Andrés Valenzuela: Confesiones de un agente de seguridad | CIPER Chile CIPER Chile » Centro de Investigación e Información Periodística

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La tortura como escisión de cuerpo y mente

NO a la TORTURA
NO a la TORTURA (Photo credit: gizARTE)

Lunes 3 de diciembre de 2012

Lo más terrible de la tortura política es que obliga al torturado a luchar contra sí mismo. La tortura escinde a la persona por la mitad. Coloca la mente contra el cuerpo.
La mente quiere ser fiel a la causa de los compañeros, no quiere de ninguna manera entregarlos. El cuerpo, sometido a extrema intimidación y humillación, para verse libre de la tortura tiende a hablar y a hacer así la voluntad del torturador. Esta es la escisión.

Con la inauguración de la Comisión Memoria y Verdad del Gobierno brasileño sale a la luz con toda su barbarie la tortura como método sistemático del Estado dictatorial militar para combatir a sus opositores. Ya se han estudiado detalladamente estos procesos de deshumanización del torturado y también del torturador. Éste precisa reprimir su propia humanidad para practicar su acto inhumano. No sin razón muchos torturadores acabaron suicidándose por no aguantar tanta perversidad.

Quiero, sin embargo, destacar un punto no siempre presente en la discusión que ha sido muy bien analizado por los psicoanalistas, especialmente en la Alemania posnazi y entre nosotros por Hélio Peregrino, ya fallecido.

Lo más terrible de la tortura política es que obliga al torturado a luchar contra sí mismo. La tortura escinde a la persona por la mitad. Coloca la mente contra el cuerpo.

La mente quiere ser fiel a la causa de los compañeros, no quiere de ninguna manera entregarlos. El cuerpo, sometido a extrema intimidación y humillación, para verse libre de la tortura tiende a hablar y a hacer así la voluntad del torturador. Esta es la escisión.

Pero hay que resaltar un punto: la persona torturada cuando es presa del pánico y el pavor puede ser víctima de mecanismos inconscientes de identificación con el agresor. Al identificarse con él, consigue psicológicamente exorcizar por un momento el pánico y así sobrevivir.

El torturado que sucumbió a esta desesperada contingencia de autodefensa, incorpora siniestramente la figura del torturador. Éste consigue abrir una brecha en el alma del torturado, alcanza a penetrar en aquella última intimidad, allí donde residen los secretos más sagrados y donde la persona alimenta su misterio. Sobrepasa por tanto los umbrales últimos de la profundidad humana para poseer a la víctima y hacerla otra persona, alguien que acaba reconociendo ser de hecho subversivo, enemigo de la patria y de la humanidad, un traidor de la religión, un maldecido por Dios, un excomulgado de la Iglesia, alguien que está de parte del demonio. Los torturadores Albernaz y Fleury eran expertos en esta perversidad. Fleury dijo directamente a fray Tito, como aparece en el terrorífico film de Ratton “Bautismo de Sangre”, basado en el libro de fray Betto con el mismo nombre, que dejaría en él marcas que jamás olvidaría. Efectivamente, consiguió escindirle la mente y el cuerpo y penetrar en su más profunda intimidad hasta el punto de que, en el exilio en Francia, él sentía en todo momento la presencia de su verdugo. Dejó una nota antes de quitarse la vida: «prefiero quitarme la vida a morir».

Este tipo de tortura es especialmente malvada porque hace de la deshumanización el eje de una práctica sistemática de ciertos agentes del Estado. Si la categoría anti-Cristo aún significa alguna cosa, debe ser configurada dentro de este cuadro infernal. Se trata de la completa subversión de lo humano y de sus referencias sagradas. Es con seguridad uno de los mayores crímenes de inhumanidad que puedan existir.

Tales perversiones no pueden entrar dentro de ninguna amnistía. Los torturadores cargan en su alma y en su mente el estigma de Caín. Por dondequiera que vayan la vida los acusará porque violaron su sacralidad suprema.

