La Jota. Sergio Arévalo

La Jota

Sergio Arévalo
Publicado: 22 octubre, 2014
Hijos PC Memorial Digimax A50 / KENOX Q2
La primera vez que escuché hablar de la Jota, fue en Angol, en una de mis vacaciones de infancia. No recuerdo el año exacto, pero sí, que estábamos en pleno gobierno de la Unidad Popular. Mis primos, los mellizos, habían entrado a la Jota. Nunca hablaron conmigo del tema, ya que era muy chico; sin embargo, recuerdo que me indicaron cual era la sede. Se trataba de una casa de dos pisos, a los pies de la casa de mi abuela; donde se podían ver jóvenes en las ventanas y el patio, la mayoría fumando y conversando. Años más tarde me enteré que había tenido varios otros primos y primas en la Jota; entre ellos uno que fue dirigente en la Provincia de Malleco, cuya interesante historia contaré cuando me lo permita.La segunda vez que oí hablar de la Jota, fue cuando me invitaron a militar en ella, el año 1979, habiendo recién entrado a estudiar Ingeniería en la Universidad de Chile.  Hasta ese momento mi resistencia contra el Régimen había sido absolutamente solitaria y se había reducido fundamentalmente a manifestar mi opinión contraria, en todos los espacios donde era posible hacerlo. Cuando entré a Beauchef tuve, por primera vez, la posibilidad de hacer algo más concreto para oponerme a la Dictadura.

Hasta ese momento, en la Escuela, todos los dirigentes eran designados por las autoridades de turno. Sin embargo ese año se había decidido elegir a los vocales, que iban a ser representantes de los estudiantes en la Fecech, que era la organización títere creada por la Dictadura para reemplazar a la disuelta Fech. Este proceso activó toda una discusión política en la Facultad, una toma de posición de los alumnos, dependiendo de si apoyaban a un vocal del Régimen o a alguien de oposición. Fue ese momento, cuando se me acercó Ernesto; un ex alumno del Instituto Nacional, para contarme que nuestra promoción había decidido levantar la candidatura a vocal de la Dinka.

Ella era una chica muy atractiva, que estaba en la misma sección de dibujo técnico que yo. Recuerdo que cuando dije que iba a votar por ella, unos compañeros fachos que estaban en mi sección, en los cursos de matemáticas, del gran profesor Moisés Mellado, y entre los cuales, había un ex miembro de la Fach y otro del Ejército, me dijeron “¿cómo vas a votar por ella, si es Comunista?”.

Bueno, no sabían que al decirme eso, me generaron aún más interés en apoyar su candidatura. Después de una rápida campaña, logramos elegirla como vocal de nuestra promoción. Durante ese tiempo, mi contacto con Ernesto siguió girando en torno a las conversaciones de política en los patios de la Escuela; hasta que un día me pidió que lo siguiera. No me explicó nada más. Acto seguido comenzó a caminar rápido hasta el edificio Dirección, cruzando el Hall Central y luego subiendo por las escaleras, hasta llegar al tercer y último piso, donde funcionaba la carrera de Minas. Al llegar allí, entramos a una sala desocupada, me pidió que cuidara la puerta y le avisara si venía alguien. En ese instante, sacó un paquete que traía guardado y que consistía en una caja de madera pequeña, que al abrirse tenía dentro un cordel y una vela. Colocó dentro de la caja un alto de panfletos que traía en un bolsillo,  abrió la ventana e instaló la caja sobre el marco. El mecanismo artesanal de la caja, consistía en que, al quemar la llama de la vela el cordel que sostenía la cara de abajo de la caja,  ésta se soltaba dejando caer los panfletos. Después de encender la vela me dijo, vámonos, y salió rápidamente. Yo bajé detrás de él, con el corazón en la mano. Llegamos a la entrada del edificio y miramos hacia el cielo; justo en el instante en que comenzaban a caer mágicamente los panfletos. Inmediatamente,  los auxiliares de aseo, que todo el mundo sospechaban eran sapos, empezaron a subir rápidamente las escaleras, para descubrir quién estaba lanzando los panfletos. No me acuerdo lo que decían los papeles; solo que tenían un dibujo del enano maldito, del Clarín, y que a pesar del miedo, sentí gran emoción al ver que los alumnos los recogían del suelo para leerlos.

Después de esta acción, pasaron varios días, hasta que uno cualquiera, se me acercó nuevamente Ernesto, para invitarme, a una fiesta, en la casa de la Dinka. Recuerdo que su casa quedaba cerca del Estadio Nacional. En esa fiesta, me encontré con un grupo de jóvenes, que al igual que yo, estaban en contra de la Dictadura, y con los cuales me identifiqué inmediatamente. Aún recuerdo la emoción que sentí, al ver que no era el único que pensaba así, y que había espacios donde hablar y organizarse. Debo decir también, que la Dinka estaba muy linda y que me sacó a bailar varias veces durante la noche; lo que aumentó aún más mi emoción.

Después de ese evento, y de varias otras charlas con Ernesto, un día me reuní, en el patio de la Escuela, no recuerdo si con él o con otro compañero, quien me  invitó, oficialmente a militar en la Jota; a lo que accedí sin pensarlo dos veces. Después supe que previo a este ofrecimiento habían hecho una investigación sobre mi, que incluyó ir a mi barrio a conocer mi casa.

A partir de ese momento, empecé a participar de las reuniones de mi base, que es como se llama a los núcleos de militantes de la Jota.

Éramos un grupo de más o menos 5 personas, que nos reuníamos semanalmente, en la casa de alguno de los miembros, para organizar nuestro trabajo político. Lo que decíamos en nuestras casas era que nos juntábamos a estudiar. Siempre que se convocaba a una reunión, además de acordar el lugar, nos poníamos de acuerdo en la la señal que debíamos atender, antes de ingresar al domicilio. Recuerdo una que era, poner una toalla colgada en la ventana, que indicaba que el lugar era seguro, y que por lo tanto se podía entrar; en caso contrario, es decir si la toalla no estaba puesta en el  lugar indicado, debíamos irnos rápidamente. Cada uno tenía una hora exacta para llegar, de forma  tal que nunca toparnos dos personas, ni en la calle ni en la entrada de la casa.

Las reuniones tenían casi todas el mismo formato. Una vez que estábamos todos reunidos, llegaba alguien de la Dirección que sacaba un papelito,  nos daba el informe político y nos anunciaba las actividades que estaban programadas para los días siguientes.  Luego de entregar su informe, esta persona se retiraba y nosotros nos quedábamos debatiendo y poniéndonos de acuerdo en cómo implementar las tareas asignadas. En general había un calendario anual de movilizaciones y acciones ya establecidas, que incluían, el ocho de marzo, día internacional de la mujer; el primero de mayo, día internacional del trabajo; la romería a la tumba de Víctor Jara, el natalicio de Neruda y el once de septiembre, entre otras. Estos eventos incluían, además de acciones de propaganda, consistentes principalmente en tirar panfletos, los días y noches previas, en algún territorio previamente asignado; la asistencia a las movilizaciones correspondientes.

Al cabo de más o menos un año, y al comenzar a interactuar con otros compañeros de la Escuela, me fui enterando que existían en la Facultad, otras organizaciones políticas de oposición. En este proceso comencé a ver cada vez en forma más crítica la forma de la militancia en la Jota; hasta que finalmente decidí renunciar a la organización.

