Política y cultura


Polít. cult.  n.23 México  2005

 

Opresión política y reconfiguración cultural


Migraciones, exilios y traumas síquicos


Enrique Guinsberg*


*Universidad Autónoma Metropolitana, México
gbje1567@correo.xoc.uam.mx



Recepción del original: 27/05/04
Recepción de artículo corregido: 21/01/05



Resumen
Luego de hacer una diferenciación entre migraciones y exilios, se considera que ambos requieren ser estudiados desde una perspectiva transdisciplinaria, lo que muy poco se ha hecho hasta ahora al privilegiarse visiones sociales, políticas, económicas o históricas. Aceptando y reconociendo la importancia central de todas éstas, en este artículo se analizan las consecuencias sicosociales y traumas síquicos que esos fenómenos producen en quienes los viven.
Palabras clave: Migraciones, exilios, sicoanálisis, transculturalidad y traumas síquicos





El tema de exilios, migraciones y todo tipo de cambios de residencia es tan viejo como actual: éstos se han producido desde el inicio de la historia y nunca han dejado de existir, aunque con diferentes vicisitudes. Con las herramientas teóricas y conceptuales de cada época se observaron y estudiaron sus causas —políticas, económicas, sociales, culturales— y sus consecuencias, pero las sicosociales que ellos producen comenzaron a ser analizadas apenas en las últimas décadas por la conjunción del desarrollo de las disciplinas sicológicas y el incremento de situaciones de salidas forzosas de los países de origen en los últimos tiempos. Ambos aspectos alcanzan un nivel importante en la década de los ochenta, periodo de auge del exilio latinoamericano, donde los estudios e investigaciones —este artículo se apoya en ellas y en la práctica concreta realizada— alcanzaron su madurez cuantitativa y cualitativa.1 Es entonces una problemática que debe ser estudiada desde una categórica perspectiva transdisciplinaria, es decir, como un todo que incluye muchas visiones disciplinarias, o sea, como una síntesis de múltiples determinaciones.
En efecto, como correctamente se sintetiza en un reciente trabajo publicado en México, y del que luego se tomarán datos y ejemplos muy expresivos,

hablar de exilio [esto también vale para las migraciones] lleva implícita la figura del exiliado, categoría moldeada por la subjetividad, la ambigüedad e incluso la contradicción. Ante los exilios registrados en un tiempo y espacio precisos, surgen las fases subjetivas de los entes históricos. Entonces, estudiar cualquier éxodo implica también comprender al exiliado, tomar en cuenta dimensiones sicosociales y sociológicas. Ello permitirá entender mejor cómo ha sido vivida la experiencia, pese a las visiones parciales y limitadas […] Todo investigador que se interese por el tema del exilio, inmediatamente habrá de percibir que, para comprenderlo en toda su amplitud, su riqueza y vicisitudes, debe recurrir a las diversas áreas de la sensibilidad y el conocimiento. Asimismo, tendrá que privilegiar lo subjetivo e individual frente a los hechos fríos y precisos. Importa menos saber la cantidad de exiliados que sus motivaciones; las estadísticas y las gráficas que la economía y la sociología tanto exaltan, en este caso deben emplearse como mera referencia. Se trata de llegar al corazón de las experiencias y las vivencias únicas e irrepetibles; de recuperar los sentimientos, las esperanzas, las desilusiones, los alientos y las formas diversas de reconstrucción de las vidas.2