Y todavía está la tortura de los desaparecidos, que crucifica a sus seres queridos. Por ejemplo, hubo una guerrilla en la región del río Araguaia hasta hoy no reconocida totalmente por los militares. Allí se cometieron todos los excesos: cortaban la cabeza y los dedos a los guerrilleros muertos y los enviaban a Brasilia para identificarlos. Hicieron desaparecer sus cadáveres. Hicieron desaparecer las vidas y pretenden ahora borrar las muertes. Y las familias viven una pesadilla que no tiene fin. Cada timbre que suena en casa funciona como un viento que sopla las cenizas y reaviva la brasa de la esperanza, seguida de amarga decepción: ¿Será él que vuelve? Otros dicen: “no nos mudemos de casa porque todavía puede volver… y qué sería de él si no estuviéramos aquí para el abrazo, el beso y las lágrimas?”

Los torturadores y sus jefes están ahí, ahora amenazados por el movimiento Levante Popular de la Juventud que no les deja en paz la conciencia. A ellos quisiera yo, como teólogo perseguido aunque no torturado, gritarles al oído el clamor de Jesucristo: “A vuestra generación se le pedirá cuenta de la sangre de todos los profetas, de los perseguidos y de los torturados, de su sangre derramada desde el principio del mundo. Sí, os aseguro que se os pedirá cuenta de esta sangre” (Lc 11,50-51).

Podrá haber una amnistía pactada por los hombres. Pero no habrá amnistía ante la conciencia y ante Aquel que se presentó bajo la figura de un preso, torturado y ejecutado en la cruz, Jesús, el Nazareno, cuando como Juez Supremo juzgará especialmente a aquellos que violaron la humanidad mínima. Llegará el día, supremo día, en que todos los desparecidos aparecerán. Vendrán, como dice el Apocalipsis de la gran tribulación de la historia. Sí, ellos volverán con el Viviente. Y entonces no habrá más espera ni palpitación de los corazones. El Viviente, también torturado un día, anulará todas las distancias, enjugará todas las lágrimas e inaugurará el Reino de los sacrificados y desaparecidos, ahora vivos, liberados y encontrados. Entonces será definitivamente verdadero: “Nunca más una dictadura. Nunca más desaparecidos. La tortura nunca más”.

[Traducción de María José Gavito].

Imagen tomada de: http://www.uclouvain.be/370182.html

Los efectos psicosociales de la revictimización

Los efectos psicosociales de la revictimización

Miércoles 22 de septiembre de 2010

http://justiciaypazcolombia.com/Los-efectos-psicosociales-de-la

La revictimización hace referencia directamente a un sujeto puesto en una condición no libre ni voluntaria sino dada por el ejercicio de otro poder, que ejerce fuerza o presión. Se trata de un alguien que ha sido víctima, pero el prefijo re, nos dice de la característica de esa condición su repetición. Por lo tanto, la re-victimización es una palabra derivada que hace referencia a la experiencia que victimiza a una persona en dos o más momentos de su vida.

La revictimización es el conjunto de hechos o “el hecho en que un individuo sea víctima de violencia interpersonal en dos o más momentos de la vida. Ambas experiencias son separadas en el tiempo y realizadas por parte de al menos dos perpetradores diferentes. Es decir, se refiere a sufrir abuso físico o sexual por parte de un familiar durante la niñez y luego experimentarlo nuevamente durante la vida adulta, cuando el perpetrador es la pareja masculina” (1).

