Abrir las grandes alamedas, 40 años después…volver la vista a la ‘Via chilena’

 

 

Abrir las grandes alamedas, 40 años después, de Joan del Alcàzar en El País

el 9 septiembre, 2013 en DerechosHistoriaInternacionalLibertadesPolítica,Sociedad

TRIBUNA

En esta época deprimida y deprimente, sería bueno volver la vista a la ‘Via chilena’ y recordar lo que nos enseñó

La experiencia chilena, la llamada Vía chilena al Socialismo, tuvo unas consecuencias políticas de gran calado en toda la izquierda occidental.

Se produjeron —podemos sintetizar— tres tipos de respuesta: primera, la que podríamos llamar de izquierda revolucionaria, partidaria de la lucha armada, convencida de que la dicotomía era revolución o fascismo, y de que nunca se podría alcanzar el socialismo por el mismo camino que se intentó durante los años de la Unidad Popular en Chile; segunda, la ortodoxa, de matriz soviética, que aun valorando la posibilidad de que —al menos teóricamente— se pudiera transitar pacíficamente hacia el socialismo, entendía que había de contemplarse la utilización de la fuerza para defender las conquistas revolucionarias; y tercera, la que se nos antoja más innovadora, la que Achille Occhetto, en sintonía con su predecesor Enrico Berlinguer, denominaría años después, ya en los años 80, un reformismo fuerte:“un reformismo que no se conforma con retoques de fachada, sino que interviene sobre las contradicciones de fondo de la sociedad con propuestas realistas (…), una alternativa democrática y reformadora que tenga como protagonistas a las fuerzas del progreso”.

Cuarenta años después del fatídico final de la Vía chilena y 25 de estas palabras del comunista italiano, sabemos que el mundo no solo no ha avanzado hacia el socialismo, sino que la gran superpotencia soviética ya no existe, y que la gran potencia china, oficialmente un país socialista con el Partido Comunista como Partido único, es un híbrido del que no se sabe cuál es realmente ni su modo ni sus relaciones de producción. Dejando de lado la excepcionalidad norcoreana y el atípico Vietnam, solo Cuba sigue auto considerándose un país socialista. Han surgido, eso sí, a su estela, algunos regímenes, singularmente el venezolano o bolivariano y otros que se encuentran en su cercanía, que se adscriben a un llamado —e indefinido— socialismo del siglo XXI.

Hace 20 años, Eric Hobsbawm escribió unas palabras que aluden a una patología que ha afectado y afecta a la izquierda política realmente existente en Occidente: “A quienes consideran que no sólo es más sencillo sino también mejor mantener ondeante la bandera roja, mientras los cobardes retroceden y los traidores adoptan una actitud despectiva, les acecha el grave riesgo de confundir la convicción con la prosecución de un proyecto político; el activismo militante con la transformación social y la victoria con la ‘victoria moral’ (que tradicionalmente ha sido el eufemismo con el que se ha denominado la derrota); el amenazar con el puño en alto al statu quo con la desestabilización del mismo o (como sucedió muchas veces en 1968) el gesto con la acción”.

Es por ello que hoy, cuatro décadas después de la muerte de Salvador Allende y del inicio de la dictadura que ensangrentó a Chile y que conmovió al mundo, tanto más al que se identificaba con los valores de la izquierda política, debiéramos volver a leer aquel proceso chileno.

A quienes hace décadas denostaban la despectivamente llamadademocracia burguesa, les sorprendió la crueldad insoportablemente desgarradora de la dictadura (por supuesto burguesa). A quienes hasta hace poco infravaloraban los avances del Estado llamado del Bienestar, implementado en los países en los que la izquierda reformista (más o menos) fuerte había conseguido afianzarse, les sorprende ahora la facilidad con la que los gobiernos que gestionan la crisis económica y financiera que estamos viviendo en los países del sur de Europa están desmontando los logros alcanzados. Y ahora los valoran como nunca antes lo hicieron, incluso hasta convertirlos en bandera propia.

Estamos en una fase deprimida y deprimente en cuanto a las luchas políticas por los derechos sociales, por la democratización radical de nuestras sociedades. Ha ocurrido antes. María José Orbegozo, periodista

especializada en la política italiana, escribía en 1981: “Cuando en octubre de 1973, frente a la caída de Salvador Allende en Chile, Berlinguer propuso el compromiso histórico entre las fuerzas mayoritarias (democristianos, socialistas y comunistas), el secretario general albergaba en su mente un proyecto muy ambicioso: modificar gradualmente las orientaciones de fondo de dichas fuerzas políticas y, muy en particular, de la Democracia Cristiana, para acelerarlas a un encuentro con los comunistas, evitando así el riesgo de una reacción derechista que, incluso, podría tener el apoyo de las masas”.

