DOCUMENTAL ESTADIO NACIONAL

1.- http://www.youtube.com/watch?feature=player_detailpage&v=E7sFMjB1Sy8

2.- http://www.youtube.com/watch?feature=player_detailpage&v=JjnZuD2ug2U

3.- http://www.youtube.com/watch?feature=player_detailpage&v=bewa4F4vQ64

 

4.- http://www.youtube.com/watch?feature=player_detailpage&v=qB7nVjFxsJw

 

5.-http://www.youtube.com/watch?feature=player_detailpage&v=lYU3CShvICE

 

 

6.- http://www.youtube.com/watch?feature=player_detailpage&v=mqfTSG9G0n0

 

7.- http://www.youtube.com/watch?feature=player_detailpage&v=ooFhBQRMQdY

 

8.- http://www.youtube.com/watch?feature=player_detailpage&v=Wa3VLMa03xM

9.- http://www.youtube.com/watch?feature=player_detailpage&v=XrNTjq8q6Xc

10.- http://www.youtube.com/watch?feature=player_detailpage&v=fNtjzqzLeUA

 

 

 

Andrés Valenzuela: Confesiones de un agente de seguridad | CIPER Chile CIPER Chile » Centro de Investigación e Información Periodística

 

vía Andrés Valenzuela: Confesiones de un agente de seguridad | CIPER Chile CIPER Chile » Centro de Investigación e Información Periodística.

Andrés Valenzuela: Confesiones de un agente de seguridad

portada-confesionesagente

En noviembre de 1984, el régimen militar decretó Estado de Sitio y clausuró las revistas opositoras, entre ellas Cauce. Se buscó impedir la publicación de la entrevista que Mónica González, actual directora de CIPER, le hizo a Andrés Valenzuela (Papudo), suboficial activo de la Fach y agente del Comando Conjunto. En diciembre la publicó El Diario de Caracas, en Venezuela. Esta es la versión del diálogo en que, por primera vez y en plena dictadura, un militar reveló cómo los servicios de seguridad torturaron, asesinaron y desaparecieron a los opositores. Un testimonio que con los años fue confirmado punto por punto en tribunales.

“Quiero hablar de detenidos desaparecidos” dijo y su voz hizo eco en las paredes. En sus manos estrujaba un ejemplar de la revista Cauce, donde se denunciaban crímenes cometidos en la zona norte de Chile por los mismos servicios de seguridad a los que él hasta ese día (27 de agosto 1984)perteneció. Trémulo, ansioso, consciente de la desconfianza que inspiraba, las palabras salían de su boca a borbotones.

Era uno de esos hombres a los que once años de régimen militar transformaron primero en carceleros, luego en torturadores y más tarde en asesinos. “Sin querer queriendo, me fui transformando”, susurró luego de muchas horas, agobiado por el cúmulo de detalles relatados. Cientos de hombres y mujeres pasaron por sus manos, por sus ojos y oídos. Muchos de ellos fueron salvajemente torturados. Hasta la muerte. Otros, despojados de toda dignidad, obligados –al límite de la resistencia- a entregar a sus propios compañeros, fueron luego expulsados a la calle. Hombres sin hueso y sin alma. Una manera diferente de matar. Todos ellos dejaron sus huellas en Andrés Antonio Valenzuela Morales, 28 años, miembro de la Dirección de Inteligencia de la Fuerza Aérea de Chile, FACH.

El relato que a continuación se transcribe es un episodio más en una larga historia de once años de violencia, muerte y destrucción. Es una historia simple que involucra a centenares de personas. Muchas de ellas han luchado durante años para que sus familiares –detenidos desaparecidos- regresen algún día con vida. Este relato les cortará las esperanzas para siempre. Una historia simple que retrata en forma descarnada la crueldad de un régimen, el abuso de poder que transformó a campesinos, jóvenes ciudadanos de Chile, en vulgares asesinos al amparo de la autoridad.

Esta es la historia de Andrés Valenzuela y de todos aquellos que hicieron que un día este hijo de campesinos quisiera “volver a ser un humano”.

¿Cuántos murieron sin haber claudicado jamás, sabiendo que su testimonio quedaba en las manos de sus captores asesinos?

Este relato es una prueba fehaciente de que todos esos sacrificios no fueron en vano. De alguna manera cada uno de esos prisioneros aportó para que un día Andrés Valenzuela se decidiera y relatara lo que hasta hoy el régimen militar ha intentado por todos los medios acallar.

Este es el mérito del relato de Andrés Valenzuela. Es el primero que compromete a muchos torturadores, asesinos, responsables de muertes fríamente planificadas. Es el primero también que entrega la verdad sobre algunos detenidos desaparecidos. Es el primero que penetra en el agobio y la desesperanza acumulados en los hombres que dicen representar el poder. Muchos hombres más, como Andrés Valenzuela, esperan algún día tener la valentía de dar un salto y hablar.

LA PREPARACION

“Sólo necesito hablar” musitó, mientras extendía su tarjeta de identificación militar (TIFA) número 66.650, válida hasta el 3 de septiembre de 1986.

“Quiero hablarle sobre cosas que yo hice, desaparecimiento de personas…”

-¿Recuerda nombres? 
Sí. Los hermanos Weibel Navarrete, por ejemplo…

-Explíquese. Usted está muy nervioso y la carga emocional que ambos tenemos es grande. No será fácil este trabajo pero es necesario que explique y con detalles. Grabaremos todo y después veremos qué se publica. ¿Está de acuerdo? 
Me da lo mismo.

-Yo no quiero que a la salida lo maten. 
Va a suceder, pero al menos hablé.

-¿Cuándo entró a los servicios de seguridad? 
El año 1974. Llegué a hacer el Servicio Militar al Regimiento de Artillería Antiaérea de Colina. Allí seleccionaron personal para llevarlo a la Academia de Guerra de la FACH, en avenida Las Condes. En ese momento estaban terminando los procesos de los prisioneros. Al parecer, a mí los jefes me consideraban vivaracho y por eso creo me sacaron para trabajar en los “grupos de reacción”.

-¿Qué hacían en los grupos de reacción? 
Acompañábamos a los que hacían allanamientos.

-¿Quién los seleccionó? 
Un instructor cuyo nombre no recuerdo. Pero él no tiene nada que ver porque la selección fue al azar, no más. Fuimos alrededor de 60 conscriptos los seleccionados. Nos dividieron en dos grupos. La mitad se fue a trabajar a la Academia de Guerra; el resto, trabajamos directamente con prisioneros.

-¿En qué lugar? 
En los subterráneos de la Academia de Guerra.

EL PRIMER PRISIONERO

-¿Usted venía de Papudo? 
Sí. De ahí llegué a Colina y luego pasamos a depender de la Fiscalía de Aviación. Nosotros pasamos a los subterráneos, el lugar donde estaban los detenidos. Era la primera vez que veía a un prisionero. Creo que no lo voy a olvidar nunca…

-¿Por qué? 
Nos formaron y nos dijeron que lo que íbamos a ver teníamos que procurar olvidarlo y el que hablara algo… Empezaron las amenazas y uno, que era muy joven, se impactaba. Descendimos al sector de la cocina. Bajamos una escalera de caracol, que era como un vértice; había tubos. Me dio la impresión de ir como en un submarino, un barco. Cuando salimos, pasamos cerca de unos baños. Éramos seis o siete hombres que íbamos a relevar a los reservistas, los primeros conscriptos. Los otros eran sólo reservistas, gente que habían llamado a cumplir ese trabajo. Recuerdo que, al doblar, lo primero que vi fue mucha gente de pie, con esposas, algunos con uniforme de la Fuerza Aérea. El capitán Ferrada(Gustavo Ferrada) estaba entre ellos. Ese fue el primer impacto. Uno viene de un regimiento donde tiene que saludar a medio mundo. Todavía recuerdo que se rieron cuando le pregunté al oficial cómo me dirigía a Ferrada; si le decía capitán. El oficial me dijo: “¡No, huevón, son prisioneros! Están con uniforme porque no tienen otra ropa”.

Lo que más me impactó fue ver a unas mujeres detenidas. Estaban de pie, con unos letreros que decían: “De pie 24 horas” y firmaba el “Inspector Cabezas”. Después supe que Cabezas era el coronel Edgar Ceballos, está en servicio activo todavía. Yo no entendía nada, hasta que el oficial me explicó que había que sentarse en la puerta de las piezas, con fusil, y “protegerlos”: es decir, impedir que conversaran. Había un reglamento interno que había que hacer respetar. La primera pieza que me tocó a mí fue la número 2; en ella estaban una señora de edad y Carol Flores (Nota 1), quien pasó luego a ser nuestro informante.

-¿Recuerda otros nombres? 
Se suponía que había prisioneros considerados de cierta importancia y que podrían venir otros a rescatarlos. Por eso, las medidas de seguridad eran muy severas. Los reservistas pasaban junto a un prisionero y le decían: “A ver, huevón, párate, te quedai de pie”. Mandaban a sus presos como se les daba la gana. Yo comencé a preguntar por los prisioneros y decían: “Mira, con este hay que tener cuidado, porque es karateca. Es Víctor Toro”. A mí me impactó mucho; lo había escuchado nombrar por los diarios, era famoso. Era como estar frene a un personaje conocido. Retamales había otro, Moreno. También conocí allí a Arturo Villabela Arauco, enyesado. Había caído en un tiroteo. Así terminó mi primer día en la AGA.

-¿Hizo turnos en la noche también? 
Sí, y me asusté mucho. Nos habían dicho que en caso que sonara la alarma toda la academia se oscurecía y se encendían unos reflectores. Había más ametralladoras punto 50 y desde ahí mismo alumbraban los reflectores durante la noche. Una noche sonó la alarma. Teníamos orden de que, en ese caso, todos los prisioneros tenían que tenderse con las manos en la nuca, estuviesen como estuviesen, desnudos, heridos… Y si el oficial daba la orden debíamos disparar contra los prisioneros. Yo estaba frente a la pieza donde se encontraba la señora de edad, era la esposa de un diputado comunista, estaba con sus hijos…

-¿Era Jorge Montes? 
Sí, él era. Bueno, comenzó a sonar la sirena, todo quedó oscuro y se encendieron unas luces. Los detenidos actuaban en forma automática. Esto lo venían viviendo casi a diario y, a veces, se hacía para probarlos. Esa noche vi que el oficial de turno tomo una granada, le sacó el seguro y empezó a pasearse con la granada por el pasillo. Miraba todo, trataba de controlarnos ya que estábamos muy tensos. Él decía: “Tranquilos, muchachos, si quieren rescatar detenidos, van a cagar, porque van a morir todos: yo tiro la granada en el pasillo”. Recuerdo que en esa oportunidad, Flores dijo que no nos asustáramos porque eso pasaba todos los días. Así comenzó el proceso. Yo hacía guardias diarias hasta que me sacaron para los grupos de “reacción”

LA CAPTURA DEL MIR

-¿Cuánto tiempo estuvo en la Academia de Guerra? 
No recuerdo exactamente, pero deben haber sido unos seis meses más o menos. Luego nos fuimos a casas de seguridad.

-¿Qué pasaba con los detenidos de la Academia? 
Yo solamente hice guardias. Vi que les pegaban, los castigaban y, además, continué participando en allanamientos.

-¿En qué consistían los castigos? 
En golpes, aplicación de electricidad. En realidad, nunca vi morir a nadie, pero nosotros estábamos aislados, no existía confianza para… En un enfrentamiento, sí, murió el “Coño” Molina (José Bordaz PazNota 2), del MIR. Murió también un oficial del Ejército (el teniente Hugo Cerda Espinoza, hijo de un oficial jefe del Hospital Militar, Hugo Cerda Pino), de mala suerte no más… En ese tiroteo yo participé, después me fui metiendo más.

-¿Qué más recuerda? 
Había un hombre de cuyo nombre no me acuerdo, que intentó suicidarse. Tenía incluso la marca en la garganta: se había cortado con una botella o un vaso, en el baño. La verdad es que yo en ese momento era centinela no más, después me fui metiendo más.

-¿Cómo sucedió? 
Sin querer queriendo, fueron seleccionando gente y todas las veces me incluyeron.

-¿Sabía usted lo que estaba haciendo? 
Sí. Me daba cuenta.

-¿Y lo hizo? 
Tenía que trabajar en alguna cosa.

-¿Le había hecho daño a usted o a su familia, el gobierno de la Unidad Popular? 
No, en nada.

-¿Qué edad tiene? 
28 años.

-Eso quiere decir que tenía 19 años cuando fue destinado a trabajar en casas de seguridad de la DINA. 
No, yo nunca estuve en la DINA. Pertenezco al SIFA, Servicio de Inteligencia de la Fuerza Aérea. En ese tiempo, teníamos problemas graves con la DINA, pensábamos que era inoperante. Por lo menos así opinaban nuestros jefes. Nosotros, siendo tan pocos, actuábamos más efectivamente que ellos. Por ejemplo, nuestro grupo logró detener a toda la cúpula del MIR.

-¿Y cómo siguió después su itinerario en la SIFA? 
Ya le dije: pasé a los grupos de “reacción”. Realizábamos allanamientos, hacíamos guardia frente a las casas, controlábamos el tránsito mientras el resto allanaba, sacaba a la gente de la casa, detenían gente.

-¿A qué lugar llevaban a los detenidos? 
Primeramente a la AGA. Pero nosotros en esa época no sabíamos más. No nos preocupábamos de los detenidos. Si los soltaban o los juzgaban, no teníamos idea. Sé que los torturaban. La primera vez que me tocó presenciar un trabajo de esos fue con una mujer. Me chocó mucho. Era una niña del MIR cuyo nombre olvidé.

-Descríbala. 
Era una muchacha muy joven de buena situación económica, pelo rubio…

-¿Por qué le chocó? 
Es que nunca había presenciado algo así. Yo estaba considerado entre los centinelas paleteados digamos. Entonces la hicieron pasar al baño y allí le sacaron la cresta y yo los vi. Otra vez me impresionó mucho un hombre que tenía la piel morada. Estaba enteramente morado, morado (Víctor Hugo Salinas Vilches, 55 años, detenido el 13 de septiembre de 1973. Le preguntaron una y otra vez por las armas sin creer que Salinas no sabía ni siquiera disparar).

-¿Qué le hicieron a la mujer? 
Le pusieron corriente y ella gritaba. Era novia de un muchacho del MIR, karateca. No recuerdo la chapa que usaba, nos estaban haciendo una prueba para ver quiénes podían quedar definitivamente en el servicio.

-¿En qué consistían esas pruebas? 
Nos empezaban a meter de a poco dentro del sistema y veían como aguantábamos, cómo reaccionábamos. Parece que yo reaccioné bien porque ya llevo diez años en esto.

LA CASA DE SEGURIDAD

-¿Usted me habló de dos casas de seguridad que tuvieron?
Sí. Fue antes de irnos a Colina. La primera casa estaba ubicada en el paradero 20 de Gran Avenida (Santa Teresa Nº 037, expropiada al dirigente del MIR, José Bordaz). Hoy día funciona allí una sociedad no sé si de diabéticos o de antialcohólicos.

-¿Cuántos detenidos había allí aproximadamente?
Se iba rotando, pero llegamos a tener alrededor de 40 detenidos, repartidos en tres piezas. Incluso había algunos metidos dentro de los closets.

-¿Qué tipo de torturas aplicaban?
Corriente, los colgábamos, golpes de manos y pies…

-¿Murió gente en ese lugar?
Sí. Uno fue el llamado “Camarada Díaz”. Tenia unos 50 años, medio canoso, bajito, de contextura regular (Humberto Castro HurtadoNota 3). El otro era un joven al que le decían “Yuri” (Alonso Gahona ChávezNota 4). Fue colgado en una ducha y como antes le habían aplicado corriente, tenía mucha sed. Abrió con la boca la llave y tomó agua. Luego llegó un centinela y le cortó el agua, pero él nuevamente la volvió a abrir y nosotros dejamos que el agua corriera. Debe haber estado unas horas con el agua de la ducha corriendo por el cuerpo. En la noche falleció de una bronconeumonia fulminante.

-El “Camarada Díaz”, ¿era Víctor Díaz, subsecretario general del Partido Comunista?
No, no era él. Llegó en una oportunidad un equipo que no sé de dónde provenía, podría haber sido DINA. No los conocía y empezaron a interrogarlo sobre armamento. Tengo entendido que Díaz sabía dónde estaba el armamento del Partido Comunista. Él no contestó nada y le pegaron bastante. Eran alrededor de nueve hombres lo que conformaban el grupo y entre todos le dieron. Antes ya le habían pegado, estaba bien golpeado.

-¿Habló?
No. No habló. Lo dejaron después allí y dijeron que iban a volver al día siguiente para seguir interrogándolo. Parece que notaron que estaba muy débil. Falleció esa misma noche.

-¿Qué hicieron con el cuerpo?
No lo sé. En el grupo que lo sacó estaba Roberto Fuentes Morrison.

-¿Dónde estaba la otra casa de seguridad?
En el paradero 18 de Vicuña Mackenna (“Nido 18” estaba ubicada en Avenida Perú Nº 9.035). Esa casa parece que pertenecía a un hombre de apellido Sotomayor, del MIR (Humberto Sotomayor). Era una casa grande de madera que tenía un taller mecánico y unos maniquíes. Parece que la esposa de él era modista. Allí se suicidó un hombre alto que andaba con una chaqueta de cuero café claro y pantalones café. Eran dos hermanos, comunistas. En ese tiempo trabajábamos solamente al Partido Comunista.

-Cuando dice nosotros, ¿a quiénes se refiere?
Al Comando Unido que actuaba junto a gente de Carabineros y la Armada. (Por la Armada el jefe era el entonces capitán Manuel Barra von Kretschmann y el teniente Daniel Guimpert; y por Carabineros, al mando de la entonces DICAR estaba el general Rubén Romero Gormaz y el teniente Manuel “Lolo” Muñoz Gamboa)

-Usted habló de los hermanos Weibel Navarrete, ¿qué pasó con ellos?
En ese tiempo nosotros trabajábamos en la Base Aérea de Colina. Allí estaba el menor de los Weibel: Ricardo. (Fue detenido el 26 de octubre de 1975). Estuvo con nosotros algunos días (hasta el 6 de noviembre). Yo conversaba mucho con él porque me tocaba hacer guardia si es que no tenía que salir a los operativos. Supe que era chofer de micro de la línea Recoleta-Lira. La primera vez que lo detuvimos yo participé, era en la avenida El Salto, cerca del Regimiento Buin. Luego fue en la casa, un equipo que integró el propio comandante Fuentes Morrison. Un día, cuando iba entrando a mi servicio, lo vi y le pregunté: “Y ¿qué pasó?”. No sé, me contestó, parece que hay algunas cosas que aclarar. Estaba muy nervioso, me dijo que creía que lo iban a matar. Ricardo se impactó mucho por la operación del helicóptero. Ellos sintieron cuando aterrizó.

-¿Se lo llevaron en un helicóptero? 
No, se fueron en un vehículo, junto a Rodríguez Gallardo (Nota 5). Yo después saqué conclusiones y pienso que lo fueron a buscar por eso, porque lo iban a matar…

-¿Quién lo detuvo en la segunda oportunidad?
Recuerdo que fue Fuentes Morrison. Yo no fui. Lo fueron a buscar amistosamente. Llegó con una polera solamente. Lo sacaron varios más y lo mataron a balazos.

-¿En qué lugar?
En Peldehue. No sé exactamente el lugar, pero sí sé que fue en Peldehue, en los terrenos militares.

-¿Cuántos prisioneros más iban en esa operación?
Como ocho o nueve personas.

-¿Qué hacían con los cadáveres?
Me imagino que los quemaron porque iban con combustible. Llevaban un bidón con diez litros de combustible, llevaban además chuzos y palas. Me imagino que los quemaron para desfigurarlos y después los deben haber enterrado. También como le dije iba “El Quila” Rodríguez Gallardo, dirigente de la Juventud Comunista (detenido el 28 de agosto de 1975). “El Quila” incluso se despidió de nosotros.

-¿Cómo estaban cuando partieron?
Estaban enteros. Weibel se quebró un poco pero no como para llorar, muy luego se recuperó. Otro de los hombres que salieron era pintor o dibujante.

El amigo informante

-¿Quién entregó a Miguel Rodríguez Gallardo?
El informante Carol Flores; nosotros le decíamos Ricardo. Él entregó a casi toda la gente del Partido y de la Juventud. Vivía en una casa en la calle Los Tulipanes.

-Pero, ¿a Rodríguez Gallardo también lo entregó?
Sí, tengo entendido que habían sido compañeros de estudio. Miguel Rodríguez Gallardo fue un prisionero que llegué a admirar por su valor. Fue respetado incluso por los mismos jefes nuestros, por su inteligencia, por su hombría. Murió por sus convicciones. Pensó que lo que hacía estaba bien. Nunca lo pudimos quebrar, en ninguna circunstancia, ni mental ni físicamente. Estuvo en un armario, vendado; para que no se le fuera la mente buscaba dibujos en las tablas, se imaginaba situaciones, estuvo tanto tiempo vendado que llegó a desarrollar el sentido del oído más que nosotros, el olfato. Él cayó detenido poco antes que florecieran los árboles y en el “Nido 20” (la casa de seguridad del paradero 20 de Gran Avenida) había árboles y un día dijo “yo sé donde estoy: en el paradero 20 de Gran Avenida, la sirena que suena y que da la hora, yo la conozco”. Parece que en su juventud había sido bombero en esa compañía. También reconoció un pito de una fábrica que había por allí. El escuchaba y sacaba cuentas.

Antes de eso lo tuvimos en un hangar en Cerrillos, en el lado civil del aeropuerto. Allí un día nos dijo que estaba detenido en Cerrillos. Nosotros le preguntamos: “Pero, ¿cómo sabes? Puede ser Pudahuel, la Base Aérea El Bosque”. No, dijo, “escucho todas las indicaciones que da la torre de control y nunca ha dado la salida de un avión de combate ni tampoco de pasajeros: tiene que ser Cerrillos”. Así nos fuimos haciendo amigos de él. Cuando lo llevamos a Colina, estuvo perdido un tiempo. Sabía que era un lugar donde se hacía instrucción, que era un regimiento porque escuchaba los conscriptos en la mañana que trotaban y cantaban.

-¿Cómo murió?
En los terrenos militares de Peldehue junto a Ricardo Weibel.

-¿Por qué esa gente tenía que morir?

No lo sé. Eso lo dictaminaba el jefe.

-¿Usted no sintió nada? ¿No se había hecho amigo de él?
Sí, sentí pena, a varios de nosotros les pasó lo mismo, porque cuando él se fue sabía que lo iban a matar. Incluso nos dio la mano, se despidió de nosotros, nos agradeció que le diéramos cigarrillos. Nos conocía hasta los pasos. El sabía quien estaba de guardia, cuando era yo me llamaba y decía: “Papudo, dame un cigarrillo…”.

-¿Qué pasó con José Weibel, miembro de la comisión política del Partido Comunista?
Yo participé directamente en su detención. Lo bajamos de una micro, lo seguíamos desde su casa. Hacía varios días que era vigilado. (Fue detenido el 29 de marzo de 1976). Actuaban otros tipos que no eran de la Fuerza Aérea, actuaban como agentes, era gente de derecha, habían sido de Patria y Libertad. En la micro iba con su señora.

