No-natos

No-natos

No-natos

 
Somos los hijos y los nietos
De los hoy recordados
Somos las hijas y las nietas
Que nunca existieron
Pero que tanto quisieron
Nacer, vivir, jugar y luchar
Somos la descendencia
De quienes hoy resuenan
Eternos en nuestras voces
En un ahora y siempre
En un siempre ahora
 
Somos esa sangre que no sangró
De quienes tanta sangre dejaron
Somos los sueños arrancados
De quienes tanta justicia soñaron
Somos los hijas e hijos que no nacieron
Para poder decir
Madre o Padre
 
Pero hoy renacemos
Pero hoy gritamos, luchamos y recordamos
Porque las heridas se han vuelto a abrir

Quieren liberar sombras

Quieren volver a matar a los padres que no tuvimos
Matarlos en dignidad
Matarlos en memoria
Y hoy los que no nacimos
Perpetua justicia a gritos pedimos

(Miguel Echeverria M)

 
Destacado

Los Hijos de Pinochet (1987)

Los Hijos de Pinochet

 


<p><a href=”https://vimeo.com/103017235″>Los hijos de Pinochet (1987)</a> from <a href=”https://vimeo.com/chiledesdefuera”>Chile desde fuera</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p

 

El papel de los niños, sujeto de la historia

El papel de los niños, sujeto de la historia

El papel de los niños

  • Antonia García C.
  • La muestra “Infancia en dictadura”, que estuvo hace unos meses en el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos, se repone en estos días, y se podrá ver hasta el 29 de octubre en la Biblioteca Nicanor Parra, Vergara 324 (Santiago / metro Los héroes). En paralelo, acompañando la muestra, una serie de actividades se están realizando desde el 8 de septiembre y continuarán hasta el 14, en la Facultad de Psicología de la Universidad Diego Portales (Jornadas “Memoria, elaboración y resistencia. Imágenes y narrativas para reescribir el dolor social”).

Vivian Lavín enfatizó en este espacio, en más de una oportunidad, la importancia del trabajo realizado por la Dra. Patricia Castillo y su equipo. Todo indica que no hay forma de no verse tocado por lo que ahí se cuenta y el cómo se cuenta. “La importancia de lo ínfimo”, como suele recalcar Patricia Castillo, es lo que está en juego. Pero también una reflexión sobre el lugar de los niños en la historia.

Los niños de ayer. Y los niños de hoy. Porque eso es también lo que esta muestra permite: interrogarnos sobre el rol de los niños y lo que hacemos con ellos y lo que no hacemos. El rol que le damos y el rol que ellos asumen sin preguntar nada a nadie, porque los niños suelen ser “subversivos”: no solamente porque se toman los espacios y se toman la palabra, sino también porque, en distintas circunstancias de opresión, crean sus propios espacios de libertad*. El niño como sujeto creativo por excelencia, el niño sujeto de la historia y no mero acompañante, el niño-observador-narrador con su propia manera de oír y de restituir el mundo. Eso es también lo que esta muestra pone en escena a través de dibujos y escritos realizados por niños chilenos durante la dictadura.

foto-infancia-en-dictadura

Este trabajo llega en un momento particular. Existe hoy otra sensibilidad frente al pasado reciente y una pluralidad de voces que revelan temas que hasta hace poco estaban “ahí”, como entre tinieblas, no atendidos todavía.

Pienso en la existencia de la Agrupación de Ex Menores de Edad Víctimas de Prisión Política y Tortura en Chile. Pero, también, en la escritora María José Ferrada: en su gesto, su búsqueda y el hilo que tiende en sus poemas dedicados a niños y niñas ejecutados durante la dictadura (“Niños”).* Pienso en una obra como “El edificio de los chilenos” de Macarena Aguiló. Partiendo de una experiencia llevada a cabo por militantes del MIR –que decidieron poner a salvo a sus hijos dejándolos a cargo de padres sociales en Cuba, antes de retornar a Chile de manera clandestina para combatir–, este trabajo permite ampliar el espectro de las preguntas. ¿Qué hicieron los militantes de izquierda con sus hijos durante la dictadura? ¿Cómo se conjuga militancia y familia? ¿Combate y paternidad? ¿Combate y maternidad? ¿Cuándo ausentarse es proteger y cuándo es abandonar? Preguntas difíciles, preguntas dolorosas que Macarena Aguiló logra abordar con una generosidad asombrosa.

“Infancia en dictadura” llega en este momento en que cierta brecha en el muro de la propia casa está abierta y puede ser recorrida de frente. La muestra es lo suficientemente rica como para ser abordada desde muchos aspectos. Quisiera enfatizar dos.

El primero es el papel. En varios sentidos. Uno tiene que ver con la figura del niño y la posibilidad de jugar con los roles. Porque acá el que calla es el adulto. Es él quien debe abrir sus sentidos para atender lo que los niños dejaron registrado en distintos soportes (cartas, diarios íntimos, tarjetas postales, dibujos). El adulto aprende del niño y el niño es la voz autorizada para contar. No es la única inversión a la que procede la muestra. Hay otra que consiste en volcar al espacio público un tipo de relato y/o de producción originalmente concebido en un espacio íntimo (caso paradigmático del diario).

De alguna manera, esto equivale a contar la historia desde los huecos, desde las rendijas, desde las huellas que la historia (en mayúscula) fue dejando en los hogares y que los niños –de diversas condiciones sociales y con historias familiares diferentes– fueron inscribiendo con letra apretadita (en minúscula) en sus cuadernos, diarios, hojas sueltas. Así, también, la muestra opera como amplificador de voces que, en su momento, fueron cuchicheos.