El proceso italiano no evolucionó por la senda prevista por los comunistas de los años 70, ni mucho menos. Pero no es eso lo que nos interesa ahora. Lo destacable, en nuestra opinión, es la lectura provechosa que se hizo de la experiencia chilena. Aunque en estos años difíciles debamos ser necesariamente críticos al evaluar las aplicaciones prácticas de lo que el proceso chileno enseñó al mundo, particularmente a la izquierda política reformista, parece poco discutible que se impone y se impondrá siempre la necesidad de generar amplios consensos que, —parafraseando a Berlinguer—, permitan construir una democracia de altísima calidad que propicie un Estado que garantice el pleno ejercicio y el desarrollo de todas las libertades. De todas. Solo así se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor.

Joan del Alcàzar, es catedrático de Historia Contemporánea de la Universitat de València.

 

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http://www.salvador-allende.cl/Biblioteca/Salvador%20Allende/Utopias.PDF

 

 

 

El Cura del Pueblo. Alfonso Baeza Donoso .”¿Cómo no se dan cuenta que Chile está en crisis?”

Punto Final, Nº 758 – Desde el 25 de mayo al 7 de junio de 2012.

Pregunta el sacerdote Alfonso Baeza Donoso:

¿Cómo no se dan cuenta que Chile está en crisis?

Hay una crisis institucional profunda, que se traduce -entre otras cosas- en desconfianza y descrédito de autoridades e instituciones, indignación en vastos sectores y una situación objetiva en que se profundizan las desigualdades. La Iglesia, a través del arzobispo de Santiago, monseñor Ricardo Ezzati y otros obispos, ha manifestado su inquietud. El obispo de Aysén, Luis Infanti, ha hablado de la “tortura del poder” que se traduce en la violación permanente de los derechos humanos de la población. En ese contexto, se plantea la reforma tributaria y la discusión sobre salario mínimo y el ingreso ético familiar.
Conversamos al respecto con el sacerdote Alfonso Baeza Donoso, (81 años, ingeniero civil, ex vicario de la Pastoral Obrera y de la Pastoral Social, ex presidente de Fasic y ex director de Caritas Chile) actual administrador de la Parroquia del Sagrado Corazón de Jesús y presidente de “Mujer, levántate”, fundación destinada a la reinserción y ayuda a mujeres encarceladas: “Hay una situación bastante complicada. Por todas partes estallan conflictos, que se advierten a simple vista. En la televisión acabo de ver, por ejemplo, imágenes de una gran población de Puente Alto donde he estado muchas veces, con los edificios semidemolidos, sin agua, sin luz, en condiciones infrahumanas, cerca de basurales; la gente tiene que caminar cuadras hasta tomar locomoción. Allí hay una situación terrible. Otra es la situación de las ‘nanas’, discriminadas y humilladas. No es un invento de la televisión, el clasismo impera en muchas partes. La idea generalizada en Chile es que la gente que tiene plata, que es una minoría muy pequeña, puede hacer lo que quiere por encima de la justicia, mientras es natural que enormes sectores sociales no tengan acceso a las cosas básicas. Estoy de acuerdo en que hay una crisis institucional y en que la gente desconfía de todo, incluso de la Iglesia Católica y de otras confesiones. Para qué hablar de la educación…”.