-¿Qué sucedió?
No recuerdo bien. Hubo un robo. Nosotros buscábamos la posibilidad de bajarlo. Iba una señora que no tenía nada que ver con nosotros ni con la DINA, le robaron y nosotros dijimos que éramos de Investigaciones y lo bajamos culpándolo del robo. Lo conducimos luego a una casa de seguridad que teníamos en Bellavista.

-¿En qué lugar?
Cerca de donde hay unas canchas de tenis, casi al llegar a la esquina. Creo que ahora construyeron un edificio de departamentos y parece que en el primer piso de la casa reparan lavadoras. Allí vivíamos los solteros del servicio y también teníamos detenidos.

-¿Qué hicieron con él?
Fue interrogado, estaba junto a René Bazoa, que también había sido detenido pero mucho antes y era nuestro informante. Lo usábamos para que sacara información a los otros. Había otro informante que le decían el “Fanta” (Miguel Estay), este cayó junto con René Bazoa y todavía es informante de los servicios de seguridad. Ahora usa el pelo muy corto, cortito, y barba.

-¿Está usted seguro?
Totalmente. Hace cuatro días lo vi llegar a una de las oficinas nuestras en Amunátegui N° 54 pero trabaja indistintamente para varios servicios incluyendo SICAR.

-¿Qué pasó con José Weibel?
Bueno, él fue interrogado y de allí salió un equipo y lo mataron en el interior del Cajón del Maipo y luego lo tiraron al río.

-¿Podría identificar el lugar?
Creo que sí porque allí se hicieron otras operaciones, la de Carlos Bratti Cornejo, por ejemplo.

-¿Quién era Bratti Cornejo?
Fue colega mío. Soldado primero de la Fuerza Aérea, pero trabajaba en nuestro servicio, claro que llegaba esporádicamente a la Academia de Guerra porque trabajaba en la Base Aérea El Bosque, trabajaba todo el sector de La Granja. Lo mataron en el Cajón del Maipo junto al informante comunista Flores (Carol Flores).

-¿Los mataron a los dos?
Sí, porque intentaron cambiarse de servicio e irse a la DINA. En ese tiempo la DINA les ofreció mejor remuneración económica, automóvil, casa. Los jefes se reunieron y decidieron que eso era traición porque la información nuestra la estaban pasando a la DINA y entonces ellos llegaban antes que nosotros a ejecutar una operación. Por ejemplo, incautar automóviles. Una vez se descubrieron unos tanques de combustible que tenía el MIR, no recuerdo el lugar pero quedaba cerca de Las Condes, sólo nosotros sabíamos de su existencia y llegó la DINA y los requisó. Hubo sospecha de que alguien estaba pasando información y se supo que eran ellos. En la institución se les hizo un proceso y el director de Inteligencia lo dio de baja. Dos meses después salió la orden, los empezamos a buscar y los mataron.

-¿Recuerda usted detalles de la “operación Bratti”?
En ese tiempo nosotros estábamos viviendo en la casa de Bellavista, éramos ocho agentes más o menos. Me pasó a buscar Adolfo Palma Ramírez alrededor de las diez de la noche y me dijo que había una operación. Nos fuimos a “La Firma”, como le llamábamos nosotros, que es la casa de calle Dieciocho, el ex local del diario Clarín. Allí había otros oficiales de Carabineros, de la Marina. Estaban todos los jefes del Operativo Conjunto. Me sorprendió que hubiera pisco en la mesa, una especie de cóctel pequeño. Uno de los presentes me dio una pastilla y me dijo que me la tomara. Yo me di cuenta de inmediato que era droga. La conversación siguió hasta que el trago se terminó. Yo no sabía de qué se trataba. A un centinela le dijeron que trajera “el paquete”, así llaman a los detenidos. En ese momento vi que entraron con Bratti esposado y los ojos vendados.

-¿Desde cuándo conocía a Bratti?
Él ingresó antes que yo. Yo lo conocí el año 1974 en la Academia de Guerra, después dejé de verlo un tiempo hasta que apareció nuevamente trabajando con nosotros.

-¿Qué paso luego? Me refiero a cuando llegó esposado…

Le hicieron preguntas. Se notaba que estaba muy choqueado. Estaba drogado. Le dieron órdenes luego al centinela para que lo sacara de la especie de living en que nos encontrábamos y salimos a los vehículos. Creo que iban dos autos. Adolfo Palma iba en uno de ellos conduciendo. A mi lado iba un agente de Carabineros y otro oficial de Carabineros también. Nos dirigimos al Cajón del Maipo.

ASESINATOS EN EL CAJON DEL MAIPO

-Descríbame el lugar en el Cajón del Maipo donde mataron a Bratti.
Hay que pasar San Alfonso, El Melocotón y cuando el camino cruza el río, pasábamos el puente e inmediatamente doblábamos a la izquierda. Nos internábamos por un camino de tierra unos 10 ó 15 kilómetros, no recuerdo con exactitud. Allí había unos acantilados.

-¿Estaba vivo Bratti?
Drogado creo, pero vivo. Lo pararon al frente de una piedra y él insistió en que le sacaran la venda y le soltaran las esposas. Supuso que lo iban a matar. Palma le preguntó que cómo quería morir, si quería arrancar. Se pretendió hacer un juego macabro por cierto. Bratti dijo que quería morir sin venda y sin esposas. Estaba muy entero. Palma entonces, se dirigió a mí y me ordenó que le retirara las esposas. Recuerdo que cuando me acerque a sacarle las esposas, él me dijo que hacía mucho viento y agregó: “Está fría la noche Papudo”. Sí, le contesté, pero yo estaba quebrado a pesar de estar drogado. Tenía miedo, pensé que los demás que participaban eran todos oficiales, salvo un agente de Carabineros y que quizás me iba a ir yo también con Bratti p´abajo. Me dio mucho miedo cuando me ordenaron: “¡Ya, sácale las esposas!”. Ellos estaban como a diez metros. Cumplí la orden, me devolví donde Palma y me mandaron a los vehículos. No recuerdo a qué fue, si a buscar algo, no sé. Cuando iba caminando hacia los vehículos, en una noche muy clara, sentí la ráfaga. Cuando volví al lugar había cordeles y ya estaba muerto. Me dijeron que lo amarrara y le pusiera unas piedras y lo tiramos por el acantilado.

-¿Le puso sólo piedras? ¿No incluyeron amarras con alambre?
No lo recuerdo. El hecho es que después se comentó que debíamos haberle puesto otra cosa porque apareció el cadáver, a los pocos días, en el Canal San Carlos. Palma me dio la mano para que yo me acercara al acantilado y lo soltara en el río.

-¿Usted lo tiró al río?
Sí, yo lo hice. En ese instante pensé que también me iban a soltar a mí. Me dio mucho miedo pero lo solté. Después regresamos a los vehículos y volvimos a “La Firma” donde tomamos otra botella de pisco y luego me fueron a dejar a la casa. Lógicamente me pidieron que no hiciera comentarios de lo que había sucedido, pero dentro del servicio se sabía de todas las operaciones que se realizaban.

-¿Cómo supo usted que estaba drogado?
Sentía como que no pisaba, no coordinaba. Recuerdo además, que fumaba y era como que no estuviera fumando.

-¿Qué sintió cuando asesinaron a su compañero de servicio?
Hasta ese momento pensaba que nos había traicionado. Porque nos dijeron que pasaba información al MIR y al Partido Comunista. Sentía pena pero en el fondo tenía rabia porque nos dijeron que había entregado una lista con nuestros domicilios, los lugares que frecuentábamos, etcétera, para que nos mataran. Pensé entonces que estaba actuando bien por el hecho de que Bratti era un funcionario.

-¿Cómo supo usted que esa no era la verdad? 
El año 1979 estuvimos trabajando en Antofagasta, no en subversión. Y Adolfo Palma Ramírez me dejó en una oportunidad en su casa porque viajaba a Chuquicamata. Le cuidé su casa y me dediqué a escuchar casettes. Encontré declaraciones de detenidos, entre ellas las de Bratti. Ahí supe la verdad: se le acusaba de traición por querer pasarse a la DINA. Yo le hice saber a Fuentes que Palma tenía grabaciones con declaraciones de Bratti y de otros detenidos. Para ese entonces ya no estaba Palma en la FACH. Fuentes dijo que estaba bien porque eso iba a ser un respaldo en caso de que mañana él cayera detenido para entregar información.

-¿Participó Palma en muchas operaciones de detenidos desaparecidos? 
En casi todas. Era el segundo de a bordo después de Roberto Fuentes. Él había sido de Patria y Libertad. Fue uno de los que participaron en el asesinato del comandante Arturo Araya Peters, el edecán de Allende y se jactaba de eso (asesinado por un comando de Patria y Libertad con armas entregadas por la Marina, el 26 de julio de 1973).

-¿Hay algún otro funcionario que haya sido eliminado? 
No, de la FACH es el único que yo conozco.

-¿Y Calor Flores? 
No era funcionario de la FACH. Era informante.

-¿Por qué mataron a Flores? 
Porque intentó irse a trabajar a la DINA. Fue en 1976, no recuerdo si era DINA o si ya era CNI. En ese problema también estuvo metido Otto Trujillo, era de Patria y Libertad, lo había traído el comandante Fuentes Morrison al servicio. También estuvo implicado en el grupo que se quiso pasar a la DINA. A él lo dejaron en libertad. Por la influencia de Fuentes no lo mataron.

-¿Qué pasó con Trujillo después? 
Trujillo ahora está trabajando para el SIM, el Servicio de Inteligencia Militar. Recuerdo que como castigo se le mandó a Punta Arenas, él era de allá. Fuentes lo trajo después a Santiago. De repente aparecía trabajando para nosotros. A Trujillo le dijeron que regresara a Punta Arenas, que no volviera más a Santiago, que se olvidara del asunto y de sus amigos. Luego apareció en el SIM trabajando con René Bazoa. Andaban juntos. Hace poco Otto Trujillo fue requerido por la justicia por una estafa. Estuvieron unos detectives en la oficina y le consultaron a Fuentes por él. Fuentes contestó que no tenía idea en consecuencia que sabía que estaba en el SIM.

-¿Qué pasó con Palma Ramírez? 
En Pudahuel tiene una distribuidora de frutas, un local grande.

-¿En qué lugar? 
Es por José Joaquín Pérez, una calle paralela a esa (da la dirección exacta)). A Palma le decíamos también “Fifo”.

-¿Hubo otras operaciones en el mismo lugar del Cajón del Maipo?
Sé de varias, una de ellas la de José Weibel, pero en las otras yo no participé. Carol Flores también fue muerto allí.

-¿Está seguro que allí mataron a José Weibel? 
No sé si lo llevaron con otras personas pero sí sé que Weibel murió allí.

EL VIAJE EN HELICÓPTERO

-Usted me dijo que también supo de una operación en que lanzaron detenidos desaparecidos desde un helicóptero. 
En ese tiempo estábamos en la Base Aérea de Colina, trabajábamos cuatro servicios: SICAR, Armada, Carabineros, Ejército y nosotros. Supe de una sola operación pero puede que hayan hecho más. Fue en el año 1976, cuando fue combatida la Juventud del Partido Comunista.

-Cuénteme todo lo que recuerda de la operación. 
Llegó un helicóptero de la FACH a Colina y sacaron alrededor de diez o quince personas. Entre esas personas recuerdo claramente que iba un ex regidor (hoy concejal) de Renca que era cojo, tenía sus años, deben haber sido los mismos que cayeron con él en la redada. (Se trata de Humberto Fuentes Rodríguez, detenido desaparecido desde el 4 de noviembre de 1975. Fue arrestado en una camioneta amarilla con distintivo FACH).

-¿Salieron vivos de la Base Aérea? 
Sí, los drogaban, les daban unas pastillas pero parece que no eran muy efectivas, porque se daban cuenta. Uno de los que participó, “Fifo”, me contó después que uno había despertado en el vuelo y le había pegado un fierrazo. Luego empezaron a lanzarlos al mar, frente a San Antonio creo.

-¿Les hacían algo antes de tirarlos? 
Dicen que los abrían.

-¿Que los abrían…?
El estomago, para que no floten. Iban comandos de seguridad del Ejército, creo que con el corvo, antes de tirarlos al mar, los abrían. Fue una sola vez que llegó el helicóptero. Recuerdo a otro de los que se llevaron, de unos 45 ó 50 años, comunista, peladito, medio moreno, en una oportunidad intento suicidarse y se quebró un brazo. Se lo llevaron, lo vio un médico y estuvo enyesado harto tiempo. Él también se fue en el helicóptero. Había otro que hacía caricaturas. Los otros no los recuerdo.

-Trate por favor…
Intento, pero no recuerdo ni siquiera sus chapas.

-¿Recuerda los nombres de agente de seguridad que participaron en dicha operación? 
Rolando Fuentes Morrison es uno y Palma Ramírez. Esos dos eran los jefes. En ese tiempo los que trabajábamos en esto éramos muy pocos militares, la mayoría era de afuera. Me acuerdo del “Luti”, llegaban de repente a la oficina pero dos eran extremistas de derecha que habían participado en atentados, como el asesinato de Araya Peters, por ejemplo, asaltos bancarios, etcétera, durante el período de la UP. Les conocía las chapas no más, nunca les supe los nombres. Eran de buen nivel social. Ellos hacían generalmente todo el trabajo de seguimiento. Los mandaba Palma. Nosotros participábamos en la captura solamente.

-¿Qué otras operaciones se hicieron en Colina? 
Murió otra persona, era de aspecto similar al “camarada Díaz” que murió en la casa de seguridad. Lo mataron los del Ejército, lo interrogaron y lo dejaron allí. Luego lo fuimos a ver y estaba muerto. Lo llamamos, entonces se devolvieron y lo echaron en el portamaletas del auto. No sé qué pasó después con él.

-¿En qué estado estaba? 
Golpeado, con moretones por todo el cuerpo, muy rígido. Tengo entendido que le pusieron corriente directa, de 220. Se le ponen dos cables directamente del enchufe, no de la máquina especial con que se tortura. Tiene que haber sido el año 1976 porque ese fue el año en que trabajamos en Colina, totalmente separados de la Base. Al interior de ella había una cárcel recién construida para los funcionarios que tienen que cumplir penas militares.

-¿Funcionaba como centro de torturas? 
Sí. Estaba nueva. Ellos no la usaron. Incluso creo que no la usaron más porque allí funciona ahora otra cosa. Después fue cuando tuvimos problemas con el Ejército.

-¿Qué tipos de problemas? 
Ellos querían mandar todas las operaciones y echaban a correr la antigüedad entre los jefes. Después, el Ejército optó por no operar con nosotros y empezaron a trabajar aparte. Nosotros seguimos trabajando igual con la Marina y Carabineros. Luego nos fuimos a trabajar a la calle Dieciocho, en el ex edificio del Clarín, que ahora pertenece a DICOMCAR. Ahí teníamos a los detenidos. De ese lugar sacamos a los que mataron en la Cuesta y ahí también cayo detenido Contreras Maluje.

-¿Participó René Bazoa en esa detención? 
Él era el informante nuestro. Estuvo detenido en Colina. No era informante de antes porque fue torturado en Colina, él cambio su vida por la entrega de información. Digo esto porque él fue testigo de la operación que se hizo con el helicóptero y con la citroneta. Bazoa llegó con varios más, una mujer, uno que le decían “Fanta” (Miguel Estay). Después apareció Bazoa trabajando con nosotros.

-¿Con ustedes o con la DINA? 
Él empezó a trabajar con los servicios de la FACH y después tengo entendido que se lo pasaron al Ejército cuando nosotros dejamos de trabajar la subversión.

-¿Quién asesinó a René Bazoa? 
Tengo entendido que fue el Ejército, el SIM.

-¿Quién entregó a Carlos Contreras Maluje? 
(El 3 de noviembre de 1976, a las 11.30 horas en Nataniel Cox, entre Coquimbo y Aconcagua y poco después de haber sido atropellado por un microbus, fue detenido por personal de seguridad. Desde ese día se encuentra desaparecido).
Un hombre alto, medio moreno, nariz respingada, abultada, ojos café, pelo negro y brillante. Él había estado detenido en el edificio del Clarín y entregó a Contreras porque dio el contacto. No recuerdo el puesto que tenía este hombre en las Juventudes Comunistas, pero era importante. Lo llamábamos “José”. Había otro, el “Macaco” que le decían, bajito, morenito, nosotros le pusimos “Macaco” porque le encontrábamos cara de mono. Había otro comunista que cayó con el “Macaco”, era de finanzas y tenía un departamento en el centro. A ése le decíamos “Relojero”. Todos esos detenidos se iban el día viernes a sus casas y los pasábamos a buscar el domingo a lugares previamente concertados, la Plaza Ñuñoa, por ejemplo. Cuando ellos nos entregaron a Carlos Contreras Maluje, se fijaron de a poco las reglas.

(Los tres comunistas informantes serían presumiblemente: Vargas, Mallea y Saravia).

-¿Murieron estos hombres? 
De todos ellos el único que murió fue Contreras Maluje.

-¿Dónde vivía “José” (Vargas)? 
Por el sector donde está la Municipalidad de Las Condes, creo que la calle se llama Paul Harris. Tengo entendido que todavía vive allí porque hace poco tiempo pasamos con un jefe por allí y dijo: “Por aquí vive José”. Ahí me di cuenta que todavía era un informante porque comentó que se había contactado con no sé qué nombre, el de una agente de la CNI.

MUERTE DE UN COMUNISTA

-¿Qué pasó con Carlos Contreras Maluje? 
Recuerdo todo muy bien porque yo participé. Lo detuvimos con un familiar o un amigo de Contreras en San Bernardo. Íbamos con el informante “José”, que estaba detenido. En ese momento teníamos prácticamente a toda la directiva de las Juventudes Comunistas, nos faltaba Contreras. Para entonces ya trabajábamos sólo con la Marina y Carabineros.

-¿Dónde funcionaba el cuartel general? 
En calle Dieciocho. Cuando cayó “José”, en el interrogatorio, él dijo que tenía un contacto con Contreras en una casa de San Bernardo. Y nos dijo: “Si me sueltan, yo hago el contacto con él y luego nos agarran”. Lo soltamos, hicimos todo el operativo y detuvimos a Contreras Maluje junto a un joven. Nos costó mucho detenerlo porque era más o menos fornido. Cuando bajábamos por Gran Avenida uno de los vehículos atropelló a una persona y seguimos. Llegando al cuartel comenzó el interrogatorio de Contreras. Le preguntábamos por todos los que teníamos detenidos, y él respondía que hacía tiempo que no los veía o decía no conocerlos. Le preguntamos por José, y contestó que no lo veía desde hacía mucho tiempo. Le sacamos la venda y le mostramos a todos los dirigentes que teníamos detenidos. Se dio cuenta –creo- que lo había entregado José. En ese momento, él dijo que tenía un “punto” (un contacto) con otro dirigente, no recuerdo con quién, en la calle Nataniel. Los jefes se reunieron porque había algunos que no querían efectuar la operación por la importancia que tenía Contreras en el Partido Comunista. Suponía que estaba tramando algo. Se decidió que la operación se llevara a cabo y salimos. Lo largamos en Nataniel y empezó a caminar hacia Avenida Matta. De repente, yo por radio escuché que dijeron: “Se tiró a la micro el sujeto”. Contreras había sido torturado hasta las últimas horas de la noche anterior, tenía las muñecas rotas con las esposas. Cuando escuchamos por la radio yo estaba como a siete cuadras del lugar. Cuando llegamos ya se había juntado mucha gente.

-¿Qué sucedió después? 
Al vernos empezó a gritar que éramos de la CNI o de la DINA, no me recuerdo bien ya, que lo queríamos matar, que avisaran a la farmacia Maluje de Concepción. Gritaba además, cual era el pecado de ser comunista. Después empezó a hablar con gestos porque estaba semiinconsciente. Ahí llegaron todos los demás vehículos que estaban participando en el operativo y también un radiopatrullas de Carabineros. Ellos no sabían qué hacer, si llevarse detenido al chofer de la micro (Luis Rojas Reyes) y miraban a los tipos que se bajaban de los autos con radios, metralletas, pistolas. Luego, uno de los carabineros tomó al chofer y lo llevó a la parte trasera del vehículo para tomarle los datos y después le dijo: “ya súbase y váyase no más”. Cuando quisimos subirlo al vehículo, Contreras Maluje gritaba que no, que no quería que se acercaran los de la DINA. Le pidió incluso ayuda a Carabineros y decía: “Me han torturado” y mostraba las muñecas que tenía rotas. No quería subirse pero lo logramos meter a un automóvil Fiat 125 celeste cuya patente estaba a nombre del director de Inteligencia de la Fuerza Aérea, general Enríque Ruiz Bunger. A todo esto el general no tenía idea. En todas las operaciones el que mandaba era Roberto Fuentes Morrison. Incluso ese auto no debió haber participado en el operativo porque andaba con la patente derecha, no era una patente falsa. Por eso lo llamaron después a declarar por el proceso que hubo.

-¿A qué lugar lo llevaron? 
Al cuartel de la calle Dieciocho. Allí fue golpeado. Llegó herido, con la cabeza rota y un brazo facturado. Lo bajaron como un paquete. Lo tiraron dentro del calabozo a puras patadas. Le dieron fuerte. Dijeron que había traicionado.

-¿Cuándo y cómo lo mataron? 
En la noche. Estuvo todo el día en el calabozo. Le pegaron por pegarle porque ya nadie le preguntaba nada. Un suboficial de Carabineros le pegó una patada en la cara y le fracturó la nariz. Al otro día, cuando llegué, supe que lo habían llevado a enterrar al mismo lugar de la Cuesta donde yo había ido antes. Un equipo de Carabineros salió temprano a hacer el hoyo. Yo estaba ahí y les pregunté dónde iban, y respondieron: “al mismo lugar donde fuimos la otra vez”.

-¿Quién dirigió la operación? 
Roberto Fuentes Morrinson.

-¿Dónde está ubicado el lugar donde fue enterrado Carlos Contreras Maluje y otros detenidos desaparecidos? 
En una Cuesta en el camino Melipilla. Es una bifurcación del camino principal y nosotros doblamos a la derecha. Recuerdo que hay un desvío, avanzábamos por ese camino hasta un puente, pasando el puente empezaba la Cuesta. Como en la tercera o cuarta curva había un camino secundario, una huella. Había que internarse por allí unos 100 metros. Allí procedíamos a dejar los detenidos y los fusilábamos en el lugar. Allí mismo eran enterrados.

-¿Sin dinamitarlos? 
No. Sólo se les disparaba con armas con silenciador.

-¿Llegaban vivos allá? 
Sí.

-¿Cuánta gente llevó usted? 
Dos personas, pero anteriormente habían ido con otros detenidos al mismo lugar, unas ocho personas más o menos. En la operación en la que yo participé había un olor típico de cementerio. Se notaba que antes habían ido a hacer otras operaciones. Esas operaciones se hacían en conjunto con el SICAR y la Armada.

-¿Qué sabe de las muertes de otros detenidos desaparecidos, como Eduardo Paredes, Bautista Von Showen, Enrique París…? (le entrego una lista haciendo una pausa entre cada hombre)
No, no tengo idea.

-¿No hacían comentarios entre ustedes? 
Mucho compartimentaje. Lo que hace mi unidad no tiene por qué saberlo otra.

-¿Por desconfianza? 
Sí, mucha.

EL JURAMENTO DE LA FACH

-¿Sabía usted que en cualquier momento también lo podían matar? 
Siempre lo supe.

