La Jota. Sergio Arévalo

La Jota

Sergio Arévalo
Publicado: 22 octubre, 2014
Hijos PC Memorial Digimax A50 / KENOX Q2
La primera vez que escuché hablar de la Jota, fue en Angol, en una de mis vacaciones de infancia. No recuerdo el año exacto, pero sí, que estábamos en pleno gobierno de la Unidad Popular. Mis primos, los mellizos, habían entrado a la Jota. Nunca hablaron conmigo del tema, ya que era muy chico; sin embargo, recuerdo que me indicaron cual era la sede. Se trataba de una casa de dos pisos, a los pies de la casa de mi abuela; donde se podían ver jóvenes en las ventanas y el patio, la mayoría fumando y conversando. Años más tarde me enteré que había tenido varios otros primos y primas en la Jota; entre ellos uno que fue dirigente en la Provincia de Malleco, cuya interesante historia contaré cuando me lo permita.La segunda vez que oí hablar de la Jota, fue cuando me invitaron a militar en ella, el año 1979, habiendo recién entrado a estudiar Ingeniería en la Universidad de Chile.  Hasta ese momento mi resistencia contra el Régimen había sido absolutamente solitaria y se había reducido fundamentalmente a manifestar mi opinión contraria, en todos los espacios donde era posible hacerlo. Cuando entré a Beauchef tuve, por primera vez, la posibilidad de hacer algo más concreto para oponerme a la Dictadura.

Hasta ese momento, en la Escuela, todos los dirigentes eran designados por las autoridades de turno. Sin embargo ese año se había decidido elegir a los vocales, que iban a ser representantes de los estudiantes en la Fecech, que era la organización títere creada por la Dictadura para reemplazar a la disuelta Fech. Este proceso activó toda una discusión política en la Facultad, una toma de posición de los alumnos, dependiendo de si apoyaban a un vocal del Régimen o a alguien de oposición. Fue ese momento, cuando se me acercó Ernesto; un ex alumno del Instituto Nacional, para contarme que nuestra promoción había decidido levantar la candidatura a vocal de la Dinka.

Ella era una chica muy atractiva, que estaba en la misma sección de dibujo técnico que yo. Recuerdo que cuando dije que iba a votar por ella, unos compañeros fachos que estaban en mi sección, en los cursos de matemáticas, del gran profesor Moisés Mellado, y entre los cuales, había un ex miembro de la Fach y otro del Ejército, me dijeron “¿cómo vas a votar por ella, si es Comunista?”.

Bueno, no sabían que al decirme eso, me generaron aún más interés en apoyar su candidatura. Después de una rápida campaña, logramos elegirla como vocal de nuestra promoción. Durante ese tiempo, mi contacto con Ernesto siguió girando en torno a las conversaciones de política en los patios de la Escuela; hasta que un día me pidió que lo siguiera. No me explicó nada más. Acto seguido comenzó a caminar rápido hasta el edificio Dirección, cruzando el Hall Central y luego subiendo por las escaleras, hasta llegar al tercer y último piso, donde funcionaba la carrera de Minas. Al llegar allí, entramos a una sala desocupada, me pidió que cuidara la puerta y le avisara si venía alguien. En ese instante, sacó un paquete que traía guardado y que consistía en una caja de madera pequeña, que al abrirse tenía dentro un cordel y una vela. Colocó dentro de la caja un alto de panfletos que traía en un bolsillo,  abrió la ventana e instaló la caja sobre el marco. El mecanismo artesanal de la caja, consistía en que, al quemar la llama de la vela el cordel que sostenía la cara de abajo de la caja,  ésta se soltaba dejando caer los panfletos. Después de encender la vela me dijo, vámonos, y salió rápidamente. Yo bajé detrás de él, con el corazón en la mano. Llegamos a la entrada del edificio y miramos hacia el cielo; justo en el instante en que comenzaban a caer mágicamente los panfletos. Inmediatamente,  los auxiliares de aseo, que todo el mundo sospechaban eran sapos, empezaron a subir rápidamente las escaleras, para descubrir quién estaba lanzando los panfletos. No me acuerdo lo que decían los papeles; solo que tenían un dibujo del enano maldito, del Clarín, y que a pesar del miedo, sentí gran emoción al ver que los alumnos los recogían del suelo para leerlos.

