Comunicados y Declaraciones

Verónica ESTAY STANGE
Instituto de Estudios Políticos de París

  1. En mi opinión, nada ocurrió” Negacionismo contemporáneo y libertad de expresión
  2. ¡Chile despertó! Llamado urgente a la Desobediencia civil (Noviembre de 2019)
  3. Declaración pública en torno a la solicitud de libertad condicional de violadores de DDHH (Octubre de 2019)
  4. Venda Sexy: Saludo de Historias Desobedientes-Chile (Septiembre de 2019)
  5. Estadio Nacional: Saludo de Historias Desobedientes-Chile (Septiembre de 2019)

“En mi opinión, nada ocurrió”
Negacionismo contemporáneo y libertad de expresión

Verónica ESTAY STANGE
Instituto de Estudios Políticos de París

Frente a un Eichmann real, era necesario luchar con la fuerza de las armas y, de ser necesario, con las armas de la astucia. Frente a un Eichmann de papel, hay que responder con el papel. […] Al hacerlo, no nos situamos en el terreno en el que se ubica nuestro enemigo. No lo “discutimos”, sino que desmontamos los mecanismos de sus mentiras y sus falsedades, lo cual puede resultar metodológicamente útil para las nuevas generaciones.
Pierre Vidal-Naquet, Los asesinos de la memoria, 1987


En 2012, seis años después de la muerte Augusto Pinochet y cerca de veinte años después del regreso de la democracia a Chile, la “Asociación 11 de Septiembre”, fundada por partidarios del dictador, decidió organizar un homenaje en su honor que contemplaba la proyección de un documental apologético. Dado que el número de víctimas bajo su mandato se eleva más de 40.000 –entre desaparecidos, ejecutados, torturados y presos políticos, sin contar a los exiliados–, muchas voces se alzaron para impugnar dicha celebración. En este contexto, el teniente en retiro Juan González concedió una entrevista al canal de noticias CNN-Chile. Al ser interrogado por la periodista, González afirma que el objetivo de la película en cuestión es poner fin a las “mentiras” y a las “manipulaciones” a las que recurren los comunistas para difamar al “gobierno militar” (eufemismo con frecuencia utilizado con referencia a la dictadura). Asimismo, evoca los beneficios de ese “gobierno” frente a la situación “catastrófica” en la que el país se encontraba antes sumergido, cuestiona la elección democrática de Salvador Allende, y justifica la violencia posterior recurriendo a la “teoría de los dos demonios”, según la cual una supuesta guerra civil habría confrontado a dos bandos en
igualdad de condiciones. En el punto culminante de este intercambio, la periodista le pregunta sobre las violaciones a los derechos humanos cometidas durante la dictadura. A lo cual González responde: “En mi opinión, no hubo violaciones a los derechos humanos”, argumentando que los desaparecidos y los ejecutados eran terroristas comandados por el comunismo internacional. Dicho de otro modo, “en mi opinión, nada ocurrió”.

Los Eichmann de papel

Después de ver esta entrevista en Youtube, y teniendo vínculos directos con sobrevivientes de la dictadura de Pinochet, recordé con amargura las palabras de Pierre Vidal-Naquet, quien, en el prefacio a su libro sobre el negacionismo del Holocausto, afirmaba que a la mentira “le queda todavía una larga vida” 1. Ya que, como él decía, siempre existirán “Eichmann de papel” que, prolongando en el plano simbólico la oscura tarea de los verdugos, se esforzarán por “asesinar la memoria” de tal o cual comunidad.

1 Pierre Vidal-Naquet, Les Assassins de la mémoire. « Une Eichmann de papier » et autres essais sur le révisionnisme (1987), París, La Découverte, prefacio a la edición de 2005.


