ONCE DE SEPTIEMBRE EN INDUMET.

Once de septiembre en Indumet

Martín Faunes Amigo

Para Eduardo Ojeda Disselkoen, “León”.


“A MÍ NO ME IBAN A MATAR ASÍ NO MAS”. Con frases como estas pretendía animarme y conservar la serenidad que tarde o temprano me iba a ser falta. Difíciles las cosas, por eso le exigí a Miguel dos de los fusiles AK que nos habían entregado los elenos, y me parapeté con ellos mientras se me pasaba la vida por delante, virtual espectador de alguna película del Cine Andes o del Egaña. Y ahí, solo ante mis circunstancias, tuve claro que yo no me había comprometido en la revolución empujado por convicciones formadas tras largos y pensados procesos. Y sé que si ahora que tengo la oportunidad de escribirlo dijera que así fue, mi testimonio podría resultar más convincente. Pero para qué, ésta es mi verdad y así nomás es como fue… sé es bueno que diga que fui criado en un hogar de gente de izquierda, con acceso a libros y revistas, y que a ese estudiante secundario y rebelde que era yo, le bastó leer las conclusiones del congreso fundatorio del MIR en la revista Punto Final para desear de inmediato integrar ese grupo que me pareció lo más cercano a los ideales del Che Guevara que en mi corta vida había percibido. Descubrí además en esa declaración, palabras que denotaban una tremenda consecuencia que si bien estaba por probarse, no me cabía duda de que así iba a ocurrir cuando se diera el caso; hasta hoy no creo haberme equivocado. Pero por entonces yo tendría que ser mirista, y tuve que buscar al MIR. Es que no había por ese tiempo en Santiago trabajo político del MIR como parecía haberlo en Concepción, así que por mi cuenta y riesgo, y como lo sentía en mi visión de adolescente, creé una célula del MIR en el Liceo Manuel de Salas, la cual, más que la revolución promovía la rebeldía, y estuvo bien: no hay ni podrá haber revolución sin no surge primero la rebeldía; aunque nuestra rebeldía no tuviera causas muy precisas y provocara trastornos en la disciplina y el orden del colegio. Nuestra célula de rebeldes permaneció y creció en el tiempo, a pesar de que yo ya no pude seguir militando en ella, porque al final del año sesenta y seis o sesenta y siete, fui invitado cortésmente a no matricularme en el año entrante; debí por ello terminar mi enseñanza media en un liceo que se trasladó de Plaza Los Guindos a Bilbao Oriente, barrio donde mi familia había adquirido una vivienda DFL2 por el sistema de Ahorro y Préstamo. En esa misma casa comprobaría pocos años después, la furia con que los pijes de Patria y Libertad más sus lumpen pretenderían anular a los que ellos entendían los únicos capaces de oponerse al golpe de estado que con ahínco promovían entusiasmando a las fuerzas armadas en embarcarse. Claro que mucho antes de eso, por el sesenta y seis, yo ya había logrado conectarme al MIR de verdad; ello fue por el tiempo en que Miguel, Bautista, Luciano, y nuestros otros dirigentes de Concepción vinieron a establecerse en Santiago, porque es en Santiago donde pueden marcar presencia nacional, y es también en Santiago donde estarán encima de la contingencia que se volverá rápidamente en más dramática. Hablo también de la época de las acciones de propaganda armada y las expropiaciones de bancos, que es cuando varios de nosotros somos apresados, incluyéndome, y esto me hace visible para los reaccionarios. Es así como en plena Unidad Popular, con nosotros, los que habíamos sido apresados durante el gobierno de Frei, ya indultados por Salvador Allende, Patria y Libertad pone un par de bombas en nuestra casa como ya he adelantado y nos rompen los ventanales y las puertas, dejando mal herida a una de las personas que vivían conmigo y con mi compañera y con la niñita que ya teníamos.

Valga esta pequeña historia a modo de introducción para retratar a un joven que con diecisiete años recibe instrucción armada y lo nombran jefe militar del Grupo Político Militar que el MIR crea para trabajar en el Cordón Cerrillos, y que tras la victoria de Allende en 1970 llega a ser jefe del grupo de amigos personales del Presidente, experiencia que lo lleva después, cuando la ocurrencia del golpe de estado se hace inminente, a dirigir el grupo armado central que cuida de atentados y asesinatos a la dirección central del MIR.

