ENTREVISTA A OSVALDO BAYER Y NORA CORTIÑAS

ENTREVISTA A OSVALDO BAYER Y NORA CORTIÑAS

Memoria y defensa DD.HH en la Argentina de Macri

EL SUDAMERICANO

A 41 años de la masacre genocida, por Radio La Retaguardia, Alfredo Grande en el programa Sueños Posibles entrevistó a Osvaldo Bayer -periodista y escritor-, Nora Cortiñas -madre de Plaza de Mayo de Línea Fundadora-

Osvaldo Bayer

“Viví el aniversario del 24 de marzo con enorme tristeza, sinceramente no hay consuelo, cuánta asquerosidad, cuánta crueldad, muy pocas veces realmente me avergoncé de ser argentino pese a los grandes que tenemos, cómo puede ser posible que un individuo así, sino cientos y cientos que trajeron la muerte en este país tan rico, donde todos podríamos vivir felices. Estos son todos los defectos de siempre de nuestra democracia, sinceramente no se toman las cosas en serio parece, aquí hay que corregirse, hay que iniciar una política nueva, una política que realmente salve a todos y que uno tenga confianza en el gobierno, en el sistema. Hasta ahora, no”,

Sobre la amenaza de…

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Chile roto. Uruguayos el día del golpe militar de Pinochet

Chile roto. Uruguayos el día del golpe militar de Pinochet
LIBROS
Chile roto. Uruguayos el día del golpe militar de Pinochet

 15 DICIEMBRE, 2003

Recientemente acaba de aparecer en Chile el libro `Chile Roto. Uruguayos el día del golpe en Chile`, de los autores Eleuterio Fernandez H. y Graciela Jorge Pancera, los cuales realizaron un trabajo de investigación en torno de la situación que padecieron muchos ciudadanos uruguayos que se encontraban en Chile, al momento del golpe de Estado, ocurrido el 11 de septiembre de 1973.

De acuerdo a informaciones oficiales, mas de dos mil uruguayos vivan en Chile al momento del golpe de estado en 1973. La mayor parte de ellos eran militantes del Movimiento de Liberación Nacional (Tupamaros) y del Partido Comunista Uruguayo, que llegaron a Chile después del triunfo de la Unidad Popular, huyendo de las persecuciones pachequistas.

A partir de los años 60 y después del triunfo de la Revolución Cubana, se va desarrollando un intrincado nudo histórico en la mayor parte del Cono Sur Latinoamericano: Golpe de estado en el Uruguay, triunfo electoral de Hector Campora en la Argentina y al poco tiempo el establecimiento del terror y la muerte que llamaron la atención del mundo entero; Golpe de Estado en Bolivia, Chile y Perú.

`Cuando se mira ese pasado es imposible eludir la constatacion de que en el Cono Sur estaba preñado de acontecimientos decisivos y es en ese marco que podemos comprender el por que de las hecatombes. El por que de nuestros errores. El por que de la alarma del imperio y por lo tanto el por que de sus acciones genocidas`, expresa la presentación del libro.

El presente libro fue escrito veinte años después de que se desataran los acontecimientos de muertes, y los testimonios que entregan los autores tiene el valor de la síntesis realizada a partir de la experiencia de decenas de personas, todos sobrevivientes, quienes entregaron sus relatos en torno de la solidaridad, la entrega y del cómo, por su condición de refugiados que llevaban encima la experiencia de la tortura y la represión , pudieron
evaluar el momento político del Chile de esos años, y muchos otros tomaron la decisión de partir antes que se estableciera el horror del golpe de estado.

En base a los diversos testimonios que aparecen en el libro, la Comisión Rettig reconoció oficialmente la desaparición de ciudadanos uruguayos en el Chile de Pinochet. Los autores expresan que ellos no pretenden hacer una especie de resumen o análisis del gobierno de la Unidad Popular, destacan que apenas es un homenaje y una contribución a la lucha por los recuerdos. Como fundadores y militantes del Movimiento de Liberación Nacional (Tupamaros), ha sido fuerte la intención de entrar a profundizar en el estudio de ese negro período porque Chile forma parte importantsima y decisiva en la historia de muchos luchadores sociales en nuestra América Latina. Una experiencia política histórica que es necesario seguir estudiando, para aprender de ella, de cómo actúan las oligarquías locales con el apoyo de los sectores mas reaccionarios y neo fascistas de los
EE.UU. como lo demuestra la documentación que hay al respecto.

