un análisis desde la extrañeza. El feto entre política y comunicación

  • ¿Qué es un cuerpo seguro? el feto entre política y comunicación
  • What is a safe body? the foetus between politics and communication
Cristian Alexis Cabello Valenzuela

Resumen

En mayo de 2011 y durante solo tres días el gobierno de Chile suprimió el uso de químicos lacrimógenos para reprimir manifestaciones por sus posibles efectos abortivos. A partir de este “momento político” -que puso en duda a una política oficial- el presente ensayo realiza un análisis de los modos de enunciación comunicacional que representaron al feto en política, una figura que develó su fuerza como significado relacionado con la vida. La discusión del feto desde la comunicación -más allá de visiones a favor o en contra del aborto- revela la importancia de los discursos técnico-científicos para la política actual y la fragmentación tecnologizada y visual del cuerpo, reconfiguraciones de los modos de comprender el cuerpo en un contexto mediatizado.    

Abstract

In May of 2011 and for only three days the government of Chile eliminated the use of chemicals to suppress protests because of its possible abortifacient effects. From this “political moment” -questioned official policy- this essay is an analysis of modes of enunciation fetus representing communication in politics, a figure that revealed strength as related to life meaning. The discussion of the fetus from the communication -past visions in favor against abortion- reveals the importance of technical and scientific discourse to the current policy and technologized and visual fragmentation of the body, reconfiguration of the ways to understand the body in the mediated context.

Palabras clave

Comunicación, biopolítica, feto, ciencia, visualidad

keywords

Communication, biopolitics, fetus, science, visual

Texto completo: PDF

Revista NOMADÍAS Nº 15, 2012

El feto aparece de modo polémico en el escenario público mediático, una biología política que aparece como cualquier otra partícula ciudadana. Un no-sujeto1 que protagoniza sin voz propia tensiones y conflictos en “la política” y su sistema de poder oficial. Sorprendente es cómo un grupo de células indiferenciadas, el momento original de lo denominado vida, se hace parte y circulación de posiciones transcendentales para la política. Esta organicidad de células cubiertas y escondidas en úteros (e invisibles para la mirada humana) aparece constantemente en el territorio de la política, su presencia es siempre polémica ya que constituye de por sí un conflicto moral y político. ¿Pero cómo se hacen visibles este conjunto de células? El presente texto busca reconocer cómo vemos y de qué modo es la representación política del feto en el espacio comunicacional de la política, que desde ya señala –al incluir al feto en su campo– una barrida a delimitaciones binarias de la política oficial, haciendo suya las ficciones biológicas de un feto, otorgándole una presencia más que humana y con poder a estas células comprendidas como la “vida”. Se trata de un análisis desde la extrañeza que significa un feto en la política y desde la profundidad con que los discursos biológicos se entrelazan para descentrar la política. Fijar la mirada en el feto es un modo de desorientar la mirada de lo común, de posiciones ya definidas o discusiones consideradas ya acabadas. Por lo tanto el presente texto no busca reedificar una identidad o representación de la política, sino atreverse a pensar eso que el feminismo más ortodoxo no se ha atrevido a discutir por considerarlo “biológico” o “esencialista”. Las discusiones sobre el aborto insisten en legitimar solo la existencia de la mujer, negando la producción simbólica de una figura como el feto, ya que “la sociedad debe considerar, en primer término, la condición del sujeto mujer” (Casas, 2009). Más que buscar mejorar la representación de las mujeres en política o “corregir la subrepresentación de las mujeres en política” (Castillo, 2011, 87), más que confiar en otra naturaleza simbólica es primordial poner en disputa y conflicto conceptos ya naturalizados y hegemónicos en el espacio público y político de la comunicación2 .