Es en esa condición que me sorprende el golpe, y no sólo a mí, a la mayoría de nosotros, convencidos de que el golpe venía, cierto, pero no ese día once, tal vez el diecisiete. Y no es que no hubiera habido indicios. El golpe empezó en Talcahuano ya el ocho o el nueve, con marinos democráticos encarcelados, sin embargo la experiencia distractora del “tanquetazo”, había sido potente; así, esos indicios que eran evidentes, se parecían a los del tanquetazo aparentemente muy bien controlado por el General Prats “secundado” por Pinochet, con todos nosotros gritando en la noche del socavamiento de la insurrección: “Crear, crear, poder popular!”, y con Salvador Allende asomado de los balcones replicándonos: “Poder popular, sí, pero dentro de la constitución y las leyes”.

De nada peco entonces si insisto en que fuimos sorprendidos, y como sorprendidos que estábamos, me veo de nuevo a las seis y media de esa mañana rumbo al sector sur de Santiago en un auto junto a Miguel Enríquez y Tito Sotomayor. Las calles están todavía desiertas y sólo nos cruzamos con camiones militares que no nos reconocen y que parecen mucho más preocupados por lo que vendrá que por la amenaza que nosotros podemos representarles. Vamos a Indumet, una fábrica estatizada del Cordón San Joaquín donde nos reuniremos con gente del Partido Socialista que, sabemos, ante un golpe de estado están dispuestos a resistir y se les conoce como “elenos”, por su vinculación con el Ejército de Liberación Nacional que algunos años atrás formara el Che en Bolivia. Muchos de ellos nos han reemplazado en el aparato armado que cuidaba al compañero Allende cuando las presiones del Partido Comunista nos fuerzan a abandonar el GAP.

Es muy temprano todavía y desconocemos aún que la intentona que se está llevando a cabo es la definitiva, y que está planteada como un esfuerzo supremo por aniquilar el movimiento popular, cueste lo que cueste. A la llegada nos sale a recibir Calderón, líder de los elenos, pero alcanzamos a divisar también a Oyarce del Partido Comunista, quien, al parecer nos reconoce pero nos evita. Miguel le planteó entonces a Calderón, como primera cuestión fundamental, que le pidiera a Oyarce un adelanto de lo que su partido opina del momento ante el que estábamos, que le pregunte derechamente si el Partido Comunista resistirá, eso le pide. El camarada Oyarce, ex ministro del gobierno de la U.P., no parece estar para nada convencido de que el golpe pueda resultar triunfador, de hecho le manda a decir a Miguel de vuelta, que el P.C. nada hará mientras el Congreso Nacional no se pronuncie. Según él y su partido, el escenario más probable es que el Congreso Nacional se pronuncie determinando la inconstitucionalidad de la Junta Nacional de Gobierno -que a esa altura de la mañana, ya ha empezado a transmitir que ha “asumido el poder por encargo de las F.F.A.A. y carabineros”-, y con la censura del Congreso a los golpistas, a estos no les quedará sino devolver el poder y el gobierno a las instituciones estables de la democracia. Por esta razón ellos no desean involucrarse en nada que después pueda ser impugnado como ilegal.

La reunión que sostienen Miguel y Tito con Calderón y los elenos es corta, y si en algo Miguel logra encontrar consenso, es en el convencimiento de que si el golpe va realmente, es imprescindible rescatar al compañero Allende antes de que ya no pueda retirarse de La Moneda, donde sabemos, se ha atrincherado. Es que entendemos, y lo entienden también los elenos, que si habrá alguien que pueda fundar un gobierno provisional en el exilio, ése es Salvador Allende, y que por ello los golpistas se la jugarán por asesinarlo.

Nos retiramos de allí a una casa de enlace de Gran Avenida para volver en una hora a una reunión más amplia en que Miguel espera tener mayor claridad sobre lo que está ocurriendo, y los elenos invitarán a más gente del Partido Socialista y, en lo posible, del propio P.C., y ése parece ser nuestro primer error, esperar una hora para recién empezar a planificar el rescate de Allende; es que no hemos sido capaces todavía de evaluar la calidad ni la intencionalidad del golpe, y si bien, sabemos que el almirante Merino es el ideador principal, y que desenfadado ha empezado sus movimientos en la noche anterior en Valparaíso y desde hace ya algunos días en Talcahuano, ignoramos que el General Pinochet ha decidido embarcarse en ese golpe organizado por la marinería sediciosa, y que Pinochet tiene la fuerza suficiente para embarcar, si no a la totalidad del ejército, a la gran mayoría, y que podrá neutralizar de manera fácil a quienes se le opongan.