Después de esta acción, pasaron varios días, hasta que uno cualquiera, se me acercó nuevamente Ernesto, para invitarme, a una fiesta, en la casa de la Dinka. Recuerdo que su casa quedaba cerca del Estadio Nacional. En esa fiesta, me encontré con un grupo de jóvenes, que al igual que yo, estaban en contra de la Dictadura, y con los cuales me identifiqué inmediatamente. Aún recuerdo la emoción que sentí, al ver que no era el único que pensaba así, y que había espacios donde hablar y organizarse. Debo decir también, que la Dinka estaba muy linda y que me sacó a bailar varias veces durante la noche; lo que aumentó aún más mi emoción.

Después de ese evento, y de varias otras charlas con Ernesto, un día me reuní, en el patio de la Escuela, no recuerdo si con él o con otro compañero, quien me  invitó, oficialmente a militar en la Jota; a lo que accedí sin pensarlo dos veces. Después supe que previo a este ofrecimiento habían hecho una investigación sobre mi, que incluyó ir a mi barrio a conocer mi casa.

A partir de ese momento, empecé a participar de las reuniones de mi base, que es como se llama a los núcleos de militantes de la Jota.

Éramos un grupo de más o menos 5 personas, que nos reuníamos semanalmente, en la casa de alguno de los miembros, para organizar nuestro trabajo político. Lo que decíamos en nuestras casas era que nos juntábamos a estudiar. Siempre que se convocaba a una reunión, además de acordar el lugar, nos poníamos de acuerdo en la la señal que debíamos atender, antes de ingresar al domicilio. Recuerdo una que era, poner una toalla colgada en la ventana, que indicaba que el lugar era seguro, y que por lo tanto se podía entrar; en caso contrario, es decir si la toalla no estaba puesta en el  lugar indicado, debíamos irnos rápidamente. Cada uno tenía una hora exacta para llegar, de forma  tal que nunca toparnos dos personas, ni en la calle ni en la entrada de la casa.

Las reuniones tenían casi todas el mismo formato. Una vez que estábamos todos reunidos, llegaba alguien de la Dirección que sacaba un papelito,  nos daba el informe político y nos anunciaba las actividades que estaban programadas para los días siguientes.  Luego de entregar su informe, esta persona se retiraba y nosotros nos quedábamos debatiendo y poniéndonos de acuerdo en cómo implementar las tareas asignadas. En general había un calendario anual de movilizaciones y acciones ya establecidas, que incluían, el ocho de marzo, día internacional de la mujer; el primero de mayo, día internacional del trabajo; la romería a la tumba de Víctor Jara, el natalicio de Neruda y el once de septiembre, entre otras. Estos eventos incluían, además de acciones de propaganda, consistentes principalmente en tirar panfletos, los días y noches previas, en algún territorio previamente asignado; la asistencia a las movilizaciones correspondientes.

Al cabo de más o menos un año, y al comenzar a interactuar con otros compañeros de la Escuela, me fui enterando que existían en la Facultad, otras organizaciones políticas de oposición. En este proceso comencé a ver cada vez en forma más crítica la forma de la militancia en la Jota; hasta que finalmente decidí renunciar a la organización.

Aún recuerdo que cuando comuniqué mi decisión de retirarme, fui citado a una conversación con Pancho, el jefe de mi base. El día señalado, nos reunimos en el patio de la Escuela, donde estuvimos largo rato caminando y hablando, en la cancha, de un lado al otro, como lo hacen los presos. Yo explicando las razones por las cuales renunciaba y mi jefe, dándome sus argumentos para que no lo hiciera. Al final de esta conversación, y cuando Pancho, se cansó de tratar de convencerme que me quedara, me dijo, quizá como un último rescursos para convencerme de que me quedara, una frase que me quedó grabada.: “En la Jota nadie renuncia; sólo se la deja porque uno pasa al Partido, porque se muere o porque lo expulsan”. Pobre mi jefe no sabía que soy un tipo muy testarudo, y que en esa época lo era aún más.

A pesar de haberme retirado y después haber ingresado a militar en otra organización política de izquierda; aún recuerdo con cariño a mis compañeros de la Jota, varios de los cuales aún veo o me comunico con ellos en forma regular. Le agradezco a la Jota haberme brindado el primer espacio para luchar organizadamente contra la Dictadura. Le agradezco también haberme dado la oportunidad de conocer a gente maravillosa; a quienes hasta el día de hoy admiro por su compromiso, su valentía y su integridad.

Parece que es verdad lo que Pancho me dijo aquel día en el patio de la Escuela. Con el correr del tiempo, me he dado cuenta que, al igual que muchos otros; a pesar de que estuve sin militar muchos años, y de haber tenido y tener con ellos diferencias políticas (a veces grandes y otras veces pequeñas);

9 de marzo de 2005, en el funeral de Gladys Marín - Fotografía de Sergio Arévalo

(*) La foto la tomé el  9 de marzo de 2005, en el funeral de Gladys Marín.