HAY RABIA CONTENIDA

“Por otra parte, el discurso oficial está muy alejado de la realidad. Escuchaba al ministro Cristián Larroulet que sólo anticipaba buenas noticias. Hay muchos anuncios y pocas realidades. Casi siempre estas últimas muestran también vacíos. Por ejemplo, respecto de la eliminación del descuento del 7% a los jubilados. Resulta que no se aplica a todos, porque pareciera haber leyes con letra grande y letra chica, y ésta es la que vale. Se dice que se ha solucionado el problema de la vivienda, y resulta que hay una cantidad inmensa de personas que no tiene viviendas. Se habla de pleno empleo y se incluye a los trabajadores ocasionales, a los informales que no tienen contrato ni previsión. Con la reforma tributaria pasa lo mismo. Se dice que financiará la educación y resulta que en el mejor de los casos su rendimiento sería la décima parte de lo que se necesita para asegurar educación de calidad. Se permite que los ricos puedan descontar la mitad de los gastos de educación de los hijos. No se tocan las utilidades que no se retiran de las empresas y después son las que sirven para evadir impuestos. Se mantienen exenciones y franquicias tributarias. Es una verdadera burla y está claro que no se está haciendo lo mejor para la vida de los más pobres.
Eso pasa también con el salario mínimo. Es escandalosamente bajo, apenas podría alcanzar para que una familia de cuatro personas coma mal. ¿Y qué pasa con el resto de los gastos, el dividendo de la casa, los servicios básicos, la locomoción? Dos pasajes diarios del Transantiago representan 32 mil pesos al mes, ¿y el gasto en remedios, en ropa, en recreación, etc.? Todo esto acumula mucha rabia. No es cosa de los encapuchados, que existen pero son muy pocos incluso considerando que también hay infiltrados. Hay un estado permanente de rabia, de molestia y desagrado, que estalla en cualquier momento.
Me acuerdo que cuando era niño estudiaba la historia de Francia y la revolución. Preguntaba a mi papá: ¿Cómo no se dieron cuenta los gobernantes? ¿Cómo no pensaron en lo que iba a venir con tanta injusticia y humillación? Hay una especie de ceguera frente a lo que está pasando en Chile que parece increíble. No se trata de ‘problemas’, son ‘personas’ -hombres, mujeres, niños y viejos- que sufren. El problema de la pobreza es un asunto de hombres y mujeres de todas las edades que trabajan y lo que ganan no les permite vivir dignamente. Y es mayor cuando no tienen trabajo. Y todo esto en una sociedad organizada para que puedas sentirte feliz sólo si eres capaz de comprar más y más cosas.
Al final, nadie cree nada. Vivimos en medio de una política de anuncios, que no se materializan. Carlos Larraín, de Renovación Nacional, decía que este gobierno no debería hacer más anuncios. Se juega además con las palabras. Hace dos o tres años se hablaba de ‘salario ético familiar’ pensado como un instrumento de redistribución de la riqueza. Ahora se habla de bonos, que antes existieron y ahora se entregan en ciertas y determinadas condiciones. Ya no se trata de un salario y no se afecta en nada la distorsión que existe entre pobres y ricos”.

UN SALARIO MAXIMO

“Esto me recuerda que hace un tiempo se decía -y también yo lo hacía-, que en cada empresa debía establecerse el salario máximo a pagar en ella, como una forma de redistribución y de cerrar el paso a los sueldos excesivos.
La doctrina social de la Iglesia, desde los tiempos de León XIII, postula un ‘salario justo’ de acuerdo a las condiciones de la empresa y a la situación global de la sociedad. La idea es que el salario debe calcularse en función de las personas y no del crecimiento económico. Debe preguntarse, ¿este es el salario que necesita recibir el trabajador para vivir con dignidad? y no, ¿este es el salario que debemos pagar para que la empresa crezca y aumenten sus utilidades? Recordemos que en la doctrina social la empresa se entiende como un ámbito de acción conjunta entre capital y trabajo, de patrón y asalariado, entendiendo que el trabajo es prioritario por su importancia. Sin trabajo no hay nada”.