En la convocatoria para este número de la revista sólo se mencionan las migraciones, por lo que es preciso hacer mención también de los exilios: ambos tienen características similares y diferentes, por lo que es importante comprender las significaciones de cada cual, lo que no siempre resulta fácil. Para la Enciclopedia Británica, exilio es “una ausencia prolongada del propio país impuesta por las autoridades competentes en calidad de medida punitiva”, definición que tiene un sentido histórico —en griegos, romanos, anglosajones— con un valor de castigo para quienes violaban la ley y eran “arrojados fuera”, o sea, condenados al ostracismo. Hoy es diferente, ya que raramente es un castigo impuesto por la ley, sino más bien una elección del exiliado para no sufrir las consecuencias que le acarrearía quedarse en su país, y generalmente se produce en conocidas condiciones de riesgo, inseguridad o clandestinidad.3 Por ello, una de las definiciones posibles sería que “exiliado es aquel que está obligado a expatriarse por imposición (ya sea ésta declarada o no, elegida o no) del poder político dominante, so pena de ser detenido o permanecer indefinidamente en prisión, o ser torturado o eliminado (él y/o sus familiares, allegados o amigos)”.4
Entonces, en los exilios hay un “precario elemento volitivo […] Se opta por exiliarse cuando no se está de acuerdo con el régimen político y económico imperante en donde se ha nacido; cuando se ha intentado sin éxito un cambio y se ha adquirido el carácter de opositor del gobierno y, por ende, de enemigo suyo y perseguido por él”.5 El factor político es por tanto lo central en la diferenciación con las migraciones, fenómeno que responde básicamente a causas socioeconómicas, es decir, a carencias vitales para los hombres y sus familias (alimento, trabajo, etc.) que los impelen u obligan a buscar otros rumbos, y no a imposiciones como las apuntadas. En este sentido, el caso mexicano es un claro ejemplo, donde el traslado de decenas de millones de personas a Estados Unidos —al igual que de centroamericanos y de múltiples naciones— no responde a riesgos políticos, sino a la búsqueda de condiciones de trabajo y de vida negadas en sus países, a un imaginario respecto a posibilidades de “progreso” (reales o fantasiosas), etc. Se trata de una salida que puede ser permanente o momentánea, en la que existen posibilidades de regreso permitidas y sin riesgos.
Pero, como todo intento de definición, lo anterior no es absolutamente claro y son muchas las situaciones en las que ambos fenómenos son comunes. Sin entrar en sutilezas, puede decirse que, en última instancia, las migraciones también responden a causas políticas pero distintas a las del exilio, al ser producto de formas de gobierno o culturales que no ofrecen condiciones de vida satisfactorias a sectores de su población. Por otra parte, puede verse que muchas veces un emigrado o grupos de ellos se convierten en exiliados o, a la inversa, éstos en emigrados cuando desaparece la razón política causante de su situación originaria (sea por razones de tiempo y asentamiento en el país, por ventajas económicas y formas de vida, por establecimiento de un marco familiar, etcétera).
Pero en uno o otro caso es incuestionable que son problemas actuales de gran envergadura en todo el mundo. Sin analizar todos y cada uno de ellos, es posible ver que en nuestro continente existieron y existen los que ya pueden considerarse clásicos de las también clásicas dictaduras de hace pocas décadas: recuérdese que Uruguay llegó a tener 20% de su población fuera de su país (por exilio o migración) y Chile 10%,6 mientras que se mencionaba un porcentaje similar a este último para Argentina en tiempos de la dictadura militar. En cuanto a migraciones —en condiciones de legalidad o ilegales—, también son clásicas las de bolivianos y paraguayos a Argentina, las citadas de centroamericanos y mexicanos a Estados Unidos, etc.; y en estos momentos se producen conocidas mutaciones donde países clásicos de recepción de una inmigración que constituyó parte muy importante de su bagaje cultural, como es el caso de Argentina, se convierte en lo inverso por causas de una crisis económica de larga duración que hace que se incremente la búsqueda de nuevas oportunidades en todos los terrenos (económico en primer lugar, pero sin olvidar el social y cultural).7
Cuando las magnitudes de estos fenómenos alcanzan cierto relieve se convierten también en problemas para los países receptores que, más allá de aprovechar en muchos casos mano de obra barata o en tareas que no realizan sus habitantes, y como uso político en otros (actualmente, y como ejemplo, la de los cubanos en Estados Unidos), los “resuelven” generalmente de dos maneras, cada una de ellas con sus consecuentes aspectos sicosociales para los que buscan ingresar a esos países: la primera, poniendo límites o cuotas, con la significación que esto ocasiona (condiciones de ilegalidad y persecución para los que no entran legalmente, la señalada conversión en mano de obra explotada y sin derechos, etc.); la segunda es una muchas veces no escrita discriminación social y de clase, mediante la cual generalmente se acepta o se prefiere a intelectuales, profesionales, empresarios, inversionistas, deportistas exitosos, etc., mientras se evita el ingreso de obreros, campesinos y sectores populares. Caso claro actualmente en Estados Unidos, y de alguna manera también en México, de modo similar a como ocurre en Europa con turcos, africanos, asiáticos, etc.; en este último caso, con la cada vez mayor xenofobia de algunos países (Francia, Alemania, Austria, España, etc.), donde no pocos consideran que los migrantes les quitan sus trabajos, contaminan sus culturas, etcétera.8
Los cambios que desde hace años están produciéndose en el mundo con la llamada “globalización” y la economía de mercado neoliberal también producen sus efectos en esta problemática. Por sólo mencionar dos, el primero de ellos es tanto el conocido aumento de la brecha riqueza-pobreza entre naciones y sectores internos de cada país, con las cada vez peores condiciones de empleo y subsistencia, así como el deseo de superarlo y alcanzar el “paraíso” que la publicidad del sistema hace de los países desarrollados o más avanzados que el propio, o para al menos poder sobrevivir. El segundo es una cruel paradoja que puede verse como un analizador, en el sentido que le da la sicología institucional a este término: mientras el modelo neoliberal y globalizador propugna una total libertad de entrada y salida de capitales, productivos y financieros, en todos los países del mundo, limita y regula cada vez más la entrada de personas a ellos; en este sentido, la conocida actual ley de inmigración española es un claro ejemplo, y hay que estar muy atento a lo que tal vez muy pronto se produzca en nuestro continente de concretarse el proyectado ALCA (Acuerdo de Libre Comercio de las Américas), tiempo atrás aprobado en la Cumbre de Quebec.