Cabe recordar, que al momento del triunfo electoral obtenido por la Unidad Popular, militantes de la izquierda latinoamericana, se apersonaron en Chile, con el objeto de seguir de cerca el importante proceso de cambios que comenzaba a vivir Chile, o directamente entraron a colaborar con el, en diversos ámbitos de su gestión. Muchos de ellos, provenían del Uruguay, Brasil, Bolivia y Centro América. Al momento del golpe, debieron asilarse, otros fueron detenidos, y también de muchos de ellos, nunca se supo su paradero, por que fueron asesinados en las diversas olas represivas o pasaron a formar parte de la lista de detenidos desaparecidos. La reciente reaparición de este libro, viene a contribuir a llenar los vacíos históricos del 11 de septiembre de 1973 y que aportan significativamente al esclarecimiento de la verdad.

referencia Chile Roto. LOM

A décadas del asesinato del líder del MIR chileno, opinan Ramis, Echeverría, Amoros y Quesada

Nadie lo dude. Miguel esta con nosotros

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La pregunta de Miguel

La figura de Miguel Enríquez despierta dos tipos de reacción. O se le descalifica en bloque, culpándole de un amplio conjunto de pestes políticas, o por el contrario, se la ensalza en un relato militante, que mezclando la hagiografía revolucionaria y el panegírico apologético tiene poco que ver con la personalidad y el talante del fundador del MIR.

Miguel no era un santo ni un demonio, sino un revolucionario que propuso una serie de preguntas políticas fundamentales al país, y estuvo dispuesto a debatirlas abiertamente durante toda su vida. Lejos del sectarismo o el dogmatismo, se le debe ubicar, dentro de la tradición del pensamiento crítico latinoamericano, entre los que buscan una alternativa emancipatoria adecuada a las condiciones específicas de nuestros pueblos. En este aspecto, Miguel Enríquez es una figura actual. Sus preguntas siguen siendo gravitantes y exigen ser tomadas en cuenta, de forma profunda…

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Amanda no es la letra de una canción … “Yo soy la hija de Víctor Jara”.

DestacadoAmanda no es la letra de una canción … “Yo soy la hija de Víctor Jara”.

Amanda no es la letra de una canciónHija Amanda Jara

Cuando dice su nombre en el consultorio le cantan “Te recuerdo, Amanda”. Antes se hacía la lesa. Ahora dice: “Yo soy la hija de Víctor Jara”. Amanda no canta, no toca guitarra y tampoco milita en el PC. No pretende ser el vivo retrato de su padre. Su recuerdo es íntimo, un proceso personal en el que ha debido aprender a desenrabiarse con Víctor ausente y a pedir explicaciones por su muerte.

Domingo 25 de mayo de 2008 | por Alejandra Carmona López

La noche que Amanda voló hacia su exilio se fue sólo con lo puesto. Ni siquiera alcanzó a recoger sus juguetes de niña de nueve años. En las tres maletas que llevaban ella, su madre, Joan, y su hermana, Manuela, sólo cupo su padre: sus fotos, un montón de recortes de diarios, cartas y cintas de grabación. En medio de fusiles y militares arrogantes que abundaban en el aeropuerto de Santiago, enfilaron hasta la puerta del avión con destino a Londres, las tres de la mano, escoltadas por un funcionario de la Embajada de Inglaterra en Chile. Era el 16 de octubre de 1973, y ésa, la única escena de esa noche que Amanda Jara tiene en la cabeza. Además de la sensación de vacío, de volar mucho antes que el avión despegara. El desamparo.

En Chile quedaba su casa de Colón, el cuarto básico en el Manuel de Salas, las tardes de asombro y aprendizaje. La humedad de los paisajes de Isla Negra que tanto le gustaba mirar. Los amigos, los sueños y su padre muerto con 44 balazos.

Por estos días, los recuerdos son como un dedo impertinente apretando el corazón. La semana pasada, el ministro Juan Eduardo Fuentes Belmar cerró la causa de la muerte de Víctor como ella llama a su padre y ha tenido que recordar a la fuerza muchas de las cosas que su mente había intentado borrar.

Amanda Jara no canta, no toca la guitarra, no milita en el PC y tampoco quiere formar una familia de artistas que se llame “los Jara”, aunque algunos de sus primos se lo han sugerido. Alguna vez, cuando era chica, bailó en un grupo folclórico, pero nunca le gustó exponerse. No escucha todo el día canciones de trova y se niega a dar la razón a quienes dicen que tiene la misma sonrisa de su padre. Va a pocos encuentros proderechos humanos, no lleva la bandera de lucha de ninguna causa. A Amanda Jara no le interesa ser símbolo de nada.

Con suerte acepta dar esta entrevista.

Pero lo suyo no es una pose de rebeldía. Recién se está reconciliando con buena parte de su vida. Ahora que tiene 43 años, desde su tranquila vida en Quintay donde llegó hace 18 años macera los recuerdos ingratos y ha vuelto a escuchar las canciones de Víctor Jara sin sentir rabia por haberla dejado.