 

Destacado

Nos hace falta Allende… las cosas sucedieron así. Y así las relato.

Nos hace falta Allende

20080701052327-mireya.jpgNuestro deber es concluir la tarea inconclusa

Por Mireya Baltra

Especial La Nación

Al día siguiente de su derrota, llegó como a las diez de la mañana a la población Exequiel González Cortés, en avenida Grecia. Allí los pobladores habíamos construido una plaza, habíamos hecho un escenario y él, sin avisar, llegó al bloque 12 donde yo vivía. Verlo allí en la plaza construida por el trabajo voluntario de los pobladores fue impresionante, sin decirlo nos decía sigamos adelante. Era su tercera derrota.

Mucha gente me pregunta ¿cuándo conociste a Salvador Allende? No es fácil una rápida contestación. Por primera vez lo vi de cerca cuando como senador se dirigió al local de la Central Única de Trabajadores (CUT), en calle Compañía, para entregarnos las condolencias por el asesinato de siete hombres y una mujer en la población José María Caro. Lo vi apesadumbrado, pero a la vez sus ojos expresaban indignación. Se sentó en la mesa grande de las reuniones diarias de la CUT para decirnos que había ido a entregar una firme protesta a la Guarnición del Ejército de Santiago y que desde el hemiciclo realizaría una intervención contra la represión brutal descargada el 19 de noviembre de 1962.

Al parecer antes lo había visto desde lejos en las concentraciones y mitines, en la campaña presidencial de 1958, donde junto a mi compañero Reinaldo montando una motoneta Lambretta, yo sosteniendo en el asiento de atrás una gran bandera chilena, íbamos a escucharlo así como los cristianos van a escuchar el sermón de la iglesia. Éste era un sermón revolucionario, que encendía la sangre y te enseñaba a leer en las palabras de un discurso lo que los libros a veces te negaban.

Salvador Allende nos inspiraba cariño, afecto, yo lo sentía igual en los enigmáticos parentescos políticos.

La segunda vez que recuerdo haber estado tan cerca de él en un momento que podríamos llamar crucial para la vida de un hombre fue en 1964, cuando fue derrotado por la Revolución en Libertad que encabezó Eduardo Frei Montalva.

Al día siguiente de su derrota, llegó como a las diez de la mañana a la población Exequiel González Cortés, en avenida Grecia. Allí los pobladores habíamos construido una plaza, habíamos hecho un escenario y él, sin avisar, llegó al bloque 12 donde yo vivía. Verlo allí en la plaza construida por el trabajo voluntario de los pobladores fue impresionante, sin decirlo nos decía sigamos adelante. Era su tercera derrota.

Otra de las respuestas que te solicitan es que definas el perfil del Presidente Allende, pensando quizás que tú tienes la capacidad en tres frases de definir el perfil político y humano de uno de los estadistas más destacados del siglo XX, que alumbra hoy el pensamiento de la izquierda pensante, no nostálgica ni abjuradora de lo que ayer fue.

Como la historia nos fue negada y arrebatada de los libros, para que los niños jamás aprendieran a deletrear el nombre de Allende, así la noche oscura de la dictadura quiso sepultar a Allende bajo cien lápidas. Allende se le escapó y ha vuelto a situarse en el más alto escaño de la nobleza revolucionaria que sin títulos nobiliarios tiene el cetro de la memoria viva, del nítido ejemplo de la transformación social, del ímpetu y la perseverancia por conducir al pueblo a su emancipación, separando las aguas y dejando sumergidos en el olvido, en la mediocridad y la ignorancia a los reaccionarios de ayer y hoy.

Cuando Allende me designó su ministra del Trabajo y Previsión Social me convocó a conversar privadamente varias veces. Su gran preocupación era darle continuidad a la formación de las comisiones tripartitas por ramas de producción y servicio, cuestión que había empezado al asumir este cargo el compañero José Oyarce, creando la comisión tripartita de los gráficos, marina mercante y textiles. Éstas consistían en una suerte de negociación colectiva moderna, donde participaban gobierno, empresarios y trabajadores.

Para el Presidente, el cumplimiento del programa era la piedra angular de su gobierno y debía ser respetado y jamás transgredido: «Mireya, debes devolver todas las pequeñas empresas que no pertenecen ni al área social, ni al área mixta de la economía. Son empresas insignificantes con maquinarias viejas y en la mayoría de ellas se adeudan años de imposiciones previsionales. Deben ser devueltas a sus propietarios».