Otra diferencia entre exilio y migración tiene gran importancia para lo que se verá posteriormente: no significa lo mismo para quienes lo viven y sufren como consecuencia de su práctica ideológico-política, que para quienes están obligados a ello por razones económicas y que no siempre entienden a qué obedece el forzado desarraigo de una sociedad en la que se formaron, a la cual estaban integrados y en la que tenían su familia, etc. Situación similar a la de quienes deben exiliarse por la brutalidad de sistemas dictatoriales que no discriminan entre reales opositores y quienes caen por cercanía a éstos y son inocentes del activismo de que se les acusa. En muchos casos esto dificulta o imposibilita la integración al país de refugio, al no tenerse la fuerza que provoca una convicción o una práctica política.
Otro aspecto tiene que ver con el momento en que se produce no la migración sino el exilio: es muy diferente salir en circunstancias de avance y triunfo de un proyecto político que hacerlo cuando predominan el retroceso o la derrota. Si en el primer caso existe casi siempre un deseo de mantenerse en su práctica política, sea buscando el regreso o realizando actividades dentro del país receptor —como ocurrió por ejemplo, con la mayoría de los exiliados nicaragüenses en México a fines de 1978 e inicios de 1979, época de la ofensiva final del sandinismo—; en el otro caso no pocas veces ese deseo desaparece o se relativiza, con sus consecuencias en personas que deben reconstruir su vida sin la base que produjo el exilio: a la pérdida de su país se suma la de su pertenencia ideológico-política (o crisis de ésta), con diversas formas de culpa y angustia consecuentes.
Es innecesario decir que lo anterior podría ser ampliado en gran medida, y es sabido que existen múltiples análisis e investigaciones al respecto, por lo que lo indicado puede servir como formulación general para el estudio de algunos de los problemas de adaptación, transculturalidad, identidad, etcétera.
LOS MÚLTIPLES “TRAUMAS” SICOSOCIALES
Aspectos síquicos y culturales son inseparables, tanto en perspectivas sociales y antropológicas como en el marco teórico sicoanalítico aquí considerado.9 Por ello, todo cambio cultural conlleva inevitablemente modificaciones en la dinámica subjetiva individual, grupal, familiar, etc., en un complejo proceso de continuas readaptaciones que pueden ser resueltas en diferentes medidas y formas, o tener consecuencias patológicas, también en diferentes escalas. Y si esto ocurre permanentemente, es comprensible que los cambios que el sujeto tiene en marcos sociales, políticos, económicos y culturales siempre serán importantes y con efectos considerables en todos los aspectos de su vida. Máxime cuando, en algunos casos, pueden tocar aspectos vitales tan arraigados como formas de vida, costumbres en general, códigos existenciales y éticos, vínculos familiares y amistosos, hábitos alimenticios, idioma, prácticas políticas y posibles restricciones a éstas en virtud de normas legales, limitación en ciertos derechos en relación con los de los habitantes del nuevo país, etcétera.
No corresponde analizar ahora la definición o las significaciones de cultura, término que aquí se utiliza en su amplio sentido antropológico de formas de vida de una sociedad o grupo social. Si a Freud le es suficiente para su formulación teórica señalar que es “toda la suma de operaciones y normas que distancian nuestra vida de la de nuestros antepasados animales, y que sirven a dos fines: la protección del ser humano frente a la naturaleza y la regulación de los vínculos recíprocos entre los hombres”,10 otros autores requieren una mayor precisión. Así, y para los objetivos de esta presentación, es pertinente ofrecer sólo tres de las existentes: la que entiende por cultura “los procesos de producción y transmisión de sentidos que construyen el mundo simbólico de los individuos y la sociedad”;11 la que la define como “esa memoria colectiva que hace posible la comunicación entre los miembros de una colectividad históricamente ubicada, crea entre ellos una comunidad de sentido (función expresiva), les permite adaptarse a un entorno natural (función económica) y, por último, les da la capacidad de argumentar racionalmente los valores implícitos en la forma prevaleciente de sus relaciones sociales (función retórica, de legitimación/desligitimación); 12 y la que la entiende como “…el conjunto de significados que constituye la identidad y las alteridades de un grupo humano [siendo] la visión del mundo y de la vida a partir de lo cual los hombres dan sentido a su quehacer y definen su lugar en la historia”.13
Es así como los considerados sujetos —término que denota una sujeción— son formados y determinados por las múltiples culturas, no estáticas sino en constante cambio, que imprimen en cada uno las características centrales de un marco social, sobre las que cada individuo teje sus variaciones personales. Idea básica que un conocido teórico y político alemán conceptualiza en su tesis de que “la esencia humana no es algo abstracto inherente a cada individuo, [sino] en su realidad, el conjunto de las relaciones sociales”,14 y que luego diferentes teóricos del campo sicológico buscan definir en distintas concepciones de identidad común, como son la de carácter social (Fromm), personalidad básica (Kardiner), personalidad aprobada (Benedict), personalidad de status (Linton), de clase (Filloux), etcétera.15
Es entonces incuestionable que todo cambio de marco social implica modificaciones en todas y cada una de las significaciones de las nociones de cultura indicadas. Se modifica, parcial o totalmente, la inscripción en el mundo real y simbólico, con todo lo que esto implica para las diferentes formas de adaptación al mundo nuevo que se abre. Por tal motivo, en todo cambio de residencia —y esto vale tanto para los exiliados como para los migrantes—, y como señalan distintos autores, “se vive una sensación de fragilidad, de ruptura”,16 tratándose de “una situación extrema, en el sentido definido por B. Bettelheim, ineludible, de la cual es imposible escapar, teñida de una gran angustia y sobre la cual no se tiene ningún control; es probablemente una experiencia que marca, quizás definitivamente, a quienes la han vivido”.17 Más concretamente, y desde una perspectiva sicoanalítica kleiniana,