-¿Hizo algún juramento en la FACH antes de iniciar su trabajo? 
Tengo un documento firmado en la Dirección de Inteligencia de la FACH en el que se dice que todo lo que haga no debo comentarlo, y si el día de mañana me echan del trabajo, debo seguir llevando una vida normal, pero no debo involucrar a nadie. Incluso dice que el que cae detenido, cae solo, todas las acciones las hizo solo, nunca contó con el apoyo de la institución.

-¿En qué otras operaciones participó? 
En Fuenteovejuna y Janequeo.

-¿Cómo fueron esas operaciones? 
Había que detectar a los que mataron al intendente de Santiago, Carol Urzúa. A nosotros nos llamaron cuando ya la operación estaba armada. Al equipo de contra subversión de la FACH le pidieron una colaboración. La CNI ya había hecho los seguimientos, tenía detectadas las casas, todo. Ahí cayeron presos los que están detenidos actualmente, a uno que le decían “Pitufo” Palma. El día de la operación estuve todo el tiempo en una camioneta. De repente se nos avisó que si salía el “uno” -los teníamos por número de acuerdo a su importancia-, se iniciaba toda la operación. Por radio escuché: “salió el uno, ¡síganlo!”, hizo contacto con otro y después se separaron y los detuvieron a los dos. A otro lo agarraron aquí al frente de Capuchinos, uno gordo, no recuerdo su nombre.

-Continúe…
Al que más recuerdo es a Palma, que fue sacado de un colectivo o de un taxi. En la tarde nos dirigimos a la casa de Fuenteovejuna. Nos reunieron antes en un supermercado por ahí cerca. Éramos alrededor de 60 agentes. Llegó un jeep con una ametralladora punto 30, nos reunió uno de la CNI, tengo entendido que es oficial de Carabineros, y dijo: “Bueno, aquí ningún huevón vivo, todos muertos”.

-¿Cuántos sospechosos eran? 
Tres. Nosotros cerca de sesenta. De repente yo vi entrar el jeep que se estacionó. Justo al frente de la casa hay un pasaje. Dieron la orden por radio que tomáramos todas nuestras posiciones y luego, el mismo oficial preguntó si estaba lista la base de fuego. Yo no tenía idea de qué se trataba: era el jeep que estaba preparado, el jeep que tenía la CNI con una ametralladora que sale con un mecanismo hidráulico. Salió la ametralladora y empezó a disparar a la casa durante alrededor de un minuto. Después, por un altavoz se les conminó a rendirse diciéndoles que estaban rodeados por fuerzas de seguridad. Uno salió con las manos en alto, y cuando venía saliendo lo rafaguearon. De adentro respondió el fuego una mujer. Inmediatamente la casa comenzó a incendiarse por los efectos de una bengala.

-¿La bengala fue lanzada por ustedes? 
Sí, por uno de los agentes que estaban apostados en el interior y al parecer cayó en algunos documentos, papeles y se dio inicio al incendio de la casa.

-¿La bengala tenía por objeto incendiar la casa? 
No. Iluminarla para ver si había más personas adentro. Sabíamos que había dos muertos, pero eran tres personas, aún no teníamos conocimiento que Villavela había muerto. Por la posición en que fue encontrado posteriormente supimos que murió con las primeras ráfagas de ametralladora sorpresivas.

-¿Cuál fue su papel en la operación? 
Disparar en caso de que alguien saliera de la casa. En realidad no fue necesario. Era una cosa de locos, toda la gente disparaba. Yo le disparé a un foco que había frente a la casa para obscurecer más el sector. Después, me preocupé de sacar a la gente de las casas de los lados, a los vecinos.

-¿Qué pasó después? 
Llegó investigaciones y tomó en sus manos el caso, el asunto digamos legal. Luego, nos fuimos a Janequeo, en Quinta Normal, y como algunos de nuestros agentes se encontraban sin balas, por haber utilizado todo el stock, pasamos a buscar a nuestra oficina. Cuando llegamos a Janequeo ya nos estaban esperando. El mismo jeep estaba haciendo su trabajo.

-¿Cuántos eran los sospechosos? 
Dos personas y deben haber habido unos cuarenta agentes, entre gente de la CNI y de la Fuerza Aérea. Sé que a uno de los extremistas lo mataron pasando una plaza que hay por ahí cerca. No llevaba armas, después apareció en la presa con un arma, pero se la puso la CNI. “José”, un argentino, murió en el patio de la casa.

-¿Qué paso con los cadáveres? ¿También se hizo cargo Investigaciones? 
Después que nosotros terminamos nuestra parte en la operación, nos devolvimos a la oficina. La CNI siguió trabajando sola.

-¿Sabe usted de donde provino la información sobre este grupo mirista? 
No, no lo sé. Sí sé que el MIR y el Partido Comunista están infiltrados por la CNI.

-¿En este momento? 
Sí.

-¿Cómo lo prueba? 
Me lo dijo un agente de la CNI. Hacen operaciones, matan personas cuando quieren. Ellos saben dónde está fulano, zutano, perengano. Incluso la gente que se asiló recientemente en la Nunciatura estaba vigilada.

-¿Por qué quiso hablar conmigo? 
Porque quería desahogarme. Compré la revista Cauce y me puse a leer. No tenía idea sobre la muerte del cuñado de Juan Delmás. Vi quién era el periodista que había escrito esa crónica y la escogí. Pero a esto le vengo dando vuelta hace varios meses. Hoy día me decidí.

-¿Qué otros trabajos de este tipo a desarrollado? 
Desde fines de 1976 en adelante la Fuerza Aérea se retiró de la acción antisubversiva. Sólo actuamos esporádicamente porque Roberto Fuentes, el comandante, tiene contactos y es muy amigo con la gente de la CNI.

-¿Roberto Fuentes Morrison sigue perteneciendo a la Fuerza Aérea? 
Sí, pero ni siquiera trabaja, la jefatura no le da trabajo. Está ahí no más.

LA ESTRUCTURA DEL TERROR

-¿Qué contactos tiene usted con la CNI? 
Todos los servicios tienen un contacto que se llama el “canal técnico”. Para traspasar informaciones hay contactos personales.

-¿No ha habido ningún operativo en el que le haya tocado participar? 
Sí, un operativo para el que nos solicitó Carabineros. Nosotros, el equipo que yo conformo, estamos bien considerados dentro del trabajo de la contra subversión. Nos tienen por buenos. Fuimos llamados para hacer unos allanamientos en Pudahuel.

-¿Qué indicaciones les entregaron? 
Tienen que ir a esta casa y estos son los dos sujetos que buscamos. Creo que estaban involucrados en la muerte de un carabinero. El pasaje creo que se llamaba “Apolo”.

-¿Descubrió algo? 
Armas, no. Sólo documentación, propaganda, nada de importancia…

-Pero la televisión mostró armas…
Esa vez se hizo un allanamiento en el que participaron alrededor de 200 carabineros. Se allanó creo la mitad de la comuna de Pudahuel. Si en otro lado aparecieron armas, a mí no me consta. Todo se llevó a la Comisaría de Santo Domingo. Estaba en el suelo todo el material incautado, pero armas no había en ningún lado.

-¿Qué pasó en la Comisaría? 
Cuando llegamos a la Comisaría de Santo Domingo, pasado Matucana, había más de cien detenidos de Pudahuel y algunos de Renca. Estaban todos en el patio de la Comisaría, puestos contra la muralla, vendados, con capucha. Luego ingresó un vehículo con los vidrios polarizados, sacaban uno a uno a los prisioneros y los ponían al frente del auto, con las luces altas. Les sacaban las capuchas y en el interior del auto había uno que indicaba quiénes eran y quiénes no eran. Al parecer era un hombre que había caído detenido tres días antes.

-¿Su señora sabía qué clase de trabajo realiza? 
Sabe que trabajo en seguridad, pero no los trabajos específicos que yo realizo.

-¿Cuándo se casó? 
Hace seis o siete años. Conviví con ella y me casé legalmente después.

-¿Cuándo la conoció? 
En 1975, creo. Llegué a vivir a su casa, de uniforme, como aviador. Y de repente pelo largo, me pasaban a buscar en auto, bajaban tipos con ametralladoras. Se dio cuenta que tenía que ver con seguridad.

-¿Nunca le preguntó nada? 
Sí, pero yo le decía que eran trabajos institucionales, nada que ver con la DINA o la CNI.

-¿Ella se preocupaba? 
Sí, mucho. Mi señora después se empezó a dar cuenta y tuvo la certeza con la operación de Fuenteovejuna. Llegué con mi pantalón con sangre y ella había escuchado las noticias. Me preguntó si trabajaba en el lugar y tuve que decirle que sí. Como ella es muy reservada, no dijo nada pero sé que se tiene que haber preocupado mucho.

-¿No le dieron ganas de hacer otro trabajo? 
Yo llegué a hacer el Servicio Militar a la FACH, a los 18 años, cuado recién salí del liceo.

TRATAMIENTO PARA LOS NERVIOS

-¿Nunca estuvo relacionado con actividades políticas? 
No. El año 1973 tenía 17 años. Llegué a esto en una forma…, quiero decir que no lo busqué. De repente me vi involucrado en esto.

-¿Saben sus padres qué tipo de trabajo ha realizado? 
Saben que soy agente de seguridad, o sea la parte legal del asunto, la seguridad del territorio pero nunca en…

-¿Conoció a Osvaldo Romo? 
No. Lo único que sé es que le decían “El Dedo de Yeso”, porque lo usaba para indicar…, al menos dentro del servicio se le conoce así.

-¿Dónde vive? 
En la población Juanita Aguirre, de la Fuerza Aérea.

-¿Arrienda o es propietario? 
La Fuerza Aérea nos da la casa. No pagamos arriendo.

-¿Ha estado enfermo de los nervios alguna vez? 
Sí, estuve en tratamiento, hay varios casos, muchos hospitalizados.

-¿Dónde los hospitalizan? 
En la Clínica Ñuñoa. Hay un convenio con esa clínica. A mi me atendió un psiquiatra.

-¿Le preguntaba sobre estas mismas cosas? 
No, porque el médico es del servicio. Yo pedí asistencia médica porque estaba muy tenso, nervioso. Conversé con un psicólogo y éste me mando a sacarme un electroencefalograma. Después me citó varias veces a conversar con él, armé cubos, etcétera, luego determinaron que mis problemas eran derivados de mis problemas económicos.

-¿Fue en profundidad el tratamiento? 
No. Fue muy superficial.

-¿Después cómo se sintió? 
Los problemas continúan pero me siento bien. Lo que quiero decir es que los problemas que tengo son conmigo mismo. O sea, lo que estoy haciendo ahora.

-¿Pero por qué no le contaba esto al psiquiatra? 
No se lo podía decir. ¿Cómo le voy a decir que estoy aburrido de esto, que me quiero ir, que no quiero trabajar más acá, que estoy asqueado de este trabajo. ¡Imagínese!, el psiquiatra del servicio… Me iba a durar re poquito la vida.

-¿Cómo se llamaba el psiquiatra? 
Hay tres médicos. El que me atendió no sé si es psiquiatra o psicólogo. Es muy importante, está considerado entre los mejores de Chile. Incluso ha participado en foros en televisión. Tengo entendido que trabaja en Canal 7 y hace campañas de propaganda.

-¿Cómo se llama? 
Aracena.

-¿Le hacía preguntas relacionadas con su trabajo? 
No, con mi familia nada más. Del trabajo no porque sabe todo. Nos conoce bien a todos. Otro de los médicos se apellida Rey y el tercero participa poco, su nombre no lo recuerdo pero tiene cara de loco, es más bajo que yo, usa los pantalones cortos, camina medio raro, usa anteojos ópticos, pelo liso, semi canoso. Pero Aracena sí que ha participado en contra subversión.

-Si un compañero suyo desaparece, ¿pueden preguntar a sus jefes por él? 
Se pregunta, siempre que no exista lo que se llama cobertura, o sea, que fue trasladado, que fue dado de baja o en último término que fue sorprendido en una u otra cosa y está detenido. Ahí nadie lo puede visitar porque el que lo visite se va de baja. Le echan a perder la imagen como se dice.

-¿Qué misión estaba cumpliendo usted en este momento? 
Hacía un curso de cuatro meses de Inteligencia de seguridad territorial, pero de eso no voy a hablar ni una sola palabra.

-¿Qué piensa usted del general Pinochet? 
No me gusta. Creo que es el pensamiento de la Fuerza Aérea. No nos gusta porque es un dictador. Se rompieron las relaciones digamos cuando salió el general Gustavo Leigh. Dentro de los generales hay una cierta división por el general Pinochet…

-Y a usted, ¿por qué no le gusta? 
Pienso que las ideas se deben combatir con ideas. Esto lo vengo pensando desde hace mucho tiempo. Si alguien me dice a mí que es comunista y… bueno, yo no lo puedo matar, tengo que demostrarle que está equivocado. Es que un país no se puede…

“HAY MIEDO”

-¿Está convencido de lo que esta diciendo? 
Totalmente.

-¿Sus compañeros opinan lo mismo? 
No se pronuncian abiertamente. Hay miedo a las represalias. Uno no puede opinar libremente. Nadie le va a preguntar a uno o a un jefe “¿qué te parece el general Pinochet?”. Eso no se hace.

-¿Conoció usted al general Leigh? 
El día que dejó de ser miembro de la Junta de Gobierno. Trabajábamos en una casa de seguridad, pero no en contra subversión. De repente, llegó un oficial nuestro y eligió gente. A mí me eligieron -creo por la experiencia- para que prestáramos protección a la escolta del general. Nos fuimos al Ministerio de Defensa en un Fiat 125 y no nos querían dejar pasar. Le tiramos el auto encima a un centinela del Ejército que tenía cortado el camino por Gálvez. El conscripto no hizo nada, no se atrevió. Luego esperamos que saliera el general. Había muchos periodistas en el sector, gente que aplaudía y en eso llegó un auto Chevy Nova. Se bajó un oficial rubio y conversó con nuestro oficial y le dijo que la seguridad del general Leigh estaba en manos de ellos. Nuestro oficial le dijo que no, que lo escoltaríamos hasta su casa y que las únicas órdenes que esperábamos eran del general Leigh, que seguía siendo nuestro comandante en jefe. Pero ya había jurado el general Fernando Matthei. Recuerdo que uno de los guardaespaldas del general Leigh le pegó un puñete a un comando del Ejército que no lo quería dejar pasar hacia una oficina. De todas maneras no nos dejaron entrar al Ministerio. Se armó una discusión entre los dos oficiales y el nuestro dijo: “Ustedes se bajan, en caso de que este Chevy Nova se mueva, lo repelen”. No se atrevieron.

-¿Qué pasó después? 
Luego nos fuimos escoltando hasta el edificio Diego Portales. Nosotros nos bajamos con nuestras armas en la mano y creo que el general Leigh se asombró mucho. Cuando bajan hay un centinela que dice: “Baja el uno”, ese es el general Pinochet; “baja el dos” y así sucesivamente. Cuando salió el general Leigh, dijo “baja el…” y no supo qué decir. Lo acompañamos hasta su casa. Allá Leigh nos formó a todos y se despidió de cada uno de nosotros y nos dijo que teníamos que seguir prestándole apoyo al nuevo comandante en jefe. Cuando le dijeron que alguien quería hablar con él, respondió que no quería a nadie de la Junta, ni ministro ni nadie. Se juntó mucha gente fuera de la casa. Nosotros seguimos vigilando el lugar y echamos a los CNI: estaba lleno de autos de la CNI. Para evitar problemas se fueron.

-¿No pensó nunca que todas las cosas y trabajos como usted les llama iban a salir un día a la luz? 
Sí, lo pensé.

-¿Hay gente de la FACH en la CNI en estos momentos? 
No. Los retiró el general Matthei después del caso de la dinamitada.

-¿Causó mucha conmoción en la FACH? 
Sí, pero no por un problema sentimental. Encontramos que era un trabajo mal hecho. Una estupidez. Por eso mismo causó revuelo, porque había mucha gente nuestra trabajando en la CNI.

-¿Pero no habían retirado el año 1976 a su gente de la CNI? 
Sí, pero como una semana antes se había enviado nuevamente gente en comisión, por un año. Cuando se supo el caso de la dinamitada, al día siguiente llegó una orden del general Matthei pidiendo que toda la gente regresara. La orden llegó a las ocho de la mañana a la CNI, a la diez se retiró toda la gente. Y al que no quería regresar se le dio de baja en la Fuerza Aérea y la CNI se hacía cargo de ellos, pero no como funcionarios FACH.

-¿No provocó problemas eso? 
Problemas con el Presidente Pinochet, sí. Cuando se pidió gente nuestra para la CNI fue por una orden de él. En realidad pidieron de todas las instituciones. La única rama que retiró su gente fue la FACH, los otros siguieron trabajando. Nosotros pensamos que iba a haber un quiebre porque el general Matthei pasó a llevar una orden del Presidente.

-¿En qué forma? 
Cuando se solicitó gente nuestra para la CNI, la FACH se opuso, pero luego salió una orden directa del Presidente de la República exigiendo que Matthei enviara gente. Con el problema de la dinamitada… se pensó que habría un quiebre. El mismo Álvaro Valenzuela, jefe de operaciones de la CNI, que quedó a cargo de nuestra gente, primero estaba muy prepotente y después tuvo que aceptar que los regresaran a la unidad de la FACH. Por eso mismo, después la Fuerza Aérea solicitó a todo el personal de seguridad que entregáramos toda la numeración de nuestro armamento. Para tener absoluto control y que nuestras armas no aparezcan mezcladas en un hecho delictual o algo raro que no tenga relación con la institución. Eso pasó hace como dos meses más o menos.

-¿Hubo otro momento de quiebre institucional que usted recuerde? 
Sí, debe haber sido en febrero o marzo, marzo más seguro. Parece que hubo un quiebre al interior de la Junta, porque nosotros tuvimos que vigilar durante una noche el movimiento de los regimientos. Fue una sola noche porque al otro día se levantó la alerta.

-¿En qué lugar vigiló usted? 
Tuve que controlar con mis compañeros el área de Independencia, el Regimiento Buin. Ver si había movimiento de camiones, cualquier cosa extraña. También debíamos estar alerta en mi unidad por si había movimiento desde Peldehue y El Salto.

-¿Ocuparon todo Santiago me imagino? 
Por supuesto. Se comentó después que se estaba esperando que Pinochet firmara un decreto que afectaba a la Fuerza Aérea y entonces nosotros íbamos a estar en contra de esa iniciativa. Quisimos evitar sorpresas, como sucedió con el caso del general Leigh y por eso controlábamos por si había movimientos para destituir al general Matthei.

-Volvamos a lo personal, el adiestramiento que ustedes tienen, ¿no lo lleva a pensar que el tipo de trabajo que están haciendo es absolutamente anormal? 
Pienso que sí. Uno actúa, no piensa, sólo actúa. Queremos ser eficientes y por eso mientras menos huellas quedan, mejor hecho está el trabajo que uno realiza.

-Para las protestas, ¿no jugaban un papel? 
Nunca hemos participado. Hacemos un día común y corriente. La orden la impartió el general Matthei, él está muy preocupado de la imagen de la institución, quiere que la FACH desarrolle solamente su labor profesional y no pretenda más.

-¿En qué consiste su trabajo institucional? 
Básicamente en la defensa territorial, para eso fueron creadas las Fuerzas Armadas.

LA MAQUINA DE MUERTE

-¿Ha matado a sangre fría alguna vez? 
No.

-¿Estaba usted realmente consciente del tipo de trabajo que hacía? 
Sí, hasta ahora.

-Pero… ¿se da cuenta? 
Sí.

-¿Cómo pudo hacerlo? 
Es una máquina que lo va envolviendo a uno hasta el punto de la desesperación, como me ha ocurrido a mí ahora. Sé que en este momento me estoy jugando la vida. Yo sé que quizás mi familia no me va a acompañar. Ni siquiera están de acuerdo con lo que he hecho, pero tenía que contarlo. Me sentía mal, estaba asqueado. Como le decía, quiero volver a ser civil.

-Pero usted lleva diez años como agente de seguridad, ¿no cree que de todas las balas que ha disparado…?
Es muy probable porque he participado en varios tiroteos. Es muy probable…

-¿Ha torturado? 
Sí.

-¿En qué consistían esas torturas? 
Aplicación de corriente, golpes…

-¿Cómo se comporta usted como padre? 
Soy un mal padre.

-¿Por qué? ¿Les pega a sus hijos? 
No, pero juego raramente con ellos.

-¿A qué lo atribuye? 
No lo sé. Creo que en todo este tiempo he empezado a mirar la vida de otra manera. Me he dado cuenta de la situación por la que he pasado. No quiero que mis hijos me quieran. Sé que cualquier día me van a matar y no quiero que sufran. Por eso soy así en mi casa. Incluso mis hijos quieren más a los tíos. Cuando éstos llegan, mis hijos corren, los abrazan, los saludan… Cuando llego yo, a veces corren y yo no les hago mucho caso. Los quiero, pero no en el sentido que debería ser…

-¿Pero usted ha querido alguna vez a alguien? ¿Ha sentido cariño por alguna persona? 
Sí, claro que sí, pero tengo una forma muy particular de querer a las personas. No sé como explicarlo… Prefiero que a mí no me quieran. Con mi familia soy muy distinto. No visito nunca a mis padres.

-¿Siempre fue así? 
No. Cuando era muchacho me iba bien en los estudios. Era cariñoso y regalón de mis padres a pesar que soy el hermano del medio, somos tres hermanos. Era muy sentimental, después todos esos valores los fui perdiendo.

-¿Y no se daba cuenta? 
Claro que sí y eso me producía conflictos.

-¿Cómo los solucionaba? 
No los solucioné nunca en realidad. Los dejaba pasar.

-¿Tiene resentimientos contra la institución? 
Contra ella, claro que no. Contra los que me transformaron, sí. Con los jefes que me llevaron a hacer lo que hice. Contra la institución no, tampoco contra las Fuerzas Armadas.

-¿Quiénes fueron esos jefes? 
Roberto Fuentes Morrison.

-¿Cuándo lo conoció? 
El año 1974, en la Academia de Guerra. Él no era de la FACH. Tengo la impresión que el año 1975 fue nombrado subteniente de reserva. Él siempre dio a entender que antes estaba infiltrado en Patria y Libertad. En 1980 fue baleado, le pegaron dos balazos y lo ascendieron a comandante. En este momento es comandante de escuadrilla, de reserva claro. Le gusta mucho lucir el uniforme.

-¿Qué tipo de persona es Roberto Fuentes? 
Es alegre, siempre se le ve alegre, jovial.

¿Siempre fue él el que ordenaba matar? 
Siempre salía en los operativos y era él que participaba con los jefes de Carabineros, de la Marina y del Ejército que trabajaban con nosotros. Dictaminaban a quien se mataba, por eso dudo que los jefes máximos de la FACH sepan qué pasó realmente.

-¿Está seguro que en este momento Fuentes Morrison no hace nada en la FACH? 
Nada, a excepción que a veces trabaja con la CNI, pero porque él se ofrece para cooperar, hace contactos, favores personales. Ahí me enteré que en la CNI hay diversas unidades o agrupaciones. Una se llama la Agrupación Azul que se ocupa de los partidos políticos y así por cada área que tienen que trabajar: periodistas de oposición, sindicatos… Llevan años ya especializándose. Hay un área MIR, otra Partido Socialista, Partido Radical. Incluso se hacen bromas entre ellos porque los que más trabajo tienen son los que se ocupan del MIR.