En el marco de la violencia sociopolítica, cuando se habla de perpetrador no necesariamente se habla de personas con nombres y apellidos sino de grupos o estructuras con un proyecto político, económico y social que se impone, se imprime o se construye con el uso de la fuerza. Se trata de la Fuerza Pública, organismos de seguridad del Estado, su estrategia regular e irregular denominada paramilitares, que en mayor medida protegen intereses de sectores del poder establecido o posibilitan su enriquecimiento. Y se trata también de las guerrillas, como grupo político disidente en armas que pretende sabotear y/o instaurar otro orden. En la guerra se pretende herir, capturar o matar al adversario, y más allá de los códigos entre los guerreros, la población es convertida en víctima. En Colombia, personas, también grupos humanos, han sido victimizadas por el Estado y tiempo después la misma estructura institucional o parainstitucional la revictimiza, aunque no sea el mismo autor material. Los ejercicios del poder violento para el aseguramiento de un estatus quo, hacen de la persecución bajo diversas técnicas uno de los medios privilegiados de sometimiento y exterminio, lo que hace posible la revictimización hasta el logro de objetivos estratégicos.

Otros autores hablan de la victimización secundaria para hacer referencia a la revictimización. En este sentido, ésta se deriva de las relaciones de la víctima con las instituciones sociales de servicios sociales, sanitarios, medios de comunicación, jurídicos, entre otros. (Soria, 2006) Sin embargo, en este caso aplicaría la definición de revictimización al tener en cuenta que si una persona ha sido víctima y posteriormente es maltratada por alguna institución porque se le niega información, no se le reconoce como una interlocutora válida, no se le escucha con el debido respeto y en otros casos estas mismas instituciones a las que acuden porque cumplen alguna función de protección, son las que les amenaza, les investiga, les persigue. En estos casos claramente se están evidenciando nuevos episodios de violación de derechos y por lo tanto de revictimización.

Desde esta definición más amplia que define sujetos institucionales como responsables de la re revictimización, se comprende en el marco de la violencia sociopolítica situaciones en que los procesos jurídicos revictimizan sometiendo a una persona a interrogatorios innecesarios que reviven la experiencia traumática o que indirectamente sugieren situaciones que atentan contra su dignidad, es el caso que enfrentan entre otras víctimas las mujeres abusadas sexualmente cuando se indaga en qué medida su comportamiento o actitud puede haber aportado a la violencia sexual. Otras situaciones que se pueden mencionar es el caso del uso de terceros como informantes y/o testigos para hacer falsas acusaciones sobre las víctimas. La falta de eficiencia en la administración de justicia y la permanente impunidad aumentan el sufrimiento de la mayoría de las víctimas.

De igual forma los medios de información masiva muchas veces operan como mediadores de los intereses de los victimarios, cuando no ellos, deliberadamente se convierten en máquinas de revictimización. Luego de decisiones de las Cortes, entre ellas internacionales, como por ejemplo, en el caso del asesinato de Manuel Cepeda Vargas o de fallos nacionales, como el de los familiares de los desaparecidos en la cafetería del Palacio de Justicia, familiares de las víctimas se han visto sometidos a graves señalamientos y acusaciones infundadas por sujetos procesales, el gobierno y por los generadores de opinión que argumentan con su libertad de opinión y expresión irrespetando en lo más profundo la dignidad y el bienestar de las víctimas.

Efectos Psicosociales de la revictimización

La revictimización genera impactos psicosociales porque remueven las situaciones traumáticas generadas por la violación de la dignidad y de derechos. No basta con mencionar los efectos de la revictimización sino el auscultar sobre las pretensiones y los actores que generan dicha revictimización. La revictimización genera condiciones que empeoran, que producen mayor vulneración de la situación de las víctimas, como es el caso de las víctimas de crímenes de Estado. Ellas siguen expuestas no solamente a la continuidad de violación de sus derechos sino de ser invisibilizadas, en medio de avances formales de democratización, continúan sometidas a técnicas y medios novedosos de persecución.

Cuando se hace referencia a las víctimas de crímenes de Estado en donde se niega la realidad del Estado como un victimario, las víctimas enfrentan una doble necesidad: ser reconocidas como víctimas y reclamar sus derechos al mismo tiempo.

