“La Vida Doble ” MEMORIA COLECTIVA y Literatura

La Vida Doble o la fragilidad de la condición humana

Diego Sazo M.Por 
Publicado el 21 Mar, 2012

Arturo Fontaine

http://es.wikipedia.org/wiki/Arturo_Fontaine_Talavera#Biograf.C3.ADa

La Vida Doble (Tusquets, Madrid, 2010), la última novela de Arturo Fontaine, representa un desafío para aquellos lectores que aspiran a tener resueltas las complejas categorías éticas sobre el bien y el mal. Principalmente, porque su contenido arroja preguntas y sugiere respuestas moralmente incómodas, en especial para los que cuentan con una visión más optimista sobre la naturaleza humana.

La novela se ambienta en los tiempos más duros de la dictadura de Pinochet y relata en primera persona la historia de Lorena (o Irene, nunca se sabrá su verdadero nombre), una combatiente de Hacha Roja –organización armada revolucionaria– que lucha por derrocar al gobierno militar. Entre sus motivaciones se identifica una profunda entrega por la causa marxista, donde la violencia y la vida quedan subordinadas a la consecución del fin político. Un día, mientras Lorena desarrolla actividades de orden subversivo, es apresada por la policía secreta del régimen. Desde entonces es sometida a brutales sesiones de tortura, donde resiste y dice aceptar estoicamente su destino. Se promete no revelar información que pueda perjudicar a sus hermanos de armas. Sin embargo, con el transcurso del tiempo uno de sus tesoros más íntimos y preciados –Anita, su hija– se devela como alternativa de presión para sus captores. Ante tal amenaza, Lorena protagoniza un cambio radical: no sólo accede a la petición de sus verdugos (algo común en quienes son sometidos al dolor físico) sino que se aboca a colaborar decididamente con la Central, la misma institución que la ha torturado y que persigue sin tregua a sus compañeros de Hacha Roja. Así, para Lorena, sentimientos como el amor y la lealtad se transmutan en odio y traición. Al final, su labor incide en la captura y asesinato de varios de ellos.

¿Qué sucedió en la mente de la protagonista? ¿Cómo pudo volcarse hacia la forma más intensa del mal: la traición?

En el fondo, estas preguntas se convierten en el eje central de la novela, llevando a Fontaine a indagar una respuesta sobre el comportamiento de Lorena. Para el autor, el “mal químicamente puro no es real” puesto que los villanos, como todos, tienen un lado humano. Aunque resulte difícil de aceptar, ellos también pueden desarrollar sentimientos de afecto como el amor y la ternura. Eso es precisamente lo que hace más enigmática la conducta de estas personas, toda vez que la maldad no agota su explicación en el mal en sí mismo. Algo hay más allá y no se limita exclusivamente a fenómenos psicopáticos.

Para su propósito, el autor se vale del relato de Lorena y se sumerge en su historia personal ―desde su juventud guerrillera hasta su rol colaboracionista con la dictadura―, logrando identificar ciertos aspectos que lo conducen hacia lo que parece ser la problemática de fondo: la condición humana. Para Fontaine, el origen de la traición de Lorena está en la fragilidad de nuestra propia esencia como personas. Por cierto, la maldad no es monopolio de algunos o de exclusiva propiedad de ciertas ideologías políticas. Más bien es transversal y puede manifestarse en cualquiera de nosotros, sobre todo si se cumplen condiciones que favorecen su expresión. Basta con ser un observador de los procesos históricos para comprobar que la condición humana –acerca de lo que estamos hechos los Hombres– es de naturaleza caída, imperfecta, carente de pleno virtuosismo y racionalidad. No somos nativamente bondadosos (como pensaba Rousseau) o malévolos (como decía Hobbes); más bien somos seres en permanente construcción moral, con pretensiones de inclinarnos hacia la idea del bien, pero imposibilitados de soslayar ciertas expresiones de maldad.

Con todo, la malicia del Hombre puede manifestarse de dos maneras: consciente o banalmente. Ambas alternativas son retratadas en la novela. La primera se representa a través de Lorena, que delata a sus antiguos compañeros de armas con pleno uso de sus sentidos y facultades (“mi traición provenía de la verdad”). Ella sabía que su opción los perjudicaba fatalmente, pero lo justificó a través del distanciamiento y desilusión hacia los ideales que alguna vez defendió (“una utopía sin más destino que la derrota”). Pero fundamentalmente lo hizo por el resguardo a la vida de su pequeña hija (“fui forzada a escoger: combatiente o madre”).

En cuanto al mal banalizado, este se reconoce en algunos de los agentes represivos del régimen, como el Gato o el Rata, que torturaron y humillaron a sus víctimas sin efectuar ningún cuestionamiento moral sobre sus actos. Para ellos, la aplicación de violencia a los cuerpos de sus víctimas no suponía ningún reproche ético, pues su labor respondía a un mandato de las jerarquías superiores. Con este proceder efectuaron una implícita transferencia moral de la responsabilidad y eludieron cualquier tipo de dilema interno que alterara el desarrollo de sus vidas cotidianas. Este tipo de mal nos recuerda al enunciado por Hannah Arendt acerca de Adolf Eichmann –el agente nazi que estuvo a cargo de la solución final contra los judíos– pues este, a pesar de ser el responsable del asesinato de millones de personas, pudo llevar una vida familiar aparentemente normal junto a su esposa e hijos.

Tras la lectura del libro, una de las reflexiones que provoca es la noción acerca de las nocivas consecuencias que tiene para la sociedad el surgimiento de ideologías totalizantes (no sólo el fascismo y el comunismo), toda vez que posibilitan y justifican el uso de la violencia como instrumento político. También el irrespeto por la dignidad humana. Pues cuando una cosmovisión política se convierte en un incuestionable valor normativo, se amplían los espacios para la ejecución de arbitrariedades, haciéndose habitual la transferencia de la responsabilidad moral de los actos (“por la causa todo, Irene: todo”). A mi juicio, la novela nos recuerda que ningún Hombre está exento de ese peligro debido a la fragilidad de nuestra propia condición. Como prolegómeno, Fontaine nos entrega algunas pistas al inicio del libro citando a Borges: “Lo que hace un hombre es como si lo hicieran todos los hombres”.En definitiva, La Vida Doble es un libro imprescindible para quienes buscan comprender la psicología de la violencia en la historia política del Chile contemporáneo. Es probable que la novela provoque desazón, principalmente por la ausencia de un final idílico o bien por rehuir a los lugares comunes y los juicios políticamente correctos. Fontaine lo dice claro: el mal no tiene domicilio ideológico. Y no se trata de la búsqueda de un empate moral entre los bandos que estuvieron en disputa, sino que supone una amarga constatación realista acerca de la condición humana. Lo que hizo Lorena (o Irene) lo pudo hacer cualquiera de nosotros.

PUBLICADO EN POLÍTICA NACIONAL

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