-¿Tenía muchos amigos Fuentes? 
Tenía amigos en diferentes lugares. Por ejemplo, uno de los que está detenido por la muerte de un obrero del POJH en Pudahuel, Joaquín Justo Piña Glamesti, era su amigo desde el tiempo de Patria y Libertad. En una oportunidad fuimos juntos a la Municipalidad de Pudahuel a hacer un trabajo. Buscábamos una persona, teníamos la dirección pero no lo podíamos ubicar en Pudahuel y fuimos a la Municipalidad. Cuando salimos, Fuentes subió a un funcionario de la Municipalidad al auto y comentaron que había que ir a ver a Piña y Fuentes dijo: “yo a mi gente no la boto, así que voy a ir a verlo a la cárcel”. Luego nombró a los otros que estaban presos con Piña. El que iba con nosotros en el auto respondió que se acordara que habían trabajado muchos años juntos y le dijo a Fuentes: “de ti aprendimos”. Ahí me quedó claro que habían trabajado juntos y que también pertenecieron a Patria y libertad. Siguieron conversando, hicieron alusión a que Fuentes había sido autor de la voladura de un oleoducto durante la época de Allende.

EL FUTURO

-¿Tiene miedo por su vida? ¿Ha pensado qué le va a pasar en el futuro? 
Ahora sí tengo miedo.

-¿Qué medidas ha pensado tomar para el futuro? 
No sé… dejo que el tiempo diga… No sé qué va a pasar conmigo.

-¿Sabe alguien que vino a conversar conmigo? 
Nadie, absolutamente nadie.

-¿Usted se acaba de graduar? 
Claro, tengo aprobado el curso. Me espera una nueva destinación. Tengo que graduarme mañana.

-¿Y lo va hacer? 
No. No voy a estar.

-¿Va a ser una sorpresa para todo el mundo…?
Sí, para todos. Sé que va a ser un remezón fuerte dentro de la Fuerza Aérea, con repercusiones en muchos lugares, en la CNI…

-¿Pero usted en ningún momento se pudo oponer a ejecutar ese tipo de trabajo? 
Tenía18 años y quería saber, nunca había estado con prisioneros y quise ir a ver. Le puedo decir que dentro de los servicios hay gente joven que llegó como yo y se metió tanto en la violencia que creo que ahora no pueden vivir sin violencia.

-¿Y qué pasará si quedan sin trabajo? 
Por eso hay muchos casos de delincuencia. Carabineros que han sido sorprendidos asaltando servicentros, por ejemplo. No sé, creo que después de esto cuesta entrar en el mundo de la ley.

-¿Pensaba usted que estaba por sobre la ley? 
Siempre pensé que estaba por sobre la ley…

-¿Se sentía muy poderoso? 
Yo no. Pero a veces sí, tiene razón, poderoso, no yo como persona, el sistema lo encontraba poderoso.

-¿Eso lo llevaba a ser prepotente en su casa? 
No. Nunca he sido prepotente ni peleador. En ese aspecto hasta he sido cobarde para pelear con otra persona de igual a igual. No me dominó la violencia hasta ese extremo.

-¿A otros compañeros suyos sí? 
Ya le dije que no quiero dar los nombres de mis compañeros. Un día venía con un colega, en auto, habían atropellado una persona la que estaba debajo de la micro hecha pedazos. Nosotros veníamos comiendo un sándwich y él pasó en el auto muy despacio. Noté que gozó con el espectáculo. Yo miré y volví la cara. Había visto muchos muertos pero me impactó esa escena, no tanto el muerto, sino mi colega. Él siguió comiendo y era muy sano. Y eso es lo que creo que me ha llevado a hacer lo que estoy haciendo con usted. Me he dado cuenta del cambio que hemos tenido desde que éramos conscriptos, pavos algunos, otros tontos, sin mundo.

-¿Qué hace en sus horas libres? 
No me gusta llegar a mi casa. Leo mucho. Me gusta leer. Antes me gustaba mucho jugar fútbol, después dejé de ir a la cancha.

-¿Qué le habría gustado hacer en la vida? 
No lo sé. No lo he pensado nunca.

-¿No recuerda lo que quería ser cuando usted era un adolescente? 
Aunque le parezca irónico, policía, detective, carabinero también.

-¿Qué le gustaría que fueran sus hijos en el futuro? 
Doctor, cualquiera de los tres.

-Cuando veía usted a un médico que era del servicio y que participaba de esos trabajos, ¿qué sentía? 
Vi a un médico poniendo pentotal, eso me impactó.

-¿Dónde lo vio?
En Colina. No sé qué médico era. No recuerdo. Se la puso al “Quila” (Miguel Rodríguez Gallardo)… Fue hipnotizado también… No hubo caso. Por eso le digo que es una de las personas que nosotros considerábamos enemigos que yo admiré, por su temple, su valentía, sus convicciones. A veces nos quebrábamos nosotros al lado de él cuando veíamos cómo le daban. Él siempre estuvo entero.

Yo diría que al principio cuando uno empieza, primero llora, escondido, que nadie se de cuenta. Después siente pena, se le hace un nudo en la garganta pero ya soporta el llanto. Y después, sin querer queriendo, ya se empieza a acostumbrar. Definitivamente ya no siente nada de lo que está haciendo…

NOTAS

*1-. CAROL FEDOR FLORES CASTILLO: Trabajaba en la Municipalidad de La Cisterna, vivía junto a su esposa en San Bernardo. Con el Golpe de estado quedó sin trabajo y se convirtió en soldador. Su padre era suboficial de Carabineros en retiro. Fue detenido junto a sus dos hermanos el 5 de agosto de 1974 en la casa de sus padres y llevado a la Academia de Guerra Aérea (AGA). Allí fue visitado en tres oportunidades por su esposa.
Fue liberado después de ser torturado el 23 de octubre de 1974. En su ausencia había nacido su primer hijo. Tras ser dejado en libertad comienzan a visitarlo agentes de la SIFA, entre otros Roberto Fuentes Morrison alias “Wally” hasta que se convierte en informante. Desapareció el 30 de mayo de 1976. Su cadáver apareció el 2 de julio de ese mismo año.

*2-. “Coño” Molina: José Bordas Paz, uno de los principales dirigentes del MIR, fue detenido el 5 de diciembre de 1974, en una ratonera que le hicieron en la calle y que terminó en una cacería a balazos en pleno barrio Vitacura. El equipo estaba al mando del coronel Horacio Otaíza y Edgar Ceballos.

*3-. HUMBWERTO CASTRO HURTADO (“CAMARADA DIAZ”): Obrero de 54 años, quien vivìa en una modesta casa en calle General Las Heras, en el pa5adero 30 de Gran Avenida junto a su esposa y sus dos hijos. Todos ellos presenciaron su detención, la que se produjo el 3 de septiembre de 1975 a las 2:30 de la madrugada.

*4-. ALONSO GAHONA CHAVEZ: Era un esforzado obrero de la Municipalidad de La Cisterna que había quedado solo, a cargo de sus dos pequeños hijos: Yuri (7 años) y Evelyn (6 años). Fue detenido por un grupo del Comando Conjunto, el que integraba su amigo Carol Flores, el 8 de septiembre de 1975. Su hijo “Yuri” se llego a mimetizar con un árbol a la salida del campo de prisioneros de “Tres Alamos”, esperando cada día su regreso. El tablero de ajedrez en el que su padre lo inició a mover los peones fue mudo testigo nocturno de su angustia. Sus largas caminatas durante las cuales le enseñaba a contar quedaran para siempre en su recuerdo.

*5-. MIGUEL ANGEL RODRIGUEZ GALLARDO: Casado con Rosalba Mendoza, tres hijos. Era ex grumete de la Armada y trabajaba como tornero mecánico. Fue arrestado el 28 de agosto de 1975.

*6-. Arsenio Leal Pereira, casado con Rosa Carrasco, cuatro hijos, fue otro de los detenidos asesinados por el Comando Conjunto y que Andrés Valenzuela identificó. Fue detenido en su casa, frente a su esposa e hijos en la madrugada del 29 de agosto de 1975. Cuando le entregaron el cadáver a su mujer el 9 de septiembre de 1975, le dijeron que se había suicidado. Así lo describió:“Parecía un viejito de 80 años en circunstancias que tenía 44 años. Tenía manchas violáceas bajo los ojos y en la parte superior izquierda del tórax. En sus piernas y brazos tenía manchas moradas. Las puntas de los dedos evidenciaban rastros de violencia: no tenía uñas. Los testículos los tenía aplastados como si hubiesen sido golpeados. En uno de sus hombros tenía una extraña marca: una quemadura. Tenía un orificio de bala, marcas en los tobillos y en los brazos de haber sido amarrado, un hoyo que le atravesaba la mano derecha, la frente golpeada y la nariz chueca. El pelo estaba pegado por sangre seca. Alrededor del cuello tenía una huincha de mezclilla…”.

Preview of Violencia, apoyo a las víctimas y reconstrucción social : experiencias internacionales y el desafío vasco = Kalteak zuzendu eta biktimei lagundu : beste herrialdetako esperientziak eta euskal kasuan eduki ditzakeen aplikazioak [WorldCat.org]

Preview of Violencia, apoyo a las víctimas y reconstrucción social : experiencias internacionales y el desafío vasco = Kalteak zuzendu eta biktimei lagundu : beste herrialdetako esperientziak eta euskal kasuan eduki ditzakeen aplikazioak [WorldCat.org].

El pasado está presente. Historia y memoria en el Chile contemporáneo.