SIMPLEMENTE MARÍA

 
  Joan, Víctor, Amanda (sentada en las piernas de su papá) y Manuela. Todos en compañía de una guitarra. Foto: Gentileza Fundación Víctor Jara

Todo fue muy confuso ese 11 de septiembre de 1973. Víctor tenía agendado un acto en la Universidad Técnica del Estado. La idea: luchar contra la guerra civil en Chile. De pronto, ese martes cambió de rumbo. Por la radio se escuchó sobre el ataque a La Moneda y el levantamiento de los militares. Allende estaba pronunciando su discurso histórico cuando Víctor decidió salir a la calle. “Era un día extraño, con los relatos de la radio, y todo hacía que fuera un día especial, pero nadie pensó que la situación llegaría a tal extremo. Nadie pensó que chilenos terminarían matando chilenos”. Víctor salió de la casa rumbo a la Universidad Técnica.

Entonces, Amanda nombre que heredó de su abuela paterna estaba por cumplir ocho años. Sus días transcurrían tranquilos en la casa de Colón donde todavía vive su mamá, la bailarina inglesa Joan Turner. “Yo me crié escuchando música cuenta Amanda . Había un cuarto trasero donde ensayaban los Quila y los Inti. Hacían unas murgas muy chistosas en el patio. Dejaban la escoba con los vecinos”. En otra parte de la casa, su mamá ensayaba escuchando a Vivaldi y su hermana Manuela, la “Manu” hija del fallecido coreógrafo Patricio Bunster , se divertía aprendiendo a tocar guitarra con Víctor. En las tardes, Manuela y el cantautor eran absorbidos por la televisión mexicana, y la teleserie “Simplemente María” los consumía. Aunque sus padres trabajaban mucho, Amanda no tiene ninguna sensación de ausencia.

“Víctor nos cantaba, aunque sólo la ‘Manu’ se acuerda cuando ensayaba pequeñas estrofas de sus creaciones con la guitarra. Nosotros también le cantábamos, hacíamos shows; la ‘Manu’ era rebuena para eso. Bailaba, se disfrazaba, y él se mataba de la risa; le gustaba mucho estar con nosotras”, cuenta Amanda. Juntos salían de paseo a la Quinta Normal y probaban las sopas, platos estrella de la afición culinaria de Víctor Jara.

Los recuerdos de Amanda son tal y como alguna vez los describió el cantante al momento de hablar de su familia. “Tenemos dos hijas, Manuela y Amanda, por las que confieso total y absoluta debilidad En mi día ideal estaría todo el día en la casa, no habría fuerza que me hiciera salir. Me dedicaría a trabajar en el jardín, a hacer aseo, a contemplar muchas cosas que por falta de tiempo no puedo contemplar ahora. A jugar con mis hijas”.

UNA PROTESTA EN MATTA

Hace 18 años que Amanda Jara eligió Quintay como su refugio. Ella prefiere la calidez de la cabaña que comparte con Nego, un buzo que trae el pescado para el almuerzo. Ella colabora con verduras de su chacra. Se alejó de Santiago porque no le gusta la tontera de la capital. “En Santiago creen que la vida se trata de farándula, de los futbolistas, de la chimuchina. Son cosas muy superficiales, y lo peor es que se creen la muerte, pero las cosas no son iguales en el resto de Chile. Ya estaba aburrida de la capital”, asegura.

Después de estudiar Comunicaciones Visuales y cuatro años de Bellas Artes en la Arcis, dejó todo y se fue a vivir al terreno que habían comprado años antes con su mamá. “Con la Turistel en la mano buscamos sitios, hasta nos ofrecieron Tunquén, pero nos pareció muy solo, así que no vivo en el sector cuico”, dice muerta de la risa, hasta que las carcajadas se apagan, desaparece la coraza y esa chapa de “inepta social” que Amanda se impone porque no quiere contestar nada que la delate.

“Siento pena por la muerte de mi papá, pero por mucho tiempo, muchos años, sentí mucha rabia”. Interrumpe su relato para explicar que ella no es siempre así, pero que estos últimos días tiene un revoltijo en la guata y la pena no tarda en aflorar. Sigue entre sollozos por varios minutos: “Tenía rabia, me preguntaba por qué Víctor había salido de la casa ese día, por qué no se había quedado con nosotras, por qué se fue a la Técnica”. Es su desahogo, pero se incorpora nuevamente para explicar que todo esto hizo que ella no escuchara a Víctor Jara por mucho tiempo. “En mi casa no se escuchaba; en Londres, porque mi mamá se volvía un mar de llanto, y luego acá, simplemente porque tardé en reconciliarme con esa historia”, dice. “Quizá por eso tampoco aprendí a tocar guitarra, ni a cantar; seguramente era lo que esperaban de la hija de Víctor Jara”.