Pero también está el papel como materia. La superficie. La textura. ¿Qué haríamos sin papel? ¿Habrá una vida después del papel? Y uno se sorprende porque, de pronto, frente a una foto tomada en la inauguración, se advierte que hay ciertas cosas que sólo es posible atender porque quedaron registradas ahí. Sin papel, un trabajo como “Infancia en dictadura” no sería posible, ya que no recurre prioritariamente a la evocación, a la reconstrucción desde un momento presente, sino a la huella, al rastro que dejó la infancia. Al trazo.

Los niños que vivieron su infancia en dictadura –dice Patricia Castillo y lo dice con fuerza– no pueden ser considerados “segunda generación”. Es un punto de vista muy interesante. Hay que atenderlo. Como también hay que atender la diversidad que queda en evidencia. Y es que hay infancias en dictadura. Y lo que pudo resultar relevante para uno, no necesariamente lo fue para otro. Hay una pluralidad de vivencias. Más allá, lo que la muestra pone en relieve es el papel de los niños en su condición de testigos y actores. Ambas cosas a la vez.

La muestra invita a ampliar la mirada. A reflexionar no solamente sobre los casos más fácilmente identificables como violencia política. A considerar, por ejemplo, la situación de los niños en los barrios más humildes y la manera en que se vieron confrontados a una violencia –absolutamente política– que aqueja, sin tregua, a los pobres por ser pobres. Pero también, y ya por libre asociación, una cosa llevando a la otra, el caso de los niños que intervinieron para ayudar, para colaborar con los adultos en situación de peligro.

Otro aspecto tiene que ver con la posibilidad que otorga la muestra de articular tiempos y situaciones. No pocas veces, hoy, nos comportamos como si los niños tuvieran la extraña cualidad de no escuchar y de no verse afectados por lo que hacemos y decimos los adultos. La muestra tiene un segmento que da mucho qué pensar. Se trata de las “Palabras que nunca debimos aprender”.

Entonces, ya en un contexto actual, cabe también preguntarse sobre el mundo que hacemos y el mundo que nombramos en presencia de nuestros niños. Porque es un hecho. Ellos están. Viven. Y así viviendo también (nos) ven, (nos) miran, (nos) escuchan.

* Recomiendo la lectura de “Los ojos de los pájaros”, de Maren Ulriksen.* *En ese texto (que es parte del libro que firma con Marcelo Viñar: “Fracturas de la memoria”) se cuenta de qué manera algunos niños sortearon las normas de control de quienes habían aprisionado a sus padres. Para que nada, ni siquiera la cárcel, impidiera el gesto de amor y protección del hijo/a hacia el padre.

*Los niños mártires de María José Ferrada

  • Vivian Lavín
  • Viernes 22 de enero del 2016

Niños es un libro que supera la categoría de literatura infantil en la que está corseteada su autora, quien en lenguaje poético describe breves instantes de la niñez de esos 34 menores víctimas de la violencia de la dictadura militar chilena. Una obra que se complementa con las ilustraciones de Jorge Quien, el que con trazos negros y azules materializa a esos mártires olvidados de la historia reciente de nuestro país.

María José Ferrada ha sido reconocida con importantes premios en nuestro país, como el que entrega el Consejo del Libro y la Lectura y la Academia Chilena de la Lengua, pero eso no la envanece. Mantiene la sencillez de la niña que nació en Temuco y cuya infancia revive con la sola palabra luciérnagas, esas luces-insectos que evocan esos momentos de la niñez cuando la realidad era difusa, a veces fantástica y otras, terriblemente real.

El oficio de su padre de vendedor viajero le permitió conocer a las personas más divertidas de su vida. La libertad y el desenfado de esos hombres y mujeres que maleta en mano seducían a sus clientes con la palabra. Vendedores de sueños y soluciones prácticas a partir de un producto que se materializaba fuera de ese misterioso equipaje que cargaban junto a sus propias esperanzas.

María José Ferrada es periodista, mejor poeta y más conocida como escritora de libros para niños, que ella escribe pensando que son para todos, para grandes y para chicos, pero que el estricto rótulo de la categorización educativa por edades la circunscribe a un público que le encanta. Por eso no se queja. Prefiere que todos crean que está en ese género que todavía pasa por menor, pero desde donde ha hecho uno de los gestos más silenciosos y revolucionarios de los últimos años en Chile.

Fue cuando se percató que uno de los informes de las violaciones a los Derechos Humanos de la dictadura no distinguía la edad de sus víctimas y que entre ellos, se contaban niños y niñas. Debió entonces, sumergirse en las miles de páginas del Informe Rettig y fue sacando, no sin dolor, lentamente los nombres de esos menores que quedaron en el fondo de una lista cruel. Eligió a 34 de ellos, los que cuando los mataron eran menores de 14 años y se encerró con sus nombres y sus edades para convocarlos en secreto.

Así surgió Niños, el título de un libro de Grafito Ediciones que exhibe en su portada la palabra quebrada: Ni – ños, un concepto breve que aquí está cortado en dos y flotando sobre un gran fondo azul, como un océano desde donde emergen estas personitas.

Niños es un libro que supera la categoría de literatura infantil en la que está corseteada su autora, quien en lenguaje poético describe breves instantes de la niñez de esos 34 menores víctimas de la violencia de la dictadura militar chilena. Una obra que se complementa con las ilustraciones de Jorge Quien, el que con trazos negros y azules materializa a esos mártires olvidados de la historia reciente de nuestro país.

