Manns habla sobre su primer regreso a Chile en agosto de 1990

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Se vuelve de repente, unánime y entero, pero hay dos circunstancias que todo lo prolongan: las voces que callaron, las voces que subsisten. Se vuelve de repente, unánime y parcial, porque las voces que callaron son voces irrenunciables. Uno va de regreso, silbando con las manos en los bolsillos y se topa de pronto con la muerte. Tal vez por eso, el retorno ha sido más muerte que vida, porque uno cree que canta también para los que no están allí. Yo vi las salas llenas de cabezas invisibles, y vi salas de rostros invisibles. El público fue siempre el doble del que podíamos contar uniendo todos nuestros dedos.
Por eso, éste es un disco-mundo, porque está tan lleno de muerte como de vida; tan lleno de reserva como de amistad a muerte.
Hasta ahora, sólo Ulises había vuelto – naturalmente sin encontrar a nadie -. Nosotros hemos encontrado lo que no podíamos buscar por no conocido: los jóvenes y las jóvenes que nos escucharon, no habían nacido todavía cuando las bayonetas nos arrojaron fuera de las alambradas que marcan los límites de la patria y arañan el origen de los sueños. Y después, toda esta conjunción de voluntades, esta manera rabiosa, competente, inaplazable, de servir a la amistad con este disco, donde se confunden de modo incandescente las manos de sus técnicos, las manos de sus productores. Tal vez por ello, Jorge Coulon me escribe diciendo: “La experiencia de tu regreso ha sido tan hermosa, que se ha hecho, por eso, irrepetible”. Y sus palabras suenan en mi corazón en dos tiempos diversos: uno, alegremente; el otro, como un canto fúnebre.
¿Acaso estoy destinado a no volver de nuevo? ¿Acaso los regresos son irrepetibles? ¿Acaso he soñado con todos ustedes, queridos míos, creyendo que podía cantarles una canción de cuna, una canción de amor, una canción de tristeza o una canción de esperanza? Yo pido al tiempo que me dé un soporte desde el cual pueda saltar al corazón de Chile. Definitivamente. Creo que los sueños deben ser vencidos por nuestra invencible vocación de realidad, esa realidad que es lo único increíble.
Aquí queda mi voz, por el momento, a la espera de los momentos sin voz, esos silencios que dan vida al otro costado de los discos.
Trez-Vella, 10 de octubre de 1990.
 
 

 

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