrar los detalles sobre ese episodio. No por ahora. Hay un imperativo de cuidar a todos los que han confiado en él; de extender la moral hasta el fin de los tiempos de cada cual. Quizás esa es la identidad de todos los partisanos en las historias de las resistencias. Eventos que no terminan jamás de dialogar con la intimidad.

La DINA era el último infierno del Régimen, el lugar donde morir. Era un descanso, pero también la vitrina de esa dualidad entre seres perdidos en sus miserias disfrazadas de doctrina militar y la humanidad extensa, plural y densa de los prisioneros. El SIFA de 1974 fue un purgatorio sistemático, un juego cruel y experimental de quebrar moralmente al detenido. En el largo plazo, ni en uno ni en otro lugar triunfaron, porque los heridos de todo tipo se reagruparían, no sólo para impedir la amnesia, sino que además para demostrar que los que no están son inmortales.

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