 

 

Y así, en cada página, ir abriéndose a momentos diminutos pero fundamentales junto a estos niños inmortales para terminar, de la misma manera como le sucede a la infancia, de forma brusca e incomprensible, con la lista donde aparecen sus nombres y apellidos, y junto a ellos la categoría de detenida o detenido desaparecido, de ejecutada o ejecutado a la edad de 5 meses de vida, de 3, 9 u 11 años…

Niños de María José Ferrada aparece entonces, como una manera de liberarlos de las amarras de la muerte en que quedaron sus nombres como parte del Informe Rettig, para dejarlos para siempre en esa república maravillosa llamada infancia de la que nadie jamás debió sacarlos.

**LOS OJOS DE LOS PÁJAROS
a. D.V.
Siempre está allí, ante mi, ese montón de papeles. Nunca encuentro
un momento para echar un vistazo a esas hojas amarillentas, gastadas por
el tiempo. Tendría que tomar la decisión de tirarlas a la papelera, al olvido.
Sin embargo, un libro que se encuentra entre esos viejos manuscritos
retiene mi atención. Es el informe de un congreso. Era en Punta del Este,
en 1970, justo antes de Navidad; el verano uruguayo comenzaba,
esplendoroso, y las playas se llenaban de veraneantes. Nos encontrábamos
en el Hotel Casino San Rafael imitación caricatural de un castillo
renacentista.
Recorro varios artículos; veo el nombre de nuestro equipo en
hermosos caracteres. Trabajábamos bien… Leo: “Angustia de alienación…
en un grupo de niños se ha creado progresivamente un clima de terror…
uno de los niños se ha convertido en el jefe asesino… Rafael, con las manos
llenas de pintura roja, juega a ser el torturador. Ataca sádicamente al más
pequeño del grupo”. Me pregunto de dónde provenía la violencia de esas
palabras para nombrar el comportamiento de Rafael. Sin duda, comenzábamos
a presentir, sin saberlo, lo que íbamos a vivir en los años venideros.
Vuelvo como en un ensueño a las primeras páginas del libro: “Nuestro
destino, el del continente latinoamericano… depende de la ciencia. La
cultura en ciencias humanas constituye el fundamento de la valorización
de los recursos humanos… Y en ese sentido, la psiquiatría… cumple un
papel de capital importancia en la posibilidad del hombre de participar
plenamente en el proceso de desarrollo de la civilización humana”. Esas
palabras de inauguración del Congreso fueron pronunciadas por el rector
de la Universidad de la República, ingeniero Oscar Maggiolo. Hace pocos
meses, nos enteramos de su muerte en exilio, en Caracas.
Intento cerrar el libro con un gesto brusco, pero este permanece
abierto en la última página. Automáticamente, mi mirada se detiene en la
inscripción: “Impreso en los talleres de la Comunidad del Sur, Montevideo,
agosto de 1971”. Había atendido a algunos niños de esa comunidad:
Alejandro… y otros. Alguien me dijo que Alejandro vivía en Barcelona; los
otros en Suecia o en Australia todos expulsados por el régimen.