Cuando Amanda volvió a Chile sólo pensaba permanecer un año y regresar a Londres, pero se quedó más tiempo. “Me enamoré de un hombre y también de este Chile combativo, entregado, que salía a la calle a luchar”. Era 1983 cuando asistió a su primera protesta en Santiago. Caminó cuadras y cuadras por avenida Matta, mientras Chile asistía a períodos crudos de represión producto de las primeras marchas antidictadura. De entre la muchedumbre se oyó el grito: “Compañero Víctor Jara, presente”. Con el pecho hinchado y las lágrimas sin contención, Amanda tomó aire contaminado y lacrimógeno y respondió: “Presente”. Como si fuera un muerto ajeno, pero también como si fuera suyo y de todos. Entonces comenzó a reconciliarse con su padre. Si Víctor Jara no hubiese ido a la Universidad Técnica ese martes, no habría sido Víctor Jara.

TE RECUERDO, AMANDA

Por estos días, Amanda va y viene de Quintay. Deja a Nego con sus labores de pescador y ella viaja a Santiago a enterarse de la fundación que lleva el nombre de su padre y también del curso que ha tomado la investigación por su muerte. “Yo me hago una sola pregunta: si mi padre, que es el caso emblemático del Estadio Chile no tiene solución, ¿entonces qué pasa con el resto de muertos, dónde están los culpables?”, dice. Amanda no puede creer que en todos estos años no haya ni un solo testigo que pueda reconocer al asesino. Pero maneja una teoría: “Hay un par de oficiales que estaban presos por el tanquetazo de julio. Ellos fueron liberados el día del golpe. Se dice que a estos oficiales se les dio el Estadio Chile como un premio”.

Amanda cree que la información no ha llegado a las manos de la justicia porque hay quienes no han querido que se sepa la verdad. “La gran piedra de tope para los casos del Estadio Chile ha sido el Ejército, las Fuerzas Armadas. No han querido entregar un organigrama de mando. El Ejército tiene la información y no la ha entregado, por eso se ha visto frustrado no sólo el caso de mi padre, sino que tantos otros”. A pesar de la resolución judicial, Amanda no culpa al ministro Fuentes Belmar. Tampoco le interesa que quienes asesinaron a su padre, “viejos de más de 70 años”, se pudran en la cárcel. “Lo que yo quiero es justicia, y la justicia para mí es que se sepa quiénes son los asesinos. Que podamos ver una lista y decir este señor de acá, con nombre y apellido, es un asesino”.

Amanda nunca ha pedido públicamente justicia para su padre. Sin embargo, ahora no se pierde detalle y viajó especialmente desde Quintay para reunirse con el ministro de Justicia, Carlos Maldonado. Ya no tiene cuentas pendientes. De esas que son personales y no se escriben en la prensa. Incluso ahora bromea cuando va al consultorio o a pagar alguna cuenta y al decir su nombre le cantan: “Te recuerdo, Amanda”. Antes se quedaba callada, ahora dice: “Yo soy la hija de Víctor Jara”. Y si una periodista le dice que esa canción la escribió su padre para su madre, ella también tiene respuesta: “Cuando la hizo, yo tenía dos años y medio y me habían diagnosticado diabetes, así que esa canción también la escribió un poco por mí”. LND

    El testimonio de la mujer que fue quemada por una patrulla de Pinochet

    El testimonio de la mujer que fue quemada por una patrulla de Pinochet

    Chile: el testimonio de Carmen Gloria Quintana, la mujer que fue quemada por una patrulla de Pinochet

    • 31 julio 2015
    Carmen Gloria QuintanaDerechos de autor de la imagenFONDO DIARIO LA NACION Y ARCHIVO MUSEO DE LA MEMORIA
    Image captionTras recuperarse en Canadá, Carmen Gloria Quintana volvió a Chile a contar su testimonio y luchar por la democracia.

    Rodrigo Rojas de Negri y Carmen Gloria Quintana fueron quemados vivos. El primero murió. La segunda sobrevivió para contarlo*.

    El caso estremeció a Chile y al mundo hace casi 30 años. Y recién ahora tiene coletazos en la justicia.

    El ministro de la Corte de Apelaciones de Santiago, Mario Carroza, dictó el jueves cinco nuevos procesamientos a los siete que dictó la semana pasada por homicidio calificado y homicidio frustrado contra exmilitares que participaron en lo que se conoce como el “Caso Quemados”: dos jóvenes que en julio de 1986 fueron quemados vivos en medio de unas protestas contra el gobierno del general Augusto Pinochet (1973-1990).

    El caso fue reabierto luego de que Fernando Guzmán, entonces recluta, rompiera un “pacto de silencio” -que según Guzmán implicó dinero y beneficios con tal de que quienes estuvieron envueltos en los hechos no hablaran- y contara por primera vez detalles de cómo se produjo el crimen.