Consciente de las diferencias existentes entre los genocidios del siglo XX y los sistemas
que en América Latina condujeron a la persecución de decenas de miles de personas, me pregunté entonces, como seguramente lo hicieron también muchos otros ciudadanos, si ante afirmaciones como la de González no sería acaso posible promulgar una ley sobre el “negacionismo” en Chile, comparable a las legislaciones europeas. Incluso llegué a escribir una carta en este sentido dirigida al juez español Baltasar Garzón; carta que, por supuesto, no obtuvo respuesta. De cualquier modo, desde principios de 2020, a pesar de la oposición de la derecha cercana a Sebastián Piñera, ha sido sometido a discusión el proyecto de ley conocido como “Ley Hermógenes”, que considera como delito específico la “negación de las violaciones de los derechos humanos”.

Volviendo sobre este debate, me propongo analizar, en primer lugar, las estrategias de los “Eichmann de papel” contemporáneos. ¿Podemos realizar una transposición temporal y temática de las consideraciones de Pierre Vidal-Naquet? Transposición temporal: en la era posverdad, y considerando la evolución de los medios de comunicación, ¿las estrategias negacionistas son las mismas que hace cuarenta años? Transposición temática: ¿puede el desmantelamiento de los discursos negacionistas en torno a los grandes genocidios generalizarse a la negación de otros crímenes colectivos, con motivaciones políticas (en este caso, en Chile)?

En segundo lugar, quisiera reflexionar sobre el trasfondo ético de la íntima indignación que produce en cada uno de nosotros la negación de acontecimientos históricos cuyas huellas llevamos dentro. ¿Por qué ante ese tipo de formulaciones los sobrevivientes –y sus descendientes– se sienten negados en su existencia misma? ¿Por qué este sentimiento es tan brutal, aun cuando el discurso toma la forma de una opinión banal: “en mi opinión, esto no ocurrió”? Y, sobre todo, ¿con qué derecho se puede prohibir la expresión de esas ideas, siendo que al mismo tiempo se defiende la libertad de pensamiento y de expresión inherente a la democracia?

Estas mismas preguntas se han planteado en Europa en el marco de los debates sobre el “revisionismo” y el negacionismo, y las respuestas distan mucho de ser unánimes. Basta con pensar en las controversias que suscitó en Francia el apoyo de Noam Chomsky (1980, 2010) al historiador negacionista Robert Faurisson, no porque estuviera de acuerdo con lo que este último decía, sino porque consideraba que, al impedirle expresarse, se estaría violando el derecho a la “libertad de expresión” de todo investigador. Argumento que Vidal-Naquet refuta de inmediato: “Ciertamente, se puede afirmar que todo el mundo tiene derecho a la mentira y a la falsedad, y que la libertad individual incluye ese derecho…. Pero el derecho que el “falsificador” reclama no se le debe conceder en nombre de la verdad” 2. Obviamente, Vidal-Naquet se refería a Faurisson en tanto “historiador” –supuesto garante de la verdad–. Si el mismo contra-argumento puede sostenerse a propósito de personas investidas de roles más o menos relacionados con “la verdad” –maestros, políticos, periodistas… –, ¿hasta qué punto sigue siendo válido frente al ciudadano común que niega públicamente grandes
acontecimientos históricos, sin pretender hablar en nombre de la verdad, sino simplemente expresar su propia verdad, dando “su opinión”?

Al respecto, podemos citar el caso de Hermógenes Pérez de Arce, en Chile. En noviembre de 2019, sus palabras actualizaron el debate y aceleraron el proceso legislativo, hasta el punto de que, recurriendo a una antífrasis irónica, la ley contra el negacionismo lleva su nombre. En el marco de una entrevista televisiva, Pérez de Arce niega los crímenes de lesa humanidad cometidos durante la dictadura y afirma, refiriéndose a la revuelta social iniciada en 2019, que los derechos humanos son menos importantes que la reconstrucción del país. Indignada, la periodista le pide que se retire del programa. El entrevistado condena ese acto de “censura” no en nombre de “la verdad”, sino en nombre de “su verdad”: “cómo no me voy a retirar si soy censurado, no puedo exponer mi opinión y se descalifica en términos que son insolentes e injustos. Así que por eso me retiro”3. En este mismo sentido, podemos pensar en las declaraciones de Loreto Iturriaga –hija de Raúl Iturriaga Neumann, antiguo agente de la DINA actualmente preso en Punta Peuco–. En 2017, cuando una víctima de la dictadura le recuerda en Twiter las torturas sexuales infligidas a las presas políticas, Iturriaga responde:
“Deja de inventar cosas, mujer, que pasan solo por tu mente perturbada y sucia! Te mueres de ganas que un honorable te violara!!!! [sic]” 4. Ya que esta respuesta fue ampliamente mediatizada, Iturriaga es entrevistada al poco tiempo. Pide entonces disculpas por el tono empleado y, cuando el periodista evoca los centros clandestinos especializados en torturas sexuales, ella responde: “eso es falso. De testigos falsos. Déjame decirte que eso es mentira. Yo pienso que eso es mentira. Doy fe que eso es mentira”. Una vez más, “¡en mi opinión, nada ocurrió!”.