Al reconocer como responsable de la violación de sus derechos a quienes han generado la violencia y a quienes mantienen el control social, esta situación les expone fácilmente a ser revictimizadas con la intención de debilitar, dominar y doblegar la voluntad de las personas para intentar hacerles desistir de sus procesos de exigibilidad de sus derechos y en el peor de los casos eliminar ya sea individual o comunitariamente a quienes no responden al propósito de dominación, a quienes no están de acuerdo con un modelo de sociedad y de economía. En Colombia este modelo social y económico permite solamente determinadas libertades de expresión, de oposición y de exigencia.

En este sentido, los medios masivos de información han generado una reacción en la sociedad en donde la estigmatización es el denominador común. Esto se expresa en afirmaciones justificadoras como: “por algo será”, “algo habrá hecho para que le sucediera lo que le sucedió”. Algunos autores han llamado a este efecto social de “consentimiento” la revictimización terciaria.

Este es el efecto logrado a través de los objetivos de la represión como parte de la guerra psicológica. Se pretende “construir, formar o modelar la opinión pública a través del lenguaje constituido por contenidos ideológicos, imágenes y asociaciones simbólicas, utilizadas con una intencionalidad, una orientación y un sentido preciso”(2) .

Hablar de los efectos psicosociales de la revictimización no es tarea fácil puesto que no hay estudios estructurados que den cuenta de dicha problemática y por la complejidad en si misma del fenómeno. No obstante, las mismas víctimas y organizaciones acompañantes desde su reconstrucción de la represión han ido identificando esos efectos.

Esos efectos ocultos, aparentemente invisibles, son parte de lo que se quiere lograr con la violencia. El miedo, el silencio, la parálisis, las afecciones en el modo de ocupar un espacio, son parte de las expresiones emocionales que afectan a la persona, al grupo humano y la sociedad.

Cuando una persona ha sido víctima se generan cambios en su vida personal, familiar, organizacional y/o comunitaria por la ruptura, por la lesión, por el trauma y los efectos que esto tiene depende de muchos factores. Pueden generar efectos psicosociales más duraderos deteriorando de manera importante la calidad de vida y en general el bienestar de las personas. Es posible que una persona todavía no haya alcanzado a través de un proceso adecuado la elaboración de sus duelos cuando es revictimizada, lo cual puede provocar un agravante para la salud física y emocional llevando incluso, en algunos casos extremos, a trastornos mentales.

Los factores que inciden en el impacto son los antecedentes individuales, familiares, organizativos, comunitarios, la personalidad de los individuos, las redes sociales con las que se cuenta, el nivel de estudios, las ideologías, las creencias que se tiene, la reacción de la sociedad, entre otros.

Sin embargo, ante la necesidad de tener en cuenta los factores mencionados, se ha encontrado que ante los hechos traumáticos las afectaciones emocionales en general se manifiestan a nivel de los sentimientos, a nivel físico, a nivel comportamental y de los pensamientos. En un alto porcentaje estas afectaciones no terminan en trastornos o enfermedades mentales puesto que hay otro elemento importante que hay que tener en cuenta y es la capacidad de resiliencia de las personas.

Manifestaciones emocionales de la revictimización

A nivel de los sentimientos normalmente se genera miedo, rabia, ansiedad, dificultad para centrar la atención, sensación de inseguridad, sensación de cansancio sin que una actividad física lo justifique, tristeza que dependiendo de la forma como se maneje o de la misma revictimización puede desembocar en depresión. Todas estas reacciones emocionales se pueden generar con una victimización y la revictimización hace que se remuevan dichas emociones experimentadas anteriormente y las actualice vivenciando de esta forma una nueva situación dolorosa que puede ser incluso traumática. Sentimientos que se presentan con mayor frecuencia son la rabia, la impotencia y la desesperanza.

