La transición de Salvador Allende

La transición de Salvador Allende

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Salvador Allende Silva | Foto: Mario Telles

Salvador Allende Silva (32) ha vivido tres décadas con un nombre que no deja indiferente a nadie. A 30 años del plebiscito, relata a partir de su propia experiencia cómo ha variado la percepción de su figura, y su nombre, con el paso del tiempo.


Desde lejos, Salvador Allende mira con atención a un grupo de hombres vestidos de uniforme que aguardan la orden para entrar a La Moneda. Se toma unos minutos para entender la situación ante los gritos de la gente que se encuentra a su alrededor. A través de sus lentes, observa que el perímetro está acordonado por lo que entiende, de inmediato, que estos hombres son los únicos que tienen autorización para ingresar. Nunca imaginó encontrarse con esta escena, pero ya no le queda más que esperar a que los uniformados terminen la tarea para la que fueron convocados.

La tarea: resguardar al Presidente Sebastián Piñera durante la presentación de los nuevos buses del Transantiago en la Plaza de la Constitución.

Es un día soleado de octubre y Salvador Allende Silva (32) opta por caminar rumbo a Morandé 80 -descartando su idea inicial de recorrer el Palacio- mientras carga una foto del ex Presidente socialista en la mano izquierda. Un cuadro que intenta colgar entre los enormes barrotes negro de un ventanal cerrado que está ubicado a un costado de la icónica puerta donde hace 45 años salió el cuerpo de un Mandatario que tenía su mismo nombre.

La carabinera que resguarda esta entrada lo observa con curiosidad y se acerca a hacerle unas preguntas.

-¡Recuerdo las primeras veces que los carabineros me pidieron el carné! ¡Las caritas que ponían!- dice mientras esboza una sonrisa.

Durante sus poco más de tres décadas, este periodista de profesión no ha tenido más alternativa que enfrentar a las distintas reacciones que provoca su nombre tanto en familiares, amigos, compañeros de colegio y universidad, y conocidos varios que se han cruzado con él en algún momento de su vida. Dice que esto le ha permitido ser un protagonista de la evolución que ha tenido la figura de Salvador Allende Gossens durante la transición.

-En los 90, recuerdo que el impacto de los adultos era más bien privado o serio, mientras en todo el mundo se inauguraban calles y plazas en su honor. Pero había gente que me felicitaba y me llamaban “Chicho” en modo de cariño- relata.

Bajo su ojo de espectador privilegiado asegura que los chilenos “pasaron del miedo al silencio, y luego vino un boom generalizado respecto a la figura de Allende y posteriormente un romanticismo mercantalizado de su imagen con el que se ha quedado pegada la gente, lamenta, porque asegura esperaría que fuera recordado “por su propuesta humana y política”.

Salvador explica, además, que no se llama así por casualidad. Esto le permitió entender desde pequeño por qué compartía el mismo nombre de un Presidente que sigue provocando reacciones y sentimientos tan distintos en las personas a 45 años de su muerte. Dice que su padre – que trabajó activamente durante la Unidad Popular- se la jugó poniéndole así en un año “bien duro”: 1986, que “coincide con la muerte de Rodrigo Rojas de Negri”, cuenta. “Un personaje histórico de esta envergadura tiene y tendrá siempre detractores, pero creo que es incuestionable la calidad humana que tenía el Presidente Allende y la nobleza de sus actos con los que se ganó un lugar en la historia y en el corazón del Pueblo de Chile”, reflexiona sobre la persona que inspiró su identidad.

Sin embargo, deja claro que si tuviera un hijo no lo llamaría Salvador: “No me gustan las dinastías en absoluto, sean de donde sean”, dice.

Y se detiene, para agregar una precisión:

-Pero, claramente, no le pondré ni Adolfo, ni Benito, ni Augusto, ni Toribio.