2 « Un Eichmann de papier » (Esprit, 1980), texto retomado en Les Assassins de la mémoire, ibid.
3 El Desconcierto, 29/11/2019.
4 The Clinic, 14/06/2019.


La verdad histórica: entre contingencia y necesidad

Para empezar, conviene recordar las razones por las cuales una verdad evenemencial o factual– esto es, el hecho de que un acontecimiento haya tenido lugar siguiendo una determinada lógica causal– puede ser objeto de interpretaciones diversas, mientras que verdades como las que postulan las matemáticas están fuera de toda discusión. Vidal-Naquet afirma al respecto: “un discurso histórico es una red de explicaciones que puede ceder el lugar a ‘otra explicación’ cuando se considera que esta última da cuenta de lo diverso de modo más eficaz”5. Este fenómeno, que se sitúa en el origen de la retórica, se explica por la oposición entre “verdades de hecho” y “verdades de razón”; oposición propuesta por Leibniz, desarrollada por Hannah Arendt y retomada por el filósofo Paul Rateau justamente a propósito del negacionismo6. Las verdades de razón, que dependen del razonamiento lógico y no de la observación, tienen la propiedad de ser no contradictorias y de poder ser demostradas. Esta demostración consiste en comprobar la inherencia del predicado al sujeto, hasta reconocer su identidad (A=B) –por ejemplo: “el cuadrado de la hipotenusa es igual a la suma de los cuadrados de los catetos”–. Por lo tanto, las verdades de razón son necesarias: su contrario es falso, puesto que imposible. Es por ello que conllevan una certeza absoluta.


En cuanto a las verdades de hecho, ellas son también no contradictorias –lo cual determina su coherencia interna: en el ámbito jurídico, el “relato de los hechos” no debe tener contradicciones–. Pero, en sentido estricto, estas verdades no son demostrables: ellas se acercan a la equivalencia o la identidad entre los términos, pero la coincidencia nunca es total. Las verdades de hecho son pues contingentes; su contrario no es lo falso, sino lo posible. Frente a una serie de acontecimientos que se desarrollaron de cierta manera, siempre está claro que podrían haberse producido de otro modo: nada obliga el “curso de las cosas” a orientarse en tal o cual dirección ya que, en términos absolutos, todos los caminos son igualmente imaginables. De ahí una suerte de relativismo que podría hacernos creer en la “subjetividad radical” de las verdades de hecho. Ya que, como Paul Ricœur7 observaba, la aprehensión de todo acontecimiento supone la mediación del punto de vista y del relato: los hechos puros están inevitablemente filtrados por los testimonios de los diversos actores.