Físicamente también se presentan algunas sintomatologías como consecuencia psicosomáticas que implican alteraciones a nivel físico producido por la psiquis pero que no precisamente se enmarcan dentro de una enfermedad específica, como es el caso de los trastornos somatomorfos en donde, según el DSM IV, dicho trastorno “es la presencia de síntomas físicos que sugieren una enfermedad médica y que no pueden explicarse completamente por la presencia de una enfermedad, por los efectos directos de una sustancia o por otro trastorno mental”(3) . Los síntomas psicosomáticos que más se presentan en las víctimas de la violencia sociopolítica son los dolores de cabeza o cefaleas, problemas de respiración como las asfixias, dolor en el pecho, diarrea, taquicardia, sudoración.

A nivel de la conducta o el comportamiento, se evidencia una posibilidad de extremos como el aislamiento o la extroversión y activismo, pueden presentarse dificultad para conciliar y mantener el sueño, así como las constantes pesadillas relacionadas con los hechos traumáticos, así mismo los estados de ánimo de tristeza y desesperanza pueden repercutir en movimientos lentos que denotan una gran carga emocional o una constante agresividad ante estímulos externos incluso irrelevantes (esto se presenta con una alta frecuencia en los niños y las niñas).

La esfera del pensamiento es también afectada en cuanto que los pensamientos repetitivos frente al hecho concreto de la violación pueden evidenciarse con una alta frecuencia en las víctimas. En ese sentido se puede presentar pesimismo, falta de ganas de vivir más, sentimientos de culpa y/ o de auto-reproches, pero pueden también presentarse pensamientos positivos a partir de la comprensión que la persona tiene de lo que le está sucediendo y de la conservación de su identidad.

Manifestaciones colectivas de la revictimización

De acuerdo a los grupos o colectivos a los que una persona pertenece o en general, de acuerdo a la cultura en la que se nace y se crece, una persona forma su identidad, que puede verse afectada por los hechos de violencia. Las identidades se van fraccionando con aseveraciones escuchadas en noticieros o programas radiales como “ciudadanos de bien”, lo cual implica que unas personas son buenas, dignas, merecedoras de vivir en sociedad y otras, que son indignas, indeseadas y que por dicha razón se termina justificando la estigmatización, la exclusión, el señalamiento, y hasta el asesinato.

Por estas razones, muchas personas no se atreven nuevamente a denunciar las violaciones de sus derechos, lo cual impide dimensionar de manera completa la violencia estatal, y la problemática del conflicto. Todo esto genera otro impacto en las familias, comunidades, grupos o en general en la sociedad y es la ruptura de la confianza en los seres humanos, lo que tiene implicaciones fuertes en la construcción de un modelo de sociedad justa, incluyente, equitativa.

Socialmente se ha venido estigmatizando a las víctimas con la manipulación psicológica a través de muchos medios, especialmente los de información masiva, pero también como consecuencia de no impartir justicia ante las violaciones dejando la sensación que ha sido justo lo que le ha pasado a la víctima y poco a poco invirtiendo valores éticos: la víctima se convierte en victimario, la mentira en verdad, el resultado justifica los medios, etc.

La imposibilidad del restablecimiento emocional, social y económicamente ante una revictimización agrava la salud física y mental; también es necesario tener en cuenta que la impunidad ante los crímenes y violaciones de derechos humanos es una forma continua de revictimización que tiene como consecuencia lógica la pérdida de credibilidad en las instituciones del Estado y en funcionarios del gobierno. En este sentido es contradictorio cuando esas mismas instancias reclaman a las victimas confianza y les responsabilizan por la falta de avances en las investigaciones de crímenes, dado su falta de colaboración con las autoridades.

Trascendiendo la mirada victimizante

La revictimización y sus efectos en el marco de la violencia sociopolítica no son una situación nueva. Las víctimas han estado expuestas a múltiples formas y veces de revictimización y aún continúan existiendo, exigiendo y construyendo país. Ese es el caso de muchas víctimas organizadas como las del Movimiento de Víctimas de Crímenes de Estado – MOVICE, por poner un ejemplo e incluso otras víctimas que no se han organizado: pero a todos les mantiene en pie la esperanza de que algún día van a encontrar justicia por lo menos en su caso.

