El Cura del Pueblo. Alfonso Baeza Donoso .”¿Cómo no se dan cuenta que Chile está en crisis?”

Punto Final, Nº 758 – Desde el 25 de mayo al 7 de junio de 2012.

Pregunta el sacerdote Alfonso Baeza Donoso:

¿Cómo no se dan cuenta que Chile está en crisis?

Hay una crisis institucional profunda, que se traduce -entre otras cosas- en desconfianza y descrédito de autoridades e instituciones, indignación en vastos sectores y una situación objetiva en que se profundizan las desigualdades. La Iglesia, a través del arzobispo de Santiago, monseñor Ricardo Ezzati y otros obispos, ha manifestado su inquietud. El obispo de Aysén, Luis Infanti, ha hablado de la “tortura del poder” que se traduce en la violación permanente de los derechos humanos de la población. En ese contexto, se plantea la reforma tributaria y la discusión sobre salario mínimo y el ingreso ético familiar.
Conversamos al respecto con el sacerdote Alfonso Baeza Donoso, (81 años, ingeniero civil, ex vicario de la Pastoral Obrera y de la Pastoral Social, ex presidente de Fasic y ex director de Caritas Chile) actual administrador de la Parroquia del Sagrado Corazón de Jesús y presidente de “Mujer, levántate”, fundación destinada a la reinserción y ayuda a mujeres encarceladas: “Hay una situación bastante complicada. Por todas partes estallan conflictos, que se advierten a simple vista. En la televisión acabo de ver, por ejemplo, imágenes de una gran población de Puente Alto donde he estado muchas veces, con los edificios semidemolidos, sin agua, sin luz, en condiciones infrahumanas, cerca de basurales; la gente tiene que caminar cuadras hasta tomar locomoción. Allí hay una situación terrible. Otra es la situación de las ‘nanas’, discriminadas y humilladas. No es un invento de la televisión, el clasismo impera en muchas partes. La idea generalizada en Chile es que la gente que tiene plata, que es una minoría muy pequeña, puede hacer lo que quiere por encima de la justicia, mientras es natural que enormes sectores sociales no tengan acceso a las cosas básicas. Estoy de acuerdo en que hay una crisis institucional y en que la gente desconfía de todo, incluso de la Iglesia Católica y de otras confesiones. Para qué hablar de la educación…”.

HAY RABIA CONTENIDA

“Por otra parte, el discurso oficial está muy alejado de la realidad. Escuchaba al ministro Cristián Larroulet que sólo anticipaba buenas noticias. Hay muchos anuncios y pocas realidades. Casi siempre estas últimas muestran también vacíos. Por ejemplo, respecto de la eliminación del descuento del 7% a los jubilados. Resulta que no se aplica a todos, porque pareciera haber leyes con letra grande y letra chica, y ésta es la que vale. Se dice que se ha solucionado el problema de la vivienda, y resulta que hay una cantidad inmensa de personas que no tiene viviendas. Se habla de pleno empleo y se incluye a los trabajadores ocasionales, a los informales que no tienen contrato ni previsión. Con la reforma tributaria pasa lo mismo. Se dice que financiará la educación y resulta que en el mejor de los casos su rendimiento sería la décima parte de lo que se necesita para asegurar educación de calidad. Se permite que los ricos puedan descontar la mitad de los gastos de educación de los hijos. No se tocan las utilidades que no se retiran de las empresas y después son las que sirven para evadir impuestos. Se mantienen exenciones y franquicias tributarias. Es una verdadera burla y está claro que no se está haciendo lo mejor para la vida de los más pobres.
Eso pasa también con el salario mínimo. Es escandalosamente bajo, apenas podría alcanzar para que una familia de cuatro personas coma mal. ¿Y qué pasa con el resto de los gastos, el dividendo de la casa, los servicios básicos, la locomoción? Dos pasajes diarios del Transantiago representan 32 mil pesos al mes, ¿y el gasto en remedios, en ropa, en recreación, etc.? Todo esto acumula mucha rabia. No es cosa de los encapuchados, que existen pero son muy pocos incluso considerando que también hay infiltrados. Hay un estado permanente de rabia, de molestia y desagrado, que estalla en cualquier momento.
Me acuerdo que cuando era niño estudiaba la historia de Francia y la revolución. Preguntaba a mi papá: ¿Cómo no se dieron cuenta los gobernantes? ¿Cómo no pensaron en lo que iba a venir con tanta injusticia y humillación? Hay una especie de ceguera frente a lo que está pasando en Chile que parece increíble. No se trata de ‘problemas’, son ‘personas’ -hombres, mujeres, niños y viejos- que sufren. El problema de la pobreza es un asunto de hombres y mujeres de todas las edades que trabajan y lo que ganan no les permite vivir dignamente. Y es mayor cuando no tienen trabajo. Y todo esto en una sociedad organizada para que puedas sentirte feliz sólo si eres capaz de comprar más y más cosas.
Al final, nadie cree nada. Vivimos en medio de una política de anuncios, que no se materializan. Carlos Larraín, de Renovación Nacional, decía que este gobierno no debería hacer más anuncios. Se juega además con las palabras. Hace dos o tres años se hablaba de ‘salario ético familiar’ pensado como un instrumento de redistribución de la riqueza. Ahora se habla de bonos, que antes existieron y ahora se entregan en ciertas y determinadas condiciones. Ya no se trata de un salario y no se afecta en nada la distorsión que existe entre pobres y ricos”.

