“Quema de libros” de una exiliada en tiempos de la concertación Virginia Vidal

“Quema de libros” de una exiliada en tiempos de la concertación

Virginia Vidal

 

 

 

 

 

 

 

Un relato fresco que respira autenticidad es “Y salimos a la calle…”, rescate de la memoria de Rossana Cárcamo. Tal título deviene la metáfora más elocuente para aplicarla a un aspecto de la vida de los jóvenes de los años 80 que se comprometieron a fondo en la lucha contra la dictadura. No sólo libros se quemaron entonces, sino también cuerpos juveniles.

 

 

 

El sencillo testimonio que arroja cada página del Diario de Vida de una muchacha que tenía seis años para el golpe de Estado de 1973, se transforma en una página de la historia vivida por millares de chilenos. A estas se suma el otro plano del acontecer cotidiano que permite apreciar la intensidad del compromiso juvenil en la lucha contra la dictadura.

 

 

 

Una simple constatación permite apreciar quién es la autora:

 

 

 

“Me crié bajo la dictadura de las Fuerzas Armadas Chilenas y soy una más de esos miles de niños y niñas que aprendimos a cantar la Canción Nacional con una estrofa que hablaba de valientes soldados, pero cuyo valor radicaba en atemorizar a la población civil, arrestándola, asesinándola y haciéndola desaparecer”.

 

 

 

Hay breves anotaciones sin mayores comentarios que revelan las tristes experiencias vividas por la juventud de los años ochenta: la quema de los libros y de discos a manos de los padres aterrados; los castigos y tremendas amenazas que infligían a sus hijos para que no participaran en las acciones de lucha contra la dictadura:

 

 

 

“Mi papá decidió quemar los libros de mi primo Lucho porque todo lo que fuera soviético o rojo era problema seguro. Lucho era militante de las Juventudes Socialistas y se salvó de las persecuciones de pura suerte.

 

 

 

La humareda asustó a nuestra vecina quién pensó que nos estábamos quemando y quería llamar a los bomberos.

 

 

 

—No se preocupe, estamos quemando basura— le contestaron y todo acabó allí.

 

 

 

El viento se llevaba las ilusiones y los sueños de un pueblo creyente y luchador. Las llamas danzaban abrazando las hojas de los libros y los discos se derretían silbando “Hasta Siempre Compañero”.

 

 

 

Por sobre todo, resulta conmovedora la forma en que la joven le cuenta a su Diario las muertes atroces del 8 de septiembre de 1986. La cotidianeidad de la muerte, la rutina de la muerte son sombras inseparables de esa muchachada.

 

 

 

“Ahora lo más triste, amigo, ha sido el asesinato de algunas personas mediante numerosos disparos a sus cuerpos. Los han sacado de sus casas en la noche y al día siguiente los han encontrado sin su documentación, muertos y tirados por algún sitio eriazo. Ellos son José Carrasco, periodista de la revista Análisis, perteneciente al Colegio de Periodistas y militante del MIR. También otro mirista asesinado es el profesor Gastón Vidaurrázaga. Los otros dos eran comunistas: Felipe Rivera y Abraham Muskatblit. Se conoce que hay más gente detenida, pero no se ha confirmado por la prensa”.

 

 

 

Elocuente es la impresión que sufre la autora después de ver caer con un balazo en la cabeza a Pachi, alumna del Departamento de Música y Sonología de la Facultad de Artes de la Universidad de Chile, cuando va a plantearle la situación al Cardenal:

 

 

 

“Terminada la misa, me dirigí donde los curas suelen sacarse sus vestiduras e interpelo al cardenal Fresno, él me toma las manos y me dice que me calme y yo como si fuera el mismo demonio que me las tocaba, se las arrebaté y le reclamé hasta cuándo él como jefe de la Iglesia chilena iba a seguir tolerando este tipo de atropellos sin decir nada. Le pregunté qué pensaba hacer él, le grité que se pusiera los pantalones de una vez y no recuerdo que otras cosas. Mi amigo y los otros curas deben haber visto en mí el engendro mismo de la rabia y salí de allí con un sentimiento de impotencia y de asco, porque Fresno me había tocado con sus manos timoratas”.

 

 

 

Tampoco están ausentes los sueños de libertad y de justicia plasmados en un poema escrito después de una manifestación callejera que interpreta a un vasto sector. Su ausencia de retórica y de todo calificativo refleja la intensidad de los sentimientos y la sensibilidad para interpretar intensos anhelos:

 

“Una lágrima de cera

 

Por los Detenidos Desaparecidos,

 

Una lágrima de sangre

 

Por los asesinados,

 

Una lágrima de dolor

 

Por los torturados,

 

Una lágrima de espera

 

Por los exiliados,

 

Una lágrima de hambre

 

Por los cesantes,

 

Una lágrima de clamor

 

Por la opresión,

 

Mil lágrimas sinceras

 

Por las familias chilenas,

 

Mil lágrimas vertidas

 

Por la nación entera,

 

Por la patria nueva”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Referencia

Virginia Vidal. ““Quema de libros” de una exiliada en tiempos de la concertación.” Anaquel Austral. Ed. Virginia Vidal. Santiago: Editorial Poetas Antiimperialistas de América. 31 de Marzo de 2009.

< http://virginia-vidal.com/publicados/ensayos/article_314.shtml

 

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