Cuento del Aralio para conocimiento del Flaco Theo y el recuerdo de Paulina

Sola, triste, descolgada

Aralio tenía olfato
y larga escuela en la vida:
si ella no andaba perdida,
él se comía un zapato.
La miró pasear un rato,
se le acercó lentamente,
le dijo muy suavemente
“parece que te perdiste,
no encuentras lo que quisiste,
ni hallas dónde está tu gente.

Aquí te dejo mis datos,
cómo llegar a mi casa,
yo sé de lo que te pasa;
ya pasará este mal rato”.
Ella, con ojos de plato,
se hizo la que no entendía,
pero su mano cogía
el papelito de marras
y los dedos, como garras,
no aceptaban tonterías.

Aralio se fue a su casa,
en Bruselas, de este lado,
y pensaba ensimismado
cómo la vida hace guasa
y el destino tabla rasa
cuando escuchas de improviso,
sin advertencia o aviso,
entre flamenco y francés
– lo oía una y otra vez –
un buen chileno castizo.

Don Aralio, en ningún caso,
estaba allí de paseo;
más bien por tenr un feo
pasado y largo canazo.
Habiendo dado un abrazo
a la vida clandestina
bien sabía que la mina
con que se había topado
se encontraba en un estado
falto de gracia divina.

Sola, triste, descolgada;
él, de buen samaritano.
Esperaba que la mano
que había sido ofertada
no fuera necesitada,
pero en caso que lo fuera
no le temblara la pera
a la muchacha en cuestión
y que usara la ocasión
pa’ salvarse de primera.

Perdido en sus pensamientos
sintió tocar a la puerta.
Era la chica que muerta
de miedo y en un portento
de valor del más pulento
llegaba a pedir ayuda.
Sin un asomo de duda
al tiro llamó a Miguel
que contactó a éste y a aquel
tomando agüita de ruda.

Finalmente conectada,
la chica, nada de lesa
se fue a poner la cabeza
en la más mullida almohada.
Aralio, sin decir nada,
también se metió en su sobre.
Se sintió un poco más noble.
Sabía que al otro día
no tendría compañía
e iría a hacer unos cobres.

A la vuelta, al otro día,
la niña se había ido.
El ya lo había sabido:
la chispa que ella encendía
era pa’ la mayoría
de pobres que allá por Chile,
se levantaban por miles
pa’ echar a la dictadura
que arrojaba a la basura
el clamor de los civiles.

En un día triste y vano
le contaron que a Paulina
la mataron con inquina
los esbirros del tirano.
Aralio cerró las manos.
Aguirre era el apellido
de la que había venido
un rato para su hogar;
que sus sueños, su bregar,
no queden en el olvido.

“del retorno y oros goces” Chino,
Cuento del Aralio para conocimiento del Flaco Theo y el recuerdo de Paulina

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