"Deseo y anhelo continuamente irme a mi casa y ver lucir el día de mi vuelta". Ulises en La Odisea.

“Deseo y anhelo continuamente irme a mi casa y ver lucir el día de mi vuelta”.  Ulises en La Odisea. 
   La inmigración conlleva una enorme cantidad de pérdidas. No siempre se analiza el fenómeno de la inmigración desde una perspectiva individual, centrándose especialmente en la persona, en los sufrimientos que comporta dejar el país de origen e intentar integrarse en un país de acogida en ocasiones poco hospitalario. El presente artículo pretende analizar este fenómeno desde la perspectiva del duelo, el llamado “duelo migratorio”. Se pretende exponer la enorme complejidad del proceso de elaboración y los riesgos de cronicidad que este tipo de duelo comporta. Junto con los aportes teóricos de distintos autores se apuntan secuencias de narrativas de los propios inmigrantes.
    Introducción   El presente artículo intenta abordar el fenómeno de la inmigración desde una perspectiva micro social. En el acercamiento a los movimientos migratorios, se observa que éstos han sido ampliamente estudiados desde miradas muy distintas: economía, demografía, derecho, estadística, empleo, pero pocas veces se contempla en concreto al ser individual, a la persona. No siempre se tienen en cuenta los sufrimientos, los temores, las pérdidas de cada ser como ente individual. El acercamiento a la realidad del inmigrante, desde el fenómeno del duelo migratorio, pretende hacer visible los avatares de la persona en su proceso de adaptación, de integración de lo nuevo que se adopta y de lo dejado atrás.  Este documento se inserta en el marco del estudio de las distintas modalidades de duelo que quien suscribe, lleva a cabo desde hace algunos años desde el ámbito profesional del Trabajo Social. En el contacto con personas que han sufrido pérdidas significativas y en el estudio de las distintas aportaciones teóricas sobre el duelo, he podido aprender lo difícil y complejo de este proceso de elaboración al cual estamos sometidos todos los seres humanos.  En la realidad española apenas si hay estudios sobre este fenómeno que presenten datos concluyentes que inspiren, a su vez, el diseño de planes de acción y la puesta en marcha de servicios especializados (o sensibilizados) hacia este complejo proceso. Vale la pena destacar especialmente, las aportaciones de Joseba Achotegui médico-psiquiatra del SAPPIR (Servicio de Atención Psicopatológica y Psicosocial a Inmigrantes y Refugiados); algunas de sus reflexiones están contenidas en este trabajo.   Los contenidos que a continuación se exponen se han estructurado en dos partes: la primera aborda de manera sintética los aspectos generales de los duelos. La segunda, presenta las características del duelo migratorio, acompañadas éstas de narrativas de personas inmigrantes de distintos países de América Latina que han sufrido o sufren este tipo de duelo (1). Por último, al final del trabajo se extraen conclusiones y propuestas de intervención. El interés en hablar de dos situaciones de duelos distintos estriba en la posibilidad de establecer una comparación entre ambas, resaltar, sobre todo, la enorme complejidad del duelo migratorio y sus dificultades de elaboración.    Al hablar de duelo migratorio, se utilizan distintas denominaciones para hacer referencia a la pérdida que sufren las personas que se ven abocadas a abandonar su país y a emigrar a otro para buscar un futuro mejor:  “Síndrome de Ulises”, “duelo migratorio”, “mal del inmigrante”, “síndrome del emigrante”, “morriña”, “melancolía”, “nostalgia del extranjero”, “el bajón de los seis meses”, entre otros términos.  Realmente este tipo de duelo sería aplicable no sólo a situaciones de emigración motivadas por precariedad económica y condiciones de subsistencia, sino también a aquellas personas que tienen que salir del territorio donde habitan por motivos de violencia, guerras, persecución. En todos los casos, a los problemas inherentes al proceso migratorio (condiciones del desplazamiento, precariedad, rechazo en el país de destino, etc.) se suma la pérdida extraordinariamente significativa de los vínculos con la tierra y con las gentes que les vieron crecer.    Este proceso de duelo ya fue descrito en el siglo XVII por Harder y por Zwinger al ponerse en relación el fenómeno migratorio con la nostalgia (2); técnicamente recibió distintos nombres: “trastorno distímico”, “depresión con manifestaciones somáticas”, “trastorno por somatización”. Desde el principio se observó esta nostalgia y desarraigo en situaciones diversas: en soldados que tras prolongadas campañas militares sin regresar a su país, se sumían en el decaimiento y la tristeza; o en campesinos que migraban a las ciudades (Tizón, 1993). No es un fenómeno nuevo, todo lo contrario, es tan antiguo como el hombre mismo, en la medida que éste siempre se ha visto atrapado entre dos pulsiones polarizadas: la necesidad-deseo de conocer-explorar nuevos territorios y el deseo-necesidad de echar raíces y afincarse en los territorios conocidos.  