CARTAS DE TI A MÍ Y DE MÍ A TÍ: Para Manuel Guerrero de Manuel Guerrero.


18 julio 2012

Feliz cumpleaños Manolito. Gracias papá!

Bueno, querido papá. Hoy cumplo 42 añitos, seis más de los que tú tenías la última vez que te besé. Y por supuesto los celebro junto a ti, a través de esta realidad virtual que nos facilitan las nuevas tecnologías que no alcanzaste a usar. Estás conmigo querido viejo, en mis compromisos y decisiones, pero por sobre todo en mis constantes dudas y cavilaciones, en esa búsqueda sin fin que a través de ti llegó a mí desde el eco de la existencia de tu abuelo Manuel Jesús, de mi abuelo, tu padre, Manuel. Me siento parte de tu linaje querido padre, viviendo en un mundo confuso, donde las distinciones no son claras, pero cargado de esperanzas.

¿Voy por tu misma senda? Creo que sí, he intentando no apartarme de tu legado. ¿Pero cuál es ese legado querido papá? A mi me ha tomado tiempo asirlo, aunque siempre lo vi en tus húmedos ojos, en tu risa fresca, en tus caricias y enojos. Para mí ya es una categoría que debe estar al centro de la política que nos constituye, y que hemos de poner como horizonte de nuestro permanente quehacer, en cualquier ámbito de la vida: el amor. Ese es tu legado, como de tantos otros, pero yo conozco el tuyo y, con propiedad, creo haberlo vivido, compartido, disfrutado, y ahora deseo proyectarlo en cada escrito, intervención, entrega.

No eres mi héroe, viejo querido, eres mucho más que eso; eres mi padre, mi pan del que me alimento, mi certeza calma que me da fortaleza para persistir. Eres un rayado de cancha existencial, que distingue a los actos buenos de los malos, independientemente de donde vengan. Y es por eso que hemos de buscar estrechar lazos con todos y todas, porque en cada uno palpita el ser humano, que podrá estar enajenado, alienado, vuelto máquina, rojo, café, negro o blanco, pero el ser humano está ahí, no tengo duda, pugnando, luchando en cada cuerpo su propia batalla. Incluso en los asesinos, querido padre, late el ser humano. Constatación que no exime de responsabilidad a nadie, y que todos los que han atentado contra su pueblo deben ser castigados con juicios justos y que cumplan sus penas.

Pero eso tiene que ver más con el orden social y el necesario estado de derecho y de justicia que no pararemos de exigir, pero hay una dimensión que es más profunda y que tú me la mostraste, o al menos fue lo que yo leí como tu mayor entrega a mí: detrás de cada piel hay un hombre, mujer o niño que puede llegar a sonreír y encontrarse contigo, con cualquiera y ser uno en la pluralidad. Y por eso tenemos esperanza en la emancipación. Me lo mostraste a los seis años, cuando luego de haberte rescatado de las garras del Comando Conjunto tuvimos que salir raudos del país al exilio y el avión hizo una escala en algún país africano. Bajamos al aeropuerto mientras cargaban combustible y en el hall había un puesto de venta de artículos de recuerdo tallados en madera y quien los vendía era un ser delgado, altísimo y de tez negra. Me llevaste a él. El africano nos sonrió y me tendió su mano para que se la estrechara. Yo nunca antes había visto a una persona de color distinta al mío. Desconfiado no me atreví a aceptar la invitación. Tú no me retaste ni sermoneaste, sino que sonreíste con infinita humanidad, le guiñaste un ojo a este vendedor desconocido y se estrecharon la mano como viejos amigos. Y él volvió a extenderme su para mí enorme mano. Lo miré fijo a los ojos y le di la mía, que él recibió suave. Inmediatamente me solté y revisé si la palma de mi mano se había puesto negra. Ambos rieron estrenduosamente y yo corrí donde mamá a contarle que tenía un nuevo amigo y que fuera darle también su mano… Ay, papito… Fue la mejor lección de internacionalismo proletario que tuve jamás.

Ahí estaba el “ser genérico” del que nos habla con tanta dulzura Marx en sus Manuscritos Económico Filosóficos de 1844… ¿Tuviste oportunidad de leerlos alguna vez? ¿Sabes que Lenin no alcanzó a conocerlos porque recién se descubrieron en 1932 y el murió el ’24? Si los hubiese leído tal vez algo podría haber afectado su visión de la política revolucionaria y del modo en que se construye una sociedad mejor. ¡Si somos todos lo mismo! ¡Seres humanos, carajo, que estamos divididos y enfrentados por sistemas sociales injustos, inhumanos, que nosotros mismos mantenemos y reproducimos! Alcancé a vivir contigo apenas 14 añitos, pero fue tanto lo que me entregaste. Me abriste a un mundo maravilloso de amor a la humanidad y de lucha permanente para salir de la barbarie. Algunos critican esa lógica de vida de entrega máxima a una causa, como “totalizante”… si supieran que fue precisamente la entrega y el cariño incondicional a los propios y a los ajenos los que te dieron fortaleza para aguantar el escarnio, la injusticia, el encierro, la tortura, el exilio, la clandestinidad… Lo que en la jerga de tu generación llamaban “solidez ideológica”, que no tiene que ver con el dogmatismo, sino con la adhesión a valores morales que te permiten ver por debajo de las injusticias, y saber que lo que hay que liberar es al ser humano de sus cadenas, cualquiera que sean éstas, para que tenga la posibilidad de desplegar sus potencialidades creadoras en lo que quiera, y no esté obligado a estar lavando las ventanas de autos ajenos por migajas para sobrevivir, cuando en su esencia es un eximio guitarrista, poeta, constructor, ingeniero, pero que no tiene tiempo ni recursos para llegar a ser lo que es…

Me acuerdo papá, cuando ya entrando en la adolescencia e inquieto por tener mi primera relación sexual con una mujer te consulté si habías ido alguna vez a un prostíbulo. Con toda tranquilidad me respondiste que sí, que cuando estudiante de profesor normalista y que en el exilio, pero que nunca pudiste acostarte con una prostituta porque te daba pena ver a las mujeres en esa condición -que hoy llamaríamos “de objeto”-, y que solo atinabas a conversar con ellas y saber si tenían familia, si estaban organizadas, y en qué medida se podían liberar de la dependencia de sus cafiches y chulos que las explotaban… No tengo ninguna duda que fue así. Eres de esa generación maravillosa que no hablaba del hombre nuevo, sino que intentaba serlo, a cada instante, en cada acto. Cometiste, claro, muchos errores, y cómo quisiera que hoy estuvieras junto a mi, a mi señora y tres hijas, para abrazar a tus hijas América y Manuelita Libertad, y a tu hijo Manuel de 42 años, que frente a ti continuará siendo un eterno niño que aprende, aprende, aprende, lucha, y ama.

¡Feliz cumpleaños Manolito! Gracias papá, te adoro.

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