El pasado está presente. Historia y memoria en el Chile contemporáneo.
40 Años! Los que eramos veinteañeros entonces, hoy somos maduros sobrevivientes con una presencia activa en nuestra sociedad y nuestro aporte a la Memoria, como testigos presenciales de la Historia. El pasado está presente Historia y memoria en el Chile contemporáneo1 PETER WINN2 Como un relámpago que, de improviso, iluminara un paisaje oscuro con una luz surrealista, la conmemoración del trigésimo aniversario del golpe militar del 11 de septiembre de 1973 obligó a todos los chilenos, incluso a aquellos que habrían deseado desviar la mirada, a enfrentar una historia que muchos habían preferido “olvidar” o ignorar. La marea de programas televisivos especiales, acontecimientos conmemorativos y polémicas políticas –y la inundación de recuerdos individuales y batallas por la memoria colectiva generadas por ellos– tal vez no haya zanjado antiguos debates o convencido a viejos antagonistas, pero permitió poner de relieve que el “silencio” y el “olvido” ya no son maneras viables de abordar esa historia. Entre las muchas ambigüedades y conflictos alrededor del problemático pasado reciente de Chile hay algo claro: en la política y los medios, en las memorias individuales y colectivas y en las historias que se escriben, publican y debaten, el pasado está presente. Los historiadores saben desde hace tiempo que las construcciones del pasado tienen un contenido político tan controvertido como actual. El tema es una cuestión central de la historiografía, la historia de la historia. Cada generación reescribe nuestra comprensión del pasado a la luz de sus preocupaciones y perspectivas, planteando nuevos interrogantes y dando forma a nuevas historias. No debe sorprendernos que esto sea una verdad comprobada en el caso de acontecimientos y épocas tan polémicos y recientes como el golpe de 1973 y la era de Pinochet. Tal vez sea menester explicar, en cambio, por qué Chile tardó tanto en llegar a este punto de reflexión pública sobre sucesos tan cruciales y épocas tan definitorias. Esta coyuntura es un buen momento para evaluar el estado de la cuestión y reflexionar sobre la trayectoria que condujo a la situación presente (para un detalle de las publicaciones más recientes véase el anexo). Es un momento propicio para preguntar: ¿qué sabemos de esos acontecimientos? ¿Cómo se los recuerda? ¿Y cómo los interpretan los historiadores? En la literatura hay muchos enfoques de la historia y la memoria, pero estas tres categorías –acontecimientos, memoria e historia– representan un marco de referencia útil para la discusión, o son al menos un buen punto de partida.3 ¿Qué sabemos acerca de los propios acontecimientos –el golpe de 1973, la represión posterior a él, las ejecuciones, los desaparecidos, la tortura–, y cómo lo sabemos? Tres décadas después de ocurridos, nuestro conocimiento sigue siendo sorprendentemente dispar, y en gran parte es de origen bastante reciente. Conocemos relativamente bien los pormenores mismos del golpe, y recientes programas especiales de la televisión chilena aportaron detalles brindados por testigos de ambos bandos, a la vez que recapitulaban el estado actual de nuestros conocimientos, treinta años después. También tenemos un considerable conocimiento de lo que pasó en estadios y campos de concentración en los días posteriores al levantamiento, gracias a los testimonios de carácter casi público de una gran cantidad de supervivientes.4 Sabemos bastante menos acerca de las ejecuciones ulteriores, excepto en casos como la “caravana de la muerte”, cuyas sombras se han disipado en parte gracias a las investigaciones judiciales y periodísticas.5 Estamos aún menos informados sobre las detenciones clandestinas y las cámaras de tortura de la Dirección Nacional de Inteligencia (DINA), aunque en esta materia los esfuerzos de los supervivientes, en particular los de Villa Grimaldi, nos han mostrado un panorama de lo sucedido en ellas y contado historias de las torturas, los interrogatorios y la resistencia de sus víctimas; carecemos, no obstante, de una contabilidad completa de todos los que atravesaron con los ojos vendados sus puertas del terror, cuyo número, identidad y destino todavía no conocemos y quizá nunca llegaremos a develar.6 Entre las afirmaciones en conflicto sobre la cantidad de ejecutados y desaparecidos, elInforme Rettig,7 informe oficial de la Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación designada por el presidente Patricio Aylwin para resolver esas cuestiones, ofrece un sólido punto de partida con su descripción del destino de más de dos mil víctimas de violaciones de los derechos humanos. Sin embargo, a pesar de su historia oficial, persisten muchas incertidumbres con respecto a los desaparecidos, excepto en casos como el de Pisagua, donde el descubrimiento de cadáveres enterrados en fosas comunes suscitó investigaciones que permitieron establecer versiones más completas que las existentes en el informe mencionado. Por propia confesión de éste, de todos modos, su historia es una historia incompleta. Sus 2.279 víctimas de abusos contra los derechos humanos incluyen a la mayoría de los desaparecidos pero no a todos, cuyo número exacto probablemente nunca conoceremos. Más adelante, esa historia oficial fue ampliada por la Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación,8 que incorporó los nombres de otras 899 personas muertas o desaparecidas como producto de las violaciones de los derechos humanos y la violencia política, para llegar a un total de 3.178 víctimas oficialmente reconocidas. Por otra parte, el Informe Rettig no identifica –a diferencia de las comisiones de verdad de otros lugares– a los perpetradores de los crímenes que enumera, lo cual genera una laguna difícil de llenar en nuestros conocimientos. Por último, de los más de dos mil desaparecidos mencionados, sólo se han recuperado algunos cientos de cuerpos, con la consecuente imposibilidad de confirmar mediante pruebas forenses la veracidad de los testimonios a menudo oficiales sobre los cuales se basa el informe. En resumidas cuentas, solemos saber más sobre el secuestro de los desaparecidos, presenciado y denunciado por familiares, amigos y vecinos, que sobre sus experiencias como prisioneros y su muerte presunta.9 En lo concerniente a los torturados, cuyo número puede superar los cien mil, nuestra falta de conocimientos recién comenzó a remediarse con la aparición, a fines de 2004, del señero informe de la Comisión Nacional sobre Prisión Política y/o Tortura encabezada por monseñor Sergio Valech, que documentó 27.255 casos de tormentos.10 Las organizaciones de derechos humanos tampoco lograron aportar una contabilidad exhaustiva de su número y sus historias, dado que muchas víctimas de la tortura se han mostrado renuentes a revivir o hacer públicas sus experiencias. En realidad, Chile recién empieza a afrontar esta cuestión, así como el perturbador hecho de que, si bien en la Argentina hubo una mayor cantidad de desaparecidos y en Uruguay un porcentaje más elevado de presos políticos con largas condenas, es este país el que exhibió el número más alto y el mayor porcentaje de torturados en el Cono Sur.11 Fuera de Chile, muchas de estas cuestiones confluyen en la Operación Cóndor, la alianza regional de servicios de inteligencia y seguridad conformada para liquidar a sus nacionales que vivían exiliados en países vecinos, aunque a la larga el operativo extendió sus tentáculos hasta Europa, donde fue responsable de un atentado que provocó heridas en el dirigente de la Democracia Cristiana Bernardo Leighton y su esposa, y los Estados Unidos, donde fueron asesinados el líder socialista Orlando Letelier y una de sus asistentes, de nacionalidad norteamericana. La Operación Cóndor fue puesta en marcha por Chile y se encargó de la mayor parte de los secuestros, torturas y desapariciones de chilenos residentes en la Argentina, donde la víctima más prominente de la DINA fue el general Carlos Prats, predecesor de Pinochet como jefe de las Fuerzas Armadas. Hasta no hace mucho sabíamos muy poco acerca de este plan regional. Hoy, una combinación de investigaciones periodísticas y judiciales ha sacado a la luz muchos detalles sobre su funcionamiento. Tampoco en este caso llegaremos nunca a conocer el número total de víctimas de la operación, ni sus identidades, ni el destino dado a sus cuerpos. Pero, como ha dicho el autor de un libro reciente sobre esa alianza regional, es improbable que nuestros descubrimientos futuros modifiquen de manera drástica el panorama de lo que hoy sabemos.12 En general, eso es lo máximo que nos cabe esperar en lo concerniente a nuestro conocimiento de los sucesos. No obstante, las razones que explican ese conocimiento dispar de lo ocurrido sonclaras. Luego del golpe, el régimen militar se embarcó en una campaña masiva dedesinformación, inventando complots y acciones izquierdistas como justificativo de su brutal represión y falsificando documentos para “verificar” sus argumentos, a la vez que eliminaba pruebas de su propia violencia y sus violaciones de los derechos humanos. Dentro de Chile, la prensa, censurada, y la justicia, intimidada, no podían impugnar la historia oficial o no tenían la voluntad de hacerlo; fuera del país había una idea general de lo que sucedía en él, pero esa idea cobraba forma en la contrahistoria de los exiliados, que con frecuencia sacrificaba la complejidad y la estricta veracidad en el altar de la conveniencia política. Por otra parte, sólo el propio régimen militar –y tal vez los Estados Unidos y las otras dictaduras de la región que participaban de la Operación Cóndor– conocía con exactitud lo que ocurría dentro de Chile, y no estaba dispuesto a revelarlo.13 Al contrario, los militares responsables de esas violaciones de los derechos humanos hicieron todo lo posible para ocultar lo ocurrido e impedir a otros averiguarlo: trasladar cadáveres de un lado a otro, hacerlos desaparecer, quemar centros de tortura y destruir documentos. Como consecuencia, bajo la dictadura, la mayor parte de lo que llegaba a saberse provenía de denuncias hechas por familiares de las víctimas de la represión a la Iglesia Católica y organizaciones de derechos humanos.14 Tras la restauración de la democracia en 1990, las expectativas de “verdad y justicia” fueron frustradas por lo que Katherine Roberts Hite ha llamado “pacto de silencio” dentro de la clase política chilena, un silencio consentido incluso por algunos dirigentes que fueron víctimas de la represión.15 Enfrentada a la exigencia de la izquierda de “verdad y justicia” y la renuente disposición de la derecha a aceptar la reconciliación con la condición de que no hubiera ni una ni otra –la manera tradicional chilena de “reconciliarse” luego de los conflictos políticos–,16 la Concertación de centro izquierda optó característicamente por un camino medio: “verdad y reconciliación”. Sin embargo, la Comisión Rettig, designada para implementar ese curso de acción, sólo reveló verdades a medias y no reconcilió demasiado, como un reflejo de la política subyacente a su creación. A diferencia de las comisiones de la verdad de otros lugares del mundo, que divulgaron los nombres de los perpetradores de los crímenes pero no los procesaron, la Comisión Rettig no hizo más que dar a conocer las identidades de las víctimas y lo ocurrido con ellas. Con respecto a los perpetradores, su postura fue: “sabemos quiénes fueron, pero no lo diremos”, una actitud también adoptada por la Comisión Valech. Por otra parte, el primero de estos organismos se ocupó principalmente de los presuntos muertos: los ejecutados y desaparecidos. No intentó investigar y clasificar a los torturados por el régimen militar, mucho más numerosos. No obstante, es indudable que construyó una sólida base de conocimientos a partir de la cual era posible profundizar la cuestión: la nueva historia oficial, mucho más exacta que la anterior. Más allá de esa base, el conocimiento se acumuló lentamente con el ulterior informe de la Corporación Nacional de Reparación y Reconciliación, de 1996, y también como consecuencia del periódico descubrimiento de cuerpos y sepulturas o de las declaraciones de testigos abrumados por la culpa o liberados de antiguos temores, “irrupciones de memoria” que hicieron saber a todos que, a pesar de los informes de las comisiones oficiales, todavía había mucho que no sabíamos.17 Con la detención de Pinochet en Londres en 1998 y el proceso de revelaciones judiciales que la siguió, nuestro conocimiento de los sucesos dio un salto cuántico. A raíz de ello, el magistrado español actuante, el juez Baltasar Garzón, no sólo acumuló pruebas obtenidas de testigos, sino que sus pedidos de informes formulados en el marco de un tratado preexistente llevaron al gobierno de los Estados Unidos a desclasificar más de veinticuatro mil documentos secretos sobre Chile, muchos de ellos con información interna acerca del golpe y la represión. Por otra parte, el arresto y procesamiento judicial de Pinochet en Europa alentaron a los familiares de desaparecidos a presentar cientos de acusaciones ante la justicia chilena. También contribuyeron a legitimar y animar los esfuerzos de valerosos jueces chilenos como Juan Guzmán, cuyas investigaciones de estos casos han incrementado de manera significativa nuestros conocimientos sobre los sucesos posteriores al golpe, como la “caravana de la muerte” y otras grandes violaciones de los derechos humanos. La muestra de independencia judicial dada por Garzón en Europa promovió, asimismo, una nueva demostración de autonomía de la justicia en Chile, al alentar a una Corte Suprema integrada por varios jueces designados por la Concertación a adoptar una nueva doctrina jurídica propuesta por primera vez por abogados defensores de los derechos humanos en la década de 1980, y según la cual, en el caso de los desaparecidos, se admite el procesamiento de militares y policías por secuestros que continúan en el presente, cuando el decreto de amnistía de Pinochet dictado en 1978 había asegurado la inmunidad de los perpetradores. Esa amenaza de procesamiento impulsó a los militares a sentarse a la Mesa de Diálogo y buscar una solución política, ofreciendo su ayuda para localizar los cuerpos de los desaparecidos, cuyo paradero antes habían negado conocer. Las confesiones “anónimas” resultantes han redundado en otro aumento significativo de nuestro conocimiento de los hechos, aunque es preciso analizar con cuidado la información, pues en parte puede tratarse de desinformación. Por ejemplo, recelo profundamente de la “confesión”, hecha ni bien se habilitó la posibilidad de hacerla, de que los desaparecidos, tras ser cargados con pesos y cebados, fueron arrojados al mar, dado que se asemeja en exceso a la nueva historia convencional al estilo argentino y es demasiado interesada. Así se da a entender que los desaparecidos están efectivamente muertos pero jamás será posible encontrar sus cadáveres, por lo cual será preciso desestimar los cargos de secuestro y aplicar la amnistía de 1978 a los responsables de su muerte y su desaparición. También el periodismo de investigación sumó elementos importantes a nuestro conocimiento de lo sucedido, desde los textos de Patricia Verdugo sobre “la caravana de la muerte”18 hasta el reciente libro de John Dinges sobre la Operación Cóndor. El trabajo de Dinges también es de particular interés porque permite dar una respuesta a la pregunta: ¿cómo sabemos lo que sabemos? Sus fuentes para Chile y la DINA incluyen el “archivo del terror” del plan Cóndor encontrado en un depósito abandonado de Asunción del Paraguay, informes de la inteligencia argentina sobre sus aliados/enemigos chilenos –descubiertos durante la investigación judicial de las actividades de Enrique Arancibia Clavel–, informes de la Central Intelligence Agency (CIA) obtenidos gracias a la ley norteamericana sobre la libertad de información y entrevistas con testigos y agentes que sólo ahora se sienten autorizados o motivados a revelar lo que saben.19 La importancia del momento justo –y del paso del tiempo– en nuestro hallazgo de nuevos conocimientos sobre los sucesos de treinta años atrás fue muy clara en 2003, trigésimo aniversario del golpe chileno, que parece haber cumplido una función similar al vigésimo aniversario del golpe argentino, en cuanto generó una nueva manera de abordar los acontecimientos y una nueva actitud de apertura de los testigos de esa historia. Resultó particularmente llamativo ver la gran cantidad de programas televisivos especiales dedicados en Chile al levantamiento, sus causas y consecuencias, así como la obsesión por detallar minuto a minuto los hechos de ese fatídico día y esclarecer sobre todo lo sucedido –el acontecimiento mismo– y difundir esa información con mayor amplitud que los libros o los diarios. Un año después, la publicación del informe de la Comisión Nacional sobre Prisión Política y/o Tortura provocó un salto cuántico en el conocimiento y reconocimiento públicos de la masividad de la tortura como política sistemática del régimen militar, así como en el relato público de sus experiencias hecho por los torturados, cosas que apenas unos años atrás parecían impensables. A raíz de estos informes y reportajes, hoy sabemos más que antes sobre esos acontecimientos. Es más difícil decir cómo comprenden los chilenos su significado: cuál es la memoria colectiva de esos tiempos turbulentos treinta años después. MEMORIA E HISTORIA La memoria “colectiva” o “social” es un concepto complejo que ha suscitado una amplia literatura.20 Existe un acuerdo general en que casi siempre hay varias memorias sociales. Por otra parte, aunque una de ellas pueda ser predominante en un lugar y un momento específicos, existe lo que María Angélica Illanes ha denominado “la batalla de la memoria”, que con el transcurso del tiempo puede modificar e incluso revertir la relación entre las memorias dominantes y disidentes.21 En el fondo, esa “batalla de la memoria” es una lucha por el pasado, librada en el presente para dar forma al futuro. Sin duda, la memoria social dominante del golpe chileno y la represión asestada por el régimen militar contra sus adversarios cambió de manera dramática durante las tres décadas transcurridas entre 1973 y 2003, como resultado de una prolongada “batalla de la memoria” de perfiles cambiantes. En 1973, el monopolio ejercido por el régimen castrense sobre los medios y los espacios políticos, junto con la desarticulación de las redes políticas y sociales autónomas y la generalización del miedo, permitieron a la Junta Militar imponer una memoria dominante que presentaba el golpe como necesario y justo y a las Fuerzas Armadas como salvadoras de la Nación contra el caos, la guerra civil y el comunismo. La masiva represión militar que siguió al alzamiento y escandalizó incluso a muchos de sus partidarios civiles se justificó mostrando el conflicto político como una “guerra interna” e inventando un complot izquierdista para matar a los militares que era la imagen refleja de lo que éstos habían hecho con la izquierda: el llamado Plan Z, con sus correspondientes “documentos” falsificados como prueba. La dictadura militar utilizó luego su control de los medios y los espacios políticos para incorporar esas mentiras a la memoria colectiva mediante un proceso de repetición insistente y elaboración a lo largo de los siguientes meses. Hacia 1974, el ficticio Plan Z se había convertido en un artículo de fe que la mayoría de los chilenos creían verdadero y era un aspecto central de la memoria social dominante del golpe y sus secuelas represivas: un aspecto que justificaba las acciones de las Fuerzas Armadas como reacciones y también legitimaba la continuidad de la represión a través de una política de “matanzas selectivas” que la recién constituida DINA había comenzado a llevar a cabo en secreto.22 Desde luego, no todos los chilenos aceptaban esas justificaciones militares ni consideraban que el golpe hubiera salvado la nación. La mayor parte de la minoría disidente veía el levantamiento como la destrucción de sus sueños socialistas o como una ruptura con las tradiciones democráticas de Chile, y la feroz represión resultante como una violación criminal de los derechos humanos, pero temían divulgar su disenso y carecían de una manera concreta de hacerlo dentro de Chile. Fueron los desesperados familiares de las víctimas de esa represión política, con la ayuda de la Iglesia Católica, quienes comenzaron poco a poco a articular una memoria alternativa y disidente y a encontrar el modo de proyectarla en los espacios públicos a través de medios creativos y no tradicionales: se encadenaron para ello al edificio del Congreso, bordaron las historias de sus seres queridos en arpilleras y se lanzaron a realizar protestas callejeras en las que levantaban las fotografías de los desaparecidos con la inquietante pregunta “¿Dónde están?”.23 Hacia 1980, el naciente movimiento por los derechos humanos, en el cual la Agrupación de Familiares de los Detenidos-Desaparecidos tenía un papel central y simbólico, había consolidado y transformado sus memorias individuales en una contramemoria colectiva de ruptura y pérdida. Junto con la predominante “memoria como salvación”, esas “memorias emblemáticas” –sostiene Steve J. Stern– crearon marcos para la “rememoración colectiva” y proporcionaron un “amplio significado interpretativo y criterios de selección a la memoria personal”, al definir lo que era importante recordar y lo que podía relegarse a la memoria individual “difusa”, así como al “organizar el argumento cultural sobre el significado”.24 En 1980, la “memoria emblemática” dominante era la “memoria como salvación”, que recordaba la época de la Unidad Popular “como una pesadilla traumática que llevó a la sociedad al borde del desastre final y veía en la toma del poder por las Fuerzas Armadas, en 1973, un nuevo comienzo que rescató la comunidad nacional”25 y la represión militar como una mentira de los izquierdistas o un costo lamentable pero necesario para salvar a Chile. Stern da a la contramemoria disidente imperante la definición de “memoria como ruptura irresuelta”, según la cual “el gobierno militar sumergió el país en un infierno de muerte y tortura tanto física como mental, sin precedentes históricos ni justificación moral, y ese infierno continúa”.26 Otros estudiosos pueden discrepar con las categorías e interpretaciones de Stern –y lo harán–, pero ellas representan un punto de partida útil y sistemático para la discusión y remiten a rasgos importantes de la memoria social de la época. En la formación y consolidación de esas “memorias emblemáticas” tuvieron un papel importante ciertos acontecimientos simbólicos que parecían cristalizar elementos del golpe y el terror estatal en una forma condensada y representar un conjunto mucho más amplio de sucesos. En la memoria de la ruptura, por ejemplo, el ataque contra el palacio presidencial –y las imágenes de La Moneda en llamas– llegó a simbolizar el asalto y la destrucción de la democracia chilena, mientras que el campo de concentración de la isla Dawson era un emblema del castigo, la exclusión y el exilio de la izquierda democrática a causa de su política. El Estadio Nacional representaba la masividad arbitraria de la represión posterior al golpe, y la ejecución pública de Víctor Jara, la brutal destrucción de la cultura política de izquierda. Con el paso del tiempo, Lonquén llegó a simbolizar la ferocidad de la represión en el campo; Villa Grimaldi, la DINA y sus cámaras secretas de tortura, y los asesinatos de Orlando Letelier en Washington y Carlos Prats en Buenos Aires, la larga mano de la Operación Cóndor. Cada uno de estos hechos cristalizaba, a su manera, elementos de una memoria colectiva y los sintetizaba en una contramemoria fortalecida. Sin embargo, en 1980, la ratificación de la constitución autoritaria de Pinochet, aunque de dudosa validez electoral, consolidó su gobierno y la memoria dominante de salvación de la nación que era su cimiento ideológico. Quienes veían el golpe como una ruptura y su régimen como una dictadura represiva culpable de crímenes de lesa humanidad parecían estar reducidos a una minoría impotente. Durante la década de 1980, empero, las contramemorias disidentes ganaron en fortaleza y conquistaron una aceptación más amplia, a medida que las crisis económicas debilitaban las pretensiones de legitimación del régimen en el terreno de la economía y los demócratas cristianos, que habían apoyado el golpe, sentían el rigor de las violaciones de los derechos humanos cometidas por Pinochet. Hacia 1983, pese al accionar del aparato represivo del gobierno, las protestas mensuales movilizaban una cantidad siempre creciente de chilenos, las villas de emergencia ardían de agitación y las mujeres de clase media golpeaban sus cacerolas y clamaban por la restauración de la democracia. Los opositores del régimen y sus contramemorias habían atravesado los “muros de contención” construidos por la dictadura militar durante la década de 1970.27 Sin embargo, en la década de 1980 la DINA y su “guerra sucia” presuntamente eran cosa del pasado, junto con la autoamnistía por los delitos cometidos por agentes del régimen en nombre de la seguridad nacional. La dictadura trataba de institucionalizarse y ganar respetabilidad internacional. Pese a la existencia de conflictos más abiertos y extendidos durante los años siguientes, hubo menos muertos y desaparecidos que en la década anterior. Pero la década del ochenta estuvo marcada por atrocidades simbólicas que sostuvieron, reforzaron y difundieron las memorias disidentes: el asesinato del dirigente sindical demócrata cristiano Tucapel Jiménez en 1982, la autoinmolación pública de Sebastián Acevedo como protesta por la desaparición de sus hijos en 1983, la muerte a tiros del padre André Jarlan en 1984, el degüello del profesor y profesional comunista de los derechos humanos José Manuel Parada y dos de sus camaradas en 1985 y el asesinato de los adolescentes Rodrigo Rojas y Carmen Gloria Quintana, quemados vivos en 1986. Cuando el régimen convocó el plebiscito sobre su futuro en 1988, los chilenos que veían a la dictadura de Pinochet como culpable de violaciones de los derechos humanos eran mucho más numerosos que en 1973, y muchos menos quienes consideraban que esas atrocidades fueran necesarias para salvar la nación o mantener la paz. La campaña pinochetista por el “sí” trató de utilizar viejas imágenes en blanco y negro de conflictos y caos anteriores al golpe para despertar antiguos recuerdos, a lo cual la campaña por el “no” respondió con llamados multicolores a una “cultura de la vida” contra la “cultura de la muerte” del régimen. Aunque el choque de recuerdos que estaba en la base de esas convocatorias no fue el único motivo de la decisiva derrota de Pinochet, sirvió para destacar el dramático cambio producido en la opinión pública y la memoria social desde el levantamiento golpista de 1973. Ese cambio de la memoria colectiva del golpe y la represión se fortaleció poco después con la publicación de trabajos periodísticos y judiciales, entre ellos Ascanio Cavallo et al., La historia oculta del régimen militar, y Eugenio Ahumada et al., Chile: la memoria prohibida.28 Luego, en 1991, el informe de la Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación formada por el presidente Patricio Aylwin estableció más allá de toda duda razonable que el régimen militar era culpable de graves y extendidas violaciones de los derechos humanos, incluyendo la detención, la desaparición y la probable ejecución extrajudicial de más de dos mil chilenos. Aunque el Informe Rettig no daba los nombres de los perpetradores de dichos delitos, y en ese aspecto decepcionó a los familiares de las víctimas, logró crear una nueva historia oficial de lo ocurrido con los desaparecidos que hizo más difícil de sostener la memoria pinochetista de salvación y represión justificada, o la actitud chilena tradicional de manejar un pasado conflictivo y problemático mediante un olvido legislado.29 Hacia el 11 de septiembre de 1993, vigésimo aniversario del golpe, las encuestas revelaron que sólo el 30% de los chilenos aún creían que “el 11 de septiembre de 1973 se liberó a Chile del marxismo”, mientras el 54% estaban convencidos de que la significación de esa fecha era “se destruyó la democracia y se inició una dictadura militar”.30 Era evidente que la marea de “la batalla de la memoria” había cambiado. Y cambiaría aún más a lo largo del decenio siguiente. Si bien durante la década de 1990 los avances en “la batalla por la memoria” se hicieron más lentos debido a lo que Katherine Roberts Hite llamó “pacto de silencio” de la clase política (véase “La superación de los silencios oficiales en el Chile posautoritario” en esta publicación), las “irrupciones de memoria” –según la expresión de Alexander Wilde (cf. “Irrupciones de la memoria…” en esta publicación)– suscitadas por nuevos hallazgos de cuerpos o las declaraciones tardías de testigos no hicieron sino subrayar que el Informe Rettig podría ser un límite mínimo en lo concerniente a las violaciones de los derechos humanos cometidas por la dictadura, pero no era la última palabra.31 Una prolongada campaña emprendida por los supervivientes de Villa Grimaldi, el centro de tortura más grande de la DINA, finalmente logró en 1997 transformar ese sitio quemado y abandonado en “un parque por la paz”, un sitio de la memoria para la reflexión sobre las atrocidades perpetradas en él y, por extensión, en otros lugares. El retiro de Pinochet del Ejército en marzo de 1998 y su insistencia en ocupar el puesto de senador vitalicio otorgado por su propia constitución provocaron la primera grieta en el pacto de silencio dentro de la clase política, cuando varios dirigentes de centro izquierda rompieron las filas y el protocolo con gestos y señales de protesta por su presencia como senador no elegido, mientras lo acusaban de gravísimas violaciones de los derechos humanos. Irónicamente, el esfuerzo de Pinochet por reinventarse como senador democrático avuncular hizo posible el acuerdo parlamentario unánime para eliminar el 11 de septiembre como feriado nacional luego de 1998: un avance desde el punto de vista de la izquierda, pero un paso hacia el olvido en la estrategia de la derecha. Sin embargo, fue la detención de Pinochet en Londres en octubre de 1998 la que rompió el “estancamiento de la memoria” –la expresión es de Steve Stern– y allanó el camino al siguiente gran cambio en la “batalla de la memoria”. A primera vista parecería posible decir que sucedió lo contrario, porque los partidarios del ex dictador se movilizaron para protestar por el arresto y la amenaza de juicio en España al “salvador de Chile”. En la vereda de enfrente –tanto en Londres como en Santiago–, los adversarios y las víctimas de Pinochet, en una puesta en escena de su contramemoria, se reunieron en apoyo de su extradición y procesamiento por delitos de lesa humanidad. Inicialmente el resultado pareció ser un empate, en el que cada bando reafirmaba su memoria colectiva del golpe y el régimen militar. Con el transcurso del tiempo, sin embargo, la memoria de Pinochet como un salvador nacional y la represión como una mentira o un mal necesario comenzó a perder terreno, pues las investigaciones judiciales y los documentos desclasificados sacaron a la luz nuevas pruebas que la ponían en entredicho, y el propio Ejército, bajo una nueva conducción, se distanció del ex dictador y empezó a admitir los “excesos” que había cometido durante la década de 1970, así como a disculparse por ellos. El arresto y el “juicio” de extradición de Pinochet en Europa pusieron a la derecha chilena frente a una memoria colectiva mundial que lo condenaba junto con sus subordinados por crímenes contra la humanidad. La Mesa de Diálogo (1999) y las confesiones anónimas de violaciones de los derechos humanos que la siguieron erosionaron aún más los cimientos de esa memoria del golpe como salvación y del régimen militar como exento de culpas. Los discursos del general Cheyre, el nuevo jefe del Ejército, y la carta firmada en 2003 por ocho generales que habían estado cerca de Pinochet volvieron a debilitar la posición de quienes atesoraban una memoria del golpe como salvación y fortalecieron las contramemorias de los adversarios del régimen militar. Aun los defensores de éste que antes habían negado toda posible ilicitud de sus actos debían retirarse ahora a una posición más débil y presentar sus atrocidades como excesos desafortunados.32 El negacionismo ya no era una posición viable. Este proceso de aceleración del cambio de la memoria histórica culminó en 2004 con la publicación del Informe Valech y la acusación y el arresto de Pinochet en Chile por delitos relacionados con la Operación Cóndor. En agudo contraste con 1998, como respuesta a ese arresto hubo apenas apagadas expresiones de preocupación por la salud del ex dictador formuladas por el Ejército y la derecha civil. Aún más significativo fue el mea culpa del Ejército por el cual éste aceptó su responsabilidad institucional en los miles de delitos de tortura cometidos por sus soldados y oficiales, actitud muy distante de su posición de 1988 e incluso de 1998. Para muchos, los mea culpa que siguieron a la publicación del Informe Valech representaron un avance definitivo en la “batalla de la memoria”. La aceptación del Ejército de que la tortura fue masiva y sistemática –más de 27.000 víctimas en 1.132 sitios destinados a ese objeto–, así como un delito imposible de justificar, significaba que Chile comenzaba por fin a enfrentar su doloroso pasado y que en el futuro la memoria colectiva chilena de esa historia sería diferente. Tal como el presidente Ricardo Lagos lo destacó al anunciar la formación de la Comisión Valech en agosto de 2003, “no hay mañana sin ayer”. En el lado izquierdo de la divisoria política, durante esos mismos años se constató una aparición acelerada de testimonios, documentos y documentales sobre la era de Pinochet, con el objetivo de influir en la memoria colectiva, que ahora parecía un terreno en disputa. Los testimonios eran cada vez más variados: desde descripciones personales del golpe y del funeral de Pablo Neruda inmediatamente después de éste hasta relatos de supervivientes sobre su encarcelamiento y declaraciones de agentes de la DINA.33 Volodia Teitelboim publicó sus transmisiones radiales realizadas desde Moscú entre 1973 y 1978 y Ricardo Palma su “historia” interna del Frente Patriótico Manuel Rodríguez (FPMR).34 Entre los documentales de la década de 1990 se cuenta una exploración de la propia batalla de la memoria en la que aparecen miembros supervivientes de la guardia personal de Allende, dirigida por Patricio Guzmán, famoso por su documental épico sobre la era del presidente