implica la pérdida de casi todos los objetos externos, y se puede definir como una situación de cambio extremo [donde] la identidad, que se va formando en una cadena de elaboración y asimilación constante de cambios parciales, se tiene que enfrentar con la pérdida de su marco de referencia externo. El proceso de cambio es masivo y profundo, tanto en cantidad como en calidad, e implica la pérdida concomitante de partes del Yo. Las estructuras sicopatológicas, las situaciones de conflicto y las relaciones tempranas de objeto reciben un impacto tal que, al verse el individuo despojado de su marco de referencia y de los instrumentos cotidianos que permiten encubrirlas, afloran con gran intensidad.18

Surgen así conflictos individuales que, por lo señalado, tienen la condición de ser sociales y colectivos. No por casualidad, otros estudiosos de estas situaciones hacen hincapié en la idea de cotidianidad planteada en el último párrafo citado, que J. C. Carrasco entiende de la siguiente manera:

La cotidianidad consiste en la unidad inseparable del hombre y de la calle por la que camina, del café donde toma un trago, de las informaciones que recibe, de las relaciones que establece. Cotidianidad que es a su vez una percepción y vivencia de la experiencia compartida en un mundo compartible grupalmente. Cotidianidad que supone continuidad de tiempo y espacio, repetición de significaciones, reconocimiento de sí y de la propia experiencia sin cortes ni rupturas […] Esta cotidianidad que constituye un modelo global y básico de existencia puede ser expresada a través de categorías sicológicas tales como: las características y naturaleza de las representaciones que el hombre elabora de sí mismo, de las cosas y de su mundo existencial. Se nos traduce también por la cualidad de sus percepciones, por la manera como califica y valora situaciones y cosas, por las relaciones que entre ellas concibe y describe, por las relaciones que establece con dichas cosas y con los hombres, por las cosas en que cree, por el tipo de sentimientos y el estilo de vínculos que desarrolla. 19