Una hora recién para empezar a buscar un acuerdo es demasiado, más aún, cuando los “aliados” comunistas que los elenos citan no llegan, y los socialistas que llegan son principalmente integrantes del GAP de guardia ese día en la casa de Tomás Moro, la cual, a modo de entrenamiento de lo que harán en La Moneda, ha sido bombardeada por los aviones de la FACH, ahora bajo el mando de un general, hasta entonces de muy bajo perfil, llamado Leigh. Entre otros socialistas está Arnoldo Camus, el Rafa Ruiz Moscatelli y el Tata Moró. Con nosotros vienen además de Miguel y Tito, Andrés Pascal, el Coño Villavela, y Eduardo Ojeda, “León”, con quien nos habíamos encontrado en la casa de enlace y Miguel le ha pedido que se nos una e integre a la reunión que sostendremos, entre otras cosas, porque es un cuadro militar experto que nos podría ayudar mucho en caso de enfrentamiento y si tuviéramos que evacuar.

Vi a León despedirse de su compañera en la misma escala de esa casa, ella era dirigente regional del partido. Se dieron un beso y se desearon suerte.

Vale la pena decir que nosotros estábamos convencidos de que para cualquier intento serio de oponerse a los milicos, los comunistas eran imprescindibles. Así están las cosas entonces, con el partido político más importante de la U.P. negándose a la resistencia, y con nosotros reconociendo que no poseemos la fuerza de combate mínima necesaria como para resistir de manera inmediata. A todo esto hay que agregar que el compañero Allende se niega a abandonar su trinchera en La Moneda pese a la amenaza de los golpistas de bombardear el edificio. La situación no se podía presentar más adversa. Es cuando se decide que compañeros socialistas acudirán a La Moneda para intentar convencerlo de que se deje rescatar y así continuar la lucha en otras condiciones.

Mientras tanto en Indumet, los elenos del GAP que han escapado de la casa de Tomás Moro semi destruida, han traído casi todo su armamento; por ello contamos con varios fusiles AK esperando saber qué ha decidido en definitiva Allende; pero Allende, ahora ya todos lo saben, le responde a su propia hija que ya terminó su tiempo y que ahora corresponde el de Miguel, tremenda responsabilidad. Son noticias que nos llegan desde diferentes fuentes: Allende prefiere inmolarse en La Moneda para dar una señal ética a los pueblos de Chile y el mundo. Nosotros, los miristas en Indumet, entendemos que su decisión es más que respetable pero que ella nos restará de la posibilidad de contar con un gobierno provisional por lo menos a corto o mediano plazo. Por otra parte, la negativa a la resistencia del P.C., nuestra propia falta de fuerza, más el propio mensaje de Allende en que llama al pueblo a no permitir que los milicos puedan justificar una masacre, nos obligará a un repliegue que ninguno de nosotros desea pero que no parece darnos alternativa. A ello se sumará algunas horas más tarde la negativa a combatir de los cubanos, quienes tienen órdenes de Fidel de entrar en combate si y solo si Allende se los pide, y Allende les ha pedido todo lo contrario, “que se devuelvan a Cuba para no legitimar una de las razones que argumentan los golpistas que es la de que con la ayuda de Cuba, la U.P. estaría formando en Chile un foco guerrillero para Latinoamérica, porque eso dañará la ayuda internacional que deberán recibir los que organicen la resistencia”. Ante ese panorama es que escuchamos el último discurso del compañero Allende, todos con un nudo en la garganta.

Nos interrumpen golpes en el portón principal dados por carabineros que intentan allanarnos. Nosotros entendemos que no vale la pena resistir porque con eso sólo conseguiremos que nos rodeen. El plan es entonces abandonar los autos y escapar saltándonos por la pared del fondo; y eso hacemos porque los pacos empiezan a ametrallar la entrada y un helicóptero pasa a unos diez metros sobre nuestras cabezas. Eso es tan cerca que pudimos ver nítida la ametralladora punto 50 empotrada para asesinarnos.