Pero, a pesar de este componente subjetivo, debemos reconocer que existe un criterio de distinción entre la verdad factual y la mera opinión. En efecto, el predicado de verdad se sitúa fuera del ámbito de la opinión en la medida en que, como lo reconoce Arendt, el “contenido6 de la afirmación no es de naturaleza persuasiva sino coercitiva”8. En términos de Rateau, “la materia factual se resiste a todos los intentos de deformación y de falsificación a causa de ese carácter intransigente, obstinado, insistente de la verdad, que ‘exige imperativamente ser reconocida, rechazando la discusión’”9. Si la verdad de razón se apoya en las demostraciones, la verdad factual se basa en las pruebas: frente a ellas, no podemos negar los hechos. No podemos, no a causa de una “imposibilidad” absoluta (como en el caso de las verdades de razón), sino por un impedimento de orden ético: no podemos o no debemos permitirnos, a riesgo de traicionarnos a nosotros mismos en tanto sujetos del “saber verdadero”. Aunque las verdades de hecho no implican una certeza absoluta, ellas suponen lo que Rateau llama una certeza moral”: es lo que expresa el testigo de un acontecimiento cuando afirma que está seguro de que eso ocurrió, reconociendo al mismo tiempo que podría haber ocurrido de otro modo. Si la verdad de hecho es contingente, es al mismo tiempo coercitiva. En otros términos, la contingencia de la verdad de hecho está limitada por una necesidad epistémica. Necesidad, ya que, cuando un acontecimiento tiene lugar, es el único que podemos reconocer como verdadero frente al universo de posibilidades; epistémica, ya que el saber en cuestión se asume como certero. Es esta certeza la que, según Ricœur, permite distinguir la memoria de la imaginación.

5 « Thèses sur le révisionnisme », en Les assassins de la mémoire, op. cit.
6 « La vérité, le mensonge et la loi », Les Temps Modernes, vol. 645-646, n° 4, 2007.
7 La mémoire, l’histoire, l’oubli, París, Seuil, 2000. 
8 H. Arendt, op. cit., p. 305.
9 P. Rateau, op. cit., p. 37.



“Mi verdad”: entre libertad y responsabilidad

En virtud de su carácter certero a los ojos del sujeto del saber, la verdad de hecho posee una dimensión “coercitiva”, una fuerza que nos obliga a creer en ella. Se plantea entonces el problema de la libertad de pensamiento y de expresión, argumento comúnmente convocado por aquellos que se oponen a la sanción del negacionismo. Arendt reconoce que, “cuando se la considera desde el punto de vista político, la verdad posee un carácter despótico” 10 que la sustrae al debate y la sitúa fuera del campo político, aun cuando constituye el fundamento de la comunidad (de la polis). Mientras que la libertad de pensamiento abre la posibilidad del error, del malentendido, de la ilusión o incluso de la adhesión voluntaria a la mentira a título personal, la libertad de expresión, en nombre del bien común, termina ahí donde empieza la verdad de hecho. Una verdad que, siendo de orden epistémico, resulta de un largo trabajo de investigación y conocimiento: labor desarrollada por los historiadores con el objetivo de despejar la “materia factual”, poniéndola “fuera de debate”11.


Pero el negacionismo en tanto acto deliberado plantea el problema no sólo de la libertad, sino también de la intencionalidad, y por consiguiente de la “mala fe”. Ya que el error, por muy dañino que sea, no puede condenarse con la misma severidad que la mentira. A propósito de la “mala fe”, Jean-Paul Sartre afirma: “habiendo definido la situación del hombre como una elección libre, sin excusas ni concesiones […], todo hombre que invente un determinismo es un hombre de mala fe”. El filósofo llama “cobardes” a todos aquellos que, “recurriendo a excusas deterministas”, se ocultan a sí mismos “su libertad total”, y da el nombre de “cerdos” a los que tratan de “demostrar que su existencia era necesaria, siendo que es la contingencia misma”12. Así, la mala fe resultaría de la negación de la contingencia (contingencia de sí mismo o de las circunstancias) que es la condición de la libertad propia y la de los demás13.


Ahora bien, del mismo modo que existe una necesidad epistémica de la verdad de hecho que, limitando su contingencia, la distingue de lo posible (la ficción, el “hecho alternativo”, la mentira), la contingencia del individuo está circunscrita por una necesidad ética: se trata de la responsabilidad. Definida por Ricœur como “la persistencia de sí mismo” cuando se mantiene la palabra que se ha dado (“te doy mi palabra”), la responsabilidad introduce una suerte de principio de no contradicción en el interior del individuo: negar o justificar un hecho sabiendo que tuvo lugar o que es injustificable, implica contradecirse a sí mismo y traicionar sus propias convicciones, siendo irresponsable frente a los demás.