    Su testimonio permitió por primera vez procesar en la justicia civil a los presuntos autores.

    Sin embargo, la versión de la única víctima que sobrevivió para contarlo era distina.

    En julio de 2013, Carmen Gloria le contó a Mike Lanchin del programa Witness de la BBC cómo una patrulla de Pinochet la roció con combustible, le prendió fuego y luego la abandonóen un terreno baldío a las afueras de Santiago. Este fue su testimonio.

    El 2 de julio había sido declarado paro nacional y Pinochet había amenazado con sacar a las Fuerzas Armadas a reprimir a todos los que salieran.

    Yo me levanté temprano, con mi hermana Emilia, la mayor. Era un día nublado, invierno, tipo 7:30 de la mañana y salimos a caminar por la población desde la que se suponía iríamos en marcha hacia la Universidad de Santiago.

    Nos juntamos con algunos vecinos, con Rodrigo Rojas y dos jóvenes más que yo no conocía prácticamente.

    Estos jóvenes se preparaban para hacer una barricada con neumáticos para interrumpir el tránsito de una avenida bien importante y nos piden ayuda. Como nuestro ánimo era de protestar, les dijimos que bueno.

    ————————————————

    Una protesta que terminó en tragedia

    • El 2 de julio de 1986 Chile se preparaba para un paro nacional contra del gobierno de facto del general Augusto Pinochet.
    • Carmen tenía 18 años entonces. Estaba en la universidad y como tantas otras veces, se disponía a participar activamente del paro.
    • Sin embargo, camino a las protestas, el grupo con el que iba se encontró cara a cara con una patrulla militar, comandada por el entonces teniente Pedro Fernández Dittus.
    • Los jóvenes iban con neumáticos y combustible para construir barricadas. Al ver a los militares, huyeron. Sin embargo Carmen y el joven fotógrafo Rodrigo Rojas De Negri fueron alcanzados por los militares.
    • Según la versión oficial del gobierno de Pinochet, cuando Quintana y Rojas fueron detenidos, algunas de las bombas molotov que llevaban se rompieron y explotaron, prendiéndoles fuego accidentalmente.

    —————————————————

    Cuando íbamos caminando se nos acerca una camioneta de militares, todos con maquillaje y vestidos de camuflaje.

    Tuvimos miedo, dejamos botados los neumáticos y salimos arrancando, todos en distintas direcciones.

    Nos salieron persiguiendo a nosotros con Rodrigo, que corrimos hacia la misma dirección.

    A Rodrigo lo sometieron y lo patearon en el suelo.

    A mí me tomaron, me revisaron por todas partes, me pusieron contra la pared. Me preguntaron qué andaba haciendo, les dije que iba a estudiar a la universidad. Me revisan los documentos, me los quitan.

    Me echaban garabatos (insultaban), me pegaban en la espalda con la punta de la metralleta y yo lloraba porque tenía mucho miedo.

    Se comunican por sus aparatos con su gente, viene un grupo de militares de la esquina. Estaban los neumáticos y traen un bidón de bencina. “En esto andaban”, nos dicen.

    El militar que mandaba más, el teniente Pedro Fernández Dittus, toma el bidón.

    Yo estaba de pie contra la pared. Me empieza a echar bencina desde la cabeza y a Rodrigo lo rocía como a una planta, porque él estaba tendido en el suelo sangrando.

    En esos momentos yo no pensé que la idea era quemarnos. Se me pasó por la mente que era como una burla, que nos iban a soltar y me iba a poder bañar.

    Repentinamente ellos nos tiran un aparato incendiario que explota y yo me convierto en una antorcha humana. Y Rodrigo también.

    Yo me desesperé y traté de apagarme con las manos, empecé a revolcarme en el suelo a ver si las llamas se apagan y no pasaba nada.

    Entonces siento que alguien me tira una frazada encima, me envuelven y me ponen en la parte de atrás de un camión.

    Después de eso yo pierdo la conciencia.

    [Según la declaración de Guzmán, tras ser rociados con combustible, quien los encendió fue otro de los oficiales a cargo de la operación: el entonces teniente Julio Castañer, también procesado hoy por homicidio por el juez Carroza.

    Según la versión de Guzmán, “el fuego lo inició el teniente Castañer con el encendedor”.

    “Cuando estaban en el suelo, escuché que el teniente Castañer le decía a Fernández que lo mejor era matarlos, pero este último dijo que no, porque el era católico”, declaró Guzmán ante la justicia]

    Quemados caminando por ayuda

    Despierto cuando nos están tirando en una zanja en el campo donde corre el agua, pero estaba seca.