Para Lira y Kovalskys “el concepto de identidad no es otra cosa que una conceptualización referida al individuo de lo que hemos venido estudiando bajo el nombre de cotidianidad”, que por supuesto se modifica, a veces radicalmente, en los cambios de residencia como los aquí estudiados, por lo que “reelaborar una nueva identidad significa construir a niveles del Yo una nueva percepción del sí mismo de partida de un cambio en la experiencia de la vida cotidiana”.20 Aunque no se menciona por considerarse parte integrante de la situación, implica el vínculo con una nueva realidad que primero debe reconocerse y luego asimilarse.
Un conjunto de profesionales del Colat (Colectivo Latinoamericano de Trabajo Psicosocial) de Bruselas ilustra la situación con la metáfora de Jano, diosa romana representada con rostros opuestos que le permiten mirar simultáneamente en dos direcciones inversas: uno hacia el pasado, que expresa la ruptura, la pérdida, la separación, la nostalgia, el duelo y cierto grado de fragmentación de su experiencia; esto puede ser vivido como su muerte social, rubricada por la imposibilidad del regreso; el otro, que mira hacia el futuro, confronta al sujeto con un medio desconocido, extraño a sus prácticas sociales e impenetrable a su lenguaje, lleno de peligros reales e imaginarios, pero también un lugar en el que es posible cierta recreación.21
El impacto mayor de esta nueva situación se da en los inicios de vida en otra sociedad, donde son comunes la desconfianza ante las formas de vida y los habitantes del nuevo país, pero también ante compatriotas que los precedieron —desconfianza que puede tener rasgos paranoides—, temor a la soledad y a lo desconocido, etc. Y también es común que a esto siga un periodo de “alivio” al comprenderse que no tiene por qué ser así, lo que brinda un sentimiento de bienestar, búsqueda de nuevas relaciones afectivas y posibilidades de actividad, etcétera.22
Otros autores entienden que el cambio puede ser “catastrófico en la medida en que ciertas estructuras se transforman en otras, a través de los cambios, pasando por momentos de desorganización, dolor y frustración; estas vicisitudes, una vez elaboradas y superadas, darán la posibilidad de un verdadero crecimiento y evolución de la personalidad”. Pero “no siempre sucede así, ya que, a veces, en lugar del ‘cambio catastrófico’, doloroso pero evolutivo, la experiencia puede terminar en catástrofe, pero no sólo para los que emigran, sino para algunos de los que se quedan”.23 Ha sido y es muy general sentir miedo tanto por una salida hacia lo más o menos desconocido, como en muchos casos por tener que hacerse en condiciones de manera inesperada o súbita y dejando todo lo que se tenía (material y social) para ingresar en situaciones que se viven como riesgosas. Un posterior éxito o adaptación no es incompatible con esas vivencias de inicio, desmintiendo ese lugar común de quienes se quedaron en los distintos países y han hablando de “los azares del exilio” respecto a quienes salieron de sus países, sin tener en cuenta que, más allá de las vicisitudes de cada uno, “la terrible experiencia del exilio es imborrable”24 y siempre deja huellas.
Todos los que han trabajado e investigado esta problemática coinciden en que, en diferentes grados, se trata de lo que Freud considera una experiencia traumática, causada por un acontecimiento importante e impresionante o por numerosos sucesos traumáticos parciales. Para los Grinberg,

la migración, justamente, no es una experiencia traumática aislada, que se manifiesta en el momento de la partida-separación del lugar de origen, o en el de llegada al sitio nuevo, desconocido, donde se radicará el individuo. Incluye, por el contrario, una constelación de factores determinantes de ansiedad y de pena […]. Creemos, entonces, que la migración, en cuanto experiencia traumática, podría entrar en la categoría de los así llamados traumatismos “acumulativos” y de “tensión”, con reacciones no siempre ruidosas y aparentes, pero de efectos profundos y duraderos.25

Es interesante destacar el resumen que ofrecen estos autores, sicoanalistas de una línea ortodoxa e institucional clásica en la que los factores políticos, ideológicos y sociales ocupan un nulo o mínimo lugar,26 que pueden ver las consecuencias aunque con lo que esta omisión acarrea en una problemática esencialmente política (al menos en el caso del exilio):

 
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