Si en algún momento este revolucionario y rebelde sintió que podía morir fue en éste. Cierto, y pensé también en que ojalá no fuera ése todavía mi momento. Me llegó entonces al cerebro la imagen de mi hija, de mi hijita. Claro que puesto un pie al otro lado de la pared, la adrenalina se nos subió fuerte y sólo corrimos… somos seis miristas que corremos por el patio de una industria y saltamos el murallón del fondo y caemos en otra industria y desde esa otra industria logramos llegar hasta la calle Carmen. Nos acompañan dos muchachos muy jóvenes del Partido Socialista que se nos unen para escapar con nosotros. Nuestra idea es llegar en principio a esa casa de Gran Avenida, nuestra casa de enlace más importante. Ahí veremos qué nos corresponderá hacer. Mientras tanto, porque estoy a cargo de la seguridad de Miguel, debo cubrir la retirada.

Corremos hacia la esquina del Carmen para salir a San Joaquín, y tomar rumbo a Vicuña Mackenna, por donde nos parece más factible capturar algún auto. Es entonces cuando aparecen pacos en contra nuestra desde San Joaquín que intentan cortarnos la retirada y rodearnos. Miguel abre el fuego de inmediato con una ráfaga del AK que echa al suelo por lo menos a tres pacos y eso que obliga a replegarse al resto de ellos, nos permite alcanzar San Joaquín y continuar hacia Vicuña Mackenna. Durante nuestra escapaba nos damos cuenta de que muchos socialistas han seguido nuestros pasos y escuchamos reiterados disparos y ráfagas, y no podemos saber si se trata de disparos de pacos contra nuestra gente y si han alcanzado o no a alguno de ellos, o si es la respuesta de los elenos a los carabineros.

Es entonces cuando nos damos cuenta de que alguien nos falta; y ese alguien, es León, de quien, entendemos, es probable que se haya confundido entre los socialistas escapados después de nosotros, pero es posible también que León esté prisionero o peor aún, que lo hayan muerto… Aún así lo esperamos pero León nunca llega y debemos continuar por la Población San Joaquín hacia Vicuña Mackenna. De haber caído será una pérdida terrible. León era un compañero profesional del partido, encargado de logística de la fuerza central, con una trayectoria más que probada que empezaba creo, en La Serena o en la Universidad Técnica, acá en Santiago, y ahora parecía que León se convertía en el primer compañero que perdíamos; pasará mucho tiempo antes de que nos enteráramos de que no había muerto en realidad a la salida de Indumet. León había sido asesinado tras torturas horribles de carabineros que lo atraparon mal herido en aquel callejón; le pudo pasar a cualquiera de nosotros. Sus captores lo torturaron hasta matarlo en el propio patio de esa industria. Obreras de una fábrica que estaba al frente vieron cómo lo hacían, pero no supieron de quién se trataba; y nosotros no lo podíamos saber tampoco Nosotros mientras tanto, rumbo al oriente nos topamos con una comisaria y los pacos que nos detectan, empiezan de inmediato a dispararnos con una ametralladora punto treinta. Nosotros para sortearlos, nos metemos en una población frente a ellos con casas de ladrillo, y no nos cuesta mucho seguir, porque los pacos, al parecer, se conforman con dispararnos desde lejos, no están dispuestos a arriesgarse yendo tras nosotros. Entre los pasajes de esa población es que nos detenemos ante un auto Peugeot rojo estacionado, justo lo que necesitábamos. Vamos a romperle el vidrio y tomarlo, pero aparece corriendo un hombre con las llaves del vehículo para que no lo dañemos. “Cuídenmelo”, nos pide. Nosotros no podremos jamás dejar de agradecérselo. Subimos entonces a ese auto con los dos socialistas, y empezamos una carrera por las calles del sector sur sorteando algunas patrullas que no nos detectan, aunque una al menos sí. Hablo de una patrulla de la FACH, en que claramente sus integrantes se dan cuenta de que están ante un auto con hombres armados, pero, como los pacos del retén de San Joaquín, prefieren no arriesgarse y nos dejan seguir.

Un poco después de dejar bajarse a los muchachos socialistas en un lugar seguro, pudimos llegar a la casa de seguridad donde por fin nos guarecemos y, tras tomar aliento, nos esforzamos por recapitular todo lo que habíamos pasado mientras sospechábamos con pena que lo más probable era que León hubiera caído y veíamos cómo la televisión mostraba los bombarderos que destrozaban La Moneda, alternándolos con imágenes de los tres generales de las fuerzas armadas, más el monigote de carabineros que anunciaban que Allende había muerto.

