Acerca de ‘Una Mujer en Villa Grimaldi’

Acerca de ‘Una Mujer en Villa Grimaldi’

¿Qué puedo escribir acerca de un libro como este?
¿Qué se puede decir de cara a este testimonio?
Mejor sería quedarme callado y hacer un minuto de silencio. Inscribirme como corresponde en este espacio de la tierra. Ubicarme como se debe en este trozo de nuestra historia. En silencio. Mejor sería contemplar la Villa Grimaldi y escuchar sus voces, los susurros, los llantos universales de los inmortales. Siempre he sentido que para re imaginar la izquierda, es fundamental situarse donde alguna vez otros la imaginaron antes.
Entender un lugar político casi inimaginable para mí. Esto es algo tan complejo como lograr mirar con los ojos de otra persona. Es lo que cotidianamente uno no siempre hace. Ponerse en el lugar del otro. ¿Dónde encontrar entonces esos fragmentos, de los que antes que yo imaginaron la izquierda? ¿Dónde buscar los restos de ese proyecto, de ese relato?
Recibo este libro de manos del “Pájaro”, Osvaldo Torres, y cuando me mira con esos ojos brillantes y esa sonrisa sin dientes, que me llamaron la atención desde chico, ni siquiera sospecho lo que se trae entre ceja y ceja. No dimensiono el acto generoso e íntimo de poner este testimonio en mis manos. Es una invitación que uno recibe pocas veces en la vida. Porque es un viaje hacia lo más intimo de su biografía. Una ventanita que me devela su historia de amor con la autora, su historia de horror con la vida. Yo crecí escuchando, entre asados y ensaladas chilenas, las historias de los miristas. “La Keka”, mi madre, y El “Ra”, a quien desde mocoso yo adoptara como padre o el me adoptara como hijo, ya no se, aunque siempre han hablado poco, no pudieron evitar que me inmiscuyera entre sus amigos y sus historias fantásticas de revoluciones y guerrillas.
Recibí mi apodo heredado de uno de ellos, “El Tito”, “Pecho de Buque”, y leyendo este libro me enteré de que se llamaba Agustín, y que su madre lo educó haciendo de las noches día, tocando el piano en los bares de Valparaíso, que tuvo un nieto Noruego, que debe ser un par de años mayor que yo, y que murió sola en una casa surrealista de algún cerro del puerto, con un hijo acribillado, o reventado por una bomba, bien incrustado en la memoria y en mas de algún álbum de fotos. Pero leyendo este texto me enteré también de la inmensa brecha que crece y crece entre la realidad y la ficción mientras más uno las compara. Porque me enteré de la tortura como no me había enterado nunca. Me enteré de Chile. Me enteré de mi pueblo.Novelas como ésta duran cien años y engendran pueblos enteros de hombres y mujeres fantásticos. Árboles genealógicos gigantescos y mágicos. Y ante eso, hasta la muerte se me vuelve minúscula y transparente. Porque los que fueron quedando en el camino se me agigantan en la memoria.
Esa muerte no es de los muertos, les queda chica porque no les pertenece.Con esa imagen en la cabeza, y para sumergirnos con libertad en una reflexión más amplia acerca de este texto, identificando los temas motores de una generación, y así encontrar una concordancia entre mi generación y la de ellos (que son mis padres), entre nuestras políticas y nuestras poéticas de trabajo, se vuelve indispensable muscular un discurso desde el profundo conocimiento del imaginario de los que fueron edificando el camino.
A lo largo de su novela, la autora ha sido capaz de delinear un universo literario inconfundible, tal vez porque proviene de las fauces de la realidad más bestial, en el que elementos como la contemplación, y la radiografía instantánea, una suerte de certero disparo fotográfico hacia nuestras almas, hacia el horror y maravillosamente también hacia la belleza, hacia el amor más genuino, más generoso; operan de oficio en lugares cruzados por la precariedad, los sueños y la sensibilidad ante el mundo.
Su narrativa aparece como proyectada desde un enorme monólogo, es la idea de un diario de vida que nos conduce implosivo, explosivo y acumulativo hacia las más macabras y profundas veredas. De pronto desde una fluidez casi inasible, y luego, instantáneamente, desde lo más espeso y oscuro de nosotros mismos. Su obra, como mecanismo, como artificio, como testimonio, ilumina ciertas zonas oscuras y nos devela sectores ocultos del alma humana. Esto sucede porque al igual que los poetas de nuestro territorio, Nubia Becker Eguiluz, pese a estar hablando desde una memoria personal y colectiva, repentinamente calla y se mueve, casual y libremente en el mundo de las relatividades. Y ahí aparece, a mi modo de ver, su efecto más perturbador, donde la autora no se divorcia jamás, de la perspectiva violenta y dolorosa que ha marcado su existencia y su escritura, aparece un olor a ausencia, un sabor a sangre y tierra, a soledad triste y dolorosa, a enfermedad, hebra por la cual pareciera que todo se destruye, todo se pierde, todo acaba rompiéndose y muriendo, todo queda confinado a la soledad y la ausencia, que por momentos parecieran signos atávicos en la novela.