RUIDOS EN LA IGLESIA

¿Cree que en la Iglesia chilena se está produciendo un cambio encabezado por el arzobispo Ricardo Ezzati, que es más progresista que el cardenal Francisco Javier Errázuriz?
“En parte sí. Pero por otro lado, hay una fuerte corriente que es partidaria de una actitud prescindente. Se venera mucho al padre Alberto Hurtado por su trabajo con los pobres, enfocado desde el punto de vista de la asistencia social. Se olvida que el padre Hurtado hablaba de la necesidad de que los trabajadores se organizaran y participaran en sindicatos. El padre Hurtado era también un reformador social.
Se olvida que la dictadura hundió al sindicalismo, imponiendo la sindicalización solamente a nivel de empresas, cuando el ochenta por ciento de ellas son pequeñas y medianas. La organización por ramas es la única posibilidad de que los trabajadores tengan verdadera fuerza negociadora, así como real derecho a la huelga.
En ese nivel hay una situación que deteriora la credibilidad de la CUT, afectada también en su estructura y organización, que debe abrirse. Las organizaciones sindicales no tienen los líderes que debieran en las campañas por la justicia social. Están surgiendo dirigentes jóvenes muy valiosos, pero todavía no pesan lo suficiente.
Creo que la Iglesia se demorará aún en comprometerse más. Estoy contento de que la Conferencia Episcopal esté dirigida por el arzobispo Ricardo Ezzati y el obispo Alejandro Goic, que conocen bien la situación. Quisiera que fueran más explícitos, pero la mayoría del Episcopado no está en eso. Además, hay cinco obispos, o más, que están jugando los descuentos, ya que a los 75 años deben renunciar, algunos ya lo han hecho.
El caso Karadima fue un terremoto, una grave causa de pérdida de confianza en la Iglesia, un episodio vergonzoso y condenable. Se ha criticado el funcionamiento de la Pía Unión Sacerdotal -que nosotros en forma burlesca llamábamos Pus, y que acaba de ser disuelta-, fundada por el sacerdote Alejandro Huneeus, secretario durante largo tiempo del cardenal José María Caro. Conocí a don Alejandro. Un hombre serio, muy piadoso y tradicionalista que impuso un estilo aristocratizante y cerrado, que Karadima mantuvo y profundizó a sangre y fuego.
Y ahí hay algo más profundo. Lo que ayudó a la Iglesia fue el cambio político que se produjo en Chile. Por eso sostengo que la Iglesia va a cambiar en la medida en que cambie la sociedad. Cuando triunfó Allende se produjo en muchos católicos un cambio radical, incluso en algunos empresarios que empezaron a prepararse para lo que tendrían que hacer en un régimen estatista, que sería socialista en algún momento. La Iglesia tuvo una prudencia grande. Los Cristianos por el Socialismo, movimiento del que yo fui parte, se extendieron por toda América Latina. Sabíamos que no éramos bien vistos, pero éramos apreciados por el cardenal Silva Henríquez. Nos decía: ‘Que bueno que estén ustedes, porque hay locos que quieren otras cosas’. El cardenal se interesaba y escuchaba. Sin embargo, cuando se instauró la dictadura, sin aviso, salió un documento que nos condenaba. Fue como que nos pegaran en el suelo”.

FUTURO OPTIMISTA

Finalmente, ¿a su juicio cuál es el balance?
“Creo que, a pesar de todo, hay cosas muy importante que son positivas, esperanzadoras. La principal es que aparece esa conciencia de que estamos mal y que deberíamos estar mejor. Pienso que hay que estimular y apoyar que la gente se asocie y una, participe y vote. Que salga a la calle, el pueblo entiende que para que las cosas se arreglen hay que salir a la calle, esa es la nueva forma de participación, que participe en las protestas y sepa para qué lo está haciendo. Recordemos que los jóvenes parecían no interesarse en nada y fueron ellos, sin embargo, los que dieron y siguen dando la pauta. El despertar mapuche es otro elemento histórico. Hay cosas que impresionan. Algo personal: estuve hace muy poco conversando con una joven mapuche y me impresionó, tanto por su lucidez como por su orgullo de ser mapuche. Otro paso importante ha sido la aprobación de la ley de no discriminación, que no se refiere solamente a la condición sexual.
Queda mucho clasismo disimulado que aparece de repente. Cosas como las que dijo el arquitecto Cristián Boza en desmedro de los jóvenes de familias modestas las escuché hace cincuenta o sesenta años, curiosamente también de otro arquitecto que hacía clases en Valparaíso. Son cosas que se repiten. Y tan extremas y absurdas como las declaraciones del cardenal Medina, calificando a los homosexuales como personas incompletas, verdaderos fenómenos. Esa prepotencia lleva a que se crea que se puede hacer cualquier cosa impunemente, sin respetar a las personas. Esa prepotencia es parte de la ceguera de que hablaba antes”.

HERNAN SOTO

Publicado en “Punto Final”, edición Nº 758, 25 de mayo, 2012

 

Mandela, Pinochet, Thatcher. Protagonistas del siglo XX.

El día que Nelson Mandela criticó la dictadura chilena

South Africa The Good News (cc) | FlickrSouth Africa The Good News (cc) | Flickr

Publicado por Pablo Velozo

El año 1998 es para Chile sin duda uno de los más difíciles de olvidar. Esto, porque a la vuelta a los mundiales de fútbol que revolucionó al país, tras la sanción interpuesta por la FIFA por el “Condorazo” en el Maracaná, se suma el arresto que sufrió Augusto Pinochet en Inglaterra.