Aún recuerdo que cuando comuniqué mi decisión de retirarme, fui citado a una conversación con Pancho, el jefe de mi base. El día señalado, nos reunimos en el patio de la Escuela, donde estuvimos largo rato caminando y hablando, en la cancha, de un lado al otro, como lo hacen los presos. Yo explicando las razones por las cuales renunciaba y mi jefe, dándome sus argumentos para que no lo hiciera. Al final de esta conversación, y cuando Pancho, se cansó de tratar de convencerme que me quedara, me dijo, quizá como un último rescursos para convencerme de que me quedara, una frase que me quedó grabada.: “En la Jota nadie renuncia; sólo se la deja porque uno pasa al Partido, porque se muere o porque lo expulsan”. Pobre mi jefe no sabía que soy un tipo muy testarudo, y que en esa época lo era aún más.

A pesar de haberme retirado y después haber ingresado a militar en otra organización política de izquierda; aún recuerdo con cariño a mis compañeros de la Jota, varios de los cuales aún veo o me comunico con ellos en forma regular. Le agradezco a la Jota haberme brindado el primer espacio para luchar organizadamente contra la Dictadura. Le agradezco también haberme dado la oportunidad de conocer a gente maravillosa; a quienes hasta el día de hoy admiro por su compromiso, su valentía y su integridad.

Parece que es verdad lo que Pancho me dijo aquel día en el patio de la Escuela. Con el correr del tiempo, me he dado cuenta que, al igual que muchos otros; a pesar de que estuve sin militar muchos años, y de haber tenido y tener con ellos diferencias políticas (a veces grandes y otras veces pequeñas);

9 de marzo de 2005, en el funeral de Gladys Marín - Fotografía de Sergio Arévalo

(*) La foto la tomé el  9 de marzo de 2005, en el funeral de Gladys Marín.

 

Destacado

Nos hace falta Allende… las cosas sucedieron así. Y así las relato.

Nos hace falta Allende

20080701052327-mireya.jpgNuestro deber es concluir la tarea inconclusa

Por Mireya Baltra

Especial La Nación

Al día siguiente de su derrota, llegó como a las diez de la mañana a la población Exequiel González Cortés, en avenida Grecia. Allí los pobladores habíamos construido una plaza, habíamos hecho un escenario y él, sin avisar, llegó al bloque 12 donde yo vivía. Verlo allí en la plaza construida por el trabajo voluntario de los pobladores fue impresionante, sin decirlo nos decía sigamos adelante. Era su tercera derrota.

Mucha gente me pregunta ¿cuándo conociste a Salvador Allende? No es fácil una rápida contestación. Por primera vez lo vi de cerca cuando como senador se dirigió al local de la Central Única de Trabajadores (CUT), en calle Compañía, para entregarnos las condolencias por el asesinato de siete hombres y una mujer en la población José María Caro. Lo vi apesadumbrado, pero a la vez sus ojos expresaban indignación. Se sentó en la mesa grande de las reuniones diarias de la CUT para decirnos que había ido a entregar una firme protesta a la Guarnición del Ejército de Santiago y que desde el hemiciclo realizaría una intervención contra la represión brutal descargada el 19 de noviembre de 1962.

Al parecer antes lo había visto desde lejos en las concentraciones y mitines, en la campaña presidencial de 1958, donde junto a mi compañero Reinaldo montando una motoneta Lambretta, yo sosteniendo en el asiento de atrás una gran bandera chilena, íbamos a escucharlo así como los cristianos van a escuchar el sermón de la iglesia. Éste era un sermón revolucionario, que encendía la sangre y te enseñaba a leer en las palabras de un discurso lo que los libros a veces te negaban.

Salvador Allende nos inspiraba cariño, afecto, yo lo sentía igual en los enigmáticos parentescos políticos.

La segunda vez que recuerdo haber estado tan cerca de él en un momento que podríamos llamar crucial para la vida de un hombre fue en 1964, cuando fue derrotado por la Revolución en Libertad que encabezó Eduardo Frei Montalva.

Al día siguiente de su derrota, llegó como a las diez de la mañana a la población Exequiel González Cortés, en avenida Grecia. Allí los pobladores habíamos construido una plaza, habíamos hecho un escenario y él, sin avisar, llegó al bloque 12 donde yo vivía. Verlo allí en la plaza construida por el trabajo voluntario de los pobladores fue impresionante, sin decirlo nos decía sigamos adelante. Era su tercera derrota.

Otra de las respuestas que te solicitan es que definas el perfil del Presidente Allende, pensando quizás que tú tienes la capacidad en tres frases de definir el perfil político y humano de uno de los estadistas más destacados del siglo XX, que alumbra hoy el pensamiento de la izquierda pensante, no nostálgica ni abjuradora de lo que ayer fue.

Como la historia nos fue negada y arrebatada de los libros, para que los niños jamás aprendieran a deletrear el nombre de Allende, así la noche oscura de la dictadura quiso sepultar a Allende bajo cien lápidas. Allende se le escapó y ha vuelto a situarse en el más alto escaño de la nobleza revolucionaria que sin títulos nobiliarios tiene el cetro de la memoria viva, del nítido ejemplo de la transformación social, del ímpetu y la perseverancia por conducir al pueblo a su emancipación, separando las aguas y dejando sumergidos en el olvido, en la mediocridad y la ignorancia a los reaccionarios de ayer y hoy.

Cuando Allende me designó su ministra del Trabajo y Previsión Social me convocó a conversar privadamente varias veces. Su gran preocupación era darle continuidad a la formación de las comisiones tripartitas por ramas de producción y servicio, cuestión que había empezado al asumir este cargo el compañero José Oyarce, creando la comisión tripartita de los gráficos, marina mercante y textiles. Éstas consistían en una suerte de negociación colectiva moderna, donde participaban gobierno, empresarios y trabajadores.

Para el Presidente, el cumplimiento del programa era la piedra angular de su gobierno y debía ser respetado y jamás transgredido: “Mireya, debes devolver todas las pequeñas empresas que no pertenecen ni al área social, ni al área mixta de la economía. Son empresas insignificantes con maquinarias viejas y en la mayoría de ellas se adeudan años de imposiciones previsionales. Deben ser devueltas a sus propietarios”.

Cumplí sus instrucciones y le daba cuenta periódicamente del cumplimiento de esta tarea ministerial. Devolví como cien empresas que fueron tomadas.

Los que se creían más revolucionarios que los revolucionarios daban bote, se tomaban pequeñas confiterías, desde una fábrica de cola de hueso en Chillán hasta el Cementerio Metropolitano. Para ellos eso era avanzar sin transar y crear de esta manera el poder popular paralelo y equidistante al gobierno del Presidente Allende. Los imperialistas estaban de fiesta y la derecha chilena aplaudía en la cofradía reaccionaria de los planes elaborados en Washington y que ellos cumplían como fieles funcionarios del país “más democrático del mundo”. Directa e indirectamente la ultraizquierda chilena les echaba una manito.

En carta dirigida y hecha publica el 31 de julio de 1972 a los jefes de los partidos de la coalición de gobierno, Allende expone con claridad y firmeza su pensamiento: “El poder popular no surgirá de la maniobra divisionista de los que quieren levantar un espejismo lírico surgido del romanticismo político al que llaman al margen de toda realidad ‘Asamblea Popular ’”.