Cumplí sus instrucciones y le daba cuenta periódicamente del cumplimiento de esta tarea ministerial. Devolví como cien empresas que fueron tomadas.

Los que se creían más revolucionarios que los revolucionarios daban bote, se tomaban pequeñas confiterías, desde una fábrica de cola de hueso en Chillán hasta el Cementerio Metropolitano. Para ellos eso era avanzar sin transar y crear de esta manera el poder popular paralelo y equidistante al gobierno del Presidente Allende. Los imperialistas estaban de fiesta y la derecha chilena aplaudía en la cofradía reaccionaria de los planes elaborados en Washington y que ellos cumplían como fieles funcionarios del país «más democrático del mundo». Directa e indirectamente la ultraizquierda chilena les echaba una manito.

En carta dirigida y hecha publica el 31 de julio de 1972 a los jefes de los partidos de la coalición de gobierno, Allende expone con claridad y firmeza su pensamiento: «El poder popular no surgirá de la maniobra divisionista de los que quieren levantar un espejismo lírico surgido del romanticismo político al que llaman al margen de toda realidad ‘Asamblea Popular ’».

En esa carta, que constituye hoy un documento histórico, hace una pregunta dirigida a la médula del hueso de los empecinados en subirse al carro de la victoria transgrediendo el programa e increpa: «¿Qué dialéctica aplican los que han propuesto la formación de tal asamblea? ¿Qué elementos teóricos respaldan su existencia?». Y responde a los jefes de los partidos y principalmente a los trabajadores y al pueblo:

«Una asamblea popular auténtica, revolucionaria, concentra en ella la plenitud de la representación del pueblo. Por consiguiente, asume todos los poderes. No sólo el deliberante, sino también el de gobernar. En otras experiencias ha surgido como ‘un doble poder’, contra el gobierno institucional reaccionario sin base social y sumido en la impotencia. Pensar en algo semejante en nuestro país es absurdo, si no crasa ignorancia o irresponsabilidad. Porque aquí hay un solo gobierno, el que presido, y que no es sólo el legítimamente constituido, sino que, por su definición y contenido de clase, es un gobierno al servicio de los intereses generales de los trabajadores. Y, con la más profunda conciencia revolucionaria, no toleraré que nadie ni nada atente contra la plenitud del legítimo gobierno del país».

Entonces, cuando me preguntan que defina a Allende, digo: Allende se define a sí mismo, cada discurso es una línea orientadora, una acumulación de más conciencia, una dinámica social nunca vista antes en Chile, plena de valores morales y éticos. La verdad fue un principio de Estado, nada nunca se le ocultó al pueblo. Lamentablemente, muchos gobernantes discuten y acuerdan a puertas cerradas lo concerniente a la vida, al trabajo, a la salud, a la educación de las mayorías hoy desplazadas por un sistema que profundiza las relaciones de producción capitalista.

A lo mejor muchos no estarán de acuerdo con estas páginas, pero qué diablos, las cosas sucedieron así. Y así las relato. Los que aún no estamos idiotizados por los mensajes y las imágenes televisivas de los crímenes, las violaciones, los asaltos que inmovilizan a los ciudadanos con el miedo, que ocultan con premeditación y alevosía lo bueno, lo positivo, lo cultural, los valores aún no perdidos de la ciudadanía víctima de la aldea global, nos rebelamos, porque los canales de televisión dan espacio superlativamente a estos impactos diarios como dosis de veneno que impiden al estado llano pensar, analizar, cuestionar, transformarnos en masa crítica, activa, cuestionadora del sistema que nos condena a cargar la cruz del mercado todos los días.

No nos detengamos. Aquí hablemos de quien debemos hablar, del Presidente Allende, un hombre concreto, un revolucionario cabal, un luchador incansable por la justicia de nuestro pueblo, un ministro de Salubridad en el gobierno del Presidente Pedro Aguirre Cerda, quien señalaba que gobernar es educar. Allende dio continuidad a esa antigua y sabia consigna. Nos enseñó a luchar uniendo la teoría y la práctica.

Si quieren saber lo que pienso, podría apretarlo en cuatro palabras: nos hace falta Allende. Busco en la juventud chilena el rostro, la voz sonora, el pensamiento claro, el método acertado, los valores que no debemos dejar escapar en este tumultuoso mundo de la dispersión, la exclusión y la confusión política. Nuestro deber es concluir la tarea inconclusa. No hay otra alternativa.

Mireya Baltra, dirigenta del Partido Comunista, fue ministra del Trabajo del Presidente Salvador Allende.

01/07/2008 01:23. Publicado por: Arístides Chamorro Rivas #. Salvador Allende