Súbitamente, la curiosidad me empuja hacia el paquete abandonado.
Encuentro mi viejo cuaderno azul de notas. Allí donde estuvo guardado,
las polillas tuvieron todo el tiempo necesario para hacer su lento trabajo
de borramiento, sin ser molestadas. Logro reconocer, en esa escritura
deslavada, el nombre de los niños que conocí hace algunos años.
La primavera desplazaba rápidamente al invierno. Aquella mañana, los
primeros rayos del sol penetraban por la ventana entibiando el ambiente.
Afuera, en el jardín, las gotas de rocío me dirigían brillantes guiñadas.
Hacía poco que nos habíamos instalado en esa vieja y confortable casa;
aún olía a pintura fresca. Al fin tenía mi rincón donde podía trabajar
tranquila, aislada de los ruidos del exterior.
Ese día, esperaba a la señora A. Venía “por un simple papel”. Su marido
estaba detenido por motivos políticos. Las autoridades de la cárcel exigían
que un médico especialista explicara las razones psicológicas que
justificaban una autorización de visita para su hijita. En la cola de la visita
de la cárcel, la señora A. conoció a otra madre a quien yo había hecho un
certificado de ese tipo, y fue ella quien le dio mi dirección. Sentí cierta
inquietud al preguntarme cuántos certificados habría hecho ya. Sería
necesario –me dije– encontrar otros colegas con quienes compartir esa
tarea. Estaba segura que debían controlar los nombres de los médicos que
hacían tales certificados. “Me dijeron que era sólo una cuestión de
rutina…”, me explicó la madre al darse cuenta de mis dudas. Verdaderamente
estoy exagerando, pensé. ¡Sentirme perseguida por tan poco luego
de tantos años de análisis!
Vuelvo a encontrar mi cuaderno azul sobre el escritorio. Matilde… Veo
todavía sus cabellos y sus ojos de azabache. Tenía siete años cuando su
padre fue detenido, pero era “demasiado grande” para compartir la visita
con los más pequeños en el patio de la prisión. Desde hacía varios meses
no podía besar a su padre, ¡ella, la única niña, la mayor de sus hermanos!
Estaba obligada a la interminable espera junto a su madre y solo podía
hablar con su padre a través de un vidrio, utilizando un teléfono que
alcanzaba a duras penas. Se dice a sí misma, en forma decidida: “Voy a
obligarme a llorar”. Algunas semanas después, me cuenta en secreto que
logró entrar con sus hermanos pequeños. “No me costó nada, lloraba de
verdad y bien fuerte… Me tire al piso… Ios soldados tuvieron miedo al
verme así y me dejaron entrar con los chiquitos… Le preguntaron a mamá
si me había hecho ver por un psiquiatra.”
Durante tres días seguidos, el barrio es allanado. Había por lo menos
seis soldados, metralleta en mano, en el fondo del jardín. Mi hijo y sus
amigos jugaban en la arena. Estaba preocupada por ellos y no pude
20
contenerme: “¡Pero no ven que solo hay niños!”. No lograba disimular mi
rabia, pese a las precauciones que uno cree que debe tomar en esas
circunstancias.
Por cierto las cosas habían cambiado. Ya no se podía pasear
tranquilamente por la ciudad; era peligroso salir sin documentos.
Mirábamos con recelo a nuestros vecinos, a nuestros conocidos, incluso
a quienes nos consultaban La sospecha, el miedo, el temor a la denuncia
nos invadían poco a poco. Pero nada de eso se traslucía en las reuniones
de trabajo ni en la producción escrita.
María José era una paciente que me daba mucho trabajo en las
sesiones. Me hostigaba sin tregua. Cuando se ausentó durante dos
semanas, sentí cierto alivio. Su madre me dejó un lacónico mensaje:
“Problemas familiares” . Cuando volvió, María José me contó que una
tarde los militares ocuparon la casa buscando a su padre. Al otro día, no
había nada para el desayuno. La madre quiso ir de compras, pero ni ella
ni los dos hermanos mayores fueron autorizados a salir. Fue María José,
de apenas seis años, quien pudo salir a hacer los mandados. Escondió
en su zapato un pedazo de papel en el que la madre le anotó un número
de teléfono. Desde el almacén del barrio, previno a su padre de que no
viniese a la casa. Luego, volvió con el pan y la leche. Los militares
esperaron en vano varios días y por fin decidieron irse.
Estábamos en invierno. Irrumpieron en plena noche. Registraron por
todos lados, tiraron todos los papeles al piso en desorden, dieron vuelta
los cajones, desperdigaron los objetos. Todo ello no tenía importancia, si
no fuera que estaba sola, sin siquiera poder encontrar la vieja estilográfica
que no nos abandonaba nunca. Pablo dormía y no se despertó. Mañana,
deberé explicarle lo que sucedió. No sé si encontraré las palabras para
decirle que su padre ya no está.
Pablo sabe que, por primera vez, podrá visitar a su padre en la cárcel.
Prepara con dedicación un regalo: un cenicero en cerámica, fabricado por
él mismo. Lo pinta de rayas multicolores. Preocupado, me pregunta:
¿Crees que papá se dará cuenta que entre las rayas pinte nuestra bandera?
En efecto disimulado entre las rayas, había pintado el símbolo del frente
político al cuál pertenecía su padre.
Estaba agotada, cuando en ese momento me hacía falta una sobredosis
de lucidez para evitar cualquier paso en falso. No podía dejar de trabajar;
la vida debía seguir normalmente. Esa misma mañana una madre me había
llamado por teléfono, pidiéndome una consulta urgente. Su nombre me
decía algo; debía ser la esposa de ese antiguo diputado cuyo nombre y
21
foto habían aparecido en el comunicado de las Fuerzas Conjuntas de la
noche anterior.
En la tarde, recibí a Rodrigo, un hermoso niño de seis años, vestido
como todos los escolares con túnica blanca y una gran moña azul. Su
madre estaba deprimida y sin trabajo. Su padre había dejado la casa para
pasar a la clandestinidad. Desde entonces, Rodrigo retrocedía en su trabajo
escolar, presentaba una incontinencia urinaria y le había robado dinero a
su abuela. Durante la sesión, Rodrigo no logra hablar. Esta allí, tenso,
inmóvil, sentado en la silla, las manos en los bolsillos. Lentamente, saca una
mano y me muestra un paquete de caramelos. Se pone uno en la boca y
lo chupa. De pronto, su rostro se transforma, algo se le atraganta, queda
bloqueado. Permanece así, su mirada fija en la mía, paralizado de terror,
mientras las lágrimas caen de sus ojos.
Doy vuelta la página de mi cuaderno azul. Veo el nombre de Sofía.
Insistente, el recuerdo de aquella lejana mañana ocupa cada vez más mi
pensamiento. Había decidido llevar a los niños al parque. Aquel domingo
de mañana la ciudad, aún vacía, despertaba tranquilamente. Tome el
camino habitual. Más allá del Palacio Legislativo, distinguí el viejo edificio
de la Facultad de Medicina, puertas y ventanas cerradas, vacío desde hacía
meses. Un poco más adelante, aceleré al pasar frente a la clínica en la que
había trabajado tantos años, y donde ya no había lugar para mí. Un poco
más lejos, se levantaba un largo muro blanco, la puerta barroca de hierro
forjado custodiada por dos ametralladoras y, en el fondo del parque,
rodeada de palmeras y magnolias, la silueta de la gran residencia, sede del
Comando del aparato represivo. Tres veces por semana, centenares de
hombres, mujeres, niños y viejos esperaban, haciendo fila en la vereda,
alguna noticia, una carta o un paquete de ropa sucia de sus familiares
desaparecidos o detenidos. Todo parecía tranquilo esa mañana. Más allá de
las residencias, después del puente, se extendían los barrios populares. A
mi derecha, dos topadoras limpiaban el terreno. Sólo quedaban escombros
del monumento construido colectivamente en memoria de los ocho
obreros asesinados en aquel local.
Sofía permanece asociada a esos recuerdos. Tenía cinco años. Aún la
veo. Su padre está preso. En cada visita, Sofía le lleva los dibujos que
contienen lo esencial de lo que quería decirle. Sus dibujos son censurados
sistemáticamente en la entrada. Un día, la mujer de la guardia tacha con tinta
negra las golondrinas que anuncian la llegada de la primavera. “Está
prohibido dibujar palomas”, le dice en tono severo. Desde entonces, Sofía
no dibuja más pájaros, pero dibuja numerosos pares de pequeños círculos
entre las ramas de los árboles.
Son los ojos de los pájaros que están escondidos.
22
Afuera, la bruma que asciende atenúa la luz de este atardecer parisino.
Guardo mi cuaderno en la biblioteca y hago pasar a Laura. Tiene cuatro
años. Hablamos de la posibilidad de un viaje para visitar a su padre que está
preso desde antes de su nacimiento. Me dice: “Quiero ir a ver a papá… voy
a llevar un regalo sorpresa para los malos” y dibuja un paquete atado con
una cinta. “Sabés. este regalo, tiene una trampa. Lo van a abrir y ¡boommmm!
las estrellas”. Con orgullo, levanta su puño cerrado.
Casi sin pensarlo permanezco adherida a ese sueño que, sin ser mío,
no es diferente del mío. Somos llevados por miles de globos de colores,
a través del océano en un largo viaje. Ayer, volví a ver a Ana. Nos
conocimos hace tiempo Cuando solo tenía tres años, la pequeña fue
testigo desde la puerta de su cuarto de la destrucción de libros y muebles,
de los insultos a su madre embarazada, de los gritos, patadas y culatazos
propinados a su padre para hacerlo salir de la casa y llevarlo por la fuerza
a un lugar desconocido. Ana tiene ahora seis años. Dibuja una niña con
globos en la mano. Me dice con aire audaz: “Voy a ir con mi maestra, a
soltar estos globos sobre el mar… creo que van a llegar a otros países
porque son globos que no revientan. Sobre el globo está el nombre del
niño y de la escuela. Estoy segura que el que lo encuentre responderá…
Quisiera que llegaran a lo de Alicia, mi amiga; vive justo enfrente a mi casa,
allá. Recibí tres cartas de Uruguay… Agarro tres globos y los mando a la
casa de mis abuelos… Creo que los globos todavía no pueden llegar hasta
donde está mi papá… todavía no, pero algún día”.
M.U. de V., París, 1980
Traducido del francés por María Urruzola del
libro Exil et torture (Denoël 1989, París).
Esta versión ha sido corregida
y ampliada por la autora.