Pero cada tanto una tregua, algo resucita desde la creatividad, desde la risa, un encuentro, una canción, algo que nos convida a espiar en lo bello de las cosas, algún cuerpo amable, un mensaje secreto, cada tanto, siempre una mano amiga que nos rescate de la angustia. Porque este libro, y en oposición a ciertas posibles lecturas, no es solo enfermedad, no es solo encierro y tortura, no es solo observar a la prisionera contemplando su propia e infinita impotencia, su propio extermino, no es solo todo aquello que se asoma como un sentimiento estremecedor, no es toda esa carne cuesta abajo, viniéndosenos encima como el tiempo, de la mano de una vida que transcurre aceleradamente, que nos atraviesa el cuerpo y se nos escapa a su antojo, instalando una conciencia que permite observar ese presente como una resolución absoluta. Sino que es también la idea de que existe un devenir, una posibilidad, un enclave interior irreductible, un cuerpo que respira y devora la existencia.
Aparece como anestesia en mitad de la tortura, el cuerpo, el propio y el del otro, que se buscan en todos los rincones y la esquinas posibles, en la mosca suspendida en el aire y en el roce, en la figuritas de miga coloreadas con el rouge o el rímel, el contacto más sencillo de la carne con la carne, que aparece como una revancha, en el intencional contacto con el cuerpo del otro, no en el impuesto, sino que en el que uno opta. Porque siempre puedo optar por algo, pareciera decirnos Nubia Becker Eguiluz, la autora resiliente. Recalcitrantemente resiliente. Y eso es un antídoto revolucionario, porque propone un sistema de relaciones distinto entre los individuos, incluso frente a la más gigantesca e inimaginable adversidad.
Al recorrer estas páginas el lector se asoma a temas frente a los cuales se ha vuelto indiferente, como un mensaje duro y explícito, aunque por pasajes también altamente poético, acerca de nuestra mas reciente historia, acerca del miedo a la muerte y al abandono, acerca de la impotencia frente al mundo y su enfermedad, frente al estado de las cosas, como una suerte de declaración de principios que buscan reivindicar una mirada perdida, un contacto con la belleza en medio de la oscuridad, un escudriñar en el abismo espeso y fascinante del alma humana.
Desde cierta perspectiva, intuyo que la gran vigencia de su proclama, se ancla en los problemas del mundo y de la cultura occidental que aún están sin resolver; la revolución, la sexualidad, el amor, la muerte, el desasosiego y la huída. El optimismo neocapitalista actual contrasta fuertemente con la realidad horrorosa de sus personajes, seres huérfanos, abandonados, exterminados, de una identidad difuminada a palos, como bien nos dice Zurita en el prólogo, ya no interesa el lugar, no importa si es un descampado, Auschwitz, Villa Grimaldi, Guantánamo, Latinoamérica o África, es un centro de extermino, es una cicatriz, un tajo en la línea del tiempo.
En este sentido, pareciera que a la autora no le interesa hablar desde un discurso que moralice, o que se acerque a temas coyunturales o transgresores, ni que intente iluminar cierta dirección o alternativa que nos conduzca hacia acá o hacia allá, sino que le interesa contribuir en la escritura que el arte propone sobre estos temas, que son nuestros, y hacerlo desde una mirada no oficial, amoral, como una radiografía de un instante nacional, imagen que no será jamás una fotografía polarizada, congelada y detenida, debido a que debajo de ella existen un sinfín de capas que constituyen esa película, ese momento, ese presente, sin juicios oficiales, simplemente expuesta. Solo desde el arte es posible manifestase con respecto a lo intimo y lo perverso de nuestro espíritu, y es una responsabilidad hacerlo. Aquí se plantea la visión de que el problema de la memoria no es precisamente verse desconectados de ella, sino que sentirse irremediablemente ligados a ella sin encontrar representatividad.
Siempre sentí que pertenecía a una época y a una generación compleja, que encontraba una vía de escape a sus carencias, en la atomización de las relaciones humanas, en respuesta a un modelo social que no los satisfacía, o bien no los contenía, provocando así su desadaptación y marginación. Frente al abandono y la incomunicación que los envuelve, muchos jóvenes parecían tomar la opción (o se veían forzados a tomarla) de emanciparse, de individualizarse en extremo, en respuesta a una sociedad que no los legitimaba. Pero como en todos los grandes procesos sociales de nuestra historia, cuando el estado abandona al sujeto, y en el caso del nuestro sale a validarse frente a los mercados globales, comienzan a gestarse ciertos flujos subterráneos, pluriclasistas, no excluyentes, que bullen bajo la superficie de las cosas hasta que eclosionan y emergen en movimientos de masas tan magníficos como el de los estudiantes chilenos de hoy en día. Y me tapan la boca.
Hay una generación que viene pisándome los talones y que está volviendo a escribir su historia en conjunto. Que está empezando un nuevo relato colectivo. En esa coyuntura, una lectura como la de este libro, contribuye a desempolvarnos a nosotros mismos, para tender un puente entre una generación y otra. Porque Nubia Becker Eguiluz pretende hablar del ser humano y para el ser humano, a través de un método que persigue devolverle al testimonio su protagonismo, alzándolo como el principal soporte narrativo de la literatura. Así nos muestra una patria reciente que convive con las heridas del pasado, con esos fantasmas que intenta olvidar, para que sean invisibles, para que no estén ahí. Intenta, a través de sus páginas, exponer una situación social que somete a grupos humanos a las estructuras de otros más poderosos, y busca abordar la literatura desde un lenguaje que nos permita comunicarnos, en un dialogo abierto y horizontal con el lector.
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