socialista, La batalla de Chile; también cabe mencionar las confesiones y el pedido de perdón de una ex militante del Movimiento de la Izquierda Revolucionaria (MIR) que a causa de las torturas recibidas se convirtió en informante, entrevista filmada por la compañera del asesinado líder de esa agrupación, Miguel Enríquez.35 La detención de Pinochet quizás haya abierto las puertas del recinto dentro del cual el pacto de silencio había contenido las exigencias de una rememoración más veraz del pasado traumático de Chile, pero fue el trigésimo aniversario del golpe, en septiembre de 2003, el que derribó la muralla en los medios masivos. Ya he mencionado los numerosos programas especiales transmitidos por televisión, varios de ellos centrados en los acontecimientos del día mismo del golpe. De manera tal vez no deliberada, el resultado de su búsqueda periodística de apostillas a ambos lados de la divisoria política y cívico militar fue la presentación a amplias audiencias de múltiples memorias del golpe, así como de numerosas voces. Entre éstas se incluyen no sólo un compasivo Allende sino también un rabioso Pinochet que exige a sus subordinados aplicar a quienes estaban con aquél un tratamiento violatorio tanto de las convenciones de Ginebra como de los convenios suscriptos en materia de derechos humanos, mientras revela que su ofrecimiento de un avión para que el derrocado presidente marche a un exilio seguro es una cínica trampa para simular un accidente y provocar su muerte. Lo más sorprendente del trigésimo aniversario, sin embargo, fue la rehabilitación de Salvador Allende y su transformación en un héroe cívico político –un mártir republicano moldeado según la imagen de Balmaceda o alguna figura de la antigua Roma–, digno, valiente y generoso frente a la derrota y la muerte. En la pantalla y en grabaciones de audio de su elocuente discurso postrero, Allende se liberaba de la demonización a la que lo habían sometido los militares para triunfar por fin sobre Pinochet en la memoria colectiva predominante entre los chilenos de 2003. Se lo celebró en discursos y conciertos, su estatua se levanta hoy frente a La Moneda y sus retratos adornan los muros del palacio gubernamental. El trigésimo aniversario exaltó a Allende como un defensor de la democracia y rebajó a Pinochet a la categoría de un traidor sediento de sangre.36 Igualmente sorprendente fue la ruptura del muro de silencio en torno de la época de la Unidad Popular, que, según sostengo desde hace mucho, ha sido la verdadera “memoria prohibida” de la Concertación, alianza de quienes fueron enemigos durante esos años –los socialistas y los demócratas cristianos– en la coalición gobernante de la década de 1990. Por primera vez en treinta años, el período de la Unidad Popular apareció entonces en las pantallas de la televisión chilena en toda su complejidad: conflictos y escasez, sin duda, pero también creatividad, energía e idealismo, y no sólo en política sino en música, diseño y hasta tecnología. Las viejas imágenes en blanco y negro de la era de Allende difundidas durante los años de Pinochet fueron reemplazadas por nuevas memorias multicolores.37 Aunque para quienes tenían los años suficientes para recordar la época de la Unidad Popular las imágenes exhibidas en las pantallas de la televisión chilena entre julio y septiembre de 2003 quizá no fueran novedosas, en el caso de la mayor parte de los chilenos que eran demasiado jóvenes para haber vivido los días de Allende esos programas especiales fueron con frecuencia su primer contacto con el ex presidente y la primera vez que veían una descripción de esas características del período de la Unidad Popular encabezado por él. Significativamente, esos programas tuvieron elevados niveles de audiencia y fueron asimismo bien recibidos por los jóvenes chilenos que los vieron, aun aquellos reducidos a la apatía política por la Concertación. El trigésimo aniversario probablemente resultará crucial para la transmisión de una memoria colectiva del golpe –y la Unidad Popular– a las futuras generaciones. Además de la inundación de imágenes y apostillas en televisión, dicho aniversario también se conmemoró mediante actos en vivo en lugares simbólicos: la Plaza de la Constitución y el Estadio Nacional, respectivamente punto central del golpe y emplazamiento del campo de concentración más grande una vez concretado éste. El Estadio Chile, sitio de la ejecución de Víctor Jara, fue rebautizado con su nombre para homenajearlo, y una comisión gubernamental aprobó la designación del Estadio Nacional como un “museo abierto, sitio de memoria y homenaje”.38 También emblemática de la inversión del poder relativo de las memorias colectivas rivales fue la reapertura de Morandé 80 –“la puerta desaparecida”–, salida lateral de La Moneda a través de la cual los colaboradores de Allende escaparon el día del golpe, que los militares habían sellado “para siempre” poco después de éste. En una ceremonia cargada de memoria simbólica, Ricardo Lagos, el primer presidente socialista desde Allende, saludó a la guardia militar, ingresó a La Moneda por esa puerta y luego la abrió desde adentro para todos los chilenos. Un año después, la Comisión Valech –formada como parte de la conmemoración del trigésimo aniversario– publicó su informe sobre el uso sistemático y masivo de la tortura por el régimen militar. La nación se escandalizó al conocer la tortura documentada de 27.255 chilenos en 1.132 lugares, pero ahora estaba preparada para creerlo. Como consecuencia, el impacto ejercido sobre la memoria colectiva de Chile fue aún más grande que el provocado una década antes por el informe de la Comisión Rettig sobre los desaparecidos; hubo mea culpa institucionales del Ejército y carabineros y Gonzalo Vial afirmó que la tortura nunca se justifica y que los civiles que, como él, fueron miembros del gobierno de Pinochet, debían aceptar compartir una parte de la responsabilidad por esas atrocidades. Al parecer, varios factores se combinaron para explicar la profunda repercusión del Informe Valech. El carácter masivo y sistemático de las torturas documentadas por él, así como la participación de todas las Fuerzas Armadas en más de un millar de centros de aplicación de tormentos, permiten sostener sin lugar a ninguna duda que la tortura fue una política del régimen militar, no un desdichado exceso ocasional o el producto del accionar de unas pocas manzanas podridas dentro de las Fuerzas Armadas. Al mismo tiempo, el testimonio de las víctimas vivas tenía una mayor inmediatez que las historias inferidas de los desaparecidos, y los detalles de sus testimonios eran tan horrendos que derribaron las murallas emocionales levantadas por muchos chilenos para no sentirse afectados por la muerte y la desaparición de más de tres mil compatriotas. Aún más importante fue tal vez la historia que acabo de mencionar: el Informe Valech se dio a conocer despuésdel Informe Rettig, el arresto de Pinochet, la Mesa de Diálogo y el trigésimo aniversario del golpe. El impacto acumulativo de estos hechos contribuyó a preparar el terreno para la profunda repercusión del informe sobre la tortura, que representó tanto la culminación de una larga “batalla de la memoria” como el probable comienzo de otra, dado que los chilenos se enfrentan ahora al problema de las reparaciones y cada vez más víctimas de torturas se sienten autorizadas a hablar de sus padecimientos y reunirse con otras en procura de exigir “justicia”: la identificación, el juicio y el castigo de sus torturadores. Es indudable que se ha producido un cambio decisivo en la “historia oficial” del golpe, sus causas y consecuencias. Como fruto de las conmemoraciones del trigésimo aniversario del putsch de 1973 y la recepción del informe de la Comisión Valech sobre la tortura, yo diría que la centro izquierda y el movimiento de derechos humanos también han ganado una importante “batalla de la memoria” y que la visión antaño dominante del golpe como salvación nacional ha pasado a ser una memoria disidente y minoritaria; por su parte, el “silencio” y el “olvido” han quedado desestimados como maneras viables de manejar el “pasado problemático” de Chile. A decir verdad, la postura defensiva de la derecha y sus quejas de que los medios y el gobierno están “reescribiendo la historia” y difundiendo una “versión falsa” de los hechos no harían sino confirmar esa conclusión, y destacar al mismo tiempo que la memoria colectiva del golpe y la dictadura sigue siendo un campo de batalla y la historia de esa época, un terreno disputado. No obstante, sería un error considerar que estamos ante un cambio total y pasar por alto la continuidad que ha sido una característica tan relevante de la transición chilena a la democracia. Es significativo que Gonzalo Vial, el historiador encargado de redactar el capítulo del Informe Rettig sobre el contexto histórico, sea un especialista de derecha, coautor, también, del Libro Blanco de la Junta Militar de 1974, en el cual se legitimaba el falso Plan Z; en 2004, además, Vial publicó una crítica ambigua sobre la Comisión Valech. Hay continuidad, asimismo, entre este pasado y el equilibrio alcanzado en los documentos para la Mesa de Diálogo. Y la misma continuidad reaparece en los libros de texto aprobados para la educación primaria y secundaria chilena, que reconocen las violaciones de los derechos humanos cometidas por la dictadura luego de 1973, pero explican el golpe –y en opinión de algunos lo justifican– por medio de su análisis de la crisis que desembocó en él. Por otra parte, ese equilibrio que mezcla memoria como ruptura con memoria como salvación ha sido internalizado por muchos chilenos y puede surgir en el futuro como la nueva memoria colectiva dominante.39 HISTORIZACIÓN DE LA MEMORIA De todas maneras, los chilenos convencidos de que su país debe enfrentar y no olvidar o ignorar las violaciones de los derechos humanos del pasado reciente, y quienes cuestionan la historia oficial del golpe de 1973 y sus resultados, presentada por Pinochet y la Junta Militar, han ganado una importante batalla en la constante lucha por definir la memoria colectiva de Chile. Desde el punto de vista de la historización de la memoria, la importancia de esa “victoria” en la “batalla de la memoria” consiste en que sólo una vez obtenida podrá dicha historización avanzar sin que se la acuse de relativizar el “mal” o debilitar el “buen combate” que es preciso librar para decidir cuál de las memorias colectivas predominará en el futuro. Historizar la memoria significa someterla a un análisis histórico crítico, y hasta deconstruirla. Y los resultados de ese análisis pueden poner en entredicho la memoria colectiva estudiada, mostrarla como una construcción social o política y no como la verdad sin tacha que sus partidarios atesoran como un artículo de fe. Esto explica en parte por qué la historia de la memoria colectiva del pasado reciente en Chile es un campo tan novedoso: las pasiones políticas eran demasiado crudas, y demasiado incierto el desenlace de la batalla de la memoria. Esa novedad también refleja la sospecha que ha suscitado la historización de la memoria dentro de la profesión histórica, que privilegia el estudio de la historia sobre el estudio de la memoria o no ve con claridad la diferencia entre ambas. De hecho, la relación entre historia y memoria es compleja y hasta ambigua, sobre todo cuando los historiadores escriben acerca de una época que recuerdan personalmente. Hay tres relaciones habituales entre una y otra. En primer lugar, los historiadores pueden utilizar la memoria como una fuente. Segundo, la historia puede actuar de correctivo de la memoria, cuando los historiadores someten los recuerdos a un análisis crítico. Y tercero, los historiadores pueden hacer una historia de la memoria, convertir a ésta en el objeto de su investigación. En su mayoría, las primeras historizaciones de la memoria colectiva de este período siguieron a la detención de Pinochet en Londres en 1998, un punto de inflexión decisivo en la “batalla de la memoria”. A raíz de ese hecho, Mario Garcés y Julio Pinto organizaron la conferencia que resultó en el libro Memoria para un nuevo siglo.40 Entre 1999 y 2001, el programa del Social Science Research Council (SSRC) dirigido por Elizabeth Jelin y Carlos Iván Degregori formó a nueve jóvenes investigadores chilenos –uno de los cuales forma parte de este proyecto– en materia de historización de la memoria colectiva. Los resultados de esos encuentros e investigaciones comenzaron a publicarse entre 2000 y 2002, cuando aparecieron en Chile las primeras colecciones de “estudios de la memoria”.41 Como la mayoría de las obras colectivas, la calidad de estos libros era despareja, pero los mejores permitían revelar a autores prometedores, en su mayoría jóvenes; por lo demás, el hecho mismo de su publicación en Chile ya era importante. En conjunto, representaban un avance en la historización de la memoria en ese país, y a ellos también hicieron contribuciones de peso reconocidos historiadores como María Angélica Illanes, Julio Pinto y Gabriel Salazar. Cabe mencionar asimismo, aunque en otro registro, la publicación reciente de una defensa de la memoria del golpe como salvación escrita por Patricia Arancibia Clavel, cuyo hermano era agente de la DINA en Buenos Aires y está acusado de participar en el asesinato en esa ciudad del antecesor de Pinochet a la cabeza del Ejército, el general Carlos Prats, de tendencia constitucionalista.42 La dificultad experimentada por los chilenos para historizar la memoria colectiva antes de ganar la “batalla de la memoria” también explica por qué resultó mucho más fácil a historiadores no chilenos, como Steve Stern o Alexander Wilde, dedicar gran parte de sus primeros trabajos a la historización de la memoria del golpe y sus consecuencias. La excepción parcial –parcial porque uno de los autores no es chileno y porque las obras no son una historia de la memoria colectiva, aunque tienen implicaciones para ella– está constituida por los libros de Brian Loveman y Elizabeth Lira sobre el modo chileno de reconciliación.43 Su descripción y análisis sistemáticos de la manera elegida por las elites políticas chilenas a lo largo de su historia para consolidar la paz luego de las guerras civiles y otros conflictos políticos intensos esclarecen el papel central delolvido en esa reconciliación “entre vencedores y vencidos”. El “olvido”, un concepto central en los estudios de la memoria –sostienen los autores–, ha tenido un papel clave en la resolución de los conflictos pasados de Chile, “dejando que el tiempo extinguiera la memoria, asumiendo que el olvido pacificaría los ánimos y las pasiones”. Esto refleja la convicción de que “la paz social depende del olvido de los agravios, odiosidades y conflictos previos, y a nivel político de la negociación conveniente de leyes de amnistía, conocidas casi siempre como ‘leyes de olvido’”.44 La resistencia del movimiento por los derechos humanos durante la década de 1990, concluyen Loveman y Lira, socavó los intentos de las elites políticas de imponer un estilo similar de reconciliación basado en el olvido bajo el gobierno de la Concertación; no obstante, su exposición de la historia de la reconciliación en Chile muestra bajo otra luz el pacto informal de silencio vigente dentro de la clase política a lo largo de esa década. La publicación del estudio en tres volúmenes de Steve Stern con el título conjunto deThe Memory Box of Pinochet’s Chile constituirá, sin embargo, la primera historia general de la memoria del golpe y el terror estatal que lo siguió desde 1973 hasta 1998, y significará un avance fundamental en la historización de la memoria colectiva de ese pasado problemático. El enfoque de Stern es el de un historiador, más humanista que científico social, que como conceptos básicos prefiere las metáforas literarias a las teorías científicas porque, aunque menos comprobables, son más evocativas. Los especialistas de la memoria quizá discrepen con respecto a la validez y el valor de sus conceptos básicos sobre la memoria –el núcleo del primer volumen de su estudio, incluyendo los conceptos clave de “memoria emblemática”, “nudos de la memoria” y “estancamiento de la memoria”–, y los historiadores chilenos discutirán acaso la capacidad explicativa de sus cuatro “memorias emblemáticas” (salvación, ruptura, caja cerrada y persecución/despertar), pero deberán tomarlas con seriedad.45Por otra parte, cualquiera sea la reacción de los estudiosos de la memoria ante el primer volumen de Stern, Remembering Pinochet’s Chile, el segundo y el tercer tomos, con su descripción y análisis históricos sistemáticos de la memoria colectiva y la “batalla de la memoria” bajo la dictadura de Pinochet y la democracia restringida de la Concertación, constituyen un salto cuántico en la historización de la memoria de Chile y crearán un nuevo saber convencional y una sólida base de conocimientos para futuras investigaciones.46 Pero la historización de la memoria colectiva de este oscuro y complejo período de la historia chilena aún está en pañales y es probable que los próximos avances queden a cargo de una generación más joven de especialistas que, aunque sean chilenos, ya no deberán trascender sus propios recuerdos de ese pasado problemático para historizarlo; una generación hoy lo suficientemente inexperta y joven para no estar identificada ni comprometida con ningún enfoque específico de los estudios de la memoria, y abierta, por lo tanto, a utilizar como fundamento y material de aprendizaje lo que mejor se adecue a sus objetivos. Probablemente, los avances se realizarán a través de estudios de casos en profundidad basados en la investigación histórica monográfica de fuentes primarias. Los estudios de casos bien elegidos pueden someter a prueba la capacidad explicativa de las ideas aceptadas acerca de la memoria colectiva y examinar explicaciones alternativas de los elementos descubiertos por sus investigaciones. También pueden establecer una sólida base empírica para los estudios chilenos de la memoria. Esos estudios empíricos de conmemoraciones y lugares de la memoria ya están empezando a aparecer, al igual que los estudios de instituciones y archivos y la transmisión de la memoria colectiva a públicos más amplios y generaciones más jóvenes que carecen de la guía de recuerdos individuales y personales de los períodos problemáticos.47 También es importante la inclusión de nuevas perspectivas de la historia social, como el género y la etnicidad, al igual que el aporte que pueden hacer las ideas sobre la memoria tomadas de otras disciplinas como la sociología y la psicología.48 El pasado puede estar presente, pero el estudio de su memoria colectiva corresponderá al futuro. HISTORIA Y MEMORIA La cuestión generacional también es relevante para la historización del pasado problemático. Según señaló Eric Hobsbawm: En todos nosotros existe una zona crepuscular entre la historia y la memoria; entre el pasado como un registro generalizado que está expuesto a una inspección relativamente desapasionada y el pasado como una parte recordada o un antecedente de nuestra propia vida […] La amplitud de esa zona puede variar, y otro tanto variarán la oscuridad y la indistinción que la caracterizan. Pero esa tierra de nadie del tiempo siempre existe. Y es con mucho la parte más difícil de comprender, tanto para los historiadores como para los demás.49 Hobsbawm no es el único historiador que destaca las singulares dificultades con que tropiezan los profesionales que pretenden estudiar la historia reciente. Es demasiado pronto, insisten muchos; el polvo todavía tiene que asentarse en los archivos, y el testimonio oral es poco confiable. Es imposible ser objetivo, sostienen otros; es probable que los historiadores mismos o personas que ellos conocen hayan participado en esos acontecimientos o procesos históricos recientes o sufrido su influencia.50 La historia contemporánea parecería ser una tarea intrínsecamente imposible. Sin embargo, como puntualizaron Marc Bloch y E. H. Carr, toda historia es historia contemporánea, en cuanto cada generación la reescribe a la luz de sus propias inquietudes y la utiliza para justificarlas.51 Por lo demás, los historiadores del pasado distante pueden ser tan apasionados en sus juicios sobre un Pedro de Valdivia o un Diego Portales como los historiadores contemporáneos en sus opiniones acerca de Salvador Allende o Augusto Pinochet. El problema de la historización, entonces, no radica en la cercanía temporal de la época estudiada sino en la naturaleza misma de la historia, que, según nos enseña la historiografía –el estudio de la historia de la historia–, siempre es provisional y nunca definitiva. Por objetivo que un historiador trate de ser, hay una subjetividad que nunca deja de intervenir. La solución, por ende, no consiste en evitar la historia contemporánea, sino en reconocer que lo máximo que cabe esperar de cualquier historia es una interpretación de una cuestión importante que, por ser estimulante, generará debates y nuevos estudios. Hasta hace poco, los historiadores chilenos evitaban la historia contemporánea. Tradicionalmente, en los círculos académicos, la jurisdicción del historiador profesional terminaba con el siglo XIX o a lo sumo con la Constitución de 1925. Lo ocurrido luego de esas fechas se situaba dentro del campo del científico social, y en particular del politólogo o el sociólogo. Esta insistencia en el siglo XIX estaba acompañada por una historiografía elitista escrita desde las alturas que celebraba la historia de Chile como el progreso triunfal de sus instituciones, leyes y padres fundadores. La evitación de la historia contemporánea, sin embargo, estaba presente incluso en muchos historiadores revisionistas que actuaban como si creyeran que su rebelión contra las historias tradicionales escritas desde la cima les exigía probar su profesionalismo mediante la revisión de la historia elitista tradicional del siglo XIX, foco clásico de la historia chilena, así como era fundacional de la nación. En cualquier época, las elecciones hechas por el historiador de los temas sobre los cuales investigará, enseñará y escribirá están informadas por la cultura académica de su entorno, que refleja a su vez las instituciones y la sociedad dentro de la cual aquél vive y trabaja. Durante la dictadura pinochetista, la docencia, el estudiantado y los programas de estudio de las universidades fueron objeto de purgas; para quienes permanecieron en Chile podía ser peligroso estudiar temas históricos conflictivos. Por su parte, quienes se marcharon al extranjero, a menudo como exiliados, se pusieron en contacto con las corrientes historiográficas de Europa, América Latina y los Estados Unidos y sus estudios tuvieron con frecuencia la impronta de un deseo de entender la historia subyacente a su experiencia traumática personal. Esa experiencia impulsó a algunos a estudiar las raíces y la dinámica del socialismo y la izquierda en Chile, y a otros a examinar su historia de democracia y dictadura, pero generó en ambos grupos la inquietud de construir un “pasado utilizable” para su estudio de la historia, junto con la disposición a mirar más allá de las ideologías y metodologías del pasado que habían conducido en un comienzo al triunfo, pero en última instancia a la tragedia. La restauración de la democracia redujo los costos de la heterodoxia, pero los efectos de la prolongada dictadura persistieron, sobre todo en las instituciones académicas, donde, a diferencia de la Argentina, se atrincheraron los partidarios del régimen autoritario. La era de la Concertación, por otra parte, demostraría ser una época de cautela política y conservadurismo social, en la cual el neoliberalismo alcanzó una triunfal hegemonía y una izquierda “renovada”, carente de una ideología atractiva o un programa diferenciado, participó de un gobierno condicionado por los éxitos neoliberales, los enclaves autoritarios y su propia política pragmática. Estas circunstancias no eran propicias para la promoción de una historia oficial revisionista y favorecieron, antes bien, una actitud de autocensura dentro de los ámbitos de centro izquierda. Pero empujaron a los intelectuales críticos de izquierda a examinar la historia chilena en busca de sus causas, y las fuentes de la resistencia potencial a ellas. Inevitablemente, esto condujo al estudio de la historia contemporánea. Poco a poco, la generación de historiadores que habían adquirido un estatus profesional durante la época pinochetista –en especial los formados en Europa o Norteamérica, donde la historia contemporánea era un campo legítimo de estudio– penetró en el siglo XX. Los varios volúmenes de la Historia contemporánea de Chile, de Gabriel Salazar y Julio Pinto, sintetizaron sus concepciones de la “nueva historia” y sirvieron a la vez como catalizadores del cambio y acicate de la crítica.52 Su publicación despertó una intensa controversia pública, en la que importantes historiadores veteranos del centro y la derecha, como Sergio Villalobos y Gonzalo Vial, atacaron su metodología y visión de la historia, y no en revistas académicas sino en las páginas de El Mercurio, una indicación de que la historia pasada aún era política actual. Otras polémicas públicas entabladas en la prensa en torno de la reforma de los programas de historia para la enseñanza secundaria y la presentación de la historia chilena en el renovado Museo Histórico Nacional suscitaron furiosas respuestas tanto de políticos como de otros historiadores, como un ejemplo más de la misma vigencia de las cuestiones del pasado. Los compromisos resultantes dejaron ver que la Concertación había privilegiado la convivencia política por encima de una revisión de la historia oficial del pasado reciente que diera cabida a las nuevas investigaciones y textos. Vistas esas reacciones a la historia revisionista, aun cuando se tratara del pasado remoto de Chile, no debe sorprender que pocos historiadores se arriesgaran a abordar la historia del problemático pasado reciente del país y, en cambio, dejaran su relato y análisis a periodistas y profesionales de las ciencias sociales.53 Los historiadores que corrieron el riesgo tendieron a reafirmar viejas posiciones ideológicas y no a proponer interpretaciones novedosas o presentar nuevas investigaciones históricas. La incorporación de una visión equilibrada de la Unidad Popular al programa de enseñanza secundaria o la exhibición de los anteojos ahumados de Allende en el Museo Histórico Nacional provocaban tormentosas y violentas reacciones políticas. En su mayor parte, lo que se publicaba sobre los turbulentos tiempos de Allende y Pinochet eran memorias de participantes, testimonios recogidos por historiadores orales o revelaciones o entrevistas hechas por periodistas. El abordaje de la historia del golpe era aún más arduo por las dificultades enfrentadas para publicar nuevas interpretaciones del período de la Unidad Popular que culminó en el movimiento golpista. Para citar un ejemplo que me incumbe, cuando algunos historiadores chilenos llevaron a una editorial universitaria la propuesta de traducir y publicar mi historia oral desde abajo de la “vía chilena al socialismo”, se les dijo que el libro lo merecía, pero “no era conveniente” hacerlo.54 Sin lugar a dudas, su interpretación revisionista de la época de la Unidad Popular era considerada políticamente incorrecta, pero también lo era cualquier interpretación que pudiera generar tensiones entre los socialistas y los demócratas cristianos, aliados en la Concertación pero enemigos durante aquel período. Esto me demostró que la “memoria prohibida” no sólo abarcaba el régimen de Pinochet, sino también la vía democrática de Allende hacia el socialismo. No obstante, también esta actitud comenzó a cambiar desde hace poco. Una vez más, la detención de Pinochet en Londres en 1998 pareció romper el silencio histórico y activar el debate sobre la historización de su época. Cuando el ex dictador publicó una carta abierta –“Carta a los chilenos”– en la que defendía sus actos y su lugar en la historia, un grupo de 11 historiadores izquierdistas replicó con su “Manifiesto de historiadores”, refutando las afirmaciones de Pinochet punto por punto y agregando, como colofón, una crítica de la interpretación del período 1964-1973 publicada por el historiador conservador Gonzalo Vial como separata en el tabloide derechista La Segunda, que a juicio del grupo era una justificación del golpe militar. Se desató entonces una polémica más extensa, en la cual también participaron importantes historiadores de tendencia centrista (Cristián Gazmuri, Sergio Villalobos, Rafael Sagredo); los intercambios no agregaron mucho en materia de pruebas o interpretaciones históricas, pero propusieron una clara enunciación de los diferentes enfoques y perspectivas en torno del problemático pasado reciente del país. Despejaron las telarañas de silencio y olvido y plantearon la necesidad de una nueva historia contemporánea de Chile, con nuevos sujetos populares, nuevas fuentes orales, nuevas cuestiones sociales y nuevas perspectivas interpretativas.55 Como antes se señaló, la publicación en los años siguientes de los cinco volúmenes de la historia revisionista contemporánea de Chile de Gabriel Salazar y Julio Pinto provocó una nueva polémica en la prensa, en la cual se debatió la legitimidad de la historia desde abajo y la historia oral de los “nuevos sujetos”; como fruto de ese debate se modificaron las líneas de batalla y los protagonistas. Si bien casi ninguna de estas discusiones abordó directamente la historización del pasado chileno reciente, en las controversias había una lucha implícita para determinar qué experiencias históricas, testimonios y perspectivas era importante preservar y legitimar como bases de la escritura de esa historia. En la actualidad ya han empezado a aparecer las nuevas historias de este pasado reciente, y el trigésimo aniversario del golpe ha actuado como un catalizador de su publicación. Una editorial chilena, LOM Ediciones, programó la aparición de una colección de libros sobre esos períodos problemáticos de la historia, y no ha sido la única. Algunos de los trabajos eran memorias de actores políticos de la época, ya ancianos,56 pero otros eran estudios académicos, como la obra de Verónica Valdivia sobre la lucha dentro de las Fuerzas Armadas en torno de las acciones políticas y el poder, que hace un aporte significativo a nuestra comprensión del período y de esos tópicos,57 o la psicobiografía de Allende escrita por Diana Veneros.58 Otros especialistas que han investigado y analizado este pasado reciente están hoy a punto de terminar y dar a conocer sus historias, entre cuyos temas se cuentan aspectos difíciles de investigar y publicar, como los primeros tiempos de la resistencia a la dictadura pinochetista.59 Los programas de historia de la Universidad de Chile y la Universidad de Santiago de Chile (USACH) y el programa de posgrado establecido por historiadores revisionistas de izquierda en la Universidad ARCIS producen tanto nuevas historias como nuevos historiadores. Por otra parte, si las presentaciones de diversos puntos de vista hechas por los historiadores en los muchos talleres de trabajo, coloquios, seminarios, simposios y conferencias que conmemoraron el trigésimo aniversario del golpe –incluyendo éste–60sirven de alguna guía, probablemente habrá una explosión de publicaciones en los años venideros. La generación más joven de especialistas, en particular, está planteando nuevos interrogantes, viendo viejas cuestiones desde nuevas perspectivas y proponiendo nuevas interpretaciones de este pasado problemático. No todas esas nuevas investigaciones y textos históricos sobre el pasado reciente provendrán de la izquierda. La Universidad Católica sigue siendo un importante centro de erudición histórica que cuenta con grandes historiadores veteranos y prometedores profesionales centristas más jóvenes, al igual que la Universidad de Chile. En la Universidad Finis Terrae, la derecha ha creado su propio centro de estudios históricos y archivo sobre el pasado reciente. La Academia de Humanismo Cristiano y la Universidad Alberto Hurtado tienen importantes historiadores y proyectos, lo mismo que otras universidades privadas y las muchas universidades públicas provinciales; otro tanto ocurre con instituciones como el Museo Vicuña Mackenna y el Centro Barros Arana de la Biblioteca Nacional.61 Estas nuevas investigaciones e interpretaciones históricas implicarán el final del silencio y el olvido y avances en nuestra historización de las eras de Allende y Pinochet, pero es poco probable que satisfagan a quienes exigen desde hace años saber la “verdad” de lo ocurrido en esos períodos problemáticos de la historia chilena reciente. Por el contrario, existe la posibilidad cierta de que saquen a la luz la relación a menudo antagónica entre historia y memoria, que tanto los historiadores como los especialistas de la memoria se han ocupado de destacar. Esto escribió Yosef Yerushalmi de otro pasado problemático cuyos recuerdos aún eran muy vivos: Por su naturaleza misma, la memoria y la historiografía moderna mantienen relaciones radicalmente diferentes con el pasado. La segunda representa, no un intento de restauración de la memoria, sino un tipo verdaderamente nuevo de recuerdo. En su búsqueda de comprensión pone en primer plano textos, acontecimientos, procesos que en realidad nunca fueron parte de […] una memoria grupal, ni siquiera en su expresión más vigorosa […] recrea continuamente un pasado cada vez más detallado cuyas formas y texturas son irreconocibles para la memoria. Pero eso no es todo. El historiador no se presenta simplemente para llenar las lagunas de la memoria. Cuestiona de manera constante incluso las memorias que sobrevivieron intactas […] procura recuperar un pasado total […] todos esos elementos puestos a contrapelo de la memoria colectiva.62 Comprendí con claridad esta idea en una reciente conferencia celebrada en México para conmemorar los treinta años del golpe, y en la cual un importante historiador del Chile rural presentó un estudio bien documentado en cuyas conclusiones sostenía que había sido Pinochet y no Allende quien había entregado la mayor cantidad de tierras a los campesinos, si bien en condiciones tales que llevaron al 75% de los beneficiarios a perder sus parcelas al cabo de cinco años. La respuesta de muchos chilenos exiliados presentes entre el público fue de indignación ante lo que veían como una traición a su causa. Esos exiliados querían que el historiador, mediante su investigación histórica, confirmara su memoria colectiva de una revolución social a la cual habían entregado la vida y por la cual habían pagado un elevado precio personal; querían preservar una memoria colectiva