Qué es un cuerpo?… Un dolor sin cuerpo Así sucedió con la paradójica “acción política” donde el gobierno de Sebastián Piñera decidió paralizar el uso de bombas lacrimógenas (utilizadas como violencia estatal o represión del Estado contra cuerpos de manifestantes para retornar al orden) durante las manifestaciones ciudadanas de carácter ecológico realizadas durante mayo de 2011 en la ciudad de Santiago. La tensión entre ciencia y política –o la intromisión explícita del discurso científico como política– se hizo visible unos días antes cuando Andrei Tchernitchin, experto en Toxicología de la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile, afirmó “el potencial efecto abortivo de las bombas lacrimógenas que son usadas por Carabineros para disuadir manifestaciones”3 . Las armas del gobierno, que se asoman públicamente no como armas sino como posibilidad de orden y seguridad, paradoja que ya reconoce Esposito al presentar la fuerza y violencia propia de cada ley, donde el derecho convocado para la producción del orden y la seguridad pública no es más que “una violencia a la violencia por el control de la violencia”, “un pasaje interno de la violencia: su racionalización” (Esposito, 2005, 46-48). Estas tecnologías de castigo, ya no dañan todo un cuerpo, ya no se da un combate entre dos equipos de modo explícito, se deja de lado la lucha física. Así lo afirmaba el toxicólogo respecto a los efectos del gas CS usado en las lacrimógenas: “[es] un agente irritante, cuyo efecto dura 30 minutos y produce lagrimeo, visión borrosa, irritación bucal, cefalea, salivación intensa y dificultad para respirar, también puede producir sangramiento de las narices y edema pulmonar (…) [nosotros] propusimos que uno de los efectos que podría producir sería inducir abortos o partos prematuros e Israel confirmó que este componente es abortivo y también puede generar problemas respiratorios graves en la tercera edad y los niños”4 . Un daño momentáneo, que parecía no importar, ya que era justamente temporal, sin efectos profundos en el cuerpo. Sin embargo, la posibilidad de aborto que presentaría señala un hito que marcaría más allá de lo anecdótico al cuerpo. La política oficial, gubernamental, ya no hace sangrar al enemigo, sino que el daño es químico, menos visible: vía oral, nasal, respiratoria y ocular, el clorobenzilideno malononitrilo que contienen estas “armas de la seguridad” asfixia los sentidos, impide ver el horror de la violencia, desorienta los sentidos al frenar la posibilidad de ser el espectador del daño5 , dificulta respirar con normalidad, convulsiona el cuerpo, pero solo por más de 20 minutos, es decir llegamos a un momento extremo donde la violencia –adueñada por presentismos– se vuelve “temporal”. El daño parecía ser focalizado y temporal, sin huellas, su efecto no está dirigido a un sujeto en particular, sino a los órganos y la sistematicidad del cuerpo, no al cuerpo en sí. Este giro desubjetivizante es radical para comprender los modos de acción de la política actual donde “el cuerpo no está [en la política] o, por lo menos, no es uno. Ni siquiera la guerra moderna toma hoy el cuerpo seriamente (…) [porque] no se trata ya de matar sino de permitir que algunos continúen viviendo” (Braidotti, 2000, 99). Esto lo afirma la teórica feminista Rosi Braidotti en su ensayo Órganos sin cuerpos donde muestra cómo el cuerpo es representado fragmentariamente en el escenario público-político, siendo ahora lo comunicacional biopolítico la producción de imágenes de órganos más deslocalizados, órganos de cualquiera, órganos que son fetiche absoluto y atento del Estado y que permiten restar la traumática y compleja experiencia que significa ejercer la política con individuos. Presenciamos entonces “el ocultamiento del cuerpo físico” (Braidotti, 2000, 99) reemplazada por una circulación de los fragmentos, unos zooms que desorientan pero que otorgan la impresión de conocer con más profundidad o una exhibición científica que permite exhibir de modo más real (“3D”, “digital”) incluso el “interior” del cuerpo. Esta es una transformación radical de una escópica del cuerpo, ya que el daño sería focalizado, más controlado y por lo tanto menos relevante para los sujetos. Son estos istmos corporales los que ya no constituyen simplemente mera superficialidad de la vida cotidiana, sino que esta semiotización es política en tanto neutraliza y controla su relación con una violencia oficial. Se trata de una tecnología incluida en el cuerpo, una tecnología que no es inocencia, sino que está producida y produce ciertos saberes y sentidos sobre la vida. Figuras tan particulares se convierten fundamentales en el “mundo práctico”: “chip, gen, semilla, feto, base de datos, bomba, raza, cerebro, ecosistema. (…) Estamos habitados y deshabitadas por estas 15 CRISTIAN CABELLO V. • Qué es un cuerpo?