En esa carta, que constituye hoy un documento histórico, hace una pregunta dirigida a la médula del hueso de los empecinados en subirse al carro de la victoria transgrediendo el programa e increpa: “¿Qué dialéctica aplican los que han propuesto la formación de tal asamblea? ¿Qué elementos teóricos respaldan su existencia?”. Y responde a los jefes de los partidos y principalmente a los trabajadores y al pueblo:

“Una asamblea popular auténtica, revolucionaria, concentra en ella la plenitud de la representación del pueblo. Por consiguiente, asume todos los poderes. No sólo el deliberante, sino también el de gobernar. En otras experiencias ha surgido como ‘un doble poder’, contra el gobierno institucional reaccionario sin base social y sumido en la impotencia. Pensar en algo semejante en nuestro país es absurdo, si no crasa ignorancia o irresponsabilidad. Porque aquí hay un solo gobierno, el que presido, y que no es sólo el legítimamente constituido, sino que, por su definición y contenido de clase, es un gobierno al servicio de los intereses generales de los trabajadores. Y, con la más profunda conciencia revolucionaria, no toleraré que nadie ni nada atente contra la plenitud del legítimo gobierno del país”.

Entonces, cuando me preguntan que defina a Allende, digo: Allende se define a sí mismo, cada discurso es una línea orientadora, una acumulación de más conciencia, una dinámica social nunca vista antes en Chile, plena de valores morales y éticos. La verdad fue un principio de Estado, nada nunca se le ocultó al pueblo. Lamentablemente, muchos gobernantes discuten y acuerdan a puertas cerradas lo concerniente a la vida, al trabajo, a la salud, a la educación de las mayorías hoy desplazadas por un sistema que profundiza las relaciones de producción capitalista.

A lo mejor muchos no estarán de acuerdo con estas páginas, pero qué diablos, las cosas sucedieron así. Y así las relato. Los que aún no estamos idiotizados por los mensajes y las imágenes televisivas de los crímenes, las violaciones, los asaltos que inmovilizan a los ciudadanos con el miedo, que ocultan con premeditación y alevosía lo bueno, lo positivo, lo cultural, los valores aún no perdidos de la ciudadanía víctima de la aldea global, nos rebelamos, porque los canales de televisión dan espacio superlativamente a estos impactos diarios como dosis de veneno que impiden al estado llano pensar, analizar, cuestionar, transformarnos en masa crítica, activa, cuestionadora del sistema que nos condena a cargar la cruz del mercado todos los días.

No nos detengamos. Aquí hablemos de quien debemos hablar, del Presidente Allende, un hombre concreto, un revolucionario cabal, un luchador incansable por la justicia de nuestro pueblo, un ministro de Salubridad en el gobierno del Presidente Pedro Aguirre Cerda, quien señalaba que gobernar es educar. Allende dio continuidad a esa antigua y sabia consigna. Nos enseñó a luchar uniendo la teoría y la práctica.

Si quieren saber lo que pienso, podría apretarlo en cuatro palabras: nos hace falta Allende. Busco en la juventud chilena el rostro, la voz sonora, el pensamiento claro, el método acertado, los valores que no debemos dejar escapar en este tumultuoso mundo de la dispersión, la exclusión y la confusión política. Nuestro deber es concluir la tarea inconclusa. No hay otra alternativa.

Mireya Baltra, dirigenta del Partido Comunista, fue ministra del Trabajo del Presidente Salvador Allende.

01/07/2008 01:23. Publicado por: Arístides Chamorro Rivas #. Salvador Allende

119 de nosotros en Los 119 de Cristian Kirby.

ASI LO VIVI YO...y quien lo hereda no lo hurta

Kirby, Cristian

119-lugares-350Los 119 de Cristian Kirby. Fotografía y desaparición

http://www.fotoespacio.cl/comunidad/index.php/portafolios/contemporaneos/item/276-kirby-cristian.html

Las fotografías de Cristian Kirby se sostienen sobre un gesto singular: el de poner en relación los rostros de los desaparecidos con los espacios urbanos en los que fueron secuestrados por la maquinaria represiva del Estado militar. Entroncan directamente, por tanto, con un proyecto fotográfico anterior, Lugares de desaparición, en el que Kirby presentaba las imágenes de aquellos espacios urbanos que en los que algunos detenidos-desaparecidos habían sido capturados por la DINA. En esas imágenes, la ciudad actual aparecía, a la vez, como un espacio de indiferencia, lamido por las políticas institucionales de olvido, y como un espacio potencial para la inscripción de un recuerdo disruptivo. El recorte fotográfico de espacios cotidianos, su aislamiento y diferenciación del continuo urbano, producía una suerte de desautomatización de la mirada: en esa parada de micro, en ese portal, en ese parque, late una…

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11 de septiembre de 1973 . Crónica de una muerte anunciada.

“Es otro país, el Chile de ahora es totalmente distinto al de 1973” (Galería)

La caída del gobierno de Salvador Allende se recuerda según las generaciones. La perspectiva de un país más incluyente se diluye al contar con una Constitución que nació en la dictadura militar.

María Fernanda Almeida

Ese día salió temprano de casa. Tomó el auto y recogió a un par de compañeros en el camino. En Maipú, Francisco López Ibarra, militante socialista, sintonizó la radio con sus 2 camaradas. “Están bombardeando La Moneda”, decía la emisora, mientras ellos observaban en la lejanía las columnas de humo negro que oscurecían y entristecían el cielo de Santiago.

“Se terminaba abruptamente el sueño de construir un mundo mejor, de terminar con las lacras que aquejaban a nuestra sociedad. Perdí a muchos compañeros, a quienes jamás volví a ver, ya sea porque partieron al exilio o porque fueron asesinados”, recuerda Francisco, ahora de 69 años.

Haciendo un llamado a la célebre obra de Gabriel García Márquez, está convencido que lo que sucedió ese día fue el epílogo de la ‘crónica de una muerte anunciada’, Francisco dice que todos presentían que Allende sería derrocado desde que triunfó en las elecciones de 1970.

“La derecha económica como asimismo su apéndice –la derecha política- no iban a permitir que lesionaran sus intereses (…) los medios informativos también tenían la complicidad del gobierno de los EE.UU que en medio de la Guerra Fría no podía soportar que llegara a su patio trasero a ejercer el poder un mandatario que se había declarado marxista, y para eso hizo todo lo que estuvo a su alcance apoyando económicamente a los conspiradores golpistas tanto civiles como militares”, cuestiona.

El 11 de septiembre de 1973, cuando cayó el gobierno del presidente socialista Salvador Allende, Francisco guardó 2 mimeógrafos (máquinas de escribir) para difundir información clandestina, haciéndose eco de todo aquello que llegaba a sus oídos. “Hasta el día de hoy no puedo decir si muchos de mis actos contra la dictadura en la lucha por recuperar la democracia fueron producto de mi valentía o de mi irracionalidad. No dejo de sentir escalofrío en mi espalda cuando veo a mi familia y recuerdo esa época”.
El Chile de hoy

Ahora, 41 años después, el palacio de La Moneda, que fue bombardeado en los 70 con apoyo del gobierno de EE.UU., comandado por el presidente Richard Nixon, está lleno de turistas, oficinistas, niños jugando en las plazas, estudiantes riendo en las aceras. “Es otro país. El Chile de ahora es totalmente distinto al de 1973”, dice Víctor Jara. Curiosamente este joven de 24 años lleva el nombre del poeta y cantautor asesinado en el Estadio de Chile, bajo la dictadura de Augusto Pinochet.

El Víctor Jara de ahora desconoce quién fue la persona que también llevó su nombre. “Mis padres estuvieron con Pinochet. En la dictadura sí había más trabajo, no había delincuencia, eso fue bueno también. No sé qué tan trascendental sea recordar el Golpe de Estado. Ahora lo importante es trabajar y llevar dinero al hogar, nada más que eso”, comenta.

La memoria de Sócrates, Felipe, Freddy y José fue honrada ayer en la develación de la placa conmemorativa ubicada en la Plaza Chile de la capital. Foto: Archivo.