Los Niños del 11. …los milicos jodieron nuestra infancia.

Los Niños del 11. …los milicos jodieron nuestra infancia.

Los niños del 11: la voz de los 80, ya cansados de la transición inacabada

por 8 septiembre 2016

Los niños del 11: la voz de los 80, ya cansados de la transición inacabada
Pinochet jamás imaginó que serían los niños y niñas que miramos –estupefactos y sin comprender nada– cómo los militares hacían añicos la vieja república, los que, más tarde y junto a Los Prisioneros, seríamos “la fuerza, la voz de los 80” que lo tumbaría. Los mismos a quienes nos agotó el relato de una transición siempre inacabada, que no cumplió su propósito y que derivó en corruptela. Esta es una narración de lo que para muchos de esos chicos fue ese día, del que se cumplen 43 años este domingo.

Lucho Pérez recuerda que como a las 4:00 a.m. se llevaron detenidas a su hermana Patty y a su madre. Sus vecinos lo escondieron en un tarro de basura muy enfermo, desde donde, al día siguiente, lo rescató una vecina para esconderlo en su casa y posteriormente trasladarlo a la residencia de una tía en Villa Alemana. En su hogar, además de su madre y hermana, fueron detenidos su padre y su hermano Libio, con quienes solo pudo reencontrarse a inicios de los 80.

“El chico Ernesto”, como lo conocimos más tarde en la JS de Talca, o Martín, como solían llamarlo en Santiago, nunca perdonó a los militares el secuestro de su perro “Ringo”, motivo por el cual hasta hoy desde Punta Arenas insiste en que, también, es un detenido desaparecido. Fue lo sucedido a su mascota, más que lo que atravesó su familia, el verdadero motivo por el cual ingresó a comienzos de los 80 a la política para enfrentar  a la dictadura. El ahora magallánico, sinceramente cree que no hubo proyecto ni programa político para arriesgar la vida sino, lisa y llanamente, el desquite con una dictadura que le robó su infancia.

Alejandra Pallamar vivía en Coya y recuerda que “nos fuimos del colegio temprano, a mediodía. El 11 y todo septiembre comienza a ser una nebulosa. Me acuerdo que empezaron los rumores, que algunos vecinos destaparon botellas de champaña, brindaron y en mi casa no lo hicieron, que mis padres estaban muy angustiados y que mi cumpleaños fue muy triste: solo con galletas de agua. Septiembre fue un mes donde no sabíamos nada de mi hermano, llegaban rumores, historias de que gente aparecía en el río del Mapocho y la visita insólita de un primo que era boina negra que quería saber dónde estaba Pablo. Y mi papá claramente se deprimió, él intuía que iba a ser algo doloroso para ellos… lo otro fuerte que me pasó es la sensación de incertidumbre que había en Coya, familias que tenían altos cargos desparecieron, nunca más se vieron, los Rojas, Trufello, Ireland, etc.”.