Lo último, luego de que el ex general del Ejército y Comandante en jefe las Fuerzas Armadas viajara por un tratamiento médico especializado a la The London Clinic a principios de octubre, lugar donde el 16 del mismo mes fue capturado por una orden de detención internacional, emitida por el juez Baltazar Garzón, debido a las innumerables acusaciones de tortura durante su período como máxima autoridad chilena.

Casi un mes después, específicamente el 12 de noviembre, el presidente de Chile, Eduardo Frei, se trasladó a Sudáfrica en lo que fue la primera visita oficial de Estado de un mandatario nacional a las tierras que gobernaba Nelson Mandela desde 1994.

En ese contexto, el primer presidente de raza negra de Sudáfrica no se guardó nada en el arribo de Frei y recordó las dictaduras en ambos países, según la Agencia EFE, cuando Pinochet se mantenía en arresto domiciliario. “La memoria de la opresión y la represión es aún fresca y dolorosa para nuestros pueblos”, sentenció Mandela, en un hecho que consignó el Diario El Sur de Concepción el 13 de noviembre del citado año.

Y es que el mandatario sudafricano fue uno de los que debió soportar en carne propia la dureza del “apartheid” (sistema segregacionista y racista que imperó antes de su Gobierno), con 27 años encarcelado, 18 de ellos en la apartada prisión de Isla Robben, actualmente clausurada y declarada por Unesco como patrimonio histórico de la humanidad.

“Cuando Sudáfrica buscó la manera de cerrar las heridas abiertas por la inhumanidad del apartheid miró a Chile como una guía para establecer su Comisión de la Verdad y la Reconciliación”, añadió Mandela en la recepción de Frei, en clara alusión a los graves hechos cometidos por la dictadura de Pinochet y que posteriormente comenzaron a ser resarcidos con la llegada de Patricio Alwyn al poder.

En la ocasión, el presidente del país africano añadió que “es de esperar que sudafricanos y chilenos se interesen especialmente en sus experiencias mutuas… saben que el proceso de hacer frente a ese pasado es largo y difícil”.

Además, también explicó que copiaron algunas de las cosas de la transición chilena y también de las que no se llevaron a cabo. Una de éstas, fue realizar múltiples declaraciones respecto a la gente que había visto atropellados sus Derechos Humanos, a quienes de manera pública se les daba la oportunidad para que sus represores pidieran disculpas públicas, para que se llevara a cabo una sentida reconciliación.

“No podemos sino beneficiarnos de una profundización de nuestros nexos… sabemos que, en una era de creciente interdependencia, la solución a los problemas que afrontamos está más allá de nuestras capacidades individuales”, concluyó en su intervención Mandela.

La especial visión de Margaret Thatcher: Mandela terrorista, Pinochet demócrata

Pero el anterior no es el único capítulo en común que tienen Nelson Mandela y Augusto Pinochet.

Esto, porque existió una figura política de trascendencia mundial que tuvo palabras para ambos personajes y que repercutieron en el resto del planeta: Margaret Thatcher.

La “dama de hierro” inglesa, reconocida seguidora de Pinochet, no tuvo compasión con el líder sudafricano a quien calificó como terrorista.

“El Congreso Nacional Africano -de Nelson Mandela- es una típica organización terrorista… Quienquiera que crea que el CNA irá a liderar el gobierno de Sudáfrica es que vive en una nube”, sentenció Thatcher en 1987, consignó ‘The Independent’.

En tanto, sólo elogios recibió el general chileno de parte de la ex primer ministra británica. “Estoy muy consciente que usted trajo de regreso la democracia en Chile”, fue la frase de la autoridad europea en su momento, que además agradeció el respaldo del ejército nacional a los ingleses en la guerra de las Malvinas.

Esta diferencia de juicio le pesó a Thatcher aún tras su muerte, el 8 de abril del presente año, pues el prestigioso medio ‘The Guardian’ publicó una editorial de su columnista Seumas Miles, donde se pedía no realizar un funeral con honores de Estado a la ex autoridad. “Denunció a Nelson Mandela como terrorista, defendió al dictador fascista chileno Augusto Pinochet, recalentó la Guerra Fría y lanzó la policía militarizada contra los sindicalistas y las comunidades de negros”, publicó el periódico.

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    www.nelsonmandela.org

    Nelson_Mandela en Wikipedia

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