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El desarraigo es uno de los principales retos para quien decide emigrar hacia otro país. Es como una ruptura: dejan parte de su vida, sus lazos, afectos, costumbres y, muchas veces, su idioma materno. Y si el país que los recibe tiene, como actualmente España, una difícil situación económica, el esfuerzo es doble. Historias sobre los que están entre las dos orillas: la que dejaron y a la que llegaron.

Nina llegó a Madrid en un buen momento. La economía española iba bien, el país acababa de ingresar a la zona euro y el boom del fenómeno migratorio estaba empezando. Al poco tiempo de estar en la ciudad trabajaba cuidando a una señora y su esposo se había colocado en un sector que crecía como la espuma: la construcción. El proyecto en común era favorable. Cada mes enviaban sin retraso dinero a su familiar. Sin embargo, ella estaba triste, extrañaba a sus hijos, se sentía cansada, padecía dolores de cabeza y dormía poco. No había cumplido un año de estar aquí cuando decidió que retornaba a Rumania. Su marido en cambio se quedó.
ulises1Han pasado doce años desde entonces, Nina es feliz viviendo a las afueras de Bucarest y Nicolae, su marido, se siente muy cómodo en Coslada. La mayoría de las personas que han dejado su país, para buscar mejores oportunidades, han sentido la misma ansiedad, tristeza y melancolía. Extrañar el lugar de origen es normal, pero hay a quienes les golpea de una manera más contundente. Esta situación es conocida como Síndrome de Ulises o del emigrante con estrés crónico y múltiple. El nombre del padecimiento hace referencia al héroe griego que pasó innumerables penurias y adversidades al estar lejos de sus seres queridos.
El psiquiatra vasco, Joseba Achotegui, fue el primero en acuñar el término, en 2002, cuando presentó un estudio científico sobre los efectos en la salud mental en las migraciones del siglo XXI. El médico descubrió que el extranjero padece unos determinados estresores o duelos durante la etapa inicial de su nueva vida. Éstos están relacionados con dejar a la familia y amigos lejos, con tener que aprender la lengua y cultura del país, las diferencias geográficas con el lugar de origen, su estatus social en la sociedad de acogida, el contacto con el grupo de pertenencia y los riesgos para la integridad física. Para el investigador, el sentimiento de desesperanza y fracaso surge cuando el inmigrante no logra ni siquiera las mínimas opciones para salir adelante, al tener dificultades de acceso a los papeles, al mercado de trabajo, o hacerlo en condiciones de explotación. “Para estas personas, que han realizado un ingente esfuerzo migratorio, ver que no se consigue salir adelante es extremadamente penoso”, recalca.

“Muy pocos españoles saben por lo que pasan los inmigrantes. Pocos se ponen en su piel”

Los inmigrantes en situación irregular están más expuestos a estos síntomas porque pasan situaciones dramáticas para conseguir un mejor futuro. El camerunés Daouda lo sabe bien. Llegó a España en patera hace tres años, una experiencia de la cual no le gusta hablar. Una vez aquí ha tenido que luchar para encontrar trabajos ocasionales y evitar ser cogido por la Policía por estar indocumentado. “Me gustaría tener un curro. No vine aquí a molestar a nadie, quiero estar tranquilo”, comenta el joven. Él es un ejemplo de una persona que lucha por sobrevivir y que tiene un miedo terrible a salir a la calle.
“Los fenómenos migratorios hoy son diferentes. Hace 10 o 15 años las personas podían cambiar de país y llevar a la familia. Pero desde 2001 se han cerrado las fronteras. Entonces nos encontramos con el drama de los sin papeles. El problema es que esto va a peor, y no sabemos muy bien cómo irá evolucionando. Ahora hay un estrés de supervivencia. Hablamos de personas que no saben de sus hijos durante años, que viven escondidas y se enfrentan a constantes abusos”, describe Achotegui.

ADAPTACIÓN.- Los primeros meses fueron los más difíciles para el costarricense Federico Núñez. Él vino a España a estudiar fotografía y recuerda que extrañaba muchísimo la naturaleza. “Cuando salía del piso me hacía falta ver el verde de los árboles y la montaña. Costa Rica es un país donde, aunque uno esté en la ciudad siempre se ve la naturaleza. Aquí no. Para estar rodeado de árboles hay que ir a la Sierra o a los parques”, cuenta el joven estudiante. Según Achotegui, el duelo por el que pasa el inmigrante varía dependiendo de su situación: “Para una mujer que deja atrás a hijos pequeños es más complicado adaptarse a su nueva realidad que para el joven sin grandes responsabilidades en su país origen”. El médico enfatiza que este síndrome no es una enfermedad mental clásica y que no requiere una atención farmacológica tradicional.
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Por otro lado, el psicólogo Ángel Castro, autor del libro SOS… Soy inmigrante: El Síndrome de Ulises, considera que pueden relacionarse los síntomas con similares patologías como la ansiedad o la depresión. O otros físicos, como las cefaleas, o la fatiga, ambas que minan la salud. Ambos expertos coinciden en que cualquier persona se expone a ellos, sin importar su lugar de procedencia.
Sin embargo, la investigación Proyectos migratorios y bienestar psicosocial, realizada por el Observatorio de Inmigración Vasco, concluyó que los rumanos, los subsaharianos, los bolivianos y los marroquíes son más sensibles a situaciones de mayor estrés. Sienten que no tiene control de su entorno, sensación de exclusión, insatisfacción económica y emocional, y pocas posibilidades de integrarse en la sociedad receptora.
En Catalunya, el sistema médico autonómico ha detectado que la depresión y la ansiedad provocadas por la soledad y la frustración son los principales problemas de la comunidad inmigrante. “El desarraigo, el estar alejados de la familia y no cumplir las expectativas que tenían cuando llegaron a España son las principales causas de estos problemas de salud mental, que se han incrementado con la crisis económica”, afirma la coordinadora de la Jornada sobre Inmigración y Salud del Hospital General de L’Hospitalet, Cristina Cortés. Además, ha destacado el problema de tratar estos aspectos por las dificultades de comunicación con colectivos como el marroquí o el africano. En la Comunidad de Madrid, un 22% de los extranjeros presenta un trastorno mental crónico de ansiedad y depresión; mientras que un 78% reportan los síntomas de manera más gradual, según el estudio Salud e inmigración.