La memoria de Sócrates, Felipe, Freddy y José fue honrada ayer en la develación de la placa conmemorativa ubicada en la Plaza Chile de la capital. Foto: Archivo.

Luisa María Carrasco fuma un cigarro junto al monumento de Allende, en La Moneda. El 11 de septiembre del 73 tenía 9 años. Desde esa época prefiere el silencio. “Yo soy cero política, nada política. Solo tengo que trabajar y punto”, dice.

Para muchos, Chile está dividido en fechas como esta. Por un lado, está la generación de Francisco, que tiene una mirada más experimental, nostálgica y crítica de lo que ocurrió, y que repudia no solo el saldo de víctimas que sumó la dictadura, sino también las bases del modelo de desarrollo que asegura que hoy afectan a miles de chilenos que “sufren las consecuencias de un sistema previsional que entrega pensiones miserables y limita la atención y el acceso a un sistema de salud”.

Pero también están los hijos de la dictadura como Víctor y Luisa María, quienes comparten una visión distinta de la historia y prefieren el silencio antes que la demanda. Hoy, la situación parece ser otra.
La generación “de los sin miedo”

Natalia Sánchez (25) es un reflejo de la época posdictadura, conocida coloquialmente como la generación “de los sin miedo”. Participó en 2006 en ‘La Revolución de los Pingüinos’, una protesta en la que marcharon más de 100 mil estudiantes que solicitaban la derogación de la Ley Orgánica Constitucional de Enseñanza (LOCE), aprobada por Pinochet, y en la que se delega la responsabilidad de educar a las corporaciones privadas.

También lo hizo en las últimas movilizaciones de 2011 para demandar la gratuidad en la educación. “Hay todo un tejido social que se ha visto reactivado, impulsado o motivado (…) Poco a poco, la sociedad ha ido perdiendo el miedo y recuperando el descontento, porque aquella promesa de la democracia restituyó los derechos electorales, aunque poco y nada de los otros derechos”, reconoce Natalia.

Por ejemplo, dice que si bien los estudiantes han sido los protagonistas de fuertes manifestaciones y han logrado mayor participación política con la presencia de la Asamblea Coordinadora de Estudiantes Secundarios (ACES) o la Confederación de Estudiantes de Chile (Confech), también están quienes reclaman por otros derechos laborales, de identificación sexual y se oponen a proyectos energéticos y mineros como Pascualama o Hidroaysén.

Giancarlo Visconti (27) es cientista político. Cree aún que los rezagos de la dictadura mantienen altos niveles de segregación económica, social y cultural, en su país. “La dictadura generó un efecto directo e indirecto sobre la sociedad chilena. En el primero, desarticuló los organismos de representación social y política. Los partidos políticos fueron proscritos, los sindicatos perdieron poder o desaparecieron, las organizaciones sociales quedaron reducidas a su mínima expresión (…) también tuvo un efecto indirecto sobre los ciudadanos que es el miedo o indiferencia a participar en política o en organizaciones sociales”.

A su criterio no hay una intención real de rescatar la figura de Allende o Pinochet cuando se recuerda el 11 de septiembre, día del Golpe de Estado. “Aún no hay una reflexión crítica para entender que esos mismos jóvenes que tiran piedras en una población a las 4 de la mañana son los que están constantemente excluidos por el sistema educacional, en donde la mayor aspiración es conseguir un trabajo para recibir el sueldo mínimo una vez terminado el liceo”, reflexiona.

Si bien cree que la figura de Allende es controversial y fue un presidente que cometió errores como dice lo hacen todos los políticos, asegura que criticar un periodo presidencial es muy diferente a justificar una dictadura. “Allende hoy puede ser un reflejo de tenacidad y convicción política, pero también un ejemplo que el diálogo y la negociación son parte fundamental de la democracia cuando no se tienen mayorías absolutas”, concluye Giancarlo.

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Chile

El MIR Chileno: Balance esencial a cuarenta años de la caída en combate Miguel Enriquez. Sergio Grez

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El MIR Chileno: Balance esencial a cuarenta años de la caída en combate Miguel Enriquez

El MIR Chileno: Balance esencial a cuarenta años de la caída en combate Miguel Enriquez

por 14, octubre, 2014 en sección Opinión 1 opinaen eldebate sobre este artículo
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Aunque no milité en el Movimiento de Izquierda Revolucionaria de Chile (MIR), siempre tuve un gran respeto y no poca admiración por los miristas, especialmente por figuras como Miguel Enríquez, Bautista Von Schouwen, Luciano Cruz y Lumi Videla. Si bien no fui mirista, en más de una ocasión compartí  con ellos empresas comunes, triunfos, esperanzas, dolores, derrotas y frustraciones. Conformo la generación que fue testigo y protagonista de los procesos que encarnaron estos dirigentes y varios miles de jóvenes revolucionarios chilenos de los años 60 y 70. Como militante de la izquierda revolucionaria de aquella época, también como historiador y ciudadano de los tiempos actuales, tengo un juicio sobre la historia del MIR ya expresado en varias ocasiones y que vuelvo a compartir a pedido de la revista Carcaj con motivo de los 40 años de la muerte de Miguel Enríquez.

Porque sabemos que la visión y los sentimientos del ciudadano tienden a impregnar, inevitablemente, el juicio del historiador y, precisamente, porque me cuento entre aquellos que piensan que no hay historia neutra, estoy consciente de que mi pequeño y marginal rol de observador y compañero de ruta en algunos pasajes de la historia del MIR, baña mis apreciaciones y juicios históricos. No obstante, mi calidad de historiador y de ciudadano me obliga a ejercer el juicio crítico sobre los actores de la historia, aun de aquellos que nos son cercanos o por los que sentimos respeto y admiración.

Al reflexionar sobre la trayectoria histórica de Miguel Enríquez y del MIR chileno (menciono a ambos ya que no es posible referirse a uno sin hablar del otro), me surgen tres grandes interrogantes que quisiera compartir con ustedes. Tres preguntas en las que puede sintetizarse el balance histórico más esencial respecto de estos actores.

En primer lugar, ¿qué representó históricamente Miguel Enríquez y la generación rebelde de los años 60 y 70 del siglo XX? Luego, parece pertinente interrogarse acerca de los aciertos y errores de esos dirigentes y militantes; finalmente, es necesario plantearse cuáles son los elementos rescatables de esas experiencias en la perspectiva de las luchas libertarias del presente y del futuro.

Aunque cada uno de estos problemas puede ser materia de largos debates, en parte ya realizados, en parte pendientes, aprovecho la oportunidad que se me ha ofrecido para hacer algunos planteamientos a título exploratorio, para “galopar sobre estos temas”, como solía decir el propio Miguel.