… figuras que diseñan universos de conocimiento, práctica y poder” (Haraway, 2004, 28). Existen múltiples discursos –y divergentes– que desde distintas ciencias y saberes se apropian de fragmentos materiales de los cuerpos: psicología, higiene, ecología, seguridad, moda, tecnologías, política y comunicación son algunas de las “disciplinas” desde donde el cuerpo es retomado como el centro de sus funciones disciplinarias, funciones que por su multiplicidad producen desorientaciones y confusiones en el orden del sujeto. Lo fundamental entonces es que estos fragmentos-órganos-con-vida logran una escenificación pública sobresaliente y protagónica, tanto que ya no luchamos en política por una integración de sujetos políticos, sino que enfrentamos una política que nos hace mirar como su esencia unos “órganos políticos”. La política ya no requiere de la generalidad de un cuerpo, sino que lucha políticamente por un corazón sano, en contra del cáncer, en apoyo a la reconstrucción de la sonrisa de las mujeres6 , luchas fragmentarias donde lo central es una parte desubjetivizada de los ciudadanos. Este control hiperdiseccionado en torno a la vida de los sujetos ya lo visualizó Foucault cuando se refería a que la política estaba en el cuerpo o “anatomía política” referente a una microfísica del poder que disciplina las conductas de los cuerpos y que “tiene su intensidad máxima no en la persona del rey, sino en los cuerpos que esas relaciones, precisamente, permiten individualizar” (Foucault, 2002, 211). Pero es momento de radicalizar y exacerbar la tesis de la disciplina frente a un poder que se olvidó del cuerpo para pasar a sus fragmentos como foco de (des)atención pública. Es así como el feto7 se asoma como un organismo más presentado y presente por una política dedicada e interesada en hacer representaciones públicas de lo biológico como eje moral y ético de su plataforma mediática. De este modo, y frente al temor de producir abortos a partir de las tecnologías de orden público, el Ministerio del Interior y Seguridad Pública del Gobierno de Chile, Ministro Rodrigo Hinzpeter, decidió suspender el uso de bombas lacrimógenas en contra de los manifestantes que recorrieron de modo masivo y excepcional las avenidas del centro de Santiago: “Siendo la protección de nuestros compatriotas el principal objetivo de nuestro Gobierno, nos parece que es razonable suspender el 16 Revista NOMADÍAS Nº 15, 2012 uso de esos gases lacrimógenos hasta que nuevos informes médicos nos permitan disipar más allá de cualquier duda la procedencia del empleo de estos gases para enfrentar situaciones de desorden público”8 . Con esta acción ocurrió una fisura, una puesta en duda desde lo biológico que afectó la rigurosidad de la seguridad del Estado, a través de una extraña decisión política de carácter pacífica que se extendió como medida solo por 3 días, es decir como una excepción, una duda del Estado. Una naturaleza que podía morir estaba en tensión tanto en los terrenos geográficos como corporales, ambos territorios en disputa donde lo natural buscaba permanecer intacto9 . Mientras se posicionaban a favor de la naturaleza, en contra de unas tecnologías transnacionales que podrían “inundar lo natural” del sur de Chile, las tecnologías químicas de represión intoxicaban el deseo de la protesta. La bioviolencia de los químicos se introducía en los organismos y ahí, en la posibilidad médica, aparece el feto como otro tipo de política de lo natural. El feto que fue posicionado como una “vidavíctima”, como una biología vulnerada, un modo de defensa de la vida natural, pero por sobre todo como el modo principal en que el Estado protege a sus ciudadanos. Si bien no se menciona de parte de la oficialidad la cuestión del feto de modo explícito, se asume como una negación afirmativa que produce un actuar en torno a la protección y precaución de la política. Es el feto la única vida, la vida más pura, que interesa a la política mantener viva. Paradojalmente, sin ni siquiera ser lema de los manifestantes, esta politización biológica esencialista del feto se vuelve el principal (e inesperado) gesto pací- fico y no-violento de una “política fetal” que justamente hace (in) visible su violencia gracias a las sobredosis simbólico-mediáticas de la protección ciudadana: quien producía la seguridad y protegía a sus ciudadanos, ahora puede que realice un daño. Sin embargo, es también paradojal que, si bien sabemos que las herramientas de control y orden público como las lacrimógenas producen un daño –invisible en tanto no se hace público– o ejercen violencia sobre los cuerpos que se manifiestan, contrariamente es el daño que afectaría al feto el que logra mayor realce y protagonismo en la escena política, es esa vida, eso que no se nombra pero que 17 CRISTIAN CABELLO V. • Qué es un cuerpo?… puede estar ahí en los cuerpos de quienes protestan. Es esta “vida” la que sobrepasa y se realza por sobre miles de cuerpos que son reprimidos en el espacio público. ¿Esta sobreexposición espectacular del feto (o su posibilidad) se deberá justamente a que no hay precisión científica sobre su existencia y por tanto es este dolor sin cuerpo el que se considera más positivo y protagónico para hacerse mostrar en la política, en detrimento de ese otro daño que afecta como un ya sabemos a los manifestantes de las calles? El poder de lo innombrable La característica de la aparición del feto en el espacio públicocomunicacional es justamente la dificultad de nombrarlo. Se crean y reproducen estrategias de la discursividad política precisamente para no nombrar lo innombrable que lo constituye: la posibilidad del feto. El feto nunca aparece en política sino solo a través de sus contornos, sus merodeos que no demuestran sino el miedo de la política frente a la dificultad y el cuidado de nombrar a una “política fetal”. Una dificultad significa abordar la discursividad política del feto a través de sus representaciones. Analizando la imagen del feto el biólogo Jorge Díaz se pregunta “¿cómo mirar estas ecografías de fetos reproducidas por una tecnología audiovisual en cuyas imágenes se conectan debates tan polémicos y necesarios como el derecho al aborto y el estatuto de lo “humano”?” (Díaz, 2011). Ante la polemicidad del feto como política no podemos reducir su significado a un valor naturalizado ni menos a lo estático de una cosificación representacional. La significación política no se comporta solo como información, espectáculo, referencia, “pura exhibición, alusión o tratamiento, sino que ella estaría alojada en su propia producción y circulación discursiva (…) constituyendo a la propia televisión como un agente discursivo y un dispositivo de enunciación política” (Arancibia, 2006, 89). Es el cómo se producen las articulaciones del feto –y no qué es el feto– el cuestionamiento que dirige la presente investigación, comprendiendo esa anatomía de la comunicación, sus articulaciones, ese “cuerpo de las imágenes” entendido como “una problemática sobre las condiciones enunciativas no lingüísticas de la mediatización” (Verón, 2001, 110). Esta mirada crítica sobre la comunicación  política impide caer en los pantanos de la ética y la moral respecto al cruce entre política y feto, pero además coopera como metodología para comprender esa desaparición de la representación como contenido en la mediatización del feto en el caso analizado en Chile. Así, por ejemplo, los discursos del Ministro del Interior manifestaron –entre la seriedad política y el manto de desconocimiento sobre el mismo tema– lo innombrable del feto como definición de su misma política fetal: “con el objeto de dar espacio para que esta legítima polémica se disipe [¿se refiere a la polémica por la posibilidad de abortar eso que llamamos vida, embrión, feto?] y todos los chilenos podamos tener la tranquilidad de que estamos frente a elementos que pueden usarse en situaciones de desorden público o eventualmente nueva información científica nos allegue a conclusiones distintas [¿distintas respecto a la posibilidad de que las lacrimógenas da- ñen al feto?], hemos resuelto que estos gases lacrimógenos no sean utilizados por Carabineros de Chile”10. ¿No serán utilizados estos gases justamente para cuidar la vida de posibles embriones de padres revolucionarios? ¿Qué es lo que la política no desea nombrar, sino solo merodear y aplicar bajo conceptos técnicos como lo demuestra el discurso del ministro (donde a pesar de lo técnico-científico no hay nada exacto)? El feto nunca aparecerá en política sino como fragmento, o también como lo no-dicho, lo liminal del discurso. Sin embargo el feto aparece, está presente, es una presencia sin cuerpo mediatizado que genera y produce la activación de una política discursiva de la precaución y el cuidado, promueve la revisión y examinación atenta y permanente. La paradoja es: ¿cómo representamos lo que se mantiene desaparecido para el mirar? Al parecer la política ya no requiere de lo visible sino de lo visual:

DOI: 10.5354/0719-0905.2012.21141

Consenso y Disenso en la Memoria Histórica y en las Actitudes Hacia la Reparación en Tres Generaciones de Chilenos.

Resumen

CARVACHO, Héctor et al.

Consenso y Disenso en la Memoria Histórica y en las Actitudes Hacia la Reparación en Tres Generaciones de Chilenos. Psykhe[online]. 2013, vol.22, n.2, pp. 33-47. ISSN 0718-2228.  http://dx.doi.org/10.7764/psykhe.22.2.601.

El análisis de una pregunta abierta muestra consenso intergeneracional y entre grupos políticos en que el golpe de Estado de 1973 y la transición a la democracia son los elementos centrales de la historia política chilena. Usando un modelo de ecuaciones estructurales, se encontró que los grupos políticos disienten en su valoración de las políticas de reparación (la izquierda tiene actitudes más positivas), en función de las actitudes ideológicas que subyacen a la orientación política.

Palabras clave : generaciones; memoria histórica; socialización política; orientación política; actitudes ideológicas.

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En 2 estudios correlacionales, con muestras basadas en cuotas de nivel socioeconómico, edad y género (N1 = 996 y N2 = 841), en Santiago de Chile se evaluaron 2 hipótesis: (a) chilenos que se socializaron políticamente en diferentes épocas (previa, durante y posterior a la dictadura) y que tienen diferente orientación política (izquierda, centro o derecha) manifiestan consenso en su memoria histórica, pero disenso en su valoración de las políticas de reparación hacia víctimas de la dictadura y (b) las actitudes ideológicas (autoritarismo, apoyo a la democracia y orientación a la dominancia social) explican las diferencias en la valoración de las políticas de reparación. El análisis de una pregunta abierta muestra consenso intergeneracional y entre grupos políticos en que el golpe de Estado de 1973 y la transición a la democracia son los elementos centrales de la historia política chilena. Usando un modelo de ecuacionesestructurales, se encontró que los grupos políticos disienten en su valoración de las políticas de reparación (la izquierda tiene actitudes más positivas), en función de las actitudes ideológicas que subyacen a la orientación política.

Palabras clave: generaciones, memoria histórica, socialización política, orientación política, actitudes ideológicas


In 2 correlational studies conducted in Santiago de Chile (N1= 996 and N2= 841) —with samples based on quotas of socioeconomic status, age, and gender— 2 hypotheses were tested: (a) that Chileans socialized in different political context (before, during or after the dictatorship) and who have different political orientations (left, center or right) exhibit consensus in their historical memory, but differ concerning the evaluation of reparation policies toward victims of the dictatorship, and (b) that ideological attitudes (authoritarianism, support for democracy, and orientation towards social dominance) explain differences in the evaluation of the reparation policies. Analysis of an open question showed consensus between generations and between political groups about considering the coup d’état in 1973 and the transition to democracy as the central elements of Chilean political history. Results of structural equation modeling showed that political groups differ in their evaluation of reparation policies (with the left being more supportive). Dissent was explained by the ideological attitudes underlying the left-right distinction.

Keywords: generations, historical memory, political socialization, political orientation, ideological attitudes


¿Qué tan profundo es el impacto de los eventos políticos más importantes de la historia en la cultura política de un país? ¿Es posible hablar de generaciones que son definidas por su experiencia compartida en torno a uno de estos eventos? Durante los últimos 100 años no hubo un evento más relevante para la historia política chilena que el golpe de Estado de 1973 y la subsecuente dictadura que duró 17 años. A través de dos estudios, buscamos, en primer lugar, explorar el impacto que tuvo la dictadura en la cultura política chilena y, en particular, si la memoria es afectada por el contexto político en el que las personas han sido socializadas: antes, durante o después de la dictadura. En segundo lugar, examinamos la relación entre las actitudes sociales que subyacen la orientación política y las actitudes sobre las políticas de reparación hacia las víctimas de violaciones de los derechos humanos.

La relevancia del golpe de Estado del 11 de Septiembre de 1973 y la dictadura encabezada por Pinochet hasta Marzo de 1990 se refleja en el estudio de la memoria histórica en Chile. Esta línea de investigación se ha concentrado en identificar cómo la memoria histórica se construye usando el golpe de Estado y la dictadura como sus referentes más importantes (e.g., Arnoso, Cárdenas & Páez, 2012; Escobar & Fernández, 2008; Haye, 2003; Manzi, Helsper, Ruiz, Krause & Kronmüller, 2003; Piper, 2005; Prado & Krause, 2004; Tocornal, 2008; Waldman, 2009). Se han descrito, por un lado, los patrones discursivos de los distintos grupos ideológicos involucrados en el conflicto (e.g., Manzi et al., 2004; Ruiz & Krause, 2003) y, por otro, las diferencias entre generaciones que fueron socializadas en distintos contextos políticos (Arnoso et al., 2012; Concha, Guichard & Henríquez, 2009; Guichard & Henríquez, 2011; Manzi et al., 2003).

En los estudios que reportamos en este artículo buscamos extender esta línea de investigación, abordando, en primer lugar, los aspectos consensuales de la memoria intergeneracional y, en segundo lugar, los elementos ideológicos que subyacen al disenso entre grupos ideológicos.

Memoria y Generaciones Políticas

El concepto de generación política viene de la tradición de la sociología del conocimiento y fue usado inicialmente por Karl Mannheim (1952), quien postuló que las condiciones socio-históricas en que las personas viven definen sus posibilidades de conocimiento. De este modo, un grupo de personas que comparten un cierto tiempo o época deberá estar marcado por las condiciones socio-históricas específicas de ese tiempo. Este grupo corresponde a una generación.

El desarrollo posterior del concepto fue influido por la psicología del desarrollo. La discusión se centró en vincular el desarrollo psicológico individual con los procesos socio-históricos desde dos perspectivas dominantes. La primera, más prominente en la sociología, se centra en el concepto de trayectorias individuales de vida (Mayer, 2009), observando el impacto en ellas de las estructuras macrosociales y de las instituciones. La segunda ha predominado en la psicología y se basa en el concepto de ciclo vital (Baltes, 1987; Baltes, Staudinger & Lindenberger, 1999), reconociendo una multiplicidad de elementos que convergen para explicar los procesos de cambio: factores del desarrollo; dinámicas de crecimiento y ganancia, por un lado, y deterioro y pérdida, por otro; factores históricos y otros elementos de la estructura sociocultural; plasticidad en el desarrollo y procesos de adaptación.

Desde la perspectiva psicológica, se ha derivado la hipótesis de los años impresionables, que subyace a la idea de generaciones políticas (Alwin & Krosnick, 1991; Osborne, Sears & Valentino, 2011; Sears & Valentino, 1997; Valentino & Sears, 1998). Esta hipótesis plantea que el final de la adolescencia y el comienzo de la adultez joven constituyen etapas en que las personas son especialmente susceptibles de ser impactadas por su entorno socio-histórico. Como resultado, las experiencias políticas que son vividas en estas etapas del ciclo vital juegan un rol central en la consolidación de las configuraciones ideológicas, incluida la memoria, y permanecerán estables por el resto de la vida. El estudio de las generaciones políticas ha sido de central importancia para la investi gación sobre memoria histórica. La proximidad de eventos históricos relevantes a los años impresionables deja una marca importante en la forma en que las personas construyen su memoria, siendo estos eventos recordados y catalogados como los más importantes para la sociedad (Schuman & Corning, 2006; Schuman & Rodgers, 2004; Schuman & Scott, 1989).

En el caso chileno, las investigaciones en el tema han mostrado resultados mixtos. Por un lado, cuando se ha preguntado por los eventos más importantes de la historia, los resultados muestran un consenso en torno a la centralidad del golpe de Estado entre generaciones socializadas antes, durante y después de la dictadura (Manzi et al., 2003). Estos resultados llevaron a Manzi et al. (2003) a concluir que, a pesar de la existencia de un componente generacional, la prominencia del golpe para la memoria histórica chilena es tal que sobrepasa las diferencias generacionales. Por otro lado, en un estudio más reciente, en el que los participantes debían mencionar un evento que hubiese ocurrido durante el transcurso de sus vidas, los resultados mostraron que el golpe de Estado es central para quienes lo vivieron en sus años impresionables o después, pero para quienes lo vivieron a muy temprana edad la vuelta a la democracia cobra mayor relevancia (Concha et al., 2009; Guichard & Henríquez, 2011). Esta idea es concordante con la de la existencia de una nueva generación posterior al plebiscito que puso fin a la dictadura (Toro, 2008). Tanto el estudio de Manzi et al. (2003) como el de Guichard y Henríquez (2001 presentan limitaciones que deben ser abordadas. Una de las limitaciones del estudio de Manzi et al. (2003) es que se llevó a cabo en un periodo en que la figura de Pinochet estaba en el centro de la discusión pública, pues en esa época había sido detenido en Londres por el juicio que se llevaba en su contra por crímenes contra la humanidad. Esto pudo haber hecho saliente los eventos conectados con la dictadura, causando que el nivel de consenso encontrado fuera mayor (ver Jelin, 2001). Se vuelve relevante, entonces, replicar el estudio en un momento en que no haya una contingencia noticiosa que influya directamente en los resultados. El estudio de Guichard y Henríquez (2011), por su parte, solo permitió identificar hechos que ocurrieron durante la vida de los entrevistados, por lo que la valoración del golpe de Estado por parte de las generaciones jóvenes no se exploró. A pesar de que el golpe de Estado es un evento que los jóvenes no vivieron personalmente, la transmisión intergeneracional podría haberlo convertido en el evento más relevante pare ellos.

Memoria e Ideología

Desde Halbwachs (1925) y Bartlett (1932), la memoria histórica se concibe como una dimensión social y una construcción colectiva. Más aún, en los últimos años se ha mostrado cómo los procesos de categorización e identificación grupal tienen un impacto directo en la memoria (Haye, 2003; Sahdra & Ross, 2007). Haye (2003) mostró experimentalmente que la identidad grupal afecta el juicio de verdad respecto de un recuerdo y los recuerdos, a su vez, afectan los procesos de categorización grupal. El estudio se centró en el caso chileno y mostró cómo las identidades políticas de izquierda y derecha (a nivel grupal) son centrales para la formación de memoria específica que se construye en relación con estas identidades.

Los hallazgos de dicho estudio son concordantes con otros que, usando diferentes metodologías, han mostrado también que el relato histórico depende de la identidad política de los sujetos (Manzi et al., 2003, 2004; Piper, 2005; Ruiz & Krause, 2003; Tocornal, 2008; Waldman, 2009). De estos estudios se concluye que, a pesar del consenso respecto de cuáles son los eventos más importantes, existe un notable disenso respecto de la interpretación de las causas y consecuencias del golpe y la dictadura, que depende de las orientaciones políticas.

El estudio de las consecuencias de la dictadura ha abordado múltiples elementos. Entre ellos destaca la transmisión, no solo de la memoria a las nuevas generaciones, sino también de la experiencia de traumatización, tanto de víctimas directamente afectadas por la represión como de sus familiares y cercanos y de personas que han estado en contacto con la experiencia traumática represiva (Becker & Díaz, 1998; Cornejo, Brackelaire & Mendoza, 2009; Cornejo, Morales, Kovalskys & Sharim, 2013; Faúndez & Cornejo, 2010; Kovalskys & Morales, 2001; Lira, Becker & Castillo, 1991; Lira & Castillo, 1991; Morales & Cornejo, 2013; Sharim, Kovalskys, Morales & Cornejo, 2011). Sin embargo, el ámbito en el que el disenso basado en identidad política ha sido más evidente es el de las políticas de reparación (Cornejo et al., 2007; Lira & Morales, 2005; Montenegro & Piper, 2009; Reyes, 2007; Ruiz & Krause, 2003). Se ha mostrado que las políticas que buscan la reconciliación son percibidas controversialmente. Las instancias más importantes sobre verdad y reconciliación que ha llevado a cabo el Estado chileno han sido la Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación en 1990, la Comisión Nacional Sobre Prisión Política y Tortura en 2003, la Mesa de Diálogo en 2001 y la Comisión Asesora Presidencial Para la Calificación de Detenidos Desaparecidos, Ejecutados Políticos y Víctimas de Prisión Política y Tortura en 2009 (Cárdenas, Páez & Rimé, 2013; Cornejo et al., 2007; Cornejo, Rojas & Mendoza, 2009; Lira & Morales, 2005). Mientras las personas de izquierda consideran que el enjuiciamiento de los responsables por las violaciones de los derechos humanos, el reconocimiento público del daño causado y la reparación hacia las víctimas son condiciones necesarias para la reconciliación, las personas de derecha consideran que la unidad nacional conseguida a través del perdón de las víctimas es lo más importante pare la reconciliación (Ruiz & Krause, 2003). Estudios con jóvenes universitarios, muy distantes biográficamente con los hechos del golpe de Estado, muestran también importantes diferencias entre quienes se identifican con la derecha y la izquierda en la propensión a reparar y a perdonar a la otra parte (ver González, Manzi & Noor, en este número).

A pesar de los intentos por describir la distinción izquierda-derecha como menos relevante en los últimos años, se ha mostrado que esta sigue siendo una categoría fundamental en la que la mayoría de las personas se puede auto-clasificar (Jost, 2006), lo cual también aplica para el contexto latinoamericano y Chile en particular (Colomer & Escatel, 2005). A la distinción izquierda-derecha subyace una serie de actitudes ideológicas que se configuran de forma consistente en diversos contextos (Carvacho & Haye, 2008; Haye, Carvacho, González, Manzi & Segovia, 2009). Dos parecen ser las actitudes más importantes para entender la diferencia: preferencia por cambio versus statu quo y apoyo a la igualdad (Jost, Glaser, Kruglanski & Sulloway, 2003). Específicamente, las personas de izquierda tienden a preferir el cambio social, propiciando una organización más igualitaria de la sociedad, a rechazar actitudes nacionalistas y autoritarias y a mostrar apoyo al régimen democrático. Por el contrario, las personas de derecha muestran preferencia por las tradiciones, la preservación del orden actual de las cosas y las jerarquías sociales. Estas personas tienden a identificarse más con su grupo nacional, muestran más actitudes patrióticas y nacionalistas y cuidan más la cohesión grupal a través de actitudes autoritarias.

En el presente estudio nos enfocamos en tres actitudes ideológicas: autoritarismo de derecha, orientación a la dominancia social y apoyo a la democracia. El autoritarismo de derecha incluye tres dimensiones: (a) agresión autoritaria, que se define como el apoyo a autoridades fuertes y punitivas; (b) sumisión autoritaria, definida como la obediencia irreflexiva a las autoridades y (c) convencionalismo, que es una preferencia por lo previamente existente y un apego estricto a las normas grupales (Altemeyer, 1981). La orientación a la dominancia social es una disposición individual a apoyar y naturalizar las jerarquías sociales basadas en grupos arbitrarios (Pratto, Sidanius, Stallworth & Malle, 1994; Sidanius & Pratto, 1999, 2012). Por último, el apoyo a la democracia se define como la preferencia de regímenes democráticos por sobre regímenes autoritarios o la indiferencia respecto del tema (Carvacho & Haye, 2008). Las tres actitudes subyacen a la distinción entre izquierda y derecha, tanto en Chile como internacionalmente (Haye et al., 2009; Jost et al., 2003; Jost, Federico & Napier, 2009). Es más, se ha propuesto el concepto de configuración ideológica para entender el modo en que estas actitudes se organizan (Carvacho, 2010; Carvacho & Haye, 2008). Esta noción supone que estas actitudes son relativamente estables y son relevantes para entender cómo un sujeto toma posición frente a objetos del mundo político. En culturas en las que el mundo político se organiza en torno a un eje, como izquierda y derecha, estas actitudes pueden ser entendidas como una unidad que se ordena en torno a un núcleo que implica intolerancia y derogación de otros (Carvacho, 2010), donde niveles más altos de estas actitudes (y más bajos para el caso de apoyo a lademocracia) significa más derechismo (Haye et al., 2009).

Las actitudes ideológicas usadas en nuestro estudio son antecedentes de una multiplicidad de actitudes sociales, tales como prejuicio, etnocentrismo y religiosidad (Ho et al., 2012; Mavor, Louis & Laythe, 2011; McFarland, 2010a; Sidanius & Pratto, 2012). Sin embargo, para nuestra investigación fueron de especial interés los resultados de un estudio que mostró que estas actitudes predicen el apoyo a los derechos humanos y su implementación (McFarland, 2010b).

La Presente Investigación