Los sin papeles son quienes pueden presentar más los síntomas del Síndrome de Ulises

Uno de los nuevos agravantes para los extranjeros, son las nuevas restricciones de ingreso a Europa. Según Médicos Sin Fronteras, estas políticas migratorias están afectando a la salud física y mental de los inmigrantes y solicitantes de asilo: “Deben soportar peligrosas travesías por el desierto y por mar, en las que son objeto de actos de violencia y abusos, son encarcelados y explotados, o caen presas de traficantes y contrabandistas. Los que consiguen llegar suelen tener que hacer frente a detenciones sistemáticas y prolongadas en condiciones terribles. Además de que su acceso a la atención médica es limitado y el apoyo psicológico suele ser inexistente”.

VOLVER AL INICIO.- El ecuatoriano Raúl Larrea tiene más de una década viviendo en España. Sus primeros años fueron los más duros. Estuvo en pisos patera, se sentía muy solo e hizo un gran esfuerzo para alejarse de las “malas amistades”. “Conocí a muchas personas que recurrían a la bebida para tratar de llevar mejor la situación tan dura en la que estaban”, comenta. Él se concentró en su trabajo y, tras cinco años, consiguió reagrupar a su familia. “Las cosas iban bien. Mi esposa consiguió un empleo y los hijos estudiaban. El paso que seguía era comprarse un piso. Era lo lógico”, dice. Pero llegó la crisis y todo lo que tenía en España se derrumbó. Perdió su casa, y su esposa e hijos tuvieron que regresar a Ecuador. Estaba otra vez solo. Al igual que Raúl, muchos inmigrantes pasan por momentos difíciles ya que en poco tiempo su proyecto migratorio ha pasado a estar en riesgo de fracasar debido a la situación económica española.
Esto genera que el Síndrome de Ulises se presente de nuevo en sus vidas. “Los síntomas se definen por los estresores y estos se pueden presentar al principio de la inmigración o, como ahora, que hay una vuelta atrás, porque han perdido su estabilidad económica e incluso su documentación. No tienen dinero para mantener a la familia en España. Estas circunstancias hacen que se repita el ciclo del síndrome”, recalca el psiquiatra, Joseba Achotegui. Para el psicólogo Ángel Castro, hay que tener en cuenta que la inmensa mayoría de los inmigrantes tiene un empleo no demasiado estable, y en peores condiciones que los autóctonos, con lo que se encuentran en mayor situación de vulnerabilidad. “Sufren más los efectos de la crisis y son los que lo tienen más difícil para salir adelante”, asegura Castro.
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TRATAMIENTO.- Debido a que el Síndrome de Ulises es una enfermedad que tiene poco tiempo diagnosticado, la forma de tratar a los pacientes varía. Hay médicos que no recomiendan el uso de fármacos, dado que no se trata de una enfermedad. Mientras que para otros es una opción válida para brindarle tranquilidad al inmigrante. Además hay que añadir que los síntomas por los que pasa la persona disminuyen si logran crecer y adaptarse a su nueva realidad. El africano Daouda asegura sentirse peor que cuando llegó, dado que su esperanza de mejorar disminuye cada día que pasa. Federico, el estudiante costarricense, dice que disfruta viviendo en Madrid y, sobre todo, ahora que tiene una novia española. El ecuatoriano Raúl no oculta su tristeza por no tener más a su familia, pero espera para 2012 volver a traerlos.
El tipo de ayuda que puede recibir el inmigrante varía según los síntomas que presente. “No es lo mismo el que sólo tiene pena, que el que presenta fuertes dolores de cabeza, falta de sueño y apetito. La primera es esencial y consiste, básicamente, en dejar hablar a la persona, que cuente qué le pasa y que, de la forma más sincera posible, narre sus experiencias. Soltando las penas se mejora mucho. El síndrome se cura, por supuesto, con esfuerzo, tanto de los propios inmigrantes como de los que los atienden. A base de confianza, de desahogarse y de expresarse”, concluye el psicólogo, Ángel Castro.

ESTERTORES
>> Soledad.
Es un gran sufrimiento. Se vive más por las noches cuando afloran los recuerdos de los seres queridos y los amigos.
>> Fracaso. Aparece cuando el inmigrante no logra ni siquiera las mínimas oportunidades para salir adelante, al tener dificultades para encontrar un empleo, los papeles o al acceder a condiciones de explotación. No conseguir los objetivos es extremadamente penoso.
>> Supervivencia. En alimentación, cuando la persona encuentra problemas para comer. En general, el inmigrante se alimenta mal porque envía la mayoría del dinero a su país de origen. El otro ámbito es la vivienda, ya que todos los extranjeros -con o sin papeles- tienen grandes dificultades para encontrar un lugar donde vivir. Es frecuente que recurran a los pisos patera porque son los únicos a los que pueden acceder, pese al hacinamiento y el abuso que eleva el estrés. En los casos más extremos se recurre a la calle.
>> Miedo. El estrés crónico potencia el miedo a las detenciones, las expulsiones, las coacciones de las mafias para quienes viajan en patera o camiones. A esto se une que los periplos son cada vez más largos, caros y peligrosos.



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