La psicóloga  reitera que era una época  de  mucha angustia y que se “volvió pa’ dentro”: “De alguna manera me puse estudiosa, más introspectiva, como una manera de defender posiciones, como un arma de defensa. Yo me sentí parte de una familia vulnerada en derechos, y eso me volvió más estudiosa”, al punto que en 1983, la hermana del extremista –según el diario local– era puntaje nacional en la PAA.

Rosa Acevedo tenía, en 1973, 11 años y vivía en la Isla del Guindo en Santa Cruz. Esa mañana estaba con su padre debajo de una mata de nísperos leyendo una revista de historietas de Tarzán o de La Trinchera: “Teníamos una radio y empiezan a transmitir que La Moneda ha sido atacada. Era cerca de mediodía, y mi papá dice que ‘hay que tener cuidado, esta noche no vamos a dormir tranquilos’. Estuvimos ahí hasta cuando empezaron a bombardear La  Moneda, y mi papá se puso intranquilo y sin saber qué hacer, hasta que dice ‘me voy a quedar aquí porque no va a pasar nada’, aunque luego señala que ‘si vienen pacos o milicos, ustedes lo que tienen que decir es no sé’, nada más y eso me quedó grabado. Y de ahí se saltan mis recuerdos hasta que, cuando anochece, estábamos durmiendo y como 8 o 10 milicos nos empujan la puerta y nos hicieron levantarnos y a mi papá lo sacaron solo en calzoncillos y nos apuntaban. Después levantaron los colchones y los picanearon con fusiles hasta destruirlos”.

A Rosa el 11 le marcó su vida: “Recuerdo que esa noche también se llevaron a su primo Matías y que cuando los suben al camión mi mamá le alcanza a pasar ropa a mi papá. Serían ya como las cuatro de la mañana. Y ahí llegan con el Matías y lo sientan a su lado. Era un camión militar con barandas y ahí mi viejo desapareció. En la casa los milicos empezaron a revisar y encontraron unas revistas Punto Final firmadas con mi nombre, y un milico pregunta ‘¿dónde está la Rosa Acevedo?’, y mi mamá le dice ‘está frente a Ud., es esta niñita’. Luego no volvimos a dormir y ella salió en busca del papá al otro día muy temprano. Fue primero a la comisaria en Santa Cruz, donde no estaba, y luego lo encontró en San Fernando, detenido en el regimiento”.

Vicente Peña Palominos, que tenía 16 años y cursaba el 3° Medio en la Escuela Consolidada de Experimentación de San Vicente de Tagua Tagua y ya por entonces se consideraba un allendista, rememora así ese día: “Estaba en clases y, como de costumbre, estas se suspenderían prontamente pues era 11 de septiembre, día del maestro, y nos aguardaba un acto conmemorativo en el cual debía participar con una de mis poesías, que precisamente había  escrito para la ocasión. Era un día gris con mucha ausencia a clases de parte de mis compañeras y compañeros. Al momento de dar inicio al homenaje al profesor, se anuncia por parlantes que debíamos retirarnos a nuestras casas. Todo fue desconcierto y se rumoreaba que algo extremo podía pasar. Fue un día muy triste, gris, pletórico de miedos y angustias. Al regreso a casa, vi en las calles a personas celebrando y amenazando a quienes transitábamos por las aceras. El movimiento de carabineros transformados en soldados, con sus cascos y armas, se escurría por todos lados. Mi madre nos esperaba en las puertas de mi hogar con su rostro compungido y presa de mucha tristeza y miedo. Algunos vecinos, comerciantes  de origen árabe –turcos, les decíamos– aplaudían y  cantaban alegres. Tal acto  contrastaba con la pena de nuestros rostros cabizbajos. Ese día, pasamos pegados a la  única radio a pilas”. Para Vicente, durante años, recordar ese día fue un verdadero trauma.

Claudio Contreras Labra, quien era el presidente del Centro de Alumnos del Industrial de San Fernando, no resiste la presión del Golpe y solitario frente a las estrellas se suicida el 11 por la noche en el fundo Huichunguala. Gloria Durán, por entonces alumna del Liceo de Niñas de San Fernando y novia de Claudio, 43 años después aún no supera aquel hecho dramático.

Esteban Valenzuela, con 9 años y cursando el 4° básico del Instituto O’Higgins en Rancagua, relata que ese día “iba llegando al colegio, la mañana gris del 11 de septiembre a las 8:20 a.m., cuando estudiantes más grandes regresaron gritando que los militares estaban derrocando a Allende… En la casa, mamá, Manolín, Kuky, la abuela y la tía Cora escuchaban la radio, las últimas palabras de Allende en Radio Magallanes, y vieron en la televisión las imágenes del combate… la abuela nos dio almuerzo en total mudez. Mi padre llegó con rostro serio –no hubo euforia, ni banderas chilenas, lo recuerdo bien, él supo que el Golpe era un fracaso, una tragedia… fue un martes nublado, frío, triste–. La hoguera creció cuando papá, con los ojos humedecidos, regresó del cuarto del fondo de la casa con un alto de libros de marxismo y sindicalismo del abuelo Manuel. Mi papá no se quedaba dormido esa noche, yo lo abracé sin escuchar sus ronquidos”. El 11, también, marcó a fuego su vida futura.