En suma, la verdad factual, así como el sujeto que ella presupone, resulta del equilibrio –o la tensión– entre contingencia y necesidad. Contingente, la verdad de hecho podría no ser; necesaria, ella se impone frente a la lógica, forzándola a través de las pruebas y de la “materia factual” consolidadas como un saber certero en el marco de una comunidad determinada. Como contraparte, la “contingencia existencial” del individuo, definitoria de su libertad, se opone a la necesidad ética que introduce la responsabilidad.

10 H. Arendt, op. cit., p. 308. 11 P. Rateau, op. cit., p. 56.
12 L’existentialisme est un humanisme, Paris, Nagel, 1946, pp. 80-81, 84-85.
13 Para un análisis semiótico de la mala fe, ver Jacques Fontanille, « La Mauvaise Foi », Actes Sémiotiques, 114,2011.



Estrategias discursivas del Negacionismo contemporáneo

A partir de la comparación de los discursos negacionistas en torno al genocidio armenio con los referidos al Holocausto, Richard Hovannisian14 identifica cuatro estrategias: la negación en cuanto tal, la relativización, la racionalización y la banalización. Sobre esta base, habiendo reconocido las exigencias de la verdad y los límites de la libertad, podemos ahora esbozar una tipología de los mecanismos negacionistas, explicando su lógica interna. En este marco, la principal característica del negacionismo contemporáneo –tal es mi hipótesis– es su tendencia a salir del ámbito político o académico (donde se situaba el “caso Faurisson”) para hacer de la “plaza pública” (los medios de comunicación, las redes sociales) su lugar de manifestación privilegiado, sacando provecho de los nuevos parámetros del ethos y de la “credibilidad” que la comunicación de masas ha instaurado.

Primero, la negación de la necesidad de los hechos y la negación de la contingencia del
individuo (todo es contingente, y soy yo quien decide) se traduce en la mentira propiamente dicha: como el “cerdo” de Sartre, el sujeto supone que el mundo es contingente, y que por lo tanto le corresponde a él en tanto instancia absolutamente necesaria escoger la “versión” que será considerada como verdadera. Rateau afirma: “el mentiroso insiste en la contingencia hasta cubrir de irrealidad todos los hechos, que retrotrae a un estado anterior a la existencia: el de la simple posibilidad”. Y concluye: “gracias a esta reducción modal […], el individuo tiene un sentimiento de plena libertad respecto a asuntos de todo orden” 15. Aquí se sitúan las declaraciones de Iturriaga: lo que yo digo –que los centros de tortura no existieron– es verdadero, porque yo lo pienso, extrayéndolo de lo posible. Una verdad basada, como ella misma lo afirma, en un acto de fe (“doy fe que eso es mentira”).


Segundo, la negación de la contingencia de los hechos y de la contingencia del individuo (todo es necesario, y yo mismo soy necesario) conduce a la reinterpretación de la Historia, falseando su lógica causal y forzándola según la voluntad del individuo, aunque ello implique reinventar un principio de no-contradicción. Encontramos un ejemplo típico en el complotismo: un acontecimiento, incluso banal o aleatorio, se asocia con una intención y una necesidad ocultas, reveladas por la racionalidad omnipotente del negacionista. Es aquí que se ubica la “teoría de los dos demonios”, así como la hipótesis según la cual la violencia dictatorial en Chile habría sido una respuesta legítima a la amenaza del comunismo internacional. Como sabemos, esta última hipótesis está basada en el rumor propagado por los golpistas a propósito del llamado Plan Zeta –cuya inexistencia fue más tarde demostrada–, que la izquierda habría concebido para instaurar una dictadura marxista a través de un auto-golpe de Estado que el golpe de Pinochet habría evitado: “revisión” de la historia que invierte los roles entre héroes y tiranos. La misma estrategia de reinterpretación fue utilizada por el gobierno de Piñera en el marco de la revuelta iniciada en octubre de 2019: frente a un “enemigo interno” comandado por el “vandalismo” y la “delincuencia organizada”, era preciso emitir una “declaración de guerra” y ejercer una represión que estuvieran a la altura de tal amenaza.

