Fue un correo masivo que envié en el grupo del Pato Manns, el que me llevó a contactarme con diversas personas: Julio Oliva, Julio Gálvez, Norma Marincovic y otros. No recuerdo quien me aportó tu nombre o si fue a través de ese correo que nos relacionamos; pero me alegro que Eduardo Varas -sin conocerme- me haya nombrado administrador del grupo de Manns, porque a raíz de esa circunstancia he conocido personas admirables.

Adriana, mi nombre es Patricia Ojeda Mayorga, mi historia al igual que muchos está fuertemente ligada a la memoria de este país. Mi padre fue secretario regional del Mapu y en esta calidad fue apresado el 11 de septiembre del 1973 y enviado a la isla de Dawson. Mi hermana tenía 10 meses y a mí me faltaba uno para nacer. Luego de la larga estadía de mi padre en este campo de concentración, Eduardo Ojeda regresó a conocer a su familia por un breve tiempo y luego elegir una de entre sus dos hijas para ir a Curicó relegado. Mi madre tenía 19 años para el 74, aún no dimensionamos las secuelas de esta separación; mi hermana se quedó con mis abuelos en Punta Arenas, y nosotros tres (padre, madre e hija más pequeña) vivimos cuatro años en el norte, relegados. Hay un relato que transcribió Aristóteles España sobre historias de aquellos tiempos, “El sur de la memoria”, el de mi padre se llama “Feliz cumpleaños, compañero” (Si lo tienes, me encantaría que lo leyeras).

Luego de regresar y recomponer la familia, llegaron los ochenta y asumir con valentía la resistencia. Mis padres rearmaron el Mapu  en Magallanes, con muy pocas personas; junto a mi hermana comenzamos a participar activamente desde los 13 años (me observo con perspectiva y casi era una niña, conviviendo con adultos de igual a igual).

Comparto el orgullo de ese heroísmo, de haber estado cuando otros no estuvieron; de haber participado sin siquiera dimensionar que una democracia conllevaba cargos, poder y olvido.

Y sí, llego la democracia – o el proceso de elección democrática- y junto a mi hermana partimos a Santiago a estudiar; ella, sociología en la Chile; yo, un años en el Peda (castellano) y, luego, literatura en la Universidad de Chile. No te mentiré que compartí el nihilismo de aquellos tiempos, que junto a otros alcoholizamos los ideales y tiramos piedras ante la realidad.

Volví a Punta Arenas en el 2000, mi madre -aquella jovencita que otros años- ya era consejera regional por el PPD. Mi padre miraba por encima a los que lucraron, pues él nunca pudo asumir la práctica de una política enferma como la que vemos hoy, nunca buscó un cargo, nunca mendigo sueldos.

Cuesta que Eduardo, mi padre, participe activamente en grupos de DDHH, a veces revisa memorimapu, pero -creo- primero debe escribir, ordenar y dignificar su propia historia para poder asumir otras, como es la memoria de Francisco Bettancourt (único detenido desaparecido de Magallanes, dirigente Mapu). Ha habido momentos, cuando llegan fechas importantes, que toma la voz y resuena como en otros tiempos. Hay que darle tiempo, pero no demasiado: los actores directos están muriendo en Magallanes y se llevan la historia.

Desde hace unos meses, trabajo con el grupo de ejecutados políticos de Punta Arenas. Al igual que en otros lugares, las agrupaciones trabajan desunidas y con conflictos personales; pero en la Afep he encontrado un espacio para soñar un archivo de la memoria, para recopilar la historia. Mis estudios me ayudan pero debo actualizar conocimientos, metodologías y estructuras del relato testimonial.

He revisado tus páginas, creo que estamos ligadas por los historias e ideales similares; estaré en contacto ya que el tema de los hijos, de la historia de ellos, de la historia de mi generación y la mía te puede aportar. Tengo algunos poemas publicados, en un capítulo llamado “La bella prisión”, te los enviaré.

Adriana, te contaré que en este sentido, nos hemos acercado dos hijos… Iván González, hijo de uno de los ejecutados políticos de Magallanes, quien me ha pedido ayudarle a escribir la historia del padre Ramón González. Posee un testimonio feroz de cómo se enteró de la muerte de su progenitor y cómo luchó hasta lograr que se juzgara a los responsables. Acepté el reto, con mucha responsabilidad, con la decisión de trabajar lo que sea necesario.

Con Iván y otros de mi edad, estamos fomentando la escritura y documentación; vemos con distancia el filme de Littin, quien está a punto de exhibir “Dawson: Isla 10”. Sabemos que los más de 600 prisioneros políticos de Punta Arenas no estarán presente; que sus historias tanto o más fuertes que la del señor Bitar, no serán testimoniadas. La tarea es grande, pero necesaria: hay que dignificar a todos los que estuvieron en este campo de concentración, estilo nazi, perdido en una de las islas del Estrecho de Magallanes.

Pronto nos comunicaremos, estoy conociendo tu trabajo y admirándolo. Un beso grande desde la Patagonia.

Patricia Ojeda.

 

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