Un tiempo después supe que el propio Miguel, el día que los milicos levantaron el toque de queda, se encontró con la compañera de León y le avisó que lo habíamos perdido para que le avisara a sus parientes y lo buscaran. Pero eso fue tres días después, volviendo a ese día once, Miguel me pidió que me quedara en esa casa al menos por tres días para servir de enlace a todos los que aparecieran necesitando recontactarse; lo cual -así lo entendíamos-, sería una misión en extremo riesgosa, por lo mismo Miguel me hizo ver que si me negaba a aceptarla estaría bien y que sería entendible. Pero yo la acepte, que me quedaría, le dije, pero pedí como condición que me dejaran dos fusiles AK; es que a mí no me iban a matar así no más, o tal vez sí, me matarían pero antes yo me llevaría una docena por delante, o a más, no sé, a veinte, a treinta. Nos despedimos con un abrazo interminable. Un rato más tarde, mientras buscaba los mejores elementos sólidos que me permitieran parapetarme y resistir, y se me pasaba por la cabeza toda esta vida mía con mi compañera y con mi hija, e insistente, esto de que no me había comprometido tras largos y pensados procesos, pero que sí porque creía en el hombre nuevo del Che, los vi por la ventana alejarse en el Peugeot rojo. Iba a ser una espera larga y tensa, pero la iba a soportar. Sería capaz.


Este testimonio fue escrito tras conversaciones sostenidas con la compañera María Emilia Marchi, y los compañeros Andrés Pascal Allende y Enerico García Concha. Este último es la primera persona del relato.

Eduardo Ojeda Disselkoen, “León”, Ingeniero Mecánico de la UTE, militante del MIR, es atrapado herido por carabineros el 11 de septiembre de 1973, en la Industria INDUMET, siendo asesinado tras horribles torturas por sus propios captores. Días después sus familiares pudieron reconocerlo en la morgue tras buscarlo por múltiples lugares. Dejó una viuda muy joven llamada María Emilia Marchi y una hija maravillosa que llamaron Begoña, el primer nombre político de su madre.

Arnaldo Camus Veloso, abogado, miembro del Comité Central del Partido Socialista y de su Comisión Política. Redactor en el diario Ultima Hora, fue asesor de Salvador Allende. Tras el golpe pasa a la clandestinidad para trabajar en la reestructuración del PS. Como consecuencia de una delación, es detenido en una reunión en calle Santiaguillo, siendo baleado y asesinado. Su cuerpo, estuvo desaparecido durante 15 días hasta que fue rescatado por su hermano y su suegro Oscar Parrau del Patio 29.

Arturo Villavela, “Coño Villavela”, ingeniero, fue ejecutado por el CNI junto a Sergio Peña Díaz “JM”, veterinario, y Lucía Vergara Valenzuela “Pity”, todos militantes del MIR que habían ingresado clandestinamente al país en el marco de la “operación retorno”. Los ejecutores, tras el asesinato, intentaron simular que habían sostenido un enfrentamiento; tesis que se desvirtuó porque al mismo tiempo que estos tres revolucionarios eran ejecutados, en la calle Janequeo, del sector poniente, eran ejecutados también los compañeros Hugo Ratier Noguera, de nacionalidad argentina, y Alejandro Salgado Troquian, veterinario; quienes, igual que Lucía, Sergio y Arturo, eran militantes del MIR que habían reingresado al país clandestinos. Los matones de Fuenteovejuna, instalaron una ametralladora punto 50 que empezó a disparar y no paró sino hasta diez minutos después, cuando ya no podía quedar ningún sobreviviente. Posteriormente, incendiaron la casa. El modo de operar fue similar al que emplearon en las ejecuciones de la casa de calle Janequeo.

– Sócrates Ponce Pacheco, 30 años, ecuatoriano, era abogado, interventor de la empresa INDUMET y militante socialista. Fue detenido el 11 de septiembre de 1973, en su lugar de trabajo por efectivos de Carabineros, y trasladado a la 12a Comisaria. Desde allí fue enviado al Regimiento Tacna en la mañana del 12 de Septiembre, para ser finalmente trasladado al Estadio Chile. En la madrugada del día 13 fue llamado a través de altoparlantes y personal del Ejército lo sacó del recinto. Su cadáver fue encontrado en las inmediaciones del Estadio Chile, exactamente en Unión Latinoamericana con Alameda, presentando ocho heridas de bala.


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