En el libro “La Resiliencia, Desvictimizar la víctima” (Cyrulnik, Manciaux, Sánchez, Colmenares, Balegno &, Olaya, 2002) se plantea: “Una inmensa fuerza humana trabaja en una gran diversidad de campos en Colombia para construir y dar solución a diferentes problemáticas, sin embargo en ocasiones no lo logra. De la misma manera existe una inmensa fuerza humana que se destina a trascender las desgracias, a sobrepasar las crisis, a sobreponerse al dolor de las heridas producidas por las actuales condiciones que el país atraviesa y continuar ejerciendo su soberanía obre la vida.” (pág. 27).

María Eugenia Colmenares citando a Boris Cyrulnik se refiere a la palabra resiliencia como “La resiliencia es más que resistir, es también aprender a vivir (…) antes del golpe uno estima que la vida nos es debida y la felicidad también (…) el hecho de haber vivido una situación extrema, de rondar la muerte y haberla destruido, hace nacer en el alma del niño herido un extraño sentimiento de vivir la prolongación de un plazo (…) la prueba, cuando uno la sobrepasa, cambia el gusto del mundo. Toda situación extrema en tanto que proceso de destrucción de la vida, encierra en forma paradójica un potencial de vida (…)”. (pág. 58)

La resiliencia entonces es la capacidad que tienen las personas de sobreponerse ante situaciones adversas integrándolas en sus vidas y haciendo de estas un escalón importante en la continuidad de su existencia. Este es un potencial que no evita los impactos psicosociales inmediatos de la revictimización, pero sí habla de los mecanismos de afrontamiento, que no hacen posible que la experiencia traumática desemboque directamente a un desequilibrio mental, como desde una comprensión simplista, reduccionista se podría interpretar.

Así, paradójicamente, la revictimización se enfrenta a un remanente existencial, a un sustrato de la sensibilidad, de la mente, de la voluntad que posibilita el afrontamiento, y la afirmación de la propia dignidad ante el propósito del victimario.
Ese remanente está ahí como base de superación, de síntesis y de elaboración personal y colectiva frente a la repetición de hechos con los cuales se pretende negar la posibilidad de las exigencias de verdad, de justicia y de reparación, la discusión política, la deliberación y otro tipo de sueños y de sociedad democrática.

(1)Desai, Arias, Thompson & Basile, 2002. Childhood victimization and subsequent adult revictimization assessed in a nationally representative sample of women and men. Violence Vict.

(2)Girón, C. 2005. El olvido, la estigmatización y la exclusión de las víctimas de la violencia política: una forma de tortura
psicológica promovida por los medios masivos de comunicación?, en Terre des hommes Italia. 2005 (Editores)
Implicaciones de la tortura psicológica en contextos de violencia política, Bogotá: Editorial Códice Ltda).

(3)Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales. DSM IV. Masson,S.A., 1995

Por: Equipo Psicosocial
Comisión Intereclesial de Justicia y Paz

Antonia, hija de Chicho

Comunicaciones y Reseñas memoria

Nosotros en medio de la niebla

Por Antonia García Castro
 
 

A Nosotros le pegaron un balazo el 11 de septiembre de 1973 pero no murió del todo. Cayó de bruces, pensó “estoy vivo”, se levantó y siguió adelante. Una noche en que Nosotros no dormía, le derribaron la puerta y lo sacaron a patadas. La más pequeña de sus hijas se puso a llorar porque a Nosotros se lo llevaban sin zapatos. Aunque tenía miedo y aunque su madre le pidió que no se moviera, la niña salió corriendo con un zapato en cada mano. Nosotros alcanzó a verla justo antes de que le vendaran los ojos. Por eso, primero, a Nosotros se le partió el corazón. Después fueron los huesitos. Durante largas noches, a Nosotros lo apalearon, lo molieron, lo rompieron, lo aplastaron. Y a pesar de todo, Nosotros no se moría. “Y no solamente no se…

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