En La Odisea, Ulises, el navegante, ya expresa: “Deseo y anhelo continuamente irme a mi casa y ver lucir el día de mi vuelta”. Tomando el nombre del mítico héroe, el término “síndrome de Ulises” es una denominación particular empleada para expresar el malestar, la desesperanza, el desánimo, la depresión y el sufrimiento que sienten muchos inmigrantes por estar lejos de los suyos.   En muchas ocasiones, antes de la partida el emigrante suele idealizar (o le idealizan) el destino. Pero al llegar no todo es como se imaginaba. Se encuentra frecuentemente con condiciones difíciles de vida, con problemas para encontrar trabajo, problemas de regularización, de vivienda, del idioma, presiones externas, dificultades de adaptación, rechazo, exclusión, en fin. Todo esto dificulta la aceptación de la nueva situación y la integración del distanciamiento respecto de su país de origen.         dijo:      “Es difícil salir de esto, tienes tu pasado, tu país, tu familia… y eso no puedes cambiarlo por nada, por más dinero que tengas aquí, no puedes cambiarlo por nada”. (Inmigrante colombiana)        dijo:      “Yo me he encontrado algo diferente de lo que esperaba, lamentablemente hay mentiras de los amigos, no es lo que esperabas…” (Inmigrante ecuatoriana)        dijo:      “El viaje fue muy triste. Conseguí una habitación con tres más, pero estuve los primeros cuatro días sin comer, no tenía para comer, triste por dejar mi familia”. (Inmigrante ecuatoriana)        dijo:      “Fue muy duro, más de lo que me habían contado, me sentía vacía, no tenía a nadie”. (Inmigrante ecuatoriana)        dijo:      “A Madrid llegamos todos juntos, pero cuando llegamos a Andalucía nos pusieron a cada uno en un lado diferente”. (Inmigrante peruana)        dijo:      “Cuando comenzó ese boom que la gente salía y era bonito que algún amigo tenia la suerte de ir a otro país. Me imaginaba que esto era el paraíso, y que sólo venía la gente con un estatus social alto, o que cuando venías para acá era como te tocaba la lotería. Dentro de esas situaciones tuve la experiencia de que mi madre estaba por aquí (ya estaba como inmigrante en España), y cuando mi madre me comentaba cómo era la situación, la visualizaba, pero no me podía imaginar cómo, especialmente cuando la miré y percibí en mis propias carnes, la pude ver…” (Inmigrante ecuatoriana)         dijo:      “Lo que más veo es la discriminación, me chocó. No nos toman como a personas, creen que venimos de la selva, siempre nos aíslan, donde no conocemos nada, me dolió mucho, mucho” (Inmigrante ecuatoriano)        dijo:      “Donde estoy trabajando les dije que somos iguales, que yo soy morena y que tú eres blanca”. (Inmigrante dominicana)      Transcurridos los primeros momentos de la novedad, y luego de observar lo distinto del país receptor (un tiempo variable) aparece la nostalgia, generalmente acompañada de tristeza, llanto, cambios de humor, sentimientos de culpa, ideas de muerte, somatizaciones y desórdenes psíquicos varios. El proceso migratorio es un cambio muy drástico. Todos los cambios están llenos de ganancias y pérdidas, de riesgos y beneficios. Integrar las pérdidas requiere un proceso de reorganización interna. Este proceso de reorganización (duelo) no se resuelve sólo con un buen trabajo y una situación legal estable. Sin duda, si los beneficios superan las pérdidas, el duelo resulta menos dificultoso, por cuanto el individuo se inclina a sopesar y reduce sus sufrimientos con aquello que está logrando (Achotegui, 2002).       dijo:      “Los primeros momentos, todo era nuevo, donde estaba estudiando era bonito, tantos monumentos, ver tanta tradición, de repente veía mucha actividad… A mi me dijeron lo de la crisis de los seis meses. Me preguntaba: ¿qué estoy haciendo acá?, ¿para qué he venido?, ¿para qué estoy aquí? (Inmigrante peruana)        dijo:      “Cuando me entra la pena, cuando me da el bajón, pienso en lo que he logrado y eso me anima” (Inmigrante chileno)       En ocasiones el inmigrante sobredimensiona e idealiza el país de origen, cultivando una forma errónea de nostalgia como refugio y resistencia protectora frente a las agresiones del nuevo medio. No se trata de una conservación de las raíces, sino que el nostálgico retrasa la reestructuración de su nueva vida tanto más cuanto más prolonga sus duelos (duelo crónico).  Si las circunstancias de acogida son favorables – integración social y laboral -, la nostalgia de lo perdido se contrarresta con el logro de las metas muy esto ayuda en el proceso reestructurante. El individuo se siente dueño de su libertad y capaz de controlar su destino. Sin embargo, cuando se prolongan las incertidumbres, la inseguridad, la nostalgia aflora de manera más viva debilitando el proyecto de asentarse en una tierra que le es completamente ajena. El proyecto del regreso se hace más presente y el sufrimiento del día a día se hace más insoportable.         Artículo Completo  EL DUELO MIGRATORIO

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