    Me tiran a mí y después a otro cuerpo. Yo tenía miedo, así que me hago la dormida, no reacciono. Y nos dejan ahí botados.

    Rodrigo me empieza a mover para que despierte. Nos levantamos y lo miro: tenía toda su cara negra, le faltaba la mitad del pelo. Me empiezo a mirar y veo toda mi ropa oscura y mis manos negras. Y le digo a él: “Mira como nos dejaron estos desgraciados”. Y él se queda callado.

    Nos dejaron en un camino campestre, muy hacia adentro, de polvo y tierra. Tuvimos que caminar a la calle.

    Salimos a una carretera y ahí nos dimos cuenta de que estábamos cerca del aeropuerto. Empezamos a tratar de hacer parar los autos, pero yo creo que los autos se asustaban al ver nuestra imagen de zombies.

    Al rato después llega una patrulla de policía y Rodrigo me dice que no digamos nada, porque nos pueden hacer desaparecer.

    La Policía nos pregunta qué nos pasó y nosotros no decimos nada, nos quedamos en silencio.

    Había justo una construcción donde había obreros. La policía llama a la ambulancia y la ambulancia no llega nunca. Los obreros nos hacen como una camilla de ladrillos y ahí yo me acuesto.

    Yo tenía tanta rabia que le digo a la Policía: “Tíreme un balazo por favor, para no seguir sufriendo”.

    Estuvimos como 30 minutos, creo. No lo sé realmente.

    Ante mis palabras, la Policía reaccionó. Pararon un vehículo civil y nos llevaron a un consultorio cercano.

    Ahí la enfermera les dice a los carabineros que se vayan y me dejen sola con ella. Ella, muy amable, me pregunta qué me hicieron y yo le digo la verdad. Me dice si quiere que hable con alguien. Yo le digo: “Sí, con mis papás”. Y ahí ella le avisa a mi familia.

    Después de que hablan con mi familia, nos transportan a la Posta Central, que es el hospital más grande de Urgencias en Chile y ahí yo pierdo la conciencia.

    No sé qué más ocurre conmigo. Sé que estuve en coma, que me hicieron muchas operaciones de trasplante de piel, donaciones de sangre…

    Fue un periodo muy oscuro para mí, porque es como que hubiera estado muerta todo ese tiempo. Después reconstituí la historia por lo que mis padres y mis amigos me han contado.

    En el hospital: hermana de novia y atentado a Pinochet

    Carmen Gloria QuintanaDerechos de autor de la imagenFONDO DIARIO LA NACION Y ARCHIVO MUSEO DE LA MEMORIA
    Image captionCarmen Gloria Quintana antes del ataque.

    Empecé de poco a darme cuenta. Todo mi cuerpo estaba vendado entero, porque me hacían injertos de piel. Era muy doloroso, porque cada vez que me cambiaban las sábanas, se me pegaban.

    También estaba con un respirador artificial, no podía respirar por mí misma.

    Rodrigo Rojas no logró sobrevivir. Tenía un 70% de la superficie de su cuerpo quemado y falleció cuatro días después.

    Yo tenía el 65% de mi cuerpo quemado, también con quemaduras de segundo y tercer grado.

    Pasaron dos meses y medio (en el hospital, antes de viajar a Canadá donde se le ofreció un tratamiento de recuperación).

    Me acuerdo de algunas enfermeras que eran bastante cariñosas. Hubo días de paro en que algunas no podían llegar y otras, aunque no les correspondía, se quedaban haciendo doble turno para cuidarme.

    También recuerdo que me impactó mucho ver a mi mamá la primera vez, porque había perdido como 15 kilos.

    Mi mamá me hizo cariño y me dijo que era una chica valiente. Ella tiene harto sentimiento de culpa, porque cuando me vio la primera vez quemada pensó que era mejor que me muriera para que no sufriera.

    Mi hermana Emilia, la que salió ese día conmigo, fue a verme vestida de novia con su marido.

    También recuerdo que el doctor Jorge Villegas, que era el cirujano plástico que llevaba mi caso, me contó que habían hecho un atentado contra Pinochet en septiembre. Y eso me alegró mucho.

    Se preocuparon mucho porque pensaron que podían tomar represalias y me podían asesinar ese día. Entonces toda mi familia se quedó en el hospital ese día.

    Vocera de los sin voz

    Carmen Gloria QuintanaDerechos de autor de la imagenLA TERCERA
    Image captionCarmen Gloria ha viajado por todo el mundo contando su caso.

    Cuando llegué a Canadá fue la primera vez que empecé a ver mi cuerpo, cómo estaba. Fue bastante impactante.

    Yo resistí al principio mirarme. Iba al baño, había un espejo y no me quería mirar.