Néstor Ramírez, santacruzano, dirigente estudiantil en el Liceo, miembro del Frente de Estudiantes Revolucionarios (FER), relata así aquel día fatídico: “Estábamos en el liceo cantando la Canción Nacional cuando aparecieron los milicos en el recreo y nos sacaron a todos de clases y nos reunieron en el gimnasio y ahí nos dijeron que ‘las cosas habían cambiado en este país, que los estudiantes debían dedicarse a estudiar, que gobernaba una Junta de Gobierno y la Canción Nacional había que cantarla con ganas’. Y luego señaló que ‘aquí hay unos alumnos problemáticos que los vamos a subir al escenario. Entonces subieron a Fidias Cucumides, a Donoso, después a otro Cucumides (Tatico) y enseguida yo. El milico nos humilló. Luego nos llevó a la sala del director y explicó que en un bolso de una niña de San Fernando había aparecido un panfleto contra la junta y que debíamos saber, mientras nos amenazaba con el corvo y nos pedía averiguar. En la tarde volvimos para decirle que no habíamos podido indagar nada. Nos empezamos a separar y no volvimos a juntarnos. Empecé a buscar amigos de derecha. Mi papá preso, ¿para qué iba a dar más problemas de los que había ya en mi casa?”.

Titín, que tenía 14 años y se encontraba en aquella época internado en la Escuela Granja de Santa Cruz, evoca así el 11: “En la escuela, teníamos tele, estábamos tomando desayuno y mirando las noticias cuando nos enteramos que había un pronunciamiento militar y rumbo a la sala un profesor nos dijo que ya había milicos controlando y que no podíamos salir de la escuela. Estaba asustado, pues yo sabía lo que estaban atacando los milicos y que al viejo se lo iban a llevar preso, uno estaba en antecedentes de qué se trataba y era un hecho de que íbamos a ser perseguidos. Cuando pasaron unos dos días nos mandaron para la casa y mi papá ya estaba preso, igual que mis tíos y mi primo. Estuvo esa vez como tres meses, y la segunda que estuvo detenido, yo sí estaba en la casa. Fue en invierno, estábamos en una cocina con leña tomando desayuno y con casco y metralleta lo sacaron esposado, le dijeron que llevara unas frazadas, porque no iba a volver luego, lo subieron a un camión con tolva, los pusieron boca abajo y los trajeron a la comisaria de Santa Cruz y después a San Fernando”. Esa fecha marcó su vida.

José Luis Almonacid tenía para el 11 apenas tres años. Su padre, el profesor Luis Almonacid, no se encontraba en casa el 14 de septiembre de 1973, cuando una patrulla militar encañonó a su madre, quien estaba embarazada de ocho meses. Sin embargo, no tuvo la misma suerte el día subsiguiente: el día 16 a las once de la mañana, el maestro volvió a casa a verla, pues no estaba alojando allí por razones de seguridad. A eso de las once y media de la mañana llegó una patrulla a buscarlo. Lo sacaron a empujones, no le dejaron ponerse el vestón y se lo llevó Carabineros. Lo empujaban y él iba nervioso, con las manos en alto. Almonacid usaba lentes y al llegar a la esquina el dirigente gremial trastabilló e intentaba sujetar sus lentes que se le caían cuando sintió la ráfaga de la metralleta. Cayó herido de muerte. A la madre de José Luis se le desprendió su placenta y perdió al hijo que estaba en su vientre. Su familia fue destruida.

 

En mi caso, recuerdo que cursaba el 1° básico en la Escuela N° 3 de San Bernardo y que mi mamá despertó ese día con una crisis debido a la compleja relación que tenía por ese tiempo con mi padre o por el recuerdo de su hermana –la tía Gladys– fallecida en enero de 1973, en el balneario de Quinteros. Ese fue un día nublado y triste, ella veía fantasmas de mujeres y de mí tía en el patio, mientras yo miraba asustado. No recuerdo si fue por eso o por el estallido del Golpe que no fuimos a clases. Luego, se sintieron volar rasantes los Hawker Hunter que iban a bombardear La Moneda. Nos trasladaron a la casa de la abuela que estaba ahí mismo pero adelante, a la habitación en que estaba la tele y donde habitualmente veíamos los dibujos animados o Música Libre. Allí colgaba un retrato hermoso de la tía fallecida, mientras mi mamá decía que conversaba con ella al tiempo que la radio anunciaba la muerte del Presidente.

Desaparecieron los marihuaneros –hippies– de la plaza Guarello, se acabaron las colas donde la mayoría de nosotros recibió su primer sobrenombre y los negocios estaban llenos de mercadería, mientras los jeeps con militares se tomaron la calle J.J. Pérez en la que vivíamos. Hubo una operación rastrillo en el barrio y a los niños nos encerraron en la misma pieza donde estuvimos el 11, mientras el militar que comandaba la acción decía a los grandes, en la cocina, “no queremos matar a nadie, así que, si tienen armas, entréguenlas”. No tengo ningún recuerdo de si tuve o no fiesta de cumpleaños ese año, pero del 11 me acuerdo casi completamente.

Rosa Riquelme vivía en Curicó y sus remembranzas son las de una niña que, para la fatídica fecha, cuenta con apenas seis años y cuyo abuelo era de izquierda y que el 70 votó por Allende. A partir de ese martes vivió el terror de la dictadura y de no hablar palabra alguna en casa. Vivía en un barrio que estaba en la mira de los militares y todavía resuenan en su mente los balazos de aquel día.