14 « L’Hydre à quatre têtes du négationnisme », in CDCA, Actualité du génocide des Arméniens, Edipol, 1999.
15 P. Rateau, op. cit., p. 47.



Tercero, la negación de la contingencia de las circunstancias y de la necesidad ética del
individuo (el mundo tal como es se impone a mí, y por no tanto no tengo elección) caracteriza la justificación. Mientras que el mecanismo anterior (la reinterpretación) implica una lógica justificativa de las decisiones tomadas, en este caso se trata más bien de de justificar las decisiones no tomadas. Como el “cobarde” de Sartre, el sujeto afirma que fueron las circunstancias las que obligaron los verdugos a actuar: “no tenían opción”. La responsabilidad desaparece entonces del horizonte ético. En este sentido, una gran cantidad de inculpados por crímenes de lesa humanidad recurren al “deber de obediencia”: en 2008, el general Gonzalo Santelices reconoció su participación en la Caravana de la Muerte, afirmando que, en esa época, “era impensable no cumplir la orden de un superior”16. En Argentina, este argumento tenía un valor jurídico, inscribiéndose en la “ley de obediencia debida” (1987-1998).


Cuarto, la negación del carácter necesario de los hechos, así como del individuo (todo es contingente, y yo mismo soy contingente) toma la forma de la banalización o de la eufemización: en medio de la contingencia generalizada, no sólo todos los acontecimientos y todas las versiones son equivalentes (el sujeto siendo pues incapaz de elegir), sino que su valor ético y veridictorio (su carácter de “verdadero” o “falso”) es indecidible. Al respecto, podemos evocar los eufemismos, que abundan en los regímenes totalitarios, pero también podemos pensar en la libertad de expresión defendida a ultranza y por sí misma: fuera de toda prueba u obligación de responsabilidad, todos los puntos de vista se vuelven legítimos. En el marco del Covid-19, un fenómeno de este tipo se manifestó en Chile. Mientras que las agrupaciones de derechos humanos exigían, por razones humanitarias y sanitarias, la liberación o el otorgamiento de la libertad condicional a los jóvenes mantenidos en prisión preventiva tras la revuelta social, los pocos responsables de crímenes de lesa humanidad actualmente encarcelados reclamaban la obtención de beneficios semejantes, recurriendo a los mismos argumentos. Considerando que las condiciones de detención de unos y otros son incomparables –los criminales de la dictadura se encuentran en prisiones de lujo– y que la gravedad de los crímenes que les han sido imputados no tienen común medida, esta estrategia correspondería al negacionismo por banalización. El procedimiento de fondo consiste en la disolución de las diferencias tanto entre los hechos como entre los individuos: ya que todos los ciudadanos son iguales ante la ley, nada (ni sus condiciones de vida ni la naturaleza de sus faltas) podría distinguirlos, y todas sus exigencias son equivalentes.


Para concluir, recordaré que, en virtud de su carácter no ya anti-democrático sino más bien ante-democrático, la verdad de hecho se sitúa por definición fuera de todo debate. “La verdad se transforma en opinión desde el momento en que sirve de material para la discusión pública”17. Así, los relacionistas se esfuerzan constantemente por provocar la controversia, por demostrar su legitimidad, y por llevarla al escenario mediático o a las redes sociales. Es por ello que, como decía Vidal-Naquet, no se discute con los Eichmann de papel, a riesgo de reforzar su estrategia.