    Al principio estaba completamente inmóvil. Cuando llegué a Canadá no podía caminar ni usar las manos. Tuve que crear nuevamente músculos en mis piernas para volver a caminar.

    Los primeros años me hicieron 40 operaciones aproximadamente.

    Las manos y el cuello me quedaron muy quemadas y me tuvieron que operar varias veces para poder recuperar la movilidad.

    Tenía que estar en kinesioterapia todos los días. No podía agarrar lápices, cucharas, pinzas. Eso lo recuperé, pero la motricidad fina aún me cuesta. Soy torpe con las manos y no puedo hacer cosas muy delicadas.

    La boca me quedó bastante atrofiada y me tuvieron que hacer varias operaciones para poder abrirla.

    Volví a Chile el año 1988 yo creo que ahí me operé unas dos veces más, pero ya tenía fobia al olor de la anestesia. Dije que ya era suficiente, ya no quería nada más.

    Empecé a contar lo que me había sucedido y viajé a muchos países denunciando la situación de violación de los derechos humanos que vivíamos en Chile.

    Viajé a EE.UU., Alemania, Francia, las dos Alemanias, Bélgica, Suiza, Suecia, Australia y a algunos países de Latinoamérica. Me convertí en una especie de vocera de la situación de derechos humanos en Chile.

    La fuerza me la dio la rabia, saber que tanta gente había muerto y no tenía voz para denunciar lo sucedido. Yo me sentí una portavoz de toda esa gente.

    ——————————-

    * Este reportaje de Witness fue originalmente publicado el 2 de julio de 2013, para el aniversario número 27 de los hechos y fue actualizado el 31 de julio con los últimos avances del proceso.

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    Generación rebelde

    Generación rebelde

    La historia de las últimas décadas en Chile se construyó con algo más de lo que señala la historia oficial y los discursos rimbombantes que mencionan hechos importantes de la nación. Ese algo más es, por lo general, el aporte de las mayorías a los cambios políticos y sociales determinantes en el país. Es a su vez la historia de los sencillos, los buenos de corazón, los solidarios, los que no salen en la tele, la “participación de las masas” como gorgoreaba en los años 70 más de algún connotado líder político de la izquierda tradicional.

    El libro de fotografías Generación rebelde de Pepe Durán, Segunda Edición, con el apoyo para el diseño de la portada, diagramación y retoque digital de Raúl Castro Free, como en la actualización de fotos, con una hermosa impresión de 150 páginas realizada por Ensamble Impresores, nos muestra nuevamente un poco de ese “algo más”. Refleja en imágenes lo que hicimos en esos años para acabar con la dictadura. Extraordinarias fotografías de la experiencia social y política de los 80 retratadas como memoria colectiva para el presente.

    URBESALVAJE

    La memoria armada de los ochenta en archivos fotográficos de Pepe Durán

    La historia de las últimas décadas en Chile se construyó con algo más de lo que señala la historia oficial y los discursos rimbombantes que mencionan hechos importantes de la nación. Ese algo más es, por lo general, el aporte de las mayorías a los cambios políticos y sociales determinantes en el país. Es a su vez la historia de los sencillos, los buenos de corazón, los solidarios, los que no salen en la tele, la “participación de las masas” como gorgoreaba en los años 70 más de algún connotado líder político de la izquierda tradicional.

    El libro de fotografías Generación rebelde de Pepe Durán, Segunda Edición, con el apoyo para el diseño de la portada, diagramación y retoque digital de Raúl Castro Free, como  en la actualización de fotos, con una hermosa impresión de 150 páginas realizada…

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    40 AÑOS. MI MEMORIA, TU MEMORIA, NUESTRA MEMORIA

    El 11 de septiembre de 1973 mi proyecto de vida voló en mil pedazos con las bombas que cayeron sobre La Moneda.

    No Olvido, No perdono.

    ASI LO VIVI YO...y quien lo hereda no lo hurta

    Los primeros días de la Dictadura ví el río arrastrando los cuerpos de mis compañeros…

    Los primeros días de la dictadura los carabineros comandados por el Capitán Galaz, del sector de el Arrayan, golpearon a mis hijos y patearon sus bolsones del colegio buscando esas armas que jaás estuvieron…

    Los primeros días de la dictadura debí vender a precio vil mi parcela al gral. Orlando Gutierrez a cambio del salvoconducto para poner a salvo a mis cuatro hijos fuera de Chile.

    El 11 de septiembre de 1973 mi proyecto de vida voló en mil pedazos con las bombas que cayeron sobre La Moneda.

    No Olvido, No perdono.