congelada en el tiempo. Aunque el autor del trabajo no sometía directamente su memoria colectiva al análisis crítico, la historia que presentaba cuestionaba la exactitud y hasta la validez de su memoria social, una memoria que los había sostenido durante años y había otorgado sentido a su vida. La relación entre historia y memoria es complicada y multifacética, y con frecuencia difícil de abordar. No obstante, su confrontación es una cuestión crucial si nuestra intención es avanzar en la historización del problemático pasado reciente de Chile. Hoy nos encontramos en esa encrucijada. Traducción de Horacio Pons Anexo APÉNDICE BIBLIOGRÁFICO Tesis y memorias inéditas sobre la historia reciente de Chile Desde principios de la década de 1990, pero sobre todo a partir del año 2000, aparecieron en varias universidades del país los primeros trabajos de investigación originales de estudiantes de licenciatura y maestría sobre la historia reciente de Chile. A continuación se encontrará una lista indicativa de algunos de ellos, sin pretensiones de ser exhaustiva. Al recorrerla, el lector podrá apreciar la diversidad de temas y especialidades representados y, por lo tanto, el potencial de una primera generación de historiadores que “historizan” ese pasado reciente. Agradecemos calurosamente a nuestros colegas María Elisa Fernández, Mario Garcés, Julio Pinto y Alfredo Riquelme, cuya colaboración permitió la elaboración de esta lista; ellos forman parte de los docentes de historia que han alentado a sus estudiantes a internarse por este camino. (ARS) Andreu, Carla. “El exilio chileno en la República Democrática Alemana a través de la novela Morir en Berlín”. Tesis de licenciatura en Historia. Pontificia Universidad Católica de Chile (PUC). Santiago: 2000. Profesor guía: Alfredo Riquelme. (ARS) Aninat, María del Carmen. “Militares y democracia. Ejercicios de alistamiento y enlace. Chile 1990”. Tesis de licenciatura en Historia. PUC: Santiago, 2000. Profesor guía: Alfredo Riquelme. (MGJP) Becerra, Lorena y Angélica Palacios. “Transformaciones de la sociedad rural chilena en la segunda mitad del siglo XX, reflejando en la vida de los sujetos rurales de Loloy y Quinchamalí”. Tesis de grado. Universidad de Santiago de Chile, 2004. Profesora guía: Sofía Correa. (ARS) Bellemans, Lorena. “Análisis de la posición de Chile durante la guerra de las Falklands/Malvinas”. Tesis de licenciatura en Historia. PUC: Santiago, 2000. Profesor guía: Joaquín Fermandois. (MEF) Bravo, María Soledad y Patricia Madris. “El otro Santiago: los niños del Mapocho en el siglo XX, 1930-2002”. Seminario para optar al grado de licenciado en Historia. Universidad de Chile, 2003. Profesor guía: Gabriel Salazar. (MEF) Bulnes, Francisco. “La Revista Chile América: el espejo del exilio (1973-1983)”. Tesis para optar al grado de licenciado en Historia. Universidad Finis Terrae, 2003. Profesora guía: María Elisa Fernández. (ARS) Carreño, Francisca. “Cine chileno, 1990-2000: una década de imágenes en movimiento”. Tesis de licenciatura en Historia. PUC: Santiago, 2003. Profesor guía: Alfredo Riquelme. (ARS) Castillo, Simón. “Movimientos estudiantiles en la Universidad Católica, 1973-1982, y los inicios de la democratización en Chile”. Tesis de licenciatura en Historia. PUC: Santiago, 2001. Profesor guía: Alfredo Riquelme. (MGJP) Cerón, Claudio. “La confrontación entre los partidos políticos de izquierda. Chile 1970-1973”. Tesis de grado. Universidad de Santiago de Chile, 2004. Profesor guía: Danny Ahumada. (MGJP) Cordero, Carlos y Silvia Latorre. “Sobre vivir el terror bajo la dictadura militar en Chile”. Tesis de grado. Universidad de Santiago de Chile, 2004. Profesor guía: Luis Ortega. (ARS) Dávila, Mireya. “Historia de las ideas de la renovación socialista, 1974-1989”. Tesis de licenciatura en Historia. PUC: Santiago, 1994. Profesor guía: Joaquín Fermandois. (ARS) Delgado, Gustavo. “El conflicto del Beagle y la prensa: un debate limitado. Chile-Argentina (1977-1979)”. Tesis de licenciatura en Historia. PUC: Santiago, 2001. Profesor guía: Joaquín Fermandois. (ARS) Franken, Stefan. “La Constitución de 1980: la formación de un nuevo orden institucional en Chile, 1973-1989”. Tesis de licenciatura en Historia. PUC: Santiago, 2002. Profesor guía: Alfredo Riquelme. (ARS) García González, Carolina. “El peso de la memoria en los inicios de la transición a la democracia en Chile, 1987-1988”. Tesis de licenciatura en Historia. PUC: Santiago, 2004. Profesor guía: Alfredo Riquelme. (MGJP) Jara, Loreto. “Del malón al carrete: las transformaciones del divertimento en Santiago, 1960-1990”. Tesis de grado. Universidad de Santiago de Chile, 2003. Profesor guía: Augusto Samaniego. (MEF) Kort, Issa. “Huellas en el barro. Impacto social y económico de la reforma agraria en la provincia de Colchagua en tres casos ilustrativos. Estudios microhistóricos”. Tesis para optar al grado de licenciado en Historia. Universidad Finis Terrae, 2004. Profesora guía: María Elisa Fernández. (ARS) Lagos, Sebastián. “La influencia de la experiencia franquista en la Constitución de 1980”. Tesis de licenciatura en Historia. PUC: Santiago, 2002. Profesor guía: Joaquín Fermandois. (MEF) Lanos, Paola. “Los hijos de la pobreza: vagos, mendigos y niños de la calle: Santiago, 1960-1998”. Tesina para optar al grado de licenciado en Historia. Universidad de Chile, 2000. Profesor guía: Gabriel Salazar. (ARS) Lúnecke, Alejandra. “Violencia política en Chile, 1983-1986”. Tesis de licenciatura en Historia. PUC: Santiago, 1999. [Premiada y publicada como libro: Violencia política (violencia política en Chile, 1983-1986). Santiago: Arzobispado de Santiago. Fundación Documentación y Archivo de la Vicaría de la Solidaridad, 2000.]. Profesor guía: Alfredo Riquelme. (MGJP) Martínez, Luis. “Frente Patriótico Manuel Rodríguez, 1980-1987”. Tesis de grado. Universidad de Santiago de Chile, 2005. Profesor guía: Augusto Samaniego. (ARS) Miranda, Bárbara. “El Movimiento contra la Tortura Sebastián Acevedo”. Tesis de licenciatura en Historia, PUC, Santiago, 2002. (Premiada por la Fundación Documentación y Archivo de la Vicaría de la Solidaridad, Santiago). Profesor guía: Alfredo Riquelme. (MEF) Moyano, Cristina. “La seducción y la juventud: una aproximación desde la historia de la cultura política del MAPU, 1969-1973”. Tesis para optar al grado de magíster. Universidad de Santiago de Chile, 2002. Profesor guía: Julio Pinto. (MGJP) Nehgme, Fahra y Sebastián Leiva. “La política del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) durante la Unidad Popular y su influencia sobre los obreros y pobladores de Santiago”. Tesis de grado. Universidad de Santiago de Chile, 2001. Profesor guía: Mario Garcés. (ARS) Nicolás, Francisco. “De la memoria contenida al estallido del recuerdo. Memorias colectivas en torno a la Unidad Popular y la dictadura militar en el Chile de los ’90”. Tesis de licenciatura en Historia. PUC: Santiago, 2004. Profesor guía: Alfredo Riquelme. (MGJP) Obregón Reyes, Linda. “El régimen militar y las mujeres (1973-1989). Discurso oficial, resistencia y adhesión”. Tesis de grado. Universidad de Santiago de Chile, 2000. Profesora guía: Alicia Salomone. (ARS) Orrego, Paulina. “Los reflejos de un espejo: Chile y el mundo entre los años 1976 y 1989, a través de la revista APSI”. Tesis de licenciatura en historia. PUC: Santiago, 2002. Profesor guía: Joaquín Fermandois. (ARS) Ortega Frei, Eugenio. “Historia de una alianza política: el Partido Socialista de Chile y el Partido Demócrata Cristiano, 1973-1988”. Tesis de licenciatura en Historia. PUC: Santiago, 1992. Profesor guía: Matías Tagle. (ARS) Orellana, Andrea. “El derrumbe de un proyecto. Partido Comunista Chileno 1973-1977”. Tesis para optar al grado de licenciatura en Historia. PUC: 2000. Profesor guía: Alfredo Riquelme. (MGJP) Ovando, Dorifo. “Fresia, una experiencia de relevación durante la dictadura militar”. Tesis de grado. Universidad de Santiago de Chile, 2004. Profesora guía: Lucía Valencia. (MGJP) Pavez, Miguel Ángel. “Subsistencia y testimonio: las arpilleras de la Vicaría de la Solidaridad durante el régimen militar (1976-1990). La necesidad de crear”. Tesis de grado. Universidad de Santiago de Chile, 2003. Profesora guía: Sofía Correa. (MGJP) Peña, María y Blanca Toledo. “Trabajadoras de casas particulares (1975-1989). Particularidades, legislación y organización”. Tesis de grado. Universidad de Santiago de Chile, 2001. Profesora guía: Teresa Gatica. (ARS) Pizarro Cristi, Jorge. “La movilización social en la lucha democrática: el caso de la Asamblea de la Civilidad en el Año Decisivo (1986)”. Tesis de licenciatura en Historia. PUC: Santiago, 2003. Profesor guía: Alfredo Riquelme. (MGJP) Rojas, Alejandra, Jorge Cantillana y Nicolás Henríquez. “Del crepúsculo al amanecer. Las políticas culturales de los gobiernos de la concertación (1990-2000)”. Tesis de grado. Universidad de Santiago de Chile, 2002. Profesor guía: Luis Ortega. (MEF) Rubio, Pablo. “La derecha política chilena y el gremialismo: antecedentes históricos e ideológicos (1965-1970)”. Tesis de grado. Universidad de Chile, 2004. Profesor guía: Hernán Venegas. (ARS) Silva, María Elisa. “Una mirada atenta: visión de El Mercurio, Qué Pasa yRealidad de la transición española (1975-1978)”. Tesis de licenciatura en Historia. PUC: Santiago, 2004. Profesor guía: Joaquín Fermandois. (MGJP) Silvia, Víctor y Manuel Urrutia. “La nueva ola chilena, sus implicaciones sociales y culturales”. Tesis de grado. Universidad de Santiago de Chile, 2002. Profesor guía: René Salinas. (ARS) Torrejón, Carolina. “Brumas: el MAPU-OC bajo el autoritarismo y en clandestinidad. Del golpe militar a la extinción de la Unidad Popular (1973-1979)”. Tesis de licenciatura en historia. PUC: Santiago, 2000. Profesor guía: Alfredo Riquelme. (ARS) Torres, Alejandra. “Ser chileno sin vivir en Chile. El exilio en Europa Occidental entre 1978 y 1988”. Tesis de licenciatura en Historia. PUC: Santiago, 2003. Profesor guía: Joaquín Fermandois. (ARS) Zamorano, Bernardita. “El teatro chileno independiente como crítica al régimen autoritario, 1973-1979”. Tesis de licenciatura en Historia. PUC: Santiago, 1998. Profesor guía: Alfredo Riquelme. Traducción de Horacio Pons NOTAS 1. Título original: “The Past is Present: History and Memory in Contemporary Chile”. El autor es miembro del cuerpo docente de la Tufts University de Boston, Estados Unidos. 2. Quiero agradecer a Mario Garcés, Anne Pérotin-Dumon y Alfredo Riquelme sus comentarios sobre una versión anterior. Los errores que puedan haber subsistido son de mi exclusiva responsabilidad. 3. Véase, por ejemplo, Henry Rousso. Vichy: L’événement, la mémoire, l’histoire. París: Gallimard, 1992. 4. Para el campo de la isla Dawson, véase, por ejemplo, Sergio Bitar. Isla 10. Santiago: Pehuén, 1987. Desde entonces, el libro ha tenido diez ediciones. Para el campo de Tejas Verdes, véase Hernán Valdés. Tejas Verdes: diario de un campo de concentración. Santiago: LOM/CESOC, 1996. Con respecto al Estadio Nacional, véase, por ejemplo, Jorge Montealegre. Frazadas del Estadio Nacional. Santiago: LOM, 2003. 5. En Patricia Verdugo. Los zarpazos del puma. Santiago: CESOC, 1989. Se encontrará información sobre la “caravana de la muerte”. 6. Quien busque una palpitante memoria de lo ocurrido en Villa Grimaldi y otros centros de tortura de la DINA la encontrará en Luz Arce. El Infierno. Santiago: Planeta, 1993 (traducción inglesa. The Inferno. Madison, Wisconsin: University of Wisconsin Press, 2004). La autora fue la persona que permaneció más tiempo en las prisiones de la DINA y terminó convertida en su informante, aunque posteriormente brindó detalles sobre sus actividades en los tribunales y la prensa. 7. Chile, Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación, Informe Rettig. Dos volúmenes. Santiago: La Nación, 1991. 8. Chile, Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación. Informe sobre calificación de víctimas de violaciones de los derechos humanos y de la violencia política. Santiago: Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación, 1996. En el anexo 1, p. 565, podrá encontrarse una categorización de las víctimas de acuerdo con la causa de su muerte. 9. La falta de certidumbre se constata incluso en casos de alto perfil como la muerte del ex presidente Eduardo Frei en 1982, que en su momento se dijo debida a causas naturales, pero acerca de la cual circuló un persistente rumor que hablaba de envenenamiento bacterial e intervención de la DINA. Hace poco, la senadora Carmen Frei impulsó la realización de una investigación penal sobre la muerte de su padre. Significativamente, la ulterior desaparición y muerte en Uruguay de Eugenio Berríos, que era el especialista de la DINA en esa materia y en una ocasión había dicho a agentes del organismo que los microbios exóticos encontrados en el cuerpo de Frei constituían la mejor manera de matar secretamente a una persona, fue objeto de una investigación penal por encubrimiento en Uruguay, el “caso Berríos”. El de Frei es sólo el más destacado de los casos en que las fuerzas de seguridad de Pinochet cargan con la sospecha de haberse dedicado a actividades criminales de encubrimiento. 10. La comisión sólo consideró los casos de los “ex presos y torturados […] quienes han querido dejar constancia de lo que les pasó y esperan reparación”, en total 35.868 personas (Elizabeth Lira, comunicación privada del 28 de abril de 2004). Si suponemos que el total de chilenos que fueron encarcelados o torturados superó probablemente los cincuenta mil y acaso los cien mil, el juicio de Lira de que con el trabajo de su comisión “se cerrará una etapa […] para abrir otra” parece profético –y lo confirman los numerosos grupos de sobrevivientes de la tortura que están constituyéndose o haciendo pública su experiencia a raíz de ese trabajo–, y se justifica mi conclusión de que Chile recién está empezando a enfrentar este doloroso legado de la dictadura pinochetista. El trabajo de la comisión puede seguirse en su sitio de Internet, http://www.comisionprisionpoliticaytortura.cl. 11. Como indicación significativa de la aversión chilena a hacer frente a este legado de tortura, debe señalarse que durante las discusiones de la Comisión Rettig, el Congreso consideró la posibilidad de aprobar un acuerdo marco que prohibiera la investigación de los casos de tortura no seguida de muerte. Véase Brian Loveman y Elizabeth Lira. Las ardientes cenizas del olvido: vía chilena de reconciliación política, 1932-1994. Santiago: LOM/DIBAM, 2000, p. 512. En 2001, un importante historiador derechista me dijo en privado que Chile no podía abordar la cuestión de los torturados debido a la gran cantidad de personas involucradas, incluyendo a civiles prominentes, y mencionó como ejemplo el caso de Emilio Meneses, un destacado politólogo y analista de defensa, acusado por Felipe Agüero, un chileno que hoy es profesor de Ciencias Políticas en la Universidad de Miami, de haberlo torturado en el Estadio Nacional en 1973. Este caso es el tema de Patricia Verdugo (comp.), De la tortura no se habla: Agüero versus Meneses. Santiago: Catalonia, 2004. 12. John Dinges, comunicación personal, Nueva York, 2 de octubre de 2003. John Dinges.The Condor Years. Nueva York: New Press, 2004 [traducción castellana: Operación Cóndor: Una década de terrorismo internacional en el Cono Sur. Santiago: Ediciones B, 2004], se encontrará una descripción de la Operación Cóndor que define lo que sabemos y cómo lo sabemos. 13.Que los Estados Unidos sabían bastante más de lo que admitía públicamente sobre la represión dentro de Chile y las actividades de la Operación Cóndor más allá de sus fronteras es algo que se desprende con claridad de los documentos desclasificados con motivo del proceso judicial que siguió al arresto de Pinochet en Londres. Se encontrará una reveladora selección de esos documentos en Peter Kornbluh (comp.), The Pinochet File: A Declassified Dossier on Atrocity and Accountability. Nueva York: New Press, 2003 [traducción castellana: Pinochet: los archivos secretos. Barcelona: Crítica, 2004], capítulos 3 a 6. Un informe de la DIA (Defense Intelligence Agency) del 15 de abril de 1975 calificaba a la DINA de “Gestapo de nuestros días” (ibíd., p. 198). 14. La Vicaría de la Solidaridad de la Iglesia Católica cumplió el papel más destacado en la tarea de documentar los abusos contra los derechos humanos durante la dictadura de Pinochet. Se encontrará una esclarecedora exposición eclesiástica de los abusos cometidos fuera de Santiago, así como de los esfuerzos de la Iglesia por evitarlos, en María Eliana Vega et al., No hay dolor inútil: la iglesia de Concepción y su defensa de los derechos humanos en la región de Bío-Bío entre 1973 y 1991. Concepción: Diócesis de Concepción, 1999. La principal organización secular fue la Comisión Chilena de Derechos Humanos. Véase, por ejemplo, su Nunca más en Chile. Santiago: LOM, 1999. Amnistía Internacional, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y Human Rights Watch se contaron entre las grandes organizaciones internacionales de derechos humanos que publicaban informes autorizados sobre los abusos cometidos en ese terreno por la dictadura pinochetista. 15. Katherine Roberts Hite. “Breaking the Pacto de Silencio: Memories of defeat, contemporary politics, and the Chilean political class in the 1990s”.http://www.sas.ac.uk/ilas/sem_memory_Hite.doc. 16. Véase Brian Loveman y Elizabeth Lira. Las suaves cenizas del olvido: vía chilena de reconciliación política, 1814-1932. Santiago: LOM/DIBAM, 1999, y Las ardientes cenizas del olvido: vía chilena de reconciliación política, 1932-1994. Santiago: LOM/DIBAM, 2000. Notables estudios sobre esa “vía chilena”. Véase también Elizabeth Lira, Brian Loveman et al., Historia, política y ética de la verdad en Chile, 1891-2001: reflexiones sobre la paz social y la impunidad. Santiago: LOM, 2001. 17. En Alexander Wilde. “Irruptions of Memory: Expressive Politics in Chile’s Transition to Democracy”. Journal of Latin American Studies. 31(2), mayo de 1999, pp. 473-500, se hallará un revelador análisis del avance, durante la década de 1990, de nuestros conocimientos sobre las violaciones de los derechos humanos en el pasado. Una versión corregida se incluye en esta publicación: “Irrupciones de la memoria: la política expresiva en la transición a la democracia en Chile”. 18. Con su investigación de las atrocidades del régimen de Pinochet, Patricia Verdugo ha demostrado ser una periodista prolífica y denodada. Además de Los zarpazos del puma. Santiago: CESOC, 1989, del cual hay una versión inglesa actualizada, Chile, Pinochet and the Caravan of Death. Boulder, Colorado: Lynne Rienner, 2001, cabe citar Interferencia secreta. Santiago: Sudamericana, 1998, que incluye un disco compacto con grabaciones clandestinas de comunicaciones entre líderes militares realizadas el día del golpe, además del relato de la desaparición y muerte de su padre. Bucarest 187. Santiago: Sudamericana, 2001, y el reciente Salvador Allende: cómo la Casa Blanca provocó su muerte. Buenos Aires: El Ateneo, 2003. También están en circulación dos discos compactos compilados por ella y Mónica González, que contienen grabaciones documentales de las épocas de Allende y Pinochet: Chile, entre el dolor… y la esperanza. Santiago: Alerce Producciones Fonográficas, 1986. 19. John Dinges, comunicación personal, Nueva York, 2 de octubre de 2003. Enrique Arancibia Clavel, miembro de una importante familia militar chilena, hermano de un general y de un almirante, fue detenido en la Argentina por espionaje, pero hoy se lo juzga por el asesinato del general Prats; también se sospecha que se desempeñaba en Buenos Aires como enlace de la DINA con escuadrones argentinos de la muerte como la Triple A (Alianza Anticomunista Argentina). Véase J. Dinges. The Condor Years. Nueva York: New Press, 2004, pp. 73-80. 20. En Elizabeth Jelin, Los trabajos de la memoria. Buenos Aires: Siglo XXI, 2002, el lector hallará un estudio reciente de la memoria colectiva desde una perspectiva latinoamericana, que hace referencia a esa literatura. 21. María Angélica Illanes. La batalla de la memoria. Ensayos históricos de nuestro siglo: Chile, 1900-2000. Santiago: Planeta/Ariel, 2002. 22. Sería interesante examinar el Plan Z y su historia desde el punto de vista de los estudios de la memoria. 23. Véase, por ejemplo, Marjorie Agosin. Scraps of Life: Chilean Arpilleras, Chilean Women and the Pinochet Dictatorship. Trenton, Nueva Jersey: Red Sea Press, 1987. Videos y documentales como No olvidar (1978), de Ignacio Agüero, también tienen un carácter revelador. 24. Steve J. Stern. The Memory Box of Pinochet’s Chile. Volumen 1. Remembering Pinochet’s Chile: On the Eve of London 1998. Durham: Duke University Press, 2004, pp. 104-107. Una exposición preliminar de las ideas de Stern en castellano puede leerse en Mario Garcés (comp.), Memoria para un nuevo siglo: Chile, miradas a la segunda mitad del siglo XX. Santiago: LOM/ECO, 2000, pp. 11-33. 25. S. J. Stern. Remembering Pinochet’s Chile: On the Eve of London 1998. Durham: Duke University Press, 2004, p. 108. 26Ibíd., p. 109. 27. Steve J. Stern. The Memory Box of Pinochet’s Chile. Volumen 2. 10.5 del manuscrito inédito. 28. Ascanio Cavallo et al., La historia oculta del régimen militar. Santiago: Antártica, 1989; Eugenio Ahumada et al., Chile: la memoria prohibida. Tres volúmenes. Santiago: Pehuén, 1989. 29. Véase B. Loveman y E. Lira. Las ardientes cenizas del olvido: vía chilena de reconciliación política, 1932-1994. Santiago: LOM/DIBAM, 2000. Capítulo 9. 30. Manuel Antonio Garretón et al., encuesta “Los chilenos y la democracia”, citada en Steve J. Stern. The Memory Box of Pinochet’s Chile. Volumen 3. 14.39-41 del manuscrito inédito. 31. K. R. Hite. “Breaking the Pacto de Silencio: Memories of defeat, contemporary politics, and the Chilean political class in the 1990s”. Y A. Wilde. “Irruptions of memory: Expressive politics in Chile’s transition to democracy”. Journal of Latin American Studies. 31(2), mayo de 1999. 32. Esto me resultó claro en los cambios producidos en las conferencias sobre la perspectiva militar en torno del pasado chileno reciente pronunciadas entre 1996 y 2003 en el marco de mi programa de orientación de la Tufts University en Chile por el general retirado Fernando Arancibia, ex vicecanciller de Pinochet y hermano del antiguo jefe de la Marina. De manera significativa, hacia 2003 aun el vocero de la derecha, El Mercurio, publicaba relatos de víctimas inocentes de la represión militar. Con la publicación delInforme Valech en 2004, este proceso de cambio llegó a su punto culminante. Véase, por ejemplo, “Yo sobreviví a un fusilamiento”. Revista del Sábado. 11 de julio de 2003. 33. Véanse, por ejemplo, Hernán Valdés (comp.), Voces de muerte. Dos volúmenes. Santiago: LOM, 1998. Sergio Villegas. Funeral vigilado: La despedida a Pablo Neruda. Santiago: LOM, 2003. Matías Rivas y Roberto Merino (comps.), ¿Qué hacía yo el 11 de septiembre de 1973? Santiago: LOM, 1997. Claudio Durán Pardo. Autobiografía de un ex jugador de ajedrez. Santiago: LOM, 2003, y Rubí Maldonado Parada et al., Ellos se quedaron con nosotros. Santiago: LOM, 1999. 34. Volodia Teitelboim. Noches de radio (Escucha Chile). Dos volúmenes. Santiago: LOM, 2001. Ricardo Palma Salamanca. Una larga cola de acero (Historia del FPMR, 1984-1988). Santiago: LOM, 2001. 35. Patricio Guzmán. La memoria obstinada (1997-1998) y El caso Pinochet (2002). Sobre la memoria de testigos chilenos contra Pinochet que testifican en España, y Carmen Castillo y Guy Girard. La flaca Alejandra (1994). Entre los documentales importantes hechos el mismo año del arresto de Pinochet se cuentan: Esteban Larraín. Patio 25: historias de silencio (1998). Sobre los desaparecidos sepultados en una fosa común sin identificación alguna en el cementerio de Santiago, y Silvio Caiozzi. Fernando ha vuelto (1998). Acerca del trabajo de antropólogos forenses que intentan identificar y devolver a sus familias los restos de los desaparecidos depositados en esas tumbas anónimas. 36. Ricardo Lagos inauguró la estatua de Allende frente a La Moneda en junio de 2000, poco después de su asunción como presidente, en un acto simbólico que en la época no dejó de suscitar controversias. 37. Un buen ejemplo fue el seminario público celebrado en la Universidad Católica sobre “Lenguaje y proyecto a treinta años de la Unidad Popular”, con presentaciones relacionadas con la moda, la cibernética y el diseño gráfico e industrial. Véase también Claudio Rolle (comp.), 1973: La vida cotidiana en un año crucial. Santiago: Planeta, 2003. 38. Quiero agradecer a Katherine Roberts Hite por enviarme su próximo artículo, “The Estadio Nacional as Monument, as Memorial”. Publicado en traducción castellana en P. Verdugo (comp.), De la tortura no se habla: Agüero versus Meneses. Santiago: Catalonia, 2004. 39. La rehabilitación de Allende y la nueva mirada dirigida hacia la Unidad Popular no han sido unánimes; centristas como el presidente de la Democracia Cristiana, Adolfo Zaldívar, coinciden con los adversarios derechistas de este revisionismo histórico en rechazarlo como una “reescritura” de la historia. Se encontrará una reflexión sobre la memoria histórica del período pinochetista escrita por un importante historiador demócrata cristiano en Cristián Gazmuri. La persistencia de la memoria: reflexiones de un civil sobre la dictadura. Santiago: RIL/DIBAM, 2000. 40. M. Garcés (comp.), Memoria para un nuevo siglo: Chile, miradas a la segunda mitad del siglo XX. Santiago: LOM/ECO, 2000. 41. Véase, por ejemplo, Raquel Olea y Olga Grau (comps.), Volver a la memoria. Santiago: LOM, 2001. Otros estudios chilenos aparecieron en colecciones publicadas en otros lugares, entre ellos artículos de Sergio Grez, Mario Sznajder y Antonio García Castro en Bruno Groppo y Patricia Flier (comps.), La imposibilidad del olvido: recorridos de la memoria en Argentina, Chile y Uruguay. La Plata: Ediciones Al Margen, 2001. Los volúmenes de la colección “Memorias de la represión” –perteneciente al proyecto SSRC– que contienen capítulos dedicados a Chile son los siguientes: Elizabeth Jelin (comp.), Las conmemoraciones: las disputas en las fechas “in-felices”. Madrid: Siglo XXI, 2002; Elizabeth Jelin y Victoria Langland (comps.), Monumentos, memoriales y marcas territoriales. Madrid: Siglo XXI, 2003, y Ludmila da Silva Catela y Elizabeth Jelin (comps.), Los archivos de la represión: documentos, memoria y verdad. Madrid: Siglo XXI, 2002. 42. Patricia Arancibia Clavel. Los hechos de violencia: del discurso a la acción. Santiago: Universidad Finis Terrae, 2003. Véase también, de la misma autora, Orígenes de la violencia política en Chile, 1960-1973. Santiago: Universidad Finis Terrae/CIDOC, 2001. 43. B. Loveman y E. Lira. Las suaves cenizas del olvido: vía chilena de reconciliación política, 1814-1932. Santiago: LOM/DIBAM, 1999, y Las ardientes cenizas del olvido: vía chilena de reconciliación política, 1932-1994. Santiago: LOM/DIBAM, 2000. 44. Elizabeth Lira. “Memoria y olvido”. R. Olea y O. Grau (comps.), Volver a la memoria. Santiago: LOM, 2001, pp. 46-47. 45. Se encontrará una anterior exposición de la tipología de la memoria de Stern en M. Garcés (comp.), Memoria para un nuevo siglo: Chile, miradas a la segunda mitad del siglo XX. Santiago: LOM/ECO, 2000, pp. 11-33. 46. El primer volumen de la obra Remembering Pinochet’s Chile: On the Eve of London 1998. Durham: Duke University Press, 2004. Los otros dos volúmenes aparecerán próximamente, también editados por la Duke University Press. 47. Véanse, por ejemplo, María Angélica Cruz. Iglesia, represión y memoria: el caso chileno. Madrid: Siglo XXI, 2004, y Azun Candina Colomer. “El día interminable: Memoria e instalación del 11 de septiembre de 1973 en Chile (1974-1999)”. E. Jelin (comp.), Las conmemoraciones: las disputas en las fechas “in-felices”. Madrid: Siglo XXI, 2002, pp. 9-52. 48En psicología, el trabajo de Elizabeth Lira sobre la memoria y el testimonio de las víctimas de situaciones traumáticas en materia de derechos humanos es particularmente estimulante. Véanse por ejemplo Elizabeth Lira y David Becker. Derechos humanos: todo es según el dolor con que se mira. Santiago: ILAS, 1989, y Elizabeth Lira y María Isabel Castillo. Psicología de la amenaza política y del miedo. Santiago: ILAS, 1991. En sociología, es instructivo el tratamiento crítico pero compasivo de testimonios de David Benavente. A medio morir cantando: trece testimonios de cesantes. Santiago: PREAL/OIT, 1985, como también lo es la síntesis teórica de E. Jelin. Los trabajos de la memoria. Buenos Aires: Siglo XXI, 2002. 49. Eric J. Hobsbawm. The Age of Empire, 1875-1914. Londres: Weindenfeld and Nicolson, 1987, p. 3 [traducción castellana: La era del imperio, 1875-1914. Barcelona: Crítica, 1998]. 50. Se encontrarán numerosos puntos de vista sobre esta cuestión en Institut d’Histoire du Temps Présent. Écrire l’histoire du temps présent. Études en hommage à François Bédarida. París: CNRS Éditions, 1993. 51. E. H. Carr. What Is History? Nueva York: Vintage, 1967 [traducción castellana: ¿Qué es la historia? Barcelona: Ariel, 1998], y Marc Bloch. Apologie pour l’histoire ou Métier d’historien. París: Armand Colin, 1949 [traducción castellana: Apología para la historia o el oficio de historiador. México: Instituto Nacional de Antropología/Fondo de Cultura Económica, 1998]. 52. Gabriel Salazar y Julio Pinto. Historia contemporánea de Chile. Cinco volúmenes, Santiago: LOM, 1999-2002. 53. Entre los periodistas, además de los textos de Patricia Verdugo antes mencionados, el libro de entrevistas y testimonios compilado por Patricia Politzer. Miedo en Chile. Santiago: CESOC, 1986, fue importante como intento pionero de presentar varios puntos de vista sobre el período. En inglés, tuvo trascendencia la colaboración entre una periodista norteamericana de primera línea y un prestigioso científico social nacido en Chile, cuyo resultado fue un libro temático popular pero serio sobre la era de Pinochet: Pamela Constable y Arturo Valenzuela. A Nation of Enemies: Chile under Pinochet. Nueva York: Norton, 1991. Ese mismo año también se publicó el capítulo de Alan Angell sobre “Chile since 1958”. Leslie Bethell (comp.), Cambridge History of Latin America. Cambridge: Cambridge University Press, 1991, vol. 8, pp. 311-384, uno de los primeros intentos hechos por un historiador de sintetizar ese pasado reciente problemático; el artículo es más accesible hoy en Leslie Bethell (comp.), Chile since Independence. Cambridge: Cambridge University Press, 1993, pp. 129-202. Junto con Brian Loveman. Chile: The Legacy of Hispanic Capitalism. Segunda edición. Nueva York: Oxford University Press, 1988, y los posteriores Simon Collier y William Sater. History of Chile, 1808-1994. Cambridge y Nueva York: Cambridge University Press, 1996 [traducción castellana: Historia de Chile, 1808-1994. Madrid: Cambridge University Press, 1998], y Sofía Correa, Consuelo Figueroaet al., Historia del siglo XX chileno. Santiago: Sudamericana, 2001, esas investigaciones históricas generales proporcionaron un contexto amplio para el análisis de las violaciones de los derechos humanos bajo el gobierno de Pinochet. Los últimos años del régimen de éste presenciaron la publicación de varios análisis importantes de esa época desde el punto de vista de las ciencias sociales, entre ellos Augusto Varas, Los militares en el poder: régimen y gobierno militar en Chile, 1973-1986. Santiago: FLACSO, 1987. Gran parte de esas investigaciones y textos se resumieron por primera vez en Arturo Valenzuela y Samuel Valenzuela (comps.), Military Rule in Chile: Dictatorship and Oppositions. Baltimore: Johns Hopkins University Press, 1986, y luego en Paul Drake e Iván Jaksic (comps.), The Struggle for Democracy in Chile, 1982-1990. Lincoln: University of Nebraska Press, 1991 [traducción castellana: El difícil camino hacia la democracia en Chile, 1982-1990. Santiago: FLACSO, 1993]. Los científicos sociales han seguido haciendo importantes contribuciones a nuestra comprensión de la época pinochetista, incluyendo trabajos recientes como Ricardo French-Davis y Barbara Stallings (comps.), Reformas, crecimiento y políticas sociales en Chile desde 1973. Santiago: LOM/CEPAL, 2001, Ricardo Yocelevsky. Chile: partidos políticos, democracia y dictadura, 1970-1990. Santiago: Fondo de Cultura Económica, 2002, y Carlos Huneeus. El régimen de Pinochet. Santiago: Sudamericana, 2001. 54. Peter Winn. Weavers of Revolution. Nueva York: Oxford University Press, 1986. Finalmente se publicó en Chile con el título de Tejedores de la revolución. Santiago: LOM, 2004. 55. El “Manifiesto” y las contribuciones de los historiadores de la izquierda y el centro al debate resultante han sido compilados por Sergio Grez y Gabriel Salazar y publicados con el título de Manifiesto de historiadores. Santiago: LOM, 1999. Por desdicha, los textos de Pinochet y Vial deben inferirse a través del espejo deformante de sus críticos, dado que ambos se negaron a autorizar su inclusión en el libro. 56. Véanse, por ejemplo, Luis Corvalán. El gobierno de Salvador Allende. Santiago: LOM, 2003, y Andrés Aylwin, Simplemente lo que vi, 1973-1990. Santiago: LOM, 2003. 57. Verónica Valdivia. El golpe después del golpe: Leigh vs. Pinochet, 1960-1980. Santiago: LOM, 2003. 58. Diana Veneros. Allende. Santiago: Sudamericana, 2003. 59. Véanse, por ejemplo, Rolando Álvarez. Desde las sombras: una historia de la clandestinidad comunista, 1973-1980. Santiago: LOM, 2004, y Alfredo Riquelme Segovia. “Comunismo mundial y transición chilena. La incidencia de un fenómeno global en un proceso político nacional durante el siglo”. Tesis doctoral. Departamento de Historia Contemporánea. Facultad de Geografía e Historia, Universidad de Valencia, 2003. 60. El autor se refiere al taller “Historizando un pasado problemático y vivo en la memoria: Argentina, Chile, Perú”, realizado en Londres el 16 y 17 de octubre de 2003 y organizado por el Institute of Latin American Studies (ILAS), cuyos trabajos resultantes se incluyen en esta publicación. (N. del T.). 61. A su manera, obras como la de Alfredo Jocelyn-Holt. El Chile perplejo: del avanzar sin transar al transar sin parar. Santiago: Planeta, 1998, que ve a la izquierda y la derecha desde la perspectiva crítica derechista de un liberal clásico, son tan revisionistas como los textos de los historiadores izquierdistas mencionados aquí. 62. Yosef Yerushalmi. Zakhor: Jewish History and Jewish Memory. Seattle: University of Washington Press, 1982, pp. 94-95 [traducción castellana: Zajor. La historia judía y la memoria judía. Barcelona: Anthropos, 2002]. Universidad Alberto Hurtado | Centro de Ética | © 2007 Anne Pérotin-Dumon > Todos los derechos reservados | All rights reserved Créditos