UN SALARIO MAXIMO

“Esto me recuerda que hace un tiempo se decía -y también yo lo hacía-, que en cada empresa debía establecerse el salario máximo a pagar en ella, como una forma de redistribución y de cerrar el paso a los sueldos excesivos.
La doctrina social de la Iglesia, desde los tiempos de León XIII, postula un ‘salario justo’ de acuerdo a las condiciones de la empresa y a la situación global de la sociedad. La idea es que el salario debe calcularse en función de las personas y no del crecimiento económico. Debe preguntarse, ¿este es el salario que necesita recibir el trabajador para vivir con dignidad? y no, ¿este es el salario que debemos pagar para que la empresa crezca y aumenten sus utilidades? Recordemos que en la doctrina social la empresa se entiende como un ámbito de acción conjunta entre capital y trabajo, de patrón y asalariado, entendiendo que el trabajo es prioritario por su importancia. Sin trabajo no hay nada”.

RUIDOS EN LA IGLESIA

¿Cree que en la Iglesia chilena se está produciendo un cambio encabezado por el arzobispo Ricardo Ezzati, que es más progresista que el cardenal Francisco Javier Errázuriz?
“En parte sí. Pero por otro lado, hay una fuerte corriente que es partidaria de una actitud prescindente. Se venera mucho al padre Alberto Hurtado por su trabajo con los pobres, enfocado desde el punto de vista de la asistencia social. Se olvida que el padre Hurtado hablaba de la necesidad de que los trabajadores se organizaran y participaran en sindicatos. El padre Hurtado era también un reformador social.
Se olvida que la dictadura hundió al sindicalismo, imponiendo la sindicalización solamente a nivel de empresas, cuando el ochenta por ciento de ellas son pequeñas y medianas. La organización por ramas es la única posibilidad de que los trabajadores tengan verdadera fuerza negociadora, así como real derecho a la huelga.
En ese nivel hay una situación que deteriora la credibilidad de la CUT, afectada también en su estructura y organización, que debe abrirse. Las organizaciones sindicales no tienen los líderes que debieran en las campañas por la justicia social. Están surgiendo dirigentes jóvenes muy valiosos, pero todavía no pesan lo suficiente.
Creo que la Iglesia se demorará aún en comprometerse más. Estoy contento de que la Conferencia Episcopal esté dirigida por el arzobispo Ricardo Ezzati y el obispo Alejandro Goic, que conocen bien la situación. Quisiera que fueran más explícitos, pero la mayoría del Episcopado no está en eso. Además, hay cinco obispos, o más, que están jugando los descuentos, ya que a los 75 años deben renunciar, algunos ya lo han hecho.
El caso Karadima fue un terremoto, una grave causa de pérdida de confianza en la Iglesia, un episodio vergonzoso y condenable. Se ha criticado el funcionamiento de la Pía Unión Sacerdotal -que nosotros en forma burlesca llamábamos Pus, y que acaba de ser disuelta-, fundada por el sacerdote Alejandro Huneeus, secretario durante largo tiempo del cardenal José María Caro. Conocí a don Alejandro. Un hombre serio, muy piadoso y tradicionalista que impuso un estilo aristocratizante y cerrado, que Karadima mantuvo y profundizó a sangre y fuego.
Y ahí hay algo más profundo. Lo que ayudó a la Iglesia fue el cambio político que se produjo en Chile. Por eso sostengo que la Iglesia va a cambiar en la medida en que cambie la sociedad. Cuando triunfó Allende se produjo en muchos católicos un cambio radical, incluso en algunos empresarios que empezaron a prepararse para lo que tendrían que hacer en un régimen estatista, que sería socialista en algún momento. La Iglesia tuvo una prudencia grande. Los Cristianos por el Socialismo, movimiento del que yo fui parte, se extendieron por toda América Latina. Sabíamos que no éramos bien vistos, pero éramos apreciados por el cardenal Silva Henríquez. Nos decía: ‘Que bueno que estén ustedes, porque hay locos que quieren otras cosas’. El cardenal se interesaba y escuchaba. Sin embargo, cuando se instauró la dictadura, sin aviso, salió un documento que nos condenaba. Fue como que nos pegaran en el suelo”.

FUTURO OPTIMISTA

Finalmente, ¿a su juicio cuál es el balance?
“Creo que, a pesar de todo, hay cosas muy importante que son positivas, esperanzadoras. La principal es que aparece esa conciencia de que estamos mal y que deberíamos estar mejor. Pienso que hay que estimular y apoyar que la gente se asocie y una, participe y vote. Que salga a la calle, el pueblo entiende que para que las cosas se arreglen hay que salir a la calle, esa es la nueva forma de participación, que participe en las protestas y sepa para qué lo está haciendo. Recordemos que los jóvenes parecían no interesarse en nada y fueron ellos, sin embargo, los que dieron y siguen dando la pauta. El despertar mapuche es otro elemento histórico. Hay cosas que impresionan. Algo personal: estuve hace muy poco conversando con una joven mapuche y me impresionó, tanto por su lucidez como por su orgullo de ser mapuche. Otro paso importante ha sido la aprobación de la ley de no discriminación, que no se refiere solamente a la condición sexual.
Queda mucho clasismo disimulado que aparece de repente. Cosas como las que dijo el arquitecto Cristián Boza en desmedro de los jóvenes de familias modestas las escuché hace cincuenta o sesenta años, curiosamente también de otro arquitecto que hacía clases en Valparaíso. Son cosas que se repiten. Y tan extremas y absurdas como las declaraciones del cardenal Medina, calificando a los homosexuales como personas incompletas, verdaderos fenómenos. Esa prepotencia lleva a que se crea que se puede hacer cualquier cosa impunemente, sin respetar a las personas. Esa prepotencia es parte de la ceguera de que hablaba antes”.

HERNAN SOTO

Publicado en “Punto Final”, edición Nº 758, 25 de mayo, 2012

 

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