LO VIERON ENTRE CAYUCOS…Jorge, Trosko Fuentes

LO VIERON ENTRE CAYUCOS

Por PABLO VARAS. – 1 de Diciembre, 2006, 

ANDA ENTRE CAYUCOS

Para recordar al Jorge “Trosko” Fuentes,
mirista detenido desaparecido.

Iba contando una a una las casas que había entre la suya
y la escuela.
El avión ya volaba a velocidad de crucero. Nadie
decía nada.
Una larga
>cadena había unido sus tobillos y las dos manos, como un presagio de esos
>tiempos para saber quien era en este instante, eso pensaban los que lo
>habían detenido. El bus llegó atrasado al Terminal, fue por eso, sabía que
>lo buscaban, otra cosa estaría sucediendo sido si el chofer no se hubiera
>quedado dormido, Jorge Fuentes no estaría en ese momento donde se
>encontraba. Sus enemigos sonreían.

>Jorge pensó en esos años, hojas amarillas en aquel calendario que había en
>la puerta de la cocina de su casa, era un día soleado, un martes en la
>mañana, septiembre tal vez, era el mes que más le alegraba y sonrió para
>sus adentro cuando vio a don Demetrio parado en la puerta de su almacén a
>quien sin saber porque le puso Napoleón. Durante todos los años que hacía
>aquel recorrido entre su casa y la escuela, los días viernes su amigo
>almacenero le regalaba un caramelo cuyo envoltorio coleccionaba
>guardándolos en una caja de zapatos que su madre había decorado con el
>papel de regalo que le habían dejado en las últimas navidades.

> Los detalles de su vida, las esquinas donde estaban sus amigos
>transcurría bajo esa capucha que le cubría entera su cabeza. Allí guardaba
>cada detalle, como las palabras que iban saltando de mesa en mesa, saliendo
>a las calles y algunas tocando las estrellas, pero era tiempo malo, no era
>olor de pasto recién cortado.

>Sintió como el avión tocaba el suelo, el tiempo que pasaba, sus pasos
>apurados, bajadas de escaleras, el sol que estaba presente, quince
>peldaños, uno tras otro y rápidos, de nuevo subir, la cadena que lo hacía
>una cosa extraña, como si fuera preparado para estar en la vitrina de un
>circo que pasea sus carromatos por los pueblos del sur, donde los niños
>corren detrás de él para asustarse, y luego contarlo en los recreos de sus
>escuelas, esos pueblos polvorientos más allá de Valdivia.

>Ya estamos en casa le dijo alguien al oído, entendió que había cruzado la
>frontera, lo habían sacado clandestino de Paraguay y ya estaba volando
>hacia Santiago, hablaremos cuando estemos en casa le decían las voces,
>ahora más alteradas. Jorge Fuentes se reía.

>Se puso a pensar en las tardes de domingo en Concepción, caminó por el
>barrio universitario, sus paseos premeditados para pensar que aquella
>apuesta era posible, junto a Marcial, el Pato, los dos Negros, el Flaco
>Ríos y la bella Muriel. Ese camino ya recorrido era sin duda una
>alternativa que estaba en la más bella de las esquinas esperando. Pensaba
>en aquel ruso de barba blanca, con su gorro de cuero negro de
>ferrocarrilero que había escrito todo, era el mejor de sus manantiales.
>Hubieron momentos en que nada pensó, un poco el sueño le susurró en el
>oído, pero en esas cosas no entraremos, Jorge Fuentes las guardó para los
>momentos más extremos, los más delicados, pero que buen perfume se mostraba
>de cuerpo entero, ese rincón de los olores que cada uno tiene.

>Cuando llegó finalmente a su destino, Villa Grimaldi todo era desconocido.
>Nada era real, el tiempo era una cosa de empujones, gritos y golpes, esa
>risa por la cual hubiera matado dos veces sin duda, en un momento pensó que
>aquello no hubiera pasado si estuviera vestido con las ropas de un gitano
>andaluz y con su cuchillo de perfecta hoja se lanzara para cortar todas
>gargantas de sus enemigos.

>Me llamo Jorge Fuentes y soy del Mir, eso gritó, con su voz ronca que
>habían conocido las calles en el sur, eso lo escucharon todos, el Pepone,
>el Pájaro, la Carmen Rojas, Lumi ya había volado y agitaba un pañuelo
>mientras se reía de sus asesinos

>El olor de ese lugar lo había leído, estaba en cuadernos escritos por
>otros.

>Quedó un largo tiempo con su espalda pegada a la muralla, Jorge Fuentes
>intentó construir un minuto de tiempo y lo logró, consistía en correr desde
>la puerta de su casa hasta el almacén de Napoleón con su volantín y así
>nuevamente, lo hacía cambiando los colores de aquellos pequeños pájaros,
>azules con verdes, rojo con negro, también de un solo color.

>Se llamaba Villa Grimaldi, eso lo supieron también los que fueron sacados
>desde allí para nunca jamás, lo sabemos porque la memoria guarda cada
>detalle, sabemos lo que gritaban y de como insultaban a sus torturadores,
>sabemos que los guardaban en cajas pequeñas pero allí escribían las mejores
>oraciones de hombres y mujeres sencillos

>Todo le dolía a Jorge Fuentes, esa mañana había sido extremadamente dura,
>en un momento pensó que se quedaba sin colores para seguir corriendo a
>elevar los volantines. Todos los que se encontraban en aquel lugar tenían
>días idénticos, iguales, asustados y violentos, maldecidos hasta el
>cansancio, esperanzados hasta los besos.

>En aquella casa en cualquier momento aparecía un nombre y sus apellidos,
>un lugar, una esquina, una farola, todos lo guardaban en sus cajas
>infranqueables de hombres y mujeres buenos, que se resume como si entre
>todos hubieran construido un hombre nuevo, con sus brazos y sus piernas,
>con cabellos color cobrizo, con ojos café y con una camisa listada verde y
>azul y un pantalón verde, desnudo de pies y con un saco que le cubre la
>cabeza donde en su interior daban paseos barcos pequeños que llegaban a
>puertos solo para recoger cartas de amor, mientras una loca los esperaba
>que desaparecieran en el horizonte para volver a casa. Esos nombres les
>indicaba que había que hacerlo, esa intuición que es suponer que el futuro
>está en la punta de tus dedos.

>Jorge Fuentes y los otros que se encontraban en el mismo lugar, sentían de
>tarde en tarde como dos o tres ratas se acercaban a ellos, pequeñas de
>pelos negros y con sus ojos brillantes, sus orejas pequeñas y aquella cola
>que arrastraban como castigo por haber nacidas feas, sentían como le
>rozaban sus tobillos, lacerados, amarrados, amoratados, todos sin saberlo
>le colocaron nombres, porque de verdad habían nacido llamándose así.
>Aquellas ratas seguramente los veían a ellos, acurrucados en las esquinas
>en esas habitaciones donde el miedo no había escrito nada en esas murallas,
>pero la dignidad regalaba todos los besos del mundo y pasajes para un tren
>en que se embarcaban todos los soñadores, cada uno de ellos guardaba aquel
>boleto.

>Estaba encapuchado, lo llevaban a su martirio, cuando sintió que una mano
>le pasaba por sus cabellos, sin saberlo reconoció a la Flaca Alejandra.
>No le gustó que aquella mañana se despertara de esa forma, cuando sintió
>que lo llevaban de nuevo entre empujones, gritos y amenazas. Comenzó a
>construir de dos en dos y de tres en tres todos los volantines al mismo
>tiempo, con todos los colores y en un momento los lanzó todos al aire, ya
>estaba en noviembre con sus ventanas abiertas y el viento fue colocando
>aquellos volantines en orden, uno debajo del otro y que bella mañana se
>pasó en aquel día.

>Jorge Fuentes había estado muchos meses en Villa Grimaldi y al parecer
>siguiendo con el procedimiento habitual, en esa hora, alguien había
>arrancado violentamente una hoja de aquel cuaderno, rayado un nombre de la
>lista sin colocar el día que marcaba el calendario
>
>Cuando sintió de nuevo lo mismo, ese recorrido maldito, era esa hora de
>viajar pensó finalmente. El último insulto ya estaba quedando en el olvido
>y se fue, sintió que sus pies no tacaban el suelo mientras lo arrastraban,
>se dejó caer, colocó todas las fuerzas en ese viaje hacia el recuerdo y se
>quedó mirando el mar en aquella playa africana

>Los otros hicieron su trabajo mientras las dos o tres ratas hacían su
>cortejo habitual, aplaudiendo y dando saltos de victoria.

>Aseguran algunos que lo han visto en las tardes cuando el sol se despide en
>el horizonte. Jorge Fuentes está sentado en la playa, desde allí ve cruzar
>los Cayucos con dos o tres africanos que llegan a la playa con los pescados
>que la mar les ha regalado.

>El tiempo pasó, su foto está pegada en la esquina de la casa de la calle
>Hierbas Buenas 402 y don Napoleón se le puede ver cada viernes parado en la
>puerta de su almacén con un caramelo en la mano, espera un largo rato y
>luego entra con mirada triste.

>Pero las cosas no son así de sencillas

>Hace ya algunos tiempos que Jorge Fuentes se puso de pié para ayudar a
>subir africanos en unas embarcaciones que dan miedo de pobres, allí se
>embarcan personas que quieren llegara Europa, arrancando del hambre y la
>miseria. Allí lo han visto ayudando a subir a los africanos que ya no
>tienen nada, que no han tenido nunca nada y se lanzar contra todos los
>vientos para llegar al Puerto del Hambre en las islas Canarias
>
>El ve como las embarcaciones se pierden en el mar, en busca de su destino
>mientras da saltos de contento porque sabe que le llegará una carta en el
>siguiente viaje.

>Si quieres escribirle lo puedes hacer.
>Jorge Fuentes
>Calle del Buen Destino 142,
>Playa de la Esperanza.

>Pablo varas


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