Verdeolivo

El pasado está presente
Historia y memoria en el Chile contemporáneo1

Como un relámpago que, de improviso, iluminara un paisaje oscuro con una luz surrealista, la conmemoración del trigésimo aniversario del golpe militar del 11 de septiembre de 1973 obligó a todos los chilenos, incluso a aquellos que habrían deseado desviar la mirada, a enfrentar una historia que muchos habían preferido “olvidar” o ignorar. La marea de programas televisivos especiales, acontecimientos conmemorativos y polémicas políticas –y la inundación de recuerdos individuales y batallas por la memoria colectiva generadas por ellos– tal vez no haya zanjado antiguos debates o convencido a viejos antagonistas, pero permitió poner de relieve que el “silencio” y el “olvido” ya no son maneras viables de abordar esa historia. Entre las muchas ambigüedades y conflictos alrededor del problemático pasado reciente de Chile hay algo claro: en la política y los medios, en las memorias individuales y colectivas…

Ver la entrada original 142 palabras más

Daño Transgeneracional: Conceptos

Para los efectos del desarrollo de esta investigación hemos considerado el concepto de daño y el adjetivo dañados, en un sentido médico antropológico y de acuerdo a criterios utilizados en los países del Conosur, podemos apreciar que existen diferencias de perspectiva con los profesionales de salud mental de los países desarrollados, como dice Fernando Oyarzún *1, refiriéndose a las relaciones que se producen en las intervenciones terapéuticas con los sujetos. Es indudable que el contexto social, histórico y cultural de nuestros países, genera intervenciones con especificidades acorde a nuestra realidad.
Desde nuestro marco teórico, en consecuencia, definimos a la persona (que no priorizamos como “el paciente”) como algo esencialmente dinámico, temporal, histórico (…) La persona es en la medida en que se constituye; el proceso de constitución de la persona es la personalización, pero ésta no es más ni menos que el plexo de relaciones del sujeto y su mundo, mundo humano por excelencia. Lo personal humano es esencialmente “interhumano”. La personalización se cumple en una dialéctica que abarca todas las dimensiones de la vida humana. En definitiva, la persona es una estructura de sentido. (…) Si se lleva esto al plano de la relación médico-paciente, entonces se comprende que “el médico y el paciente, en forma viva y concreta, deben aparecer, el uno para el otro, como totalidades corporeizadas, simbólicas, como configuraciones significativas, personales, que configuran, a su vez, la estructura de sentido médico-paciente”*2
Consideramos, desde nuestra experiencia personal y social, que en nuestro país hay una “ psiquiatrización” del tema de los DDHH lo que conduce a que los afectados sean percibidos socialmente siempre como víctimas, sin poder salir de esta categoría. En Chile la terapia que reciben quienes fueron afectados por las violaciones de los DDHH a partir de 1973, sus familiares y descendientes, proviene:
Instituciones estatales:
PRAIS: Programa de Reparación y Ayuda Integral en Salud y Derechos (programa del Ministerio de Salud). Atiende a las personas incluidas en dicho Programa, que  son aquellas  reconocidas como víctimas de la represión política del Régimen Militar, por la Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación y/o la Corporación Nacional de Reparación y Reconciliación, según lo estipula la Ley Nº 19.123. Además, son beneficiarios también la cónyuge sobreviviente, madre o padre (en caso que la madre falte), la madre de hijos naturales, hermanos y los hijos menores de 25 años o discapacitados de cualquier edad.
1 Fernando Oyarzún
2 FERNANDO OYARZÚN PEÑA, LA PERSONA, LA PSICOPATOLOGIA Y PSICOTERAPIA ANTROPOLÓGICAS  Proyecciones hacia la convivencia humana.Editorial Universitaria, Santiago de Chile, 1992, 118 p.

Caravana de la Muerte: Cargos…Los medios de prensa de Santiago

http://www.youtube.com/watch?v=dTq2l07K6hs&list=WL8FEB664640BF66D6&feature=player_detailpage

1973 la TV alemana puede entrar al campo de Concentración de Pisagua.

Testimonio de sobrevivientes.

El Papa renunció a una vida normal. Renunció a tener una esposa. Renunció a tener hijos. Renunció a ganar un sueldo. Renunció a la mediocridad. Renunció a las horas de sueño, por las horas de estudio. Renunció a ser un cura más, pero también renunció a ser un cura especial. Renunció a llenar su cabeza de Mozart, para llenarla de teología. Renunció a llorar en los brazos de sus padres. Renunció a teniendo 85 años, estar jubilado, disfrutando a sus nietos en la comodidad de su hogar y el calor de una fogata. Renunció a disfrutar su país. Renunció a tomarse días libres. Renunció a su vanidad. Renunció a defenderse contra los que lo atacaban. Vaya, me queda claro, que el Papa fue un tipo apegado a la renuncia.

oehd

Easter Vigil Is Held In The Vatican BasilicaLa verdadera causa de la renuncia del Papa.

Tengo 23 años y aún no entiendo muchas cosas. Y hay muchas cosas que no se pueden entender a las 8:00am cuando te hablan para decirte escuetamente: “Daniel, el papa dimitió.” Yo apresuradamente contesté: “¿Dimitió?”. La respuesta era más que obvia, “Osea renunció, ¡Daniel, el papa renunció!”

El Papa renunció. Así amanecerán sin fin de periódicos mañanas, así amaneció el día para la mayoría, así de rápido perdieron la fe unos cuantos y otros muchos la reforzaron. Y que renunciara, es de esas cosas, que no se entienden.

Yo soy católico. Uno de tantos. De esos que durante su infancia fue llevado a misa, luego creció y le agarró apatía. En algún punto me llevé de la calle todas mis creencias y a la Iglesia de paso, pero la Iglesia no está para ser llevada ni por mí, ni por nadie (ni…

Ver la entrada original 834 palabras más

Periodico Acracia

Por un mundo donde seamos socialmente iguales, humanamente diferentes y completamente libres

InterMedia Press

Periodismo Post WikiLeaks

El Cohete a la Luna

Rescate y recopilación de memoria intergeneracional en la Web.

Casa de Miguel

..:: RED SOLIDARIA ::..

Observatorio de Género y Equidad

Rescate y recopilación de memoria intergeneracional en la Web.

Diario El Diverso

"Libertad de expresión en diversa inclusión"

Blog Universitario

Reportes de lecturas academicas, analisis politico y proyectos universitarios

Costa Veracruz

investigaciones especiales

Mirada Caleña

El Acontecer de nuestra Ciudad

Juicio Armada Argentina - BNPB II

Cobertura periodística de los juicios orales por delitos de lesa humanidad cometidos bajo control operacional del Comando V Cuerpo de Ejército y la Armada Argentina desde la Base Naval de Puerto Belgrano y las causas en instrucción contra el Terrorismo de Estado y la Triple A.

cuadernos de memoria

ejercicios de recuerdo personal para la memoria colectiva

È Vero!

Lo vi, lo escuché, me pasó.

Gritografias en Red

Rescate y recopilación de memoria intergeneracional en la Web.

A %d blogueros les gusta esto: