8 de septiembre de 1986. Cuatro cuerpos cocidos a balazos…

El Pepe que conocí

El lunes 8 de septiembre de 1986, el periodista Fernando Paulsen tuvo que cumplir la más dura de las tareas: contarle a Silvia Vera que su marido, el periodista José Carrasco, había sido asesinado. En este relato, Paulsen relata cómo vivían los periodistas de la revista Análisis en plena dictadura, su relación con Carrasco y el impacto del asesinato del periodista, hecho en el que se basa parte del capítulo 9 de Los Archivos del Cardenal 2. “El mensaje que se entregó esa madrugada del 8 de septiembre de 1986, con cuatro cuerpos cocidos a balazos en distintas partes de Santiago, fue el fin del mito: un electricista, un publicista, un profesor y un periodista estaban en igualdad de condiciones de ser exterminados durante la Dictadura. La pequeña arrogancia que teníamos de creer que ser periodista te daba inmunidad para lo más brutal de la represión, dos años antes del plebiscito, quedó destruida de cuajo”.

Por Fernando Paulsen

I. Usted
La voz de Silvia Vera canta la canción “Usted”, de Armando Manzanero. Estamos en su departamento de calle Santa Filomena, en el barrio Bellavista. Hemos escuchado el “Usted” de Silvia muchas veces. Tiene muy buena voz y clara entonación. Pero lo que todos en ese departamento estamos esperando es el momento en que Silvia le dedica la canción con distintas miradas a su esposo, el Pepe Carrasco.

Hay miradas burlonas cuando Silvia canta que Pepe “es el culpable de todas sus angustias y todos sus quebrantos”. Reímos todos. Hay miradas de resignación cuando Silvia se declara “esclava de sus ojos y juguete de su amor”. Hay miradas de futuro cuando Silvia reconoce en Pepe “su esperanza, su última esperanza”, y pide a Pepe que la comprenda. Y todo termina con esa mirada de plegaria urgente, cuando la voz baja hasta el borde del silencio, para prometer que Silvia “la vida diera por vencer el miedo de besarlo a Usted”.

Por supuesto, la canción termina con el mentado beso y los aplausos de todos.

Las rutinas en tiempos de dictadura eran algo deseado. Daban seguridad. En la revista Análisis teníamos la rutina de tener Viernes Alegres. Luego de entregada la siguiente edición a la imprenta, el último día hábil de la semana se convertía en fiesta. La mayoría de las veces en la misma revista, pero poco a poco fuimos trasladando la fiesta a casas de cada cual, donde todos llegaban.

Había un trago que era impajaritable, que no sé por qué razón nos gustaba tanto tomar y del que hoy poco se escucha, el vino navegado. Como un malón a la antigua empezaban a llegar los que denominábamos “amigos de la revista”, que traían cosas para comer y para tomar. Un “amigo de la revista” no requería muchos requisitos, salvo que alguien que trabajara en Análisis lo invitara. De ahí quedaba con licencia para ser parte de los Viernes Alegres hasta el infinito.

Silvia Vera, viuda de José Carrasco. Archivo diario La Nación. Universidad Diego Portales.

En el departamento de Pepe y Silvia, cuando ella cantaba “Usted”, se vivía el último Viernes Alegre de los antiguos, donde cualquiera llegaba y todos eran “amigos de la revista”. Ninguno de nosotros, que éramos esa vez como diez o doce, volvería a escuchar a Silvia cantarle “Usted” al Pepe. Desaparecerían las miradas, las burlas y el beso final con el tan-tán de la canción.

Ese fue un Viernes Alegre reducido. Estaban pasando cosas raras. Llamados telefónicos amenazantes, seguimientos de autos extraños. 1986 había sido declarado como el Año Decisivo por la oposición de izquierda a la Dictadura. La movilización social aumentaba. Las coaliciones opositoras también aumentaban. A la Alianza Democrática y el Movimiento Democrático Popular (MDP) , nacidos en 1983, se sumaba ahora una Asamblea de la Civilidad que era un arco amplísimo de figuras representando gremios, confederaciones, sindicatos, partidos políticos, centros de estudiantes, académicos y que tenían a la protesta en las calles como método favorito de expresión.

José Carrasco Tapia, editor internacional de revista Análisis y consejero del Colegio de Periodistas, militante del MIR, era un entusiasta de la expectativa que mostraba la Asamblea de la Civilidad. Defendía que la protesta cundiera en momentos en que algunos creían que esas manifestaciones eran sólo abollones menores que no desviaban a la Dictadura de su curso y, en cambio, clamaban que había llegado el tiempo de enfrentar al dictador en su terreno, el militar. Eran los que decían que la gente en la calle era una aspirina cuando se necesitaba cirugía mayor.

En ese contexto, comenzaron a llegar telefonazos amenazantes contra Pepe. Estábamos acostumbrados a recibirlos. Nuestras familias, no. Parecía una rutina infernal más. Hasta que pasó lo del Palacio de Tribunales.

II. A Buenos Aires
En esos días de agosto de 1986, prácticamente todas las semanas los periodistas de Análisis teníamos que ir a tribunales a declarar porque se habían presentado acciones legales en contra nuestra. El director, Juan Pablo Cárdenas, le hacía burlas a Pepe Carrasco, porque era el único que no recibía querellas ni llamados a tribunales. Pepe se reía y decía en tono demasiado solemne para la festiva acotación de Juan Pablo: “Es que a mí me tienen en engorda”. Y no faltaba la referencia a lo bueno para comer que era Pepe y todos nos reíamos. Pepe no tanto.

El periodista José Carrasco estuvo exiliado en Venezuela y México. Volvió a Chile a inicios de 1984. Archivo diario La Nación. Universidad Diego Portales.

Era martes o miércoles, no recuerdo bien. Mediados de agosto. Estaba en el palacio de Tribunales. Tenía que declarar ya no sé por qué caso ni por qué cosa. Entonces, era común ver mini protestas o eventos muy rápidos de crítica contra la Dictadura en el centro de Santiago. Incluso en ocasiones se formaban mítines muy rápidos dentro de Tribunales: grupos de 10 a 15 personas gritaban algo, tiraban unos folletos al aire y salían corriendo.

Después de declarar, salí por la puerta que da a calle Bandera y levanté uno de los folletos que se habían tirado hacía escasos minutos. Tenía la foto de Pepe Carrasco, la palabra “traidor” y una X sobre su rostro. El documento estaba muy burdamente confeccionado. Intentaba pasar por una amenaza del propio MIR contra uno de sus más conspicuos militantes. La idea era que quienes no estaban con la tesis del enfrentamiento armado, sobraban o eran traidores. Y a Pepe se le acusaba de esto último.

Me fui de inmediato a la revista y le conté a Juan Pablo Cárdenas lo que había visto. Me dijo que lo habían llamado para contarle que alrededor del Campus Oriente de la Universidad Católica se habían tirado panfletos similares. Teníamos tiempo antes que la siguiente edición entrara a imprenta y colocamos un recuadro en el No. 155 de Análisis, bajo el título: “José Carrasco: Amenazas de muerte contra periodista de Análisis”. En él relatábamos la seguidilla de panfletos que habían aparecido. Se incluía un trozo de la declaración que había sacado el Colegio de Periodistas, manifestando “su más plena solidaridad con este dirigente”. El recuadro agregaba la siguiente información: “Después que se diera a conocer a la luz pública el tenor de las amenazas contra el editor internacional de Análisis, llegó hasta la redacción un comunicado que firma el Secretariado Nacional del MIR, en el que se señala que los panfletos con las amenazas de muerte contra José Carrasco no son de su autoría. En el comunicado del MIR se atribuye la acción a organismos represivos del Régimen, indicando que su objetivo sería asesinar a dirigentes opositores para después hacerla aparecer como luchas internas entre los sectores democráticos”.

Nos reunimos a la semana siguiente con Pepe. Estábamos Juan Pablo Cárdenas, María Olivia Monckeberg, subdirectora, y yo, que a la sazón era Jefe de Informaciones de la revista. Considerábamos que la situación era absolutamente anormal, más allá de las consabidas amenazas telefónicas. Si había una constante en la represión de la Dictadura era que cada vez que se publicitaba una pugna interna se terminaba con muertos. La tesis de la pugna interna era un excusa predilecta de la Dictadura. Los desaparecidos habían, en su tiempo, sido explicados como una purga interna entre los que querían combatir en Chile y los que querían asilarse e irse del país, luego del Golpe. Los 119 ejecutados por la DINA en 1975, en la denominada Operación Colombo, fueron calificados al principio de víctimas de un enfrentamiento entre miristas. La guinda de la torta en esta operación mediática cívico-militar fue el titular del diario La Segunda: “Exterminados como ratones”. Más cerca en el tiempo, los degollados de 1985, sólo un año antes de los hechos que acá relato, habían sido explicados por dos miembros de la Junta Militar, el almirante José Merino y el general César Mendoza, como parte de un “ajuste de cuentas entre comunistas”.

Fernando Paulsen en el funeral del periodista José Carrasco.  Archivo Inés Paulino.

Por lo tanto, cuando se creaba públicamente la idea de una reyerta interna dentro de un movimiento o partido de izquierda, con lenguaje maniqueo y absoluto, donde unos eran los correctos y otros los traidores, se sabía que esa plataforma manipulativa terminaba con muertos que eran asociados a la supuesta lucha intestinal.

A raíz de lo anterior se tomó la decisión de pedirle a José Carrasco, en esa reunión en la revista, su salida del país con carácter de inmediata. Era una forma de protección. El destino era Buenos Aires por dos razones con nombre de mujer: María Eugenia Camus y Gladys Díaz. La “Cheña” Camus había trabajado desde 1984 como periodista en la revista, era gran amiga de Pepe, y había vuelto hacía pocos días a Buenos Aires donde su marido, Sergio Santos, tenía un negocio fotográfico. Gladys Díaz, también periodista, vivía igualmente en Buenos Aires, y colaboraba frecuentemente con Análisis. Los tres –Pepe, la Cheña y Gladys– eran muy amigos: habían militado en el MIR, habían padecido la cárcel y el exilio post Golpe, habían rehecho sus vidas, y tanto María Eugenia como Gladys vivían a sólo una hora y media en avión de Santiago, en la capital de Argentina.

Juan Pablo me dijo que le avisara a la “Cheña” que Pepe llegaría a Ezeiza. Lo hice sin darle a María Eugenia muchas explicaciones, porque ella entendía perfectamente lo que estaba pasando. Al día siguiente fue a recoger a Pepe al aeropuerto y durante los siguientes 20 días Pepe Carrasco se los pasó entre el departamento de Cheña, donde se quedaba casi todo el día, y el de Gladys Díaz, entonces casada con Alejandro Bahamondes, actual dirigente del PPD.

III. Personal 1
“Fernando, ¿dónde guardas tu plata?”. La pregunta me dejó lelo. En Análisis ganábamos bastante poco y merced a las invocaciones que hacíamos –con el dichoso vino navegado- cada fin de mes a Santa Petunia (personaje inexistente que Juan Pablo Cárdenas nominó Patrona de la revista Análisis), milagrosamente los pagos no se atrasaban demasiado. Por lo que pensar en guardar la plata no era algo que se me hubiera ocurrido. Uno funcionaba como esos bomberos de los servicentros antiguos, que eran cajeros automáticos de carne y hueso. Siempre con el fajo de billetes en el bolsillo, enrollados en un gran bolo. A nosotros no nos daba para gran bolo, pero sacábamos lo necesario para el día o la semana, y el resto se quedaba en algún recipiente de la casa. Además, a partir de la ola de relegaciones y exilios –los había por cientos desde que se iniciaron las protestas en 1983-, siempre era conveniente llevar algo de plata en cash, por si despertabas en otro lugar o país.

Homenaje en recuerdo de Pepe Carrasco, asesinado en septiemnbre de 1986 en venganza por atentado a Pinochet.  Archivo diario La Nación. Universidad Diego Portales.

“Te lo pregunto en serio”, me dijo Pepe. “Es una tontera andar con los billetes encima. Un incentivo al robo, lo mismo que se sepa que guardas dinero constante y sonante en la casa. Lo que tienes que hacer es abrir una cuenta corriente y depositarlo ahí. Usa cheques, es más eficiente”.

Ya éramos grandecitos a esas alturas de 1984 o 1985, estábamos casados, y venía el Pepe y nos trataba como niños, porque lo mismo le dijo a Juan Pablo Cárdenas y creo que a dos o tres periodistas más. El hecho es que más tarde que temprano terminamos preguntándole a Pepe cuál era el banco que nos aconsejaba. “Eso es obvio, el que está aquí a media cuadra de la revista, el Citibank”, respondió despreocupadamente. La revista Análisis quedaba en Manuel Montt 425, comuna de Providencia, y, efectivamente, hacía pocas semanas se había instalado en la esquina de Manuel Montt con Nueva Providencia (entonces con letreros que decían que se llamaba Avenida 11 de septiembre) una sucursal del Citibank.

“Ya sé que me van a decir cómo sugiero un banco del imperialismo –se anticipó Pepe-, pero si necesito guardar mis pocas platas, aquí y ahora, confío más en las instituciones de Estados Unidos que en las creadas y mantenidas por la Dictadura”.

Y partimos un día en procesión, caminando desde la revista a la sucursal del Citibank, donde varios abrimos nuestra primera cuenta corriente. El hábito de pagar con cheque ha estado conmigo desde entonces; incluso ahora cuando el plástico y las transferencias dominan la escena, sigo siendo un cultor de esa liturgia de estampar en números y después en palabras el monto a pagar, poniendo la fecha muy claramente, nombrando al beneficiario, tirando dos rayas para cruzar el documento a fin de que se deposite y ratificando todo con la propia firma. Pepe Carrasco me inculcó ese hábito, que tiene el mérito de hacerme recordar al compañero de revista, cada vez que alguien me pregunta: “¿por qué sigues haciendo cheques cuando nadie ya lo hace?”

IV. Personal 2
En 1986 se desmoronó la primera familia que construí. Una familia de dos, porque éramos solo mi ex mujer y yo. Nos separamos la última semana del 85. Me fui a la casa de mi madre, pero sabía que tenía que encontrar algo propio y rápido. Mi cabeza, sin embargo, no estaba para iniciar una búsqueda de departamento y, por lo tanto, dilataba la salida de la casa de mi mamá con excusas que ni yo creía. En Análisis se turnaban las amigas periodistas para distraerme un poco: la Patty Collyer me invitó a pasar mi primer Año Nuevo de separado con su familia; la Pamela Jiles inventaba ocasiones para celebrar algo, cualquier cosa, con tal de hacerme salir, juntarnos con gente y vaciar la mente un rato; María Olivia Monckeberg organizaba asados, más frecuentemente que de costumbre, donde todos nos reíamos y los temas personales se alejaban por largas horas. Pero todo ello me mantenía en la casa de mi madre.

Un día, Pepe Carrasco entró a mi oficina y cerró la puerta tras él. “Fernando –me dijo–, separarse es una mierda. Separarse sin tener a otra persona, es más mierda todavía. Esa mierda se traduce en posponer el regreso a la vida normal y eso pasa por tener espacios propios. Da lata buscar casa, rearmar piezas y baños, y uno termina haciendo todo eso a la rápida y mal. Por eso, te pido (me pasa un papel escrito) que vayas a hablar con esta persona a esta dirección de la calle Purísima, al lado de donde vivo yo. Es una persona que arrienda una casa que posee justo arriba de la suya. Tiene dos habitaciones, living y comedor, una cocina larga y, lo mejor, una terraza de loza arriba, que abarca toda la planta y que mira al cerro San Cristóbal, donde si vas por la noche y escuchas atentamente, podrás oír el rugido de los leones del zoológico. Ya hablé con él, sabe quién eres tú, dónde trabajas y negocié el precio del arriendo, de tal forma que si te gusta, no tienes más que decir que sí y tienes nueva casa.”

Yo no pertenecía al círculo de los amigos íntimos de Pepe Carrasco. Nos llevábamos bien, conversábamos a menudo y participábamos de las fiestas periódicas que hacíamos en la revista. Pero su núcleo de fierro pasaba por relaciones históricas con otros periodistas como la Cheña, Gladys, su entrañable amistad con Juan Pablo Cárdenas, su paternal cariño y apoyo a periodistas más jóvenes como la Patty Collyer o la María José Luque. Habíamos tenido discusiones fuertonas en alguna ocasión, como había muchas en la revista Análisis, que congregaba a personas que pensábamos distinto, pero tenían un objetivo común, cual era retornar lo más pronto posible a la democracia.

Por eso me sorprendió tanto esa reunión a puertas cerradas, donde Pepe me habló como un íntimo amigo le habla a otro en momentos de miedo y duda: no trayéndole más problemas, sino resolviéndoselos.

IV. El retorno
Habla tú esta vez con el Pepe, Fernando”, me dijo Juan Pablo Cárdenas mostrándome el auricular. “Yo me agoté”. Desde que Pepe se había ido a Buenos Aires no pasaba un día sin llamar a la revista, para ver si ya estaban dadas las condiciones para volver. Juan Pablo recibía sus llamados, le comentaba lo que estaba ocurriendo en el país y, pese a las insistencias de Pepe, le pedía al editor internacional de la revista que permaneciera en Buenos Aires un tiempo más.

Mlitante del MIR, en los '80s Carrasco era de los que apoyaba la tesis de que la movilización social -más que la lucha armada- permitiría terminar con la dictadura.  Archivo diario La Nación. Universidad Diego Portales.

Así por casi 20 días. El jueves 4 de septiembre de 1986 volvió a llamar. Dijo que Silvia tenía una dolencia muy fuerte en su espalda; que los niños –Iván, Alfredo y Luciano- necesitaban ayuda; que había visto cómo se habían acabado las amenazas y los panfletos, que la cosa estaba calmada y que quería volver.

Estábamos en la oficina de Juan Pablo, creo que con María Olivia Monckeberg también, y ahí se tomó la decisión de dejar de obstaculizar su regreso. Pensábamos que efectivamente la situación había cambiado. Y pesaba la necesidad de sus hijos y de Silvia.

“Vuelve, no más”, le dijo Juan Pablo. “El domingo te hacemos un asado en la casa de la María Olivia.” Pepe no se demoró más que unas pocas horas y el viernes 5 de septiembre entraba de vuelta a su país por el aeropuerto Arturo Merino Benítez.

Pepe Carrasco no pudo ir al asado en casa de María Olivia Monckeberg en la calle Luis Carrera, en Vitacura, el domingo 7 de septiembre. Dijo que la Silvia tenía todavía dolores de espalda muy fuertes y que prefería quedarse con ella en el departamento. Nos quedamos de encontrar todos el lunes en la revista. Y hubiese sido así, pero ese fin de semana cambiaría nuestras vidas radicalmente.

V. Domingo 7
“Mamá, parece que trataron de matar a Pinochet”, dijo Magdalena Browne, hija de María Olivia, tras aparecer de sopetón en el living, en medio del bendito asado. Nadie pareció escucharla. Magdalena tenía entonces unos 12 años y comenzó a alzar la voz.

“Mamá, trataron de matar a Pinochet”, gritó. Nos callamos. La niña dijo, “en la tele”, y partimos al dormitorio principal donde estaba el televisor. Había cadena nacional, estaba en ella hablando el entonces ministro secretario general de Gobierno, Francisco Javier Cuadra. Daba cuenta del atentado ocurrido contra el general Pinochet en el Cajón del Maipo. Se mencionó que Pinochet estaba ileso, lo mismo que un nieto que lo acompañaba, que había muertos entre la escolta del gobernante y que quienes habían perpetrado el atentado habían logrado escapar.

No habían pasado segundos desde que mirábamos, estupefactos, la televisión, cuando sonó el teléfono en la casa de María Olivia. Era Pepe Carrasco, el periodista Pepe Carrasco, que tenía solamente una cosa en la cabeza. La revista Análisis ya había sido enviada a la imprenta y aparecería el lunes sin consignar la noticia más importante del momento. “Eso no puede ser”, le dijo Pepe a Juan Pablo Cárdenas. “Tenemos que incluir aunque sea un recuadro en portada sobre el atentado o no habremos hecho bien nuestra pega”, insistió.

El problema era que la revista se imprimía en una editorial que tenía límites muy estrictos para recibir material y, además, cada cambio costaba una enorme cantidad de dinero. Juan Pablo, en todo caso, estuvo de acuerdo en que había que cambiar la portada. Mientras se informaba que se declaraba Estado de Sitio y se decretaba toque de queda, los contactos con la editorial permitieron cambiar las películas de la primera página, para que consignara el atentado. Sin embargo, antes de que todo el material pudiera imprimirse, el gobierno decretó la suspensión de varios medios de comunicación, invocándose el Estado de Sitio, incluyendo a Análisis. La pega que pedía Pepe se hizo, pero esa edición no vio nunca la luz. El Estado de Sitio duró cuatro meses, hasta enero de 1987, cuando recién fuimos autorizados, junto a otras publicaciones, para volver a los quioscos.

Nos fuimos rápidamente a nuestras casas, antes de que se activara el nuevo toque de queda. Quedamos de juntarnos a primera hora en la revista. Tomé mi automóvil, un pequeño Subaru Rex, y partí hacia Bellavista. Pasé frente al edificio de Pepe Carrasco, todo a oscuras, di la vuelta a la manzana para tomar Purísima y entré en mi casa. No intenté escuchar el rugido de los leones del zoológico. Como sería público en cosa de horas, los zarpazos asesinos andaban en la calle, no en el cerro esa noche.

VI. “Hay que contarle a Silvia”
Cuando llegaron, como a las 5 de la mañana del lunes, tan sólo a metros de mi casa, a buscar a Pepe Carrasco, yo dormía profundamente. No recuerdo quién me dijo y dónde supe lo de su secuestro. Lo que sí recuerdo es que nos distribuimos los periodistas y personal de la revista en diversas direcciones donde pudiéramos buscar apoyo para que soltaran luego a Pepe. Fuimos al Arzobispado, a las embajadas, hablamos con los pocos miembros de gobierno que recibían nuestras llamadas y nada. No había señales de Pepe Carrasco. Estábamos dispersos en muchos lugares, hasta que Teresa Izquierdo, secretaria de la revista, decidió que había que acompañar a la Silvia en su departamento. La acompañó el abogado de DDHH, Fernando Zegers. Y para allá también partí yo. En ese lugar nos encontramos con Hernán Cardemil, que vivía en el mismo edificio, y que oficiaba de productor de Análisis en lo que tenía que ver con la relación con la imprenta.

Los demás comenzaron a dejar de ir por apoyo a Iglesias y embajadas, y empezaron a reportear las posibilidades de un desastre: si a Pepe lo habían matado tenía que llegar a la Morgue, o llegaría a las radios la noticia de un cuerpo encontrado en algún lado.

En los '90s la calle Belgrado, donde se ubicaba la Escuela de Periodismo de la Universidad de Chile, varias veces fue pintada con el nombre del periodista. Hoy se llama Periodista José Carrasco Tapia.  Archivo diario La Nación. Universidad Diego Portales.

La Tere Izquierdo y Fernando Zegers pidieron hablar conmigo a media mañana en el departamento de ella, que quedaba en el mismo edificio de Pepe. Me dijeron que habían recibido un informe de que dos cuerpos habían sido encontrados, muertos, y que estaban en la morgue. Que uno de ellos era el de Pepe Carrasco. Entendí de inmediato lo que pasaba: alguien tenía que decirle la verdad a la Silvia, antes de que un flash de Radio Cooperativa o un extra de televisión diera cuenta en lenguaje periodístico del hecho.

Uno es un profesional entrenado para dar informaciones. Las he dado de todo tipo: algunas festivas y, por ende, sin riesgo alguno; otras trágicas, como las catástrofes naturales o la muerte de una personalidad mundial; las hubo también con drama económico, con colapsos y quiebras por doquier; y, por cierto, esas noticias de todos los días en Dictadura de alguien caído, preso, golpeado, y que contábamos con rabia contenida.

Pero no me sentía preparado para contarle a Silvia lo que sabíamos. Pensé por un instante que quizás debíamos esperar a Juan Pablo o a Fernando Castillo Velasco, ex rector de la UC y presidente del directorio de Análisis. O a que llegara el hermano de Pepe, Raúl, y hablara con su cuñada en familia.

Le pregunté a Fernando y la Tere si había margen de error. Me dijeron que no. Sabíamos que corríamos contra el extra de algún medio, la noticia se esparciría rápido y más pronto que tarde sería difundida. Les pedí que llamaran a la Silvia para que viniera al departamento de la Tere. Les pedí que se quedaran en la pieza conmigo. Yo hablaría.

–Silvia, encontraron un cuerpo que creemos que es el Pepe-, le dije lo más articulado que pude.
–¿Está vivo o muerto?- preguntó ella.
–Muerto– dije yo.
–¿Estás seguro que es el Pepe?– preguntó la Silvia en un hilo de voz.
–Estoy seguro –le dije-. En un rato se sabrá por los medios. No queremos que te enteres por la radio. Por eso te lo decimos nosotros.

Silvia me dio las gracias por avisarle y salió con la Tere a prepararse para lo que sabía que vendría. Contarle a sus hijos, el reconocimiento en la Morgue, y la mierda de futuro inmediato que se venía encima.

VII. Espero que no, pero…
El periodismo opositor en Dictadura hizo un ejemplar trabajo de justicia de imprenta. Todo lo que se sabe de las violaciones a los derechos humanos entre 1973 y 1990 fue escrito y publicado durante la dictadura en las pocas revistas de oposición que estaban autorizadas para existir. Si los tribunales, hasta el día de hoy, han fallado en su labor de hacer justicia legal respecto de esa brutalidad, distinta es la realidad de la prensa independiente de la época, que estuvo a la altura de su papel investigativo y de exposición de hechos.

Se reporteó sin desconocer el miedo que nos embargaba. Se llegó a recuperar órdenes escritas, documentos que nadie quería que se conocieran. Se entrevistó a víctimas, familiares, abogados. Y este empuje periodístico incontenible incluso permeó el núcleo de poder dictatorial, abriéndose varias fuentes claves para dilucidar crímenes que ellos mismos repudiaban. Poco a poco se abrió paso para que se pudiera entrevistar, en esos medios marginales, a señeras figuras de la Dictadura desencantadas con el Régimen, o que no aceptaban que les imputaran crímenes que habían cometido sus superiores.

En todo ese largo camino de investigación y difusión –con estados de excepción que suspendían varias veces los medios, que encarcelaban a los directores de ellos y a sus periodistas–,dentro de lo más oscuro de la Dictadura y sus métodos, a mediados de los ‘80 muchos creíamos que ser periodista era una especie de escudo protector. Claro, se querellaban contra nosotros, pasábamos semanas o meses en la cárcel, teníamos que destinar varias horas de la semana a declarar en tribunales, y nuestras familias vivían a saltos por nuestras conductas periodísticas.

Pero el mensaje que se entregó esa madrugada del 8 de septiembre de 1986, con cuatro cuerpos cocidos a balazos en distintas partes de la ciudad de Santiago, condenados –sin juicio– por un crimen que no cometieron, fue el fin del mito: un electricista, un publicista, un profesor y un periodista estaban en igualdad de condiciones de ser exterminados durante la Dictadura. Sus profesiones eran irrelevantes; si eran dirigentes de gremios nacionales no importaba. La pequeña arrogancia que teníamos de creer que ser periodista te daba inmunidad para lo más brutal de la represión, dos años antes del plebiscito, quedó destruida de cuajo con el asesinato de Pepe Carrasco.

La Dictadura funcionó como tal hasta el último día. Y me enorgullezco en decir que la prensa opositora a ella, también. Trabajé con colegas de mi revista y de las otras, que no dudaron un segundo en seguir abriendo el camino de la información que se callaba en los medios uniformados y cómplices activos de la Dictadura.

Nos mataron a uno de los mejores y, lejos de ser un acto inhibidor, fue un acicate. Produjimos más material revelatorio del Régimen y su reguero de muertos en los dos años antes del plebiscito de 1988 que en casi toda la década anterior. La Dictadura hacía agua interna mientras se acercaba el plebiscito, y los medios investigábamos y recibíamos material inédito como nunca antes.
Si el asesinato de Pepe Carrasco fue un aviso a la profesión, no tuvo efecto alguno en la práctica. Al contrario.

Si de lo que se trataba era que sintiéramos que la muerte se acercaba a nosotros, eso se logró muy claramente. Nos dolió y nos duele todavía el asesinato de Pepe Carrasco. Porque más allá de un periodista y lo que representaba gremialmente, Pepe era un compañero de trabajo, un amigo, un tipo con un sentido del humor que no se compra en la farmacia, que escasea y siempre hace falta. Triunfaron en quitarnos lo que no tiene repuesto. Y en instalar una maldita y cruel bomba de tiempo, que significó que Luciano Carrasco, el hijo de Pepe, años más tarde considerara que no había remedio en esta vida para el dolor que lo acompañaba a todas horas, desde que mataron a su padre.

Espero que mis colegas de profesión nunca más tengan que defender la democracia desde la trinchera del periodismo restringido que permite, en migajas, una dictadura.

Espero que los horrores del pasado se graben lo suficiente en nuestra conciencia como para evitar que los demonios del maniqueísmo criminal, del estereotipo criminal, de la mentira criminal, del iluminismo criminal, vuelvan a tener una chance de hacerse del poder a sangre y fuego.

Pero si eso ocurriera, si la repetición de errores llevara a la posibilidad de una nueva dictadura, estoy seguro de que en las catacumbas de la resistencia periodística afloraría, entre muchos otros, el recuerdo de la voz potente y la risa contagiosa de Pepe Carrasco, que impulsaría a iniciar un nuevo viaje, con los que quieran ir -como pasó antes-, simplemente buscando contar noticias que estén prohibidas de revelarse.


VER DOCUMENTAL: “JOSÉ CARRASCO TAPIA”





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Interpretación libre de una tragedia Enrique París Roa por Piero Montebruno

Cayó junto a su pueblo André Jarlán por José Aldunate s.j.

Jecar, compañero en el viaje de la vida Jecar Nemhe por Fesal Chain

James y el Camaro Patricio Munita por Flaco Lucho desde Bélgica

¿Negligencia Culposa? por Ignacio Vidaurrázaga Manríquez

Irregulares Viriato, Baucha, Perico, Ángel, Chico Pedro por Ernesto Marcosy

Mujeres de mi generación por Luis Sepúlveda

Bailarina – Arquitecta Ida Vera Almarza por Pablo De Carolis Yori

Futbolistas del Carrera Pinto Isidro Pizarro Meniconi por Oscar Montealegre Iturra

Unicornio II Muriel Dockendorff Navarrete por Iris Padilla

Búsqueda de “Daniela” Muriel Dockendorff Navarrete

Cartas y poemas de Muriel Muriel Dockendorff Navarrete

Támesis Marcelo Eduardo Salinas Eytel por Nicole Drouilly

Las risas y las voces de mi padre Marcelo Concha Bascuñán por María Paz Concha Traverso

Cucho, el “Gato” de Ñuñoa Agustín Reyes González, “Gato” por Lucía Sepúlveda

Amanece por Máximo Gedda

Moreno de verde luna, voz de clavel varonil Hugo Daniel Ríos Videla, “Peque” por Teresa Izquierdo Huneeus

Che Compadre Hugo Ratier Noguera, “Raimundo” por Martín Faunes Amigo

Pablo y Feliciano Raúl Cornejo Campos, “Feliciano”, y a Miguel Angel Sandoval, “Pablo” por Flaco Lucho desde Bélgica

El sastre valiente Miguel Angel Sandoval, “Pablo” por Lucía Sepúlveda Ruiz

Discos de vinilo Genaro Flores Durán __por Jorge Flores Durán

Las flores de mi balcón llevan tu nombre Muriel Dockendorff Navarrete __por Pablo Varas

Muriel, dulces, kuchen y tortas Muriel Dockendorff Navarrete __por Patricia Ochoa

Nunca dejarás de estar conmigo Gregorio Mimica __por María Antonieta Blaisse

Revivieron la historia de Carlos Rioseco

Carta abierta a Juan Maino

Recuerdos de 30 años Alberto Bachelet __por Patricio Carbacho

Otro 11 de septiembre Gastón Vidaurrázaga Manríquez __por Ignacio Vidaurrázaga Manríquez

Acto en el Liceo de Hombres de La Serena

Nuestra gente del Liceo de Hombres de La Serena

Un estudiante viajero Germán Cuello __por Alexandra

Estadio Nacional y Chacabuco, memoria del silencio __ por Dr. Luis Cifuentes

Una contribución al Movimiento Popular de Concepción Rudy Cárcamo Ruiz __por Eduardo Cruz (Bily)

Nuestra gente de la UTE

A la vuelta del calendario: Gente de la UTE Claudio Contreras / Agustín Martínez __por Juan Carlos Díaz

A 31 años del asesinato del General Bachelet Alberto Bachelet __por Raúl Vergara Meneses

José Hipólito Jara y Víctor Alfonso Martínez

Acerca de Jorge Grez Aburto __por Eduardo Agustín Cruz (Bily)

Miguel Cabrera Fernandez “Paine” __ Miguel Cabrera __por Victor M. Gavilan

Neltume / Nahuelbuta

Federico junto al diamelo Federico Álvarez Santibáñez por Ana Marín Molina

Carlitos y el Coronel __ Oscar Rojas Cuéllar __por Ignacio Vidaurrázaga Manríquez

Gladys, maestra de ética y consecuencia revolucionaria __ Gladys Marín __por Martín Faunes Amigo

Algo más que «Dama Blanca» Padre Miguel Woodward __por María Paz García-Huidobro

Carmencha__ Carmen Bueno __por Loli Bueno

Nilda Patricia__ Patricia Peña Solari __por Juparo

La niña junto al piano__ Patricia Peña Solari __por Claudio

Playground__ Patricia y Fernando Peña Solari __por Paz Concha Traverso

¿Quién asesinó a Jacqueline Drouilly? __por Arturo Alejandro Muñoz

Cátedra de Educación Cívica __por Martín Faunes Amigo

Víspera de año nuevo _Lucrecia Brito Vásquez

Bolsas de pan en el estadio _Manuel Paiva

Las historias que podemos contar _Mario Garcés Durán

Once de septiembre en Indumet _Martín Faunes Amigo

Tres raasss por Ricardo Faunes _Martín Faunes Amigo

La vie en rose en Grimaldi__ María Teresa Eltit / María Teresa Bustillos __por Monique Hermosilla Jordens / Lucrecia Brito Vásquez

De mayo a octubre de 1975__ Iván Olivares Coronel “Chuqui” y Dagoberto Pérez Vargas “Dago” __por Flyman

Ayudista de todas las horas__ Sonia Edwards __por Lucía Sepúlveda

El Miguel, ellos, nosotros y la Carolita__ _Miguel Enríquez __por Adriana Goni

Le juro que fue por amistad__ _Jacqueline Drouilly / Marcelo Salinas __por Guido Eytel

Ángel__ _Horacio Carabantes Olivares __por Edgardo Carabantes Olivares

Hoy confluyen aquí las voces y los sueños __por Daniela Peña Soto

En recuerdo de Paine__ _Miguel Cabrera Fernández-__ por Andrés

Blancas abandonan -Danilo González Mardones-__por Pablo Varas

Amanecerá un día__ _Luis Palominos Rojas-__por Eduardo Palominos Rojas

Una silueta contra la montaña__ _José Manuel Ramírez Rosales-__por Nelly Berenguer Rodríguez

Con todo el tiempo del mundo _J.J.Boncompte, J.Carrasco-__por Pablo Varas

Hombre niño casi alado _Claudio Venegas Lazzaro-__por Margarita Román

El guitarrista que se atrevía a cantar _Horacio Carabantes-__por Martín Faunes Amigo

Martes once en la Universidad _Goyo Mimica- __por Manuel Mardones

El niño invisible _Miguel, Bautista, Ricardo y Ambrosio- __por Manuel Holzapfel Gottschalk

El beso tembloroso _Mónica Llanca Iturra- __por Lucía Sepúlveda Ruiz

Aquí…, Radio Liberación _Fernando Vergara Vargas-__por Lucía Sepúlveda Ruiz

La foto de mi casa -Julio Guerra-__por Luis Alberto Tamayo

Bachilleres en fútbol -Rafael Madrid-__por Jaime Castro Santoro

La imaginación herida -Eugenio Ruiz Tagle-__por Josefa Ruiz-Tagle

Memorias fragmentadas -Padre Llido-__por Claudia Iturrieta

Pepe Amigo, el malo -José Amigo Latorre-__por Narda Salgado

Maletín james bond -Juan Maino Canales-__por María Angélica Illanes Oliva

Revolucionarios profesionales -Matías-__por Juan Schilling Quezada

Detective ángel de las microtabletas fotográficas -Teobaldo Tello Garrido-__por Martín Faunes Amigo

Una mano en el bolsillo trasero -Mauricio Jorquera-__por Manuel Arriagada

Hermosa niña judía -Diana Aron-__por María Paz García-Huidobro

Paine: algo más que sandías-__por Martín Faunes Amigo

Pasajeros en el tren Elquino -Federico Alvarez S.-__por Martín Faunes Amigo

Homenaje a Jorge Peña Hen

Encuentro el antiguo profesor con el borracho -Jorge Peña Hen-__por Martín Faunes Amigo

El clarin mayor -Jorge Peña Hen-__por Martín Faunes Amigo

Sinfonías en carcajadas -Jorge Peña Hen-__por Lucrecia Brito

Treinta y uno de Julio de 1975 __Poema para los 119__por Juparo

Nilda Patricia __Nilda Patricia Peña Solari__por Juparo

Memorias Fragmentadas __Padre Antonio Llidó Mengual__por Claudia Iturrieta

Si el poeta eres tú __Máximo Gedda, Yactong Juantok Guzmán, Carlos Gajardo Wolf, Mario Calderón Tapia, Ricardo Solar Miranda, Rabito, Cesar, Amador Del Fierro__por Liliana

Justicia Divina __Gabriela Arredondo Andrade__por “M”

Alfredo, vas a ser abuelo __Alfredo García Vega__por Silvia Vera

La niña junto al piano __Patricia Peña Solari__por Claudio

Fue en septiembre__ José René Barrientos Warner __Germán F. Westphal

Kellina__ Jacqueline Binfa Contreras __María Paz García-Huidobro

Al Che y a Miguel en el 2001 __ Miguel Enríquez, Ernesto Che Guevara __Víctor Toro Ramírez

Carta de Bautista a su madre __ Bautista Van Schouwen Vasey __

Página de diario de 1963 __ María Cristina López Stewart __

Otro más del Manuel de Salas __ Luis Guajardo Zamorano __Anónimo

Miguel vivía en una casa con vista a la esperanza __ Miguel Enríquez Espinoza __por José María Memet

Amanece __ Máximo Gedda Ortiz __

Cuando en el sur florecían los cerezos __Marcelo Salinas Eytel__por Guido Eytel

Hermana niña __ Carmen Bueno Cifuentes __por Olimpia Bueno

Historia de un asesinato por fusilamiento__ A la memoria de Pedro Purísimo Barría__por Germán Westphal

El hombre del abrigo amarillento y la mujer que lo amaba__María Cristina López Stewart, Federico Alvarez Santibáñez, Horacio Caravantes Olivares, Jaime Vásquez Sáez, Luis Guajardo Zamorano, Claudio Contreras y Agustín Martínez __por Martín Faunes Amigo

Arrayán__Paulina Aguirre__por Viviana Sepúlveda

Cartas mutiladas__Carmen Bueno__por María Elena Blanco

Bajo el bosque__Héctor Garay Hermosilla__por Diego Muñoz Valenzuela

Triunfador en innumerables aventuras __Sergio Alejandro Riffo Ramos__por Pablo Leiva

Confidenciado entre café y café __Sergio Alejandro Riffo Ramos__por Marisa

Una persona de la raza humana __José Modesto Amigo Latorre__por Hippie

Encuentro del héroe con la traidora __Padre Antonio Llidó Mengual__por Archivero

Mac Leod había sido cadete __Juan Rodrigo Mac Leod Treuer y María Julieta Ramírez Gallegos__por Pablo Leiva

Con Mario somos amigos __Mario Edrulfo Carrasco Díaz __por Lucía Sepúlveda

Recuerda, tu hermano desapareció __Manuel Jesús Villalobos Díaz__por Lucía Sepúlveda

Un asesino anda suelto por Ñuñoa __Eduardo y Rafael Vergara Toledo__Desde Comisión FUNA

Biografía de Miguel Enríquez __Miguel Enríquez Espinoza__por Pedro Naranjo Sandoval

La opción de Augusto Carmona__Augusto Carmona Acevedo __por Lucía Sepúlveda

Un gato de siete vidas__Renato Alejandro Sepúlveda Guajardo __por Queni y Queltec

Confieso que he luchado y alcé los puños iracundo__Ricardo Ruz Zañartu __por P. Ruz

El preso ochocientos quince__Gilberto Urbina Chamorro __por Sonia Cano

La casita de La Faena__Jaime Orellana __por Kenya

Los ojos olvidados del camarógrafo de la “Batalla de Chile”__Carmen Bueno y Jorge Müller Silva __por Gustavo del Campo

En las garras de la Operación Cóndor__Sergio Reyes Navarrete __por Sonia Cano

Ayer cuando me enteré__José Francisco Bordás Paz, “el Coño Molina” __por Rucia

“Sigamos luchando no más…”__Hernán Santos Pérez Alvarez__por Queltec

Ubica a mi compañera cuando salgas en libertad__Pedro Poblete Córdova__por Lucía Sepúlveda

Matemáticas y ajedrez__Vicente Palomino Benítez__por Lucía Sepúlveda

Juez especial después de 27 años__Leopoldo Muñoz Andrade__por Lucía Sepúlveda

¿Dónde estará la Violeta del Grupo de Teatro Acuarium?__Violeta López Díaz__por Lucía Sepúlveda

Morén Brito versus María Teresa Eltit “et ale” __María Teresa Eltit__por Lucía Sepúlveda

El año nuevo ’75 de Marisa: Infierno en La Torre__María Isabel Joui __por Lucía Sepúlveda

Aquí no tengo nada que decir__Martín Elgueta Pino__por Lucía Sepúlveda

La mirista hija de una enfermera del Hospital Militar__Jacqueline Binfa Contreras__por Lucía Sepúlveda

Alfredo, vas a ser abuelo__Alfredo García Vega__por Silvia Vera

Cacería de dos hermanos__Jorge D’orival Briceño__por Sonia Cano

El Pelao Krauss__ Víctor Fernando Krauss Iturra __por P. Ruz

Padre, compañero Joan Alsina__ Joan Alsina Hurtos __por María Paz García Huidobro

Volveré, volveré, donde está mi madre esperándome__ César Arturo Negrete Peña __por sus hermanas

Un minero__ Antonio Lagos Rodríguez __por Susana

Nuestro Aníbal__ Agustín Reyes González __por Maria Stella Dabancens Gandara

El estudiante que Alejandra envió “a Puerto Montt”__ Mauricio Jorquera Encina __por Lucía Sepúlveda

Joven profesor detenido cuando iba a ver partido del Mundial__ Agustín Fioraso Chau __por Lucía Sepúlveda

Miguel Angel desaparecido versus Miguel Angel, su “doble” del sur__ Miguel Acuña Castillo y Héctor Garay Hermosilla __por Lucía Sepúlveda

Cacería nocturna__ Ofelio Lazo Lazo __por Lucía Sepúlveda

Desapareció de la U y de Maipú a los 21 años__ Juan Ernesto Ibarra Toledo __por Lucía Sepúlveda

Vietnam y Londres en la vida de un poblador__ Carlos Cubillos Gálvez __por Lucía Sepúlveda

El mirista de Quinta Normal que desapareció un 26 de julio__ Ismael Chávez Lobos __por Lucía Sepúlveda

La Pity Vergara__ Lucía Vergara Valenzuela __por Paty

Homenaje a Pepe Carrasco__ José Carrasco Tapia “Pepone” __por Patricia Collyer

El chico Sebastián, un artesano militante__ Rubén Arroyo Padilla __por Sonia Cano

Pepito milagroso__ José Carrasco Tapia “Pepone” __por Cheña

Verano del 72__ Sergio Peña Díaz __por Raúl de Calama

Váyanse de Santiago__ Lucía Vergara Valenzuela “la Pity” y Arturo Villavela Araujo __por Marisa

El veterinario del MCR__ Sergio Peña Díaz __por Queltec

Secretos de familia__ Alan Bruce Catalán __por Lucía Sepúlveda

Un beso para las tres__ Sergio Peña Díaz __por Ricardo-Eugenio

El Coño Villavela__ Arturo Villavela Araujo __por “M”

Del José Joaquín Aguirre al Hospital de Cunco__ Eduardo González Galeno __por Margarita Romero

El último de los buenos que alcanzó a verlo__ Sergio Pardo Pedemonte __por Aminta Traverso

La DINA contra dos del cordón Vicuña Mackenna__ Cecilia Castro Salvadores y Juan Carlos Rodríguez Araya __por Sonia Cano

Francia exige a justicia chilena aclarar desaparición de Alfonso Chanfreau__ Alfonso Chanfreau Oyarce __por Lucía Sepúlveda

Juan Chacón dijo adiós a su padre en Cuatro Alamos antes de desaparecer__ Juan Rosendo Chacón Olivares __por Lucía Sepúlveda

El arte de ser mirista y trabajar en Investigaciones__ Sonia Bustos Reyes __por Lucía Sepúlveda

La voz de María Angélica__ María Angélica Andreoli Bravo __por Lucía Sepúlveda

Marcados a fuego en la frente, María Inés y Martín__ María Inés Alvarado Borgel y Martín Elgueta Pinto __por Lucía Sepúlveda

Secuestro del albañil de la Población Kennedy__ Eduardo Alarcón Jara __por Lucía Sepúlveda

Kellina, la mirista hija de una enfermera del Hospital Militar__ Jacqueline Binfa Contreras __por Lucía Sepúlveda

Homenaje a la caída en combate de Miguel Enríquez __Miguel Enríquez Espinoza__por Hernán Aguiló

Sitio en homenaje a Jecar Nehgme __Jecar Antonio Nehgme Cristi__por Lucho

Profesionales a fines y contrapuestos __María Cristina López Stewart__por Martín Faunes Amigo

El último día de Miguel __Miguel Enríquez Espinoza__por Manuel Cavieses Donoso

Thamesis __Marcelo Salinas Eytel__por Nicole Drouilly

Muriel, dulces, kuchen y tortas __Muriel Dockendorff Navarrete__por Patricia Ochoa

El que tuvo siempre tiempo para escribir poesía __ Máximo Gedda Ortiz__por Ignacio Puelma

Un par de botas para su hermana __ Luis Guajardo Zamorano __por Martín Faunes Amigo

Carta para mi amigo el ciclista __ Sergio Tormen Méndez __por Carlos Moukarzel Numair

Cien años de soledad __ Santos Romeo González __por Nilda Bórquez

La hija del flaco Raúl __ Carlos Julio Fernández Zapata __por Hilda E. Espinoza Figueroa

El detective-ángel de las micro tabletas fotográficas __ Teobaldo Antonio Tello Garrido __por Martín Faunes Amigo

Ramón Núñez, ¡no existe! __Ramón Núñez Espinoza __por Lucía Sepúlveda

Abundio, el carpintero del G1 __Abundio Contreras González __por Lucía Sepúlveda

A la esquina sin abrigo en el invierno del 74__Jorge Olivares Graindorge, Zacarías Machuca Muñoz __por Lucía Sepúlveda

De la Bolsa de Comercio a un recinto de tortura__Guillermo Beausire Alonso __por Lucía Sepúlveda

Estoy en poder de la DINA!__Germán Moreno Fuenzalida __por Lucía Sepúlveda

Collar de flor al cuello__Cecilia Labrín __por Lorena Sandoval

Unos veranos después__Lumi Videla y Sergio Pérez __por Martín Faunes Amigo

El chaleco rosado de jacqueline__Jacqueline Drouilly __por Nicole Drouilly

Un ex dirigente de la salud__Marcos Esteban Quiñones Lembach __por Lucía Sepúlveda

Brazos que parecían abrazar sueños__Elízabeth Cabrera Balarritz __por Carmen Gallero Urízar

El delito de ser amigos y ex alumnos del Manuel de Salas__Jaime Mauricio Buzio Lorca __por Lucía Sepúlveda

Una imagen de cartón levantada sobre mi cabeza__Jenny Barra__por Lucrecia Brito Vásquez

La desaparición del peluquero mirista__Daniel Abraham Reyes Piña__por Lucía Sepúlveda

Sopa de rocas__Juan José Boncompte Andreu__por María Norambuena/Martín Faunes Amigo

Tren nocturno a la esperanza__Carlos Rioseco Espinoza__por Hilda E. Espinoza Figueroa

Entre dos mundos__Jorge D’orival Briceño__por Anita

María Isabel y María Teresa__María Isabel Joui Petersen y María Teresa Eltit Contreras__por Lucrecia Brito Vásquez

Una casa al fondo por Joaquín Godoy__Ida Vera Almarza, María Cristina López Stewart, Carlos Carrasco Matus, Miguel Angel Pizarro Meniconi __por Tomás Pizarro Meniconi

Coca-Cola__Jaime Vásquez Sáez__por Martín Faunes Amigo

El negro era un valiente__Hernán Pérez Alvarez__por Lucrecia Brito Vásquez

Nos encontraremos a través de la niebla que despejaremos__Muriel Dockendorff Navarrete__por Gloria Laso Lezaeta

A María Mardones__Hermanos Velásquez Mardones__por Hilda Espinoza

María Isabel tenía diecinueve años y una vida por delante__María Isabel Joui Petersen__por María Eugenia Letelier

_ > ¿QUIÉNES SOMOS? Un grupo interdisciplinario de personas interesadas en preservar la memoria histórica que bajo el nombre “Las historias que podemos contar”, hemos creado este espacio web para dar a conocer nuestros avances en estos ya catorce años en que nos hemos dedicado al trabajo de rescatar la memoria en pro de la dignidad valórica e histórica de los compañeros que cayeron enfrentando a la dictadura. Hacemos notar que son pocos aquellos que cuentan con una historia, un homenaje literario, o una foto o pintura que los rescate no sólo en lo que eran como militantes, sino también en como los seres humanos que eran, con alegrías y sueños. Así, este avance se muestra esperando incentive en la colaboración de todos ustedes para esta labor que no reconoce dimensiones ni partidos y el único plazo que establece es el más corto posible.El material que presentamos está, por lo tanto, en constante actualización, ello, gracias a aportes que se reciben desde todo el mundo, siendo factible que en él existan inexactitudes y errores que rogamos disculpar, sólo no se cometen errores cuando no se avanza. Adviértanos si detecta algún error y, ayúdenos, tenemos por delante una tarea inmensa: dar a conocer lo que pasó con los nuestros, pero por sobre todo, mostrar cómo eran ellos y cuáles eran sus sueños.Nadie que sepa algo se puede restar a esta tarea que para cumplirla somos todos necesarios. La idea es que escribamos sobre quienes conocimos y generemos con este material uno o más libros. Hemos publicado tres volúmenes de la saga “Las historias que podemos contar”, con una cuarta en preparación, el apoyo a cinco libros sobre memoria histórica ya publicados y más 500 historias escritas en homenaje a toda una generación que se la jugó contra la dictadura.Nos llamamos “Las historias que podemos contar”, porque si fuimos testigos y participantes podemos y tenemos todo el derecho a contarla, es más, lo debemos hacer para preservar esta historia reciente que a pesar de los esfuerzos que han hecho por borrarla ésta porfiadamente resurge para que la tengamos siempre presente. ¡Hasta la victoria siempre…!

Margarita Román Dobson, Hilda Espinoza Figueroa, Shenda Román, Xaviera Ovalle, Violeta Bagnara, Lorena Sandoval, Monique Hermosilla Jordens, María Angélica Illanes, Grecia Gálvez, Draco Maturana, Valeria Barraza, Edgardo Carabantes, Facundo Leylaf Ona, Juan Carlos Díaz, Manolo Arriagada, Pancho Lussich, Fernando Lizana, Manuel Paiva y Lucrecia Brito, nuestra Secretaria General, más Martín Faunes Amigo, nuestro Director.


LAS HISTORIAS QUE PODEMOS CONTAR: — directorhistorias@gmail.com