Ricardo Díaz, próximo a cumplir siete años, vivía en Pichingal, sector rural de Molina. Recuerda que estaba en 2° básico e iba a clases por la tarde. Eran las 11.00 a.m. y estaba viendo Plaza Sésamo en Canal 13 cuando de repente cortan el programa y empiezan a transmitir el Golpe. Según él, “se veían tanques militares y yo no entendía nada y mamá tampoco decía nada”. Cree que no tuvo clases y que luego comenzaron a pasar camiones repletos con milicos en busca de un vecino que vivía a metros de su casa. Su papá llegó presuroso del trabajo a mediodía y ahí les contó lo que pasaba: “Pinochet en la tele, discursos y bandos, día gris y nublado”, recuerda.

José Miguel Arriagada residía por entonces en una comuna metropolitana y tenía seis años. Ese día su padre debió trabajar y de regreso debía tomar micro frente a La Moneda. Recuerda que los milicos lo detuvieron y le revisaron sus cosas. En su casa, por entonces, vivía un primo que estaba haciendo el servicio militar, que se lo llevaron a La Moneda y le ordenaron disparar a quien se moviera y eso le daba un tremendo susto, pues sabía que su tío debía estar por esos lados. Más tarde les confesó que estuvo muerto de susto, pues lo único que no quería era dispararle a su padre. El Chino vivió la angustia de su madre por la tensa espera de su padre.

Hugo Sarmiento vivía en Pudahuel y tenía seis años: “Mi viejo llegó del trabajo y desde el patio vimos pasar los aviones. Mi abuelo tuvo que caminar desde el centro hasta la casa y luego, por la noche, nos reunimos todos en su casa para estar más seguros. En la casa de mi abuela materna lloraron a Allende, aunque yo no entendía mucho lo que estaba pasando”, confiesa.

Max Coloma, contaba también con seis años y era hijo de un miembro de la comisión política del PS, quien deambulaba por Santiago ese día intentando hacer algo. Max, le confesará más tarde a Hernán, ya clandestino, que quiere contarle algo: “Supongo que tú ya sabes que murió Allende y sé que ese es el motivo por el cual tú no estás. Quiero decirte que yo vi cuando murió Allende, pues me subí al techo y pude mirar cómo los aviones bombardeaban La Moneda”.

En general, los niños del 11 lo pasamos bastante mal porque la tragedia de ‘nuestros grandes’ no se acabó ese día: siguió luego con la amargura de algunos de ellos presos; con el allanamiento periódico de nuestros barrios –como la René Schneider de Rancagua–, y con las puertas crujiendo producto de las patadas de los milicos; del requisamiento de nuestros libros de 1° o 2° básicos, porque decía “población Unidad Popular”, y el llamado de atención a nuestros padres; con el hambre de fines de los 70 o la militarización de la sociedad en los 80.

Por eso tal vez tenga razón Lucho Pérez: nuestro odio a la dictadura no fue ideológico ni programático, fue visceral, revanchista, porque los milicos jodieron nuestra infancia.

Es por eso que ya en los 80, siendo adolescentes, sea en la Universidad Católica, como les sucedió a Teo y Alejandra; en Concepción, como les ocurrió a Rosita y Alejandro Navarro; o en Talca, como nos pasó a varios,  colaboramos intensamente en la reconstrucción de nuestros centros de alumnos y federaciones, mantuvimos el ánimo en alto, ingresamos a militar la mayoría al socialismo y nos inscribimos masivamente para derrotar a Pinochet el 88, pues, a diferencia de ahora, entendimos que el fin de la dictadura era una  tarea donde cabían todos –viejos y nuevos– y no una atribución exclusiva de una generación, como puede deducirse de esa cantilena de frases alambicadas de algunos nuevos liderazgos que ya nos empiezan a agotar con su relato. Entendimos  que la juventud es una condición que se pasa con el tiempo.

Pinochet jamás imaginó que serían los niños y niñas que miramos –estupefactos y sin comprender nada– cómo los militares hacían añicos la vieja república, los que, más tarde y junto a Los Prisioneros, seríamos “la fuerza, la voz de los 80” que lo tumbaría. Los mismos a quienes nos agotó el relato de una transición siempre inacabada, que no cumplió su propósito y que derivó en corruptela.

LA MATERNIDAD Y LOS HIJOS: UN FOCO DE TENSIÓN PARA LA MILITANCIA FEMENINA. ANÁLISIS DE UN GRUPO DE MILITANTES DE ORGANIZACIONES POLÍTICO-ARMADAS DE LOS AÑOS ‘70 EN ARGENTINA

Referencias bibliográficas

Contenciosa, Año II, nro. 3, segundo semestre 2014 – ISSN 2347-0011
LA MATERNIDAD Y LOS HIJOS: UN FOCO DE TENSIÓN PARA LA
MILITANCIA FEMENINA. ANÁLISIS DE UN GRUPO DE
MILITANTES DE ORGANIZACIONES POLÍTICO-ARMADAS DE
LOS AÑOS ‘70 EN ARGENTINA

PATRICIA GRACIELA SEPÚLVEDA (UNQ – CeHCMe)
Universidad Nacional de Quilmes. Centro de Estudios de Historia, Cultura y Memoria . Cátedra Abierta de Género y
Sexualidades (UNQ)
Roque Saenz Peña 352 Bernal (B1876BXD) Buenos Aires, Argentina.
pgsepulveda@unq.edu.ar
Resumen:
En este artículo se da cuenta de cómo las concepciones sobre el compromiso político, la pareja y la maternidad atravesaron la construcción subjetiva de un grupo de militantes de dos organizaciones político- militares en Argentina en la década de 1970. Se trató de quince mujeres
varones y mujeres cuyo devenir se vio interrumpido por la implantación de la represión.

Aunque la maternidad como realización en la pareja no pareció cuestionada, fue resignificada al…

Ver la entrada original 591 palabras más