La primera interrogante es tal vez la más fácil de responder. Con la perspectiva que permite el transcurso del tiempo, además de la culminación de ciertos procesos históricos, no cabe duda que la generación revolucionaria de los 60 y los 70, aquella nucleada en torno al MIR y otras organizaciones de izquierda revolucionaria, representó la tentativa más decantada en la historia de Chile por “tomar el cielo por asalto”, esto es, conquistar el poder para un proyecto revolucionario socialista centrado en la obtención de la justicia y la igualdad social. Tuvo el privilegio de actuar en un momento clave de la historia, cuando una poco común confluencia de factores de larga y de corta duración puso a la orden del día en el seno del ya secular movimiento popular chileno la cuestión del acceso al poder. La emergencia de esa generación revolucionaria fue posible gracias a numerosos factores derivados de la permanente crisis de la sociedad chilena a partir del agotamiento del modelo de sustitución de importaciones y del fracaso de variadas experiencias políticas –desde los gobiernos radicales hasta la “Revolución en Libertad”, pasando por el populismo ibañista de la “Revolución de la escoba” y la “Revolución de los gerentes” del derechista Alessandri-, que generaron una actitud de disponibilidad política para llevar a cabo cambios sociales más profundos en amplios sectores del mundo popular y de las capas medias, especialmente, estudiantiles e intelectuales. A ello se sumó el profundo impacto de la Revolución Cubana, la disidencia china respecto del Vaticano ideológico representado por Moscú en el seno del movimiento comunista internacional y las revoluciones anticoloniales que se multiplicaron desde fines de la Segunda Guerra Mundial y, muy particularmente, durante los años 60. Todos estos hechos pusieron la revolución “a la orden del día” en el escenario internacional. Pero se trataba de una revolución que ya no sería la simple expansión geopolítica del llamado “campo socialista” al amparo de la potencia militar soviética como había ocurrido en la mayoría de los países de la Europa Oriental durante la segunda mitad de los años 40, sino de una auténtica revolución desde las bases populares, una revolución de acuerdo a los cánones clásicos del marxismo que la generación revolucionaria chilena y latinoamericana de los 60 y de los 70 intentó retomar. Esto significaba una ruptura de grandes proporciones respecto de las concepciones y las prácticas parlamentarias y legalistas de la izquierda que, en el caso de nuestro país, se venían desarrollando –no sin altibajos- desde mediados de los años 30.

Sintetizando, podríamos decir que la empresa liderada por Miguel Enríquez consistió en intentar, en base a la audacia, el coraje, el empuje, la decisión, la inteligencia y el sacrificio, la toma del “Palacio de Invierno”, de acuerdo a los postulados del leninismo y a los aportes teóricos y prácticos de la experiencia cubana y del guevarismo.

La creación de un partido de revolucionarios profesionales de sesgo leninista se entrelazó con la concepción de la organización político-militar tomada de la experiencia guerrillera cubana y latinoamericana.

El principal acierto del MIR fue captar el estado de “disponibilidad revolucionaria” de una vasta franja de trabajadores, intelectuales y estudiantes y, más agudamente, percibir que la elección de Salvador Allende como Presidente de la República abría una situación prerrevolucionaria. Los mayores éxitos políticos del MIR se dieron precisamente en aquellos años, cuando con audacia y flexibilidad táctica se empezó a convertir en un partido con influencia de masas, un actor importante de la vida política nacional. Tal vez una de sus principales carencias fue la falta de tiempo. En su frenética carrera, tanto esta organización como el conjunto de la izquierda revolucionaria no alcanzaron la influencia y la madurez requerida para revertir la situación que se transformaba aceleradamente de crisis prerrevolucionaria en contrarrevolución desembozada.

El contexto político e ideológico de aquellos años hacía muy difícil la necesaria renovación ideológica de la izquierda chilena. En el mundo bipolar de la Guerra Fría, de las definiciones a favor de uno u otro campo, en un contexto en que la lucha política se planteaba en la lógica de la guerra, el espacio para las revisiones críticas e introspectivas era objetivamente muy pequeño, en algunos casos francamente insignificante. Luego, bajo la dictadura, ese camino era aún más difícil. Ciertas concepciones y tendencias, a veces criticadas, pero jamás superadas totalmente, como el foquismo y el militarismo en algunas organizaciones revolucionarias, unidos a ciertos errores de apreciación –como la subvaloración del poderío del enemigo y la sobrevaloración de la fuerza propia- se saldaron en el exterminio físico y en la derrota política y militar del proyecto revolucionario encarnado por Miguel Enríquez y sus compañeros. El proyecto mirista fue, en realidad, derrotado en tres oportunidades: la primera vez entre 1973 y 1976, cuando la feroz represión de la dictadura liquidó a una parte muy significativa de su dirección histórica, entre ellos al propio Miguel, y desarticuló muchas estructuras de la organización. Una nueva hecatombe se consumó entre fines de los 70 y comienzos de los años 80, terminando en cuantiosas pérdidas humanas, políticas y materiales acciones como la “operación retorno” y la tentativa de implantación guerrillera de Neltume. Y una nueva derrota, esta vez eminentemente política, tuvo lugar durante la segunda mitad de los años 80, cuando se impuso la “transición pactada” que dejó al MIR y a otras fuerzas revolucionarias sin alternativa viable, y, en definitiva, sin base social.

¿La derrota de un proyecto significa la invalidación de su causa? No necesariamente. Pienso que lo esencial de los ideales de la generación revolucionaria que creció y se desarrolló en los años 60 y 70, sigue estando vigente puesto que los grandes objetivos de justicia e igualdad social no han sido cumplidos en nuestro país. Pero, y esta es nuestra tercera interrogante: ¿qué es lo rescatable de esos proyectos fuera de la propia experiencia?

Sin duda estamos en una época distinta. Ya no vivimos –como creíamos entonces- en “la época del imperialismo y de la revolución proletaria”. Ciertamente, estamos aún en la época del imperialismo (ahora más globalizado), sin embargo, solo una imperdonable ceguera política podría llevarnos a creer que la revolución proletaria está a la orden del día en algún punto del planeta. Cuando las grandes transformaciones sociales, económicas, culturales e ideológicas de las últimas décadas del capitalismo globalizado han diluido la identidad e incluso una buena parte de la base sociológica de la clase obrera, cuando la emergencia de nuevos actores sociales populares configura un panorama más complejo y matizado, solo una irreflexiva obstinación nostálgica podría llevarnos a la repetición de los moldes revolucionarios clásicos. Pocos son, en realidad, los conceptos e instrumentos políticos de aquella época que han salido indemnes de los vendavales históricos del tiempo transcurrido desde la caída entonces[1].

Los proyectos marxistas de socialismo basados en dos supuestos: un soporte material representado por la gran industria, y un soporte social, la clase obrera, han sido seriamente cuestionados por la experiencia histórica y por la evolución del capitalismo. Hasta ahora las bases materiales de la gran industria no han constituido más que los soportes de la reproducción ampliada del capitalismo y en algunos países produjeron formas estatales totalitarias. Una nueva utopía revolucionaria, so pena de volver a repetir experiencias de nefastas consecuencias, debería comenzar por cuestionar este supuesto, proponiendo enseguida una nueva forma de producir que aún no es posible prever.

Del mismo modo, se debe constatar que a pesar de las previsiones y deseos, la clase obrera no ha sido, en cuanto tal, en ningún país del mundo, la fuerza social decisiva para la liberación de la humanidad. Si bien su carácter de clase explotada bajo el capitalismo es una evidencia histórica incontestable, su esencia revolucionaria universal no fue, en realidad, jamás fundamentada ni confirmada por la experiencia histórica. Aunque buena parte de las revoluciones del siglo XX se hicieron en su nombre y con su apoyo, en ninguna parte esta clase, en tanto tal, ejerció la dirección real de esos procesos que terminaron por constituir nuevas formas de dominación y de explotación. Esta constatación no invalida el hecho de que un proyecto revolucionario anticapitalista solo puede tener como base social a los trabajadores y demás sectores explotados u oprimidos por el capitalismo, pero nos obliga a replantearnos el tema de los sujetos sociales portadores del cambio. De seguro, el sujeto social revolucionario de los nuevos combates por la liberación es más cercano a aquella visionaria percepción mirista sobre “los pobres de la ciudad y del

campo”, un sujeto plural, multiforme, de contornos flexibles, que se construye en torno a ciertos momentos y tareas históricas. No se trata ya de encontrar a “la” clase mesiánica portadora de la liberación de la humanidad, sino de articular en un proyecto revolucionario global las aspiraciones de los trabajadores y demás sectores explotados con las de otros segmentos étnicos, sociales y culturales que cuestionan el capitalismo.

En esta perspectiva, el socialismo del futuro no puede ser concebido simplemente como un proyecto que presentado como “socialismo” no sea más que una forma específica de capitalismo o socialismo de Estado. Para la construcción de una utopía de nuevo tipo se hace necesaria una profunda reformulación de las bases teóricas, ideológicas, políticas y culturales que inspiraron los programas y prácticas de los movimientos políticos y sociales de transformación social en Chile.

¿Qué podemos rescatar entonces de la experiencia de la generación revolucionaria de los 60 y los 70? En un mundo donde ha hecho crisis la teoría clásica de la revolución y en el que el impulso vital de la revolución rusa se ha extinguido en medio del desastroso final de los “socialismos reales”, es, sin duda, poco lo que se puede recuperar de las referencias teóricas, de los instrumentos y de las estrategias políticas de antaño, pero es mucho lo que se debe recoger en cuanto a decisión de cambiar el mundo y lo que se debe rescatar en el plano de la moral y de la consecuencia con los principios y convicciones. Cuando las clases dirigentes, a través de sus políticos e intelectuales, solo ofrecen a la humanidad la perspectiva de una eterna reproducción del capitalismo, una suerte de congelamiento o “fin de la historia” sin proyectos colectivos ni utopías de cambio social, ; cuando en países como el nuestro la casta política nos muestra día a día que para ella pensar, decir y hacer son tres cosas distintas, el legado moral de Miguel Enríquez y de su generación revolucionaria sigue teniendo un valor que en la perspectiva de las luchas y utopías libertarias del futuro, no será puramente testimonial. El desafío histórico para las nuevas generaciones consistirá en recoger esa herencia moral y procesarla a través del prisma de nuevos instrumentos teóricos que deberá construir por sí misma, recuperando de los aportes anteriores lo necesario, sin reflejos nostálgicos que conduzcan a la repetición de los costosos errores del pasado, mas sin claudicación frente a las presiones del sistema de dominación.

Estoy seguro que, más temprano que tarde, estos nuevos hombres y mujeres evaluarán la experiencia y el legado de quienes los precedieron y construirán, con el mismo entusiasmo y consecuencia, aunque con más clarividencia y mayor efectividad, las “grandes alamedas” libertarias del porvenir.

Santiago, octubre de 2014.


[1] Varias de las ideas expresadas a continuación fueron desarrolladas junto a los integrantes del colectivo CEP-Chile en el documento Una corriente socialista libertaria como alternativa de izquierda revolucionaria (Reflexiones para un proyecto transformador), París, Centro de Estudios Políticos sobre Chile, abril de 1985.

Sobre el autor

Sergio Grez Toso. Licenciado en Historia (1980) y Magíster en Historia (1982) por la Université de Paris VIII, Francia. Obtuvo el doctorado en Historia en la École des Hautes Études en Sciences Sociales de Paris, Francia (1990). Se incorporó al Departamento de Historia de la Universidad de Chile en 2004. Su área de interés principal es la Historia de los movimientos populares en Chile, buscando integrar tanto lo social como lo político en una perspectiva que considera también las dimensiones económica, ideológica y cultural.

El Archivo del MIR de Chile. Salvar la Memoria

A 40 AÑOS DE LA MUERTE DEL EX SECRETARIO GENERAL DEL MIR

En exclusiva: La historia del baúl perdido de Miguel Enríquez

Escondido en dos casas de la familia Castillo Velasco entre 1973 y el 2004, se encontraba una de las historias mejor guardadas de la izquierda chilena: un archivo del MIR perteneciente a Miguel Enríquez. Documentos, libros, cartas, libretas personales y gráficas, recuperadas gracias a la acción de militantes en la clandestinidad del MIR poco después del Golpe de Estado. Aquí, los protagonistas sobrevivientes cuentan la historia, que después de cuarenta años, al fin dejó de ser solo un mito revolucionario.

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5 de octubre de 1973: “Allende se limitó a pedir ir a la calle a pelear. No llamó a soldados y anunció su decisión de morir”, escribe textualmente Miguel Enríquez bajo su chapa de Carlos en una carta dirigida al Comandante Fidel Castro.

El mensaje no da para segundas interpretaciones: ahora le tocaba a Miguel. Y así describe en la misma carta, titulada “Informe Especial nº120”, hasta ahora inédito, que el Secretario General del Movimiento de Izquierda Revolucionario (MIR) le envió a Castro con el fin de detallarle todo lo ocurrido en el Golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973. Le describe las acciones, las fallas, la organización, las expectativas y las estrategias del MIR. Un balance lleno de claridad que además incluye en un anexo a soldados dentro de las Fuerzas Armadas dispuestos a unirse a la resistencia.

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Esta es una de las cartas que, junto a libros, documentos, fotos, libretas personales y gráficas del MIR, entre 1970 y 1973, estuvieron más de 40 años desaparecidas. Todas partes de un “baúl” que se fue conformando de a poco, por el trabajo clandestino de los militantes, días después del golpe de Estado perpetrado por Augusto Pinochet. Apenas se levantó el toque de queda, una de la misiones de los militantes era clara: salvar la memoria.

Carmen Castillo, compañera de Miguel Enríquez, vivió el golpe en la Casa Verde Olivo, hogar clandestino en la Gran Avenida, que la acogió los primeros meses junto a sus dos hijas. En esa casa, donde estaba parte de la biblioteca de Miguel y Carmen, documentos de trabajo político de los militantes, manuscritos, entre otras cosas, era necesario empezar el salvataje cuanto antes.

-Compañeros arriesgaron sus vidas. Hubo una voluntad férrea de preservar, para la transmisión de la historia. Las experiencias vividas de la lucha revolucionaria son indispensables para el presente. El militante revolucionario lleva en sí mismo la memoria de las experiencias pasadas – reflexiona Carmen Castillo al recordar esos días.

LOS BARRETINES

Mónica Echeverría llevaba días angustiada. Eran las primeras jornadas después del Golpe militar y como muchas madres de nuestro país, temía por la vida de sus hijos. Dos de ellos, Cristian y Carmen Castillo, habían pasado a la clandestinidad por ser militantes del MIR. Miguel Enríquez era el hombre más buscado por la dictadura.

– Yo no sabía dónde estaban, si estaban vivos o muertos. Fue el principio de los años más angustiosos de mi vida. Nadie entendía qué estaba sucediendo, todo era una gran tristeza y desesperación- dice Mónica recordando esos días.

Carmen estaba en la casa fachada de Gran Avenida. Como ella relata en su libro “Un día de octubre en Santiago”, la misma casa había sido de utilidad meses antes cuando la Marina consiguió una orden de arresto contra los Secretarios Generales del Partido Socialista y el MIR.

Desde el golpe que ella no sabía de Miguel. Pero no le preocupaba, la organización de la resistencia se estaba formando: “la casa verde olivo fue un oasis aislado en el seno de un barrio popular. Por la Gran Avenida desfilaban, con destino desconocido, los camiones llenos de cadáveres amontonados. Eso se murmuraba. En la casa de verde olivo, el único trastrocamiento de la rutina era la ausencia de los varones. La vida continuaba”- relata Carmen en su libro.

A Mónica y a su esposo, el demócratacristiano Fernando Castillo Velasco, esos días de silencio no los dejaban dormir. Hasta que recibieron el primer mensaje de su hija. Ella no recuerda si fue a través de una caja de cigarros o de fósforos. La letra era minúscula, pero explicaba lo necesario: Ella, Miguel y sus dos hijas pequeñas Javiera (hija de Miguel y Alejandra Pizarro) y Camila (hija de Andrés Pascal y Carmen Castillo), estaban bien y a salvo.

-No podías confiar en nadie, mejor si no hablabas. Incluso con Fernando estábamos compartimentados después del Golpe, cada uno hacía cosas por sí solo, ayudaba por su lado. Porque si uno caía, podía delatar al otro-, cuenta Mónica.

Cuando se levantó el toque de queda, Carmen y otros militantes empezaron a moverse clandestinamente por la ciudad. La urgencia de no perder la memoria escrita se transformó en una de las primeras prioridades. Dos semanas después del golpe, cientos de libros ardían fuera de las Torres San Borja y eso era solo el comienzo. La gente por miedo también estaba quemando sus bibliotecas. Un destino que los militantes del MIR no querían compartir.

Se fijaron enlaces y puntos de contacto con compañeros. Cada uno llevaba barretines improvisados que, según la jerga político-revolucionaria, sirvieron para camuflar materiales importantes y así no ser detectados por los aparatos represivos. Las formas que podía tomar eran infinitas: cajas de regalo, de crema, de harina. Todo donde se pudiera camuflar material servía.

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Así Mónica empezó a reunirse con enlaces y con Carmen en filas de grandes tiendas, en supermercados, fingiendo que no se conocían. Una se sentaba al lado de la otra en una banca de la plaza. Ella sabía que los militares estaban quemando material y que era imperioso guardar todo lo que su hija le pasaba. Su casa parecía ser un lugar seguro. Fernando Castillo fue rector de la UC hasta que fue removido por la dictadura después del Golpe. Autos con libros de profesores de la Universidad llegaban a su puerta constantemente. También personas que necesitaban esconderse por unos días y otras que necesitaban ayuda para asilarse.

La catita (chapa política de Carmen Castillo) encuentra un momento para acarrear los libros, de un auto a otro, hasta la bodega… Hay que ocultar libros y documentos; mañana volverán a la luz del día. Enterrar todo, no quemar nada, decía Miguel– relata Carmen en tercera persona en su libro “Un día de Octubre en Santiago”.

Sin explicitar a qué persona o personas se les estaba entregando ese material, las primeras pistas de la existencia del baúl estaban echadas. Ella relata que Trotsky iba dentro de “Lo que el viento se llevó” y Lenin en “Los Miserables”. Todos cuidadosamente envueltos en plástico. Incluso así se pasaban documentos en miniatura para las células del MIR dentro de tubos de crema Nivea.

Con el pasar de los días, Mónica Echeverría fue acumulando un sinfín de documentos en el fondo de su casa en Avenida Ossa. En un espacio entre cachureos y herramientas que ocupaba el jardinero de la casa, se acumularon cajas para no despertar sospecha. No sabía que contenían, nunca las abrió hasta varios años después.

Apenas Fernando dejó de ser rector de la Universidad a mí me allanó la casa el regimiento de Buin, comandado por Víctor Echeverría. Fue brutal. Nos rompieron todo, nos quemaron los libros de la biblioteca en una fogata en el jardín. A pesar de lo que mucha gente que nos confió sus libros creyó, nuestra casa ya no era segura– relata la madre de Carmen Castillo.

Casi un año después, estos amedrentamientos y la detención de Mónica en el Regimiento de Buin, llevó a la familia a tomar una decisión. La situación ya era muy insegura incluso para el cordón protector de la DC. Pensando en que la situación se tornaría peor, en 1974, los padres de Carmen con sus dos hijos pequeños se fueron a vivir a Cambridge, gracias a una oferta de trabajo que recibió Fernando como profesor. El viaje fue unos cuantos meses antes que Miguel Enríquez fuera asesinado y su hija embarazada, Carmen, quedara gravemente herida en un enfrentamiento con agentes de la Dina, el 5 de octubre, en la comuna de San Miguel. Los barretines permanecieron ocultos en el fondo de la casa de Avenida Ossa. El archivo personal de Miguel Enríquez se había salvado.

EL ARCHIVO

17 de mayo 1974: “La situación actual de la izquierda no puede seguir prolongándose, es darle ventaja a la dictadura (…) Espero que no aborte esta posibilidad histórica de resistencia”, le recrimina  Miguel en una carta a Belisario Velasco, quien ya había perdido para 1974 la confianza de la directiva nacional de la Democracia Cristiana por ser una persona “non grata” para la dictadura militar, al igual que Marta Caro y Jaime Castillo Velasco, entre otros. La carta estuvo celosamente guardada entre los documentos ocultos en la casa de avenida Ossa por más de 31 años.

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Miguel estaba agotando sus posibilidades. Exige coordinación inmediata de toda la izquierda. Le pide que entienda que las personas que se están reclutando se están uniendo a la resistencia y no al MIR. Expresa que es el momento histórico para una lucha común. La fuerza represiva de la DINA, sin embargo, tenía paralizados a los partidos que no contaban con instrucción militar.

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Para esta fecha, Carmen ya estaba viviendo con Miguel en la casa de la calle Santa Fe. Como describe en su libro “Un día de octubre en Santiago”, Miguel se sentaba horas a escribir y realizar tareas políticas, con una determinación envidiable a pesar de lo que estaba sucediendo: “Escribías en la amplia mesa-barretín, la mesa con cajón secreto que nos acompañaba desde hacía años. Te veo inclinado sobre tus papeles, el ceño fruncido, en busca de una idea, y bruscamente el júbilo de tu rostro”, escribió.

Cuatro años después, en 1978, los padres de Carmen, Mónica Echeverría y Fernando Castillo, vuelven a Chile. Se van a vivir a la Quinta Michita, una comunidad de viviendas en La Reina que había construido Fernando Castillo con su hijo Cristián. El cambio era una evolución natural. Es ahí donde por primera vez, organizando el cambio de casa, Mónica abre las cajas con documentos entregadas clandestinamente por militantes del MIR.

-Habían libros de medicina de Miguel, también de literatura. Estaban todos los libros que se consideraban peligrosos. Tolstoi, Flaubert, Marx, Rosa Luxemburgo. Literatura francesa, inglesa. Muchos pensadores de izquierda. También había cosas personales de Miguel y del MIR- cuenta la madre de Carmen.

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Mónica recuerda que los libros de medicina se los pasó a su padre, Edgardo Enríquez, quien aún estaba muy impresionado por la muerte de sus dos hijos, Miguel y Edgardo, este último asesinado en Argentina en 1976. También por la desaparición de Bautista van Schouwen, miembro del comité central del MIR, a quien consideraba un hijo. Los libros que quedaron en su poder, estaban con anotaciones de Miguel. “Yo vi a Don Edgardo tan triste, tan desesperado. Por eso, como él era médico, le podía interesar cómo estudiaba la medicina Miguel y le entregué entre 10 y 12 libros. Me lo agradeció muchísimo”, recuerda Mónica.

La biblioteca con libros literarios Mónica se la entregó a Jaime Castillo Velasco, hermano de Fernando, quien ese año trabajaba en la Comisión Chilena de Derechos Humanos. Parte quedó en su casa y, el resto, fue repartido en escuelitas y liceos vulnerables. Mónica ayudó personalmente a repartirlos. Todo el resto del material, relacionado con Miguel y el MIR, ella lo guardó en un diván de cemento que salía de las paredes del living de la casa a la que regresaron luego de su estadía forzosa en Londres. Tenía cojines encima y se utilizaba como mueble, de ahí que no despertara ninguna sospecha ante un eventual allanamiento.

A esta parte del archivo tuvo acceso The Clinic. En él figuran cartas de agradecimiento a Beatriz Allende -la “Tati”, hija de Salvador Allende-, al Cardenal Silva Henríquez, a quien le asegura que el MIR está en su mismo bando, y a Fidel Castro, a quien le rendía informes periódicos. También cables al Partido Comunista Cubano; a Carlos Altamirano, secretario generacartas de agradecimiento a Beatriz Allende -la “Tati”, hija de Salvador Allende-, al Cardenal Silva Henríquez, a quien le asegura que el MIR está en su mismo bando, y a Fidel Castro, a quien le rendía informes periódicos. También l del Partido Socialista: a Santucho, líder de la resistencia argentina en dictadura, entre otros documentos.

También figuran miles de material de prensa y fotos de Luciano Cruz (Ver galería). Revistas del MIR como “El Rebelde” y “Estrategia”, esta última considerada como el “Órgano teórico del MIR”. Manuscritos únicos corregidos por Miguel, como las “Conclusiones sobre problemas de Origen 1965-1973”, un análisis político sobre el origen del MIR. También un diario personal escrito a mano cuando tenía 17 años, encuadernaciones de documentos del movimiento entre 1972 y 1973, entre los que figuran títulos como “Informes sobre la táctica del partido en la actual coyuntura”, “Políticas específicas”, “Adecuaciones Orgánicas”, por solo nombrar algunos. La lista es interminable.

-Sabía que a otros podría servirles lo que había ahí. Eso fue a dar a las manos de Pascal Allende varios años después. Pero había fotos también de Miguel, de Carmen y de las niñas que cuando me di cuenta que iban a empezar los allanamientos de la casa las quemé. Hoy siento mucho haberlo hecho – relata Mónica.

EL RETORNO DEL METRALLETA
Andrés Pascal Allende, sucesor de Miguel Enríquez como Secretario General del MIR en clandestinidad -en el exilio entre 1974 y 1986- llegó a la casa de los Castillo Velasco a mediados del año 2004. La familia se estaba cambiando a un departamento y era necesario dejar en manos confiables los documentos ocultos en el improvisado baúl de concreto. Pascal Allende recibió el material y recién pudo dimensionar su importancia cuando llegó a su hogar.

– Veo que hay diarios de Miguel, documentos manuscritos, estudios muy valiosos, cartas. No creo que haya otra cosa así, un descubrimiento como este antes. Ha permitido encontrar documentos que se consideraban perdidos – relata.

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10 años tuvo guardado este archivo Pascal Allende. Solo personas muy cercanas sabían de él. Es por eso que la posibilidad que existiera el archivo de Miguel se transformó por un tiempo en una especie de mito. “Había cosas muy bonitas, libretas de Miguel con sus anotaciones y pensamientos. Documentos inéditos del MIR y mucha gráfica preciosa. A su hijo Marco, le regalé una libreta personal de ese barretín. Él no sabía que esto existía y yo no le conté a nadie. Este archivo es su recorrido político, había que esperar la oportunidad adecuada para sacarla a la luz- cuenta Andrés Pascal.

La vida política de Miguel Enríquez se gestó desde su nacimiento en 1944. Nacido en Talcahuano dentro de una familia de clase media ilustrada, la sociabilidad intelectual era lo que más destacaba en su círculo familiar. Su padre, Edgardo Enríquez, médico, ministro de Educación de Allende en 1973, radical y masón. Su madre, Raquel Espinoza Townsed, egresada de Derecho. Sus tíos fueron senadores y su tía Inés, la primera diputada en la historia de Chile.

Cuando entra al Liceo Enrique Molina en Concepción conoce a quienes conformarían el núcleo central en la fundación MIR en 1965: Bautista Van Schouwen, Luciano Cruz y Marcello Ferrada. Y el “metralleta”, como le decían a Miguel, por su rápida forma de hablar, empezó a formar su pensamiento político. Entra a militar a las Juventudes Socialistas (FEJS) a principios de los 60.

-La revolución cubana hace posible que el sueño de la lucha armada sea posible y viable. Es por eso que se termina dando un quiebre en el PS y Miguel con sus compañeros más cercanos, renuncian al partido y se unen a la vanguardia revolucionaria marxista- comenta el coordinador general del Archivo de Enríquez.

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Durante 1961, Miguel escribía un diario de vida en una libreta. La letra, prácticamente ilegible, esconde relatos de su vida cotidiana y escolar. Habla de amores, amigos y divagaciones. Esta libreta se recuperó de forma íntegra.

Distintos grupos sociales, políticos y fuerzas confluyen en la fundación del MIR en agosto de 1965. Dos años después, disputas internas contraponen dos visiones dentro del partido, que terminan con Miguel y los suyos dentro de la dirección del MIR. “Con el tiempo, este grupo marginó a quienes no estaban comprometidos con la insurrección popular. Desde el tercer Congreso de diciembre de 1967 y hasta 1969 existió una oposición activa liderado por Luis Vitale, hasta que a través de un documento son expulsados”, relata el coordinador del archivo. Justamente ese documento, llamado “Sin lastre avanzaremos más rápido” que expulsa a los trotskistas del MIR en 1969, volvió a ver la luz. Luego de años desaparecido, hoy se tranforma en una de las piezas más atractivas del archivo.

Actualmente, se encuentra en formación la Fundación Miguel Enríquez, compuesta por amigos, investigadores y familiares del ex líder del MIR. A pesar de que aún se encuentra en incubación, se espera que sea lanzada durante el mes de octubre. El archivo de Miguel es sólo el comienzo de una campaña que intenta recuperar su memoria. La idea es que todo el material encontrado sea digitalizado y se encuentre disponible en la web para todo público.

– Para mí era importante que una institución pública se haga cargo de esto. Tenemos los técnicos y ellos se encargarán de tenerlo disponible. No me gustaría que terminara esto en un museo. Es por eso que creamos la Fundación, para preservar el archivo de Miguel Enríquez y recuperar nuestra memoria- cuenta Pascal Allende.

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Según detalla el ex Secretario General del MIR, muchos compañeros tienen materiales propios, que guardaron durante años de clandestinidad y que no han querido entregarlos porque no existía un organismo que los protegiera. “Queríamos una institución que tuviera las condiciones para custodiarlo y conformara un grupo de gente técnica, historiadores que lo trabajen y lo amplíen. Necesitamos tambien darle las garantías a los compañeros que faltan”, cuenta Andrés Pascal.

En esta plataforma digital que pretende transformarse en el archivo más grande de la izquierda revolucionaria chilena, no solamente guardará gráficas y documentos, si no también compartirá material audiovisual como documentales y películas de miristas como Javier Bertín, Cristián Galaz y Carlos Flores, entre otros.

Aparte de la fundación, en estos días se realizarán diversas actividades por el aniversario número 40 de la muerte del histórico dirigente del MIR. El próximo tres de octubre se realizará un acto en el Teatro Cariola en San Diego 246 y los lanzamientos de su biografía por Mario Amorós y del libro “La revolución ya viene” de Eugenia Palieraki.

Es por esto que sus cercanos creen que es necesario recordarlo como lo que fue: un hombre que vivió bajo sus principios y nunca miró atrás. “El baúl de Miguel te habla de un hombre culto, tremendamente inteligente, increíblemente estudioso. Dedicaba noches a escribir, días a leer. No tenía miedo actuar, jamás se quedó en palabras. Y todo con una consecuencia que en estos días es dificil de ver. Es un elemento fundamental de nuestra historia. Él y todos los que entregaron su vida para que pudiéramos vivir en paz”, recuerda con cariño Mónica Echeverría.

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