16 El País, 8 février 2008. 17 P. Rateau, op. cit., p. 42.



La voluntad de someter a discusión lo que es propiamente indiscutible se manifiesta en la frase pronunciada por González (y reproducida, con formulaciones distintas, por Iturriaga y Pérez de Arce): “en mi opinión, no hubo violaciones a los derechos humanos”. En tanto soporte de la mentira (primer eje de nuestra tipología), ese “en mi opinión” no es un mecanismo nuevo. Sin embargo, potencializado por la masificación de los intercambios, me parece condensar el peligro principal del negacioniso contemporáneo.


Ello me conduce a sugerir como última hipótesis que la “democratización” de la información que los nuevos medios de comunicación han hecho posible apela a la libertad individual en detrimento de toda necesidad. La verdad de hecho se confunde con la opinión de manera no normada, anónima, y sobre la base de una validación a la vez subjetiva y cuantitativa: los likes construyen la verdad. En este marco, más que de verdad en cuanto tal o de mentira, podemos hablar de tensión y confusión entre regímenes de verdad diferentes. Si bien existe una verdad de la opinión (relacionada con la sinceridad), así como una verdad de los afectos y de las pasiones (que tiene que ver con la autenticidad), estos regímenes de verdad no se sitúan en el mismo plano de pertinencia que la verdad factual.


Por lo tanto, someter a discusión la realidad de los crímenes de lesa humanidad cometidos en Chile durante la dictadura debería parecernos tan absurdo como someter una verdad matemática al debate público, reduciendo la verdad de razón a la “verdad de creencia” característica de la opinión. Si, desde el punto de vista ético, negar una verdad de razón puede considerarse como un insulto a la inteligencia en la medida en que esta negación ataca a un pensamiento basado en una lógica implacable, negar una verdad de hecho es un insulto a la humanidad en la medida en que esta negación se dirige a los testigos y a los sobrevivientes de acontecimientos históricos comprobados. Mientras que, en el plano colectivo, el Negacionismo daña a la comunidad construida en torno a estos acontecimientos fundadores, en el plano individual cuestiona la sobrevivencia misma de las personas implicadas. De ahí la violencia a la vez simbólica y casi somática (ya que se dirige a los rastros corporales de la sobrevivencia) de lo que a veces se presenta como una afirmación perfectamente inocente: “en mi opinión…”.


En definitiva, dentro de cada comunidad, el respeto del ámbito propio a la verdad factual, que es la verdad de la historia y de la memoria colectiva, es una garantía de justeza (equilibrio entre contingencia y necesidad) tanto como de justicia.


¡Chile despertó! Llamado urgente a la Desobediencia civil

Chile despertó: lo sabemos ahora y lo constatamos día a día en las calles, en el trabajo, en las redes sociales. Por primera vez desde hace tantos años, el pueblo chileno alza la voz para reivindicar los derechos más básicos de los que la dictadura y la post dictadura vestida de democracia lo fue poco a poco despojando. Chile se levanta, sí, pero con dificultad: lejos de atenuarse, la represión se mantiene, se intensifica, afina sus estrategias.

Así, a fines de octubre el Ministerio de la Defensa realizó un llamado de carácter obligatorio a los reservistas de las fuerzas armadas para sumarse al servicio activo, y luego a los jóvenes de dieciocho años para realizar el Servicio Militar. Todo ello con la finalidad de reforzar la labor sangrienta llevada a cabo por los militares y carabineros de Chile.

Frente a este llamado cuyo motor fundamental es la violencia, el Colectivo Historias Desobedientes-Chile responde ahora con un LLAMADO URGENTE A LA DESOBEDIENCIA CIVIL, en plena coherencia con nuestro llamado previo a la Desobediencia castrense y filial.

 Nos dirigimos a los jóvenes de Chile, tanto reservistas como no reservistas en edad de realizar el Servicio Militar: muchos de ustedes, si no la mayoría, han sufrido en carne propia la injusticia, la precariedad, las carencias en la salud y la educación que acarrea el mismo sistema que hoy los llama a su servicio. Pero ustedes saben, deben saber, que los que están hoy manifestando en las calles son personas como ustedes; son quizás sus propios familiares. Es su pueblo el que se levanta… y ustedes también son pueblo.