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    Libres en prisión, la otra artesanía. Arte-factos creados en dictadura en Chile 1973-1990

    Libres en prisión, la otra artesanía. Arte-factos creados en dictadura en Chile 1973-1990

    Libres en prisión: Artesanía creada en dictadura

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    Los objetos forjados por los presos políticos cruzaron las alambradas de los centros de represión de la dictadura y hoy día son ejemplo de resiliencia y de resistencia. Su historia es recogida en la obra de Ruth Vuskovic y Sylvia Ríos, que sin duda es un gran aporte tanto para tener una visión global como para contribuir a nuevas y futuras investigaciones.

    Cada objeto da cuenta de una historia, de una cultura, y su lectura será más pertinente si conocemos cómo se construyó y qué significaba para las personas que lo compartieron en su momento de creación. Especialmente significativos son los artefactos culturales hechos en prisión política bajo dictadura. Es el tema de investigación y testimonios de la obra Libres en prisión, la otra artesanía. Arte-factos creados en dictadura en Chile 1973-1990, de Ruth Vuskovic y Sylvia Ríos, publicado por el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes bajo el sello de la Editorial de la Universidad de Santiago de Chile.

    En la precariedad de la prisión política, cuando el hambre es parte de la vivencia, entre las personas puede surgir la disyuntiva entre comerse todo el escaso pan o dejar un poco de miga para hacer algo con las manos y convertir esa miga en un objeto bello, amable, cuya terminación proporcionará un poco de felicidad. Su creación, por primitiva que sea, eleva o refuerza la autoestima del productor –el artesano/a casual– que se reviste con la dignidad del trabajo y la constatación de una obra que connota una satisfacción vital. En algunos casos, los objetos perduran como recuerdos materiales que a la vez son fuentes de memoria. El desarrollo de la artesanía de prisioneros y prisioneras se expresó desde la ensoñación y la creación espontánea hasta el uso de técnicas sofisticadas.

    Según las necesidades de los prisioneros y prisioneras, y las condiciones de la prisión, el trabajo artesanal y las manualidades evolucionaron desde la recurrencia a la apreciada comida -migas de pan y huesos- hasta la fabricación en serie de recuerdos para comercializar en el exterior. Evoluciona en calidad y complejidad, también en el sentido de que en un principio es una expresión individual, solitaria, que crecientemente se asocia con actividades cooperativas que potencian la sensación de autovalencia en la situación de indefensión.

    En los diversos recintos y desde el primer momento, los lugares fueron vistos con una mirada nueva que buscaba en cada elemento una función adicional: cada “cosa” se podía resignificar como soporte de “algo” o herramienta para hacer “algo”. Se despertó la capacidad de (re) descubrir y, así, cada clavo era una herramienta en potencia; una gubia, por ejemplo; y cada madero o hueso, el material para tallar con esa gubia. Como en el origen, la piedra volvió a ser martillo; y cada semilla podía lucir en una joya. Los metales (tuercas, latitas, tarros, el alambre de púas), la madera (astillas, palitos de helados o de fósforos), las telas (retazos, hilos, un bolsillo guacho). Todo podía reinventarse al cambiar el aprecio por objetos que alcanzaron, con una nueva mirada, una nueva dignidad. Nada era desechable y cada ocurrencia llamaba naturalmente a la técnica que correspondía para su realización. Así, lo informa este libro, se practicó la carpintería, el tejido, la cestería, la forja, el repujado. Las autoras contabilizan aproximadamente 80 tipos de artefactos hechos en madera, hueso, tejido, semilla, metal, cuero, cobre, cromo-níquel, mimbre, papel, piedra, suela , alambre y cáñamo; trabajados en las más diversas técnicas, reciclando y renombrando pedazos de llantas de auto, papel de diario, semillas de los árboles, trozos de madera, clavos desclavados, pedazos de telas de su ropa, calcetines usados, cabellos, hilos de las frazadas, astillas de los muebles, palos de fósforos, baldosas, muebles desarmados, tornillos y fierros abandonados. Todo ello fue resignificado y adquirió otra vida. Este conocimiento Ruth Vuskovic y Sylvia Ríos lo sistematizan, señalando lugares, técnicas, materiales y autores; ofreciendo una taxonomía y agregando amables cuadros de clasificación y síntesis. Un gran aporte tanto para tener una visión global como para contribuir a nuevas y futuras investigaciones.

    ¿Había permiso para esto? Dependía de una autoridad absolutamente discrecional, de un comandante que podía autorizar o prohibir las actividades. La “conquista” de la autorización para tener herramientas de trabajo, podía perderse sorpresivamente en un allanamiento y cada cambio de guardia dejaba las autorizaciones anteriores en suspenso. La suspicacia de los militares respecto del simbolismo de materiales, figuras y colores dependía de la mayor o menor astucia de los uniformados. Sin embargo, los objetos cruzaron las alambradas y hoy día son ejemplo de resiliencia y de resistencia: los objetos siguen resistiendo.

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