En estas circunstancias, ya que la represión ejercida actualmente se opone a demandas plenamente justificadas, y ya que, de la brutalidad ciega a la tortura, sus medios son contrarios a los derechos humanos, los invitamos a desobedecer. Mucho se ha hablado de la objeción de conciencia en nuestro país, poniéndola al servicio de las causas más diversas. En tanto hijas, hijos y familiares de criminales que, durante la dictadura, fueron incapaces de desobedecer, hoy queremos recordar que en este caso la objeción de conciencia aparece como la forma más legítima y más digna de Desobediencia civil.

Chile despertó, sí, pero ¿cuántos muertos, cuántos heridos, cuántos torturados implicará este despertar? La respuesta depende también de ustedes.

Por la Desobediencia castrense, filial y civil,

Historias Desobedientes-Chile

19 de noviembre de 2019.


Declaración pública en torno a la solicitud de libertad condicional de violadores de DDHH

Una vez más, como ha ocurrido desde hace muchos años, varios reos de Punta Peuco están solicitando a través de Gendarmería que se les conceda el beneficio de “libertad condicional”. Aunque a estas alturas la noticia no es novedosa, y aunque se han presentado reiteradamente argumentos jurídicos y éticos incuestionables en cuanto a la ilegitimidad de dicha demanda, esta ocasión es para nosotros la primera en la que, como Colectivo, podemos expresarnos al respecto, adoptando una posición firme y sin ambigüedades. Esperamos que por lo menos esta declaración constituya un aporte simbólico al trabajo de memoria, verdad y justicia, que, poco a poco y desde lo profundo, se ha venido desarrollando en nuestro país. 

Al igual que nuestra existencia misma en tanto actor político, la posición en la que nos encontramos en este asunto no deja de ser paradójica: los “reos” de los que se trata son –o podrían, y deberían, ser– nuestros propios padres o familiares. Asumiendo ese vínculo, y asumiendo sobre todo el íntimo desgarro que define nuestra condición, nos sumamos abiertamente al rechazo que las agrupaciones de Derechos Humanos han manifestado respecto a este tipo de solicitudes, y más aún respecto a su ejecución. 

No nos mueven el odio ni la rabia, sino el amor por el ser humano y el reconocimiento del carácter inalienable de sus derechos. Es por eso que, haciendo acto de “ponderación” –si no desde la ley, por lo menos desde la más mínima conciencia ética–, debemos reconocer que el perjuicio a las víctimas, a sus familiares, y a la sociedad en su conjunto, tiene una absoluta prevalencia cuando se trata de violaciones a los derechos humanos. 

Si bien el derecho internacional contempla la posibilidad de reducción de la pena “bajo ciertas condiciones”, no es necesario reflexionar mucho para concluir que, en la mayoría de los casos, esas condiciones no han sido cumplidas: confesión de los actos cometidos, colaboración efectiva con la justicia para el esclarecimiento de los casos… sin hablar del arrepentimiento. Requisitos todos indispensables para la prevención de los crímenes de lesa humanidad que los Estados están obligados a asumir.

 Ciertamente, lo que el “sentido común” percibe no siempre corresponde a lo que las instancias judiciales establecen. Pero ¿podemos acaso confiar en los análisis de un sistema judicial que tiene pendiente el fallo de numerosas causas en proceso, y que ha dejado en libertad –y con altos cargos, privados y públicos– a los más grandes responsables de la represión ejercida durante la dictadura? ¿Por qué no ocuparse del juicio de los criminales que viven en la impunidad, antes de conceder beneficios carcelarios a los pocos que están presos?

Por todo ello, reiteramos nuestros principios fundamentales: NO A LA IMPUNIDAD (entendida también como “la inefectividad de las sanciones”), NO AL NEGACIONISMO (en el cual están comprendidos los argumentos a los que los criminales siguen recurriendo para justificar sus actos), y NO A LA RECONCILIACIÓN (en tanto voluntad de ocultar la parte más dolorosa de nuestra historia bajo un manto de prescripción y olvido). 

Historias Desobedientes-Chile

10 de octubre de 2019.

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