Crónica de combate para Humberto Vargas Calderón, ”Beto”. Raúl Blanchet

Raúl Blanchet
especial para G80

Crónica de combate para Humberto Vargas Calderón, ”Beto”

A Beto lo conocí  en su departamento de la Población El Pinar al comenzar 1984. Ese departamento que funcionaba como casa de seguridad para los más variados efectos, cuando daba sus primeros pasos el Frente Patriótico Manuel Rodríguez. Solo tres semanas antes habíamos realizado el primer apagón nacional, partida de bautismo de la organización. No recuerdo todos los detalles, pero muchos son imborrables. Como por ejemplo la primera impresión –que siempre es tan importante en esos trajines-, provocada por el rostro duro de aquel muchacho, pero que se tornaba afable con puro sonreír, o al mirar de frente y revelar un corazón bien dispuesto a la lealtad, al afecto intenso y a desafiar cualquier peligro sin pensarlo dos veces. A partir de entonces una cascada de acontecimientos se dejó caer de manera ininterrumpida, los cuales nos forzaron a encontrarnos en muchas ocasiones, porque eran tiempos en que todos teníamos que hacer casi de todo. Así lo ví distribuyendo medios de diversa índole o en los preparativos de una recuperación. Era el combatiente irreemplazable en la ejecución de las labores logísticas, pero siempre dispuesto –como lo hizo-, a sumarse directamente a una operación armada.

Nos reencontramos en la Cárcel Pública de Santiago en julio de 1984, cuando fue apresado. Al salir de su período de incomunicación conversamos largamente, pasando revista a muchas cosas. Me contó, entre otros asuntos, que la CNI me amenazaba de muerte por haberle mentido y también de que asesinarían a mi hija mayor. La prisión lo golpeó duro, pero luchó intensamente para resistir el minado constante del encierro y mostró que su espíritu rebelde era más fuerte que los muros y las rejas. Por eso se lucía jugando beibifútbol cada vez que teníamos acceso a la cancha y también podía pasar horas serenamente haciendo artesanía mientras oía la música que le fascinaba, con su infaltable cigarrillo y tomando mate; o leyendo sobre los más diversos temas. Todo sin descuidar sus compromisos con la Organización de Presos Políticos, que nos reunía a todos. Su celda se convertía en lugar de encuentro de muchos, que pasaban a charlar y compartir un mate. Como la casi totalidad de los prisioneros políticos, enfrentó también conflictos y desencuentros, pero nunca dejó de ser el compañero querido por la inmensa mayoría. Integró la dirección del Partido Comunista en la Cárcel en momentos difíciles y si bien no siempre permaneció incorporado orgánicamente a las estructuras del Frente o del Partido en prisión, jamás dejó de ser el revolucionario totalmente comprometido. Así lo demostró cuando se requirió de su colaboración durante la construcción del túnel que nos sacaría del penal. Teníamos severos problemas con la ventilación de la excavación que alcanzaba ya varios metros de extensión y por la misma razón, no llegaba aire suficiente a lo más avanzado de ella. Pese que contábamos con un fuelle operado por alguno de los compañeros del turno, la inyección de aire no bastaba y padecíamos de unas cefaleas enormes todos los que bajábamos a excavar. Se había agregado un tubo confeccionado con envases plásticos de bebidas grandes, el que se complementó con una manga de polietileno que llegaba hasta lo más avanzado del túnel, cuyo extremo superior permanecía en la boca de la excavación para captar aire. Pero tampoco era suficiente. Entonces el Chino ideó un sistema capaz de bombear aire de manera eficaz hacia el interior. Una hélice que en su movimiento giratorio al interior de un cubo hermético, tomara aire por una bocatoma perforada en uno de sus extremos y por el otro, lo impulsara a través de una salida a la que se conectaría el tubo de botellas y polietileno. La idea era impecable, pero requería de un motor que la hiciera funcionar. Además debía ser un motor que hiciera muy poco ruido. Alguien informó que Beto disponía de un excelente motor –especialmente silencioso- con el que se ayudaba en la fabricación de artesanía para apoyar económicamente a su familia. Había dos posibilidades: sustraer el motor con total desconocimiento de su dueño, lo que acarrearía un grave problema de seguridad, además de perjudicar a un compañero; o hablar con él y reclutarlo para la operación de fuga. Se optó por la segunda y quienes hablaron con él encontraron la máxima disposición del combatiente. Obtuvimos el preciado motor y el Chino armó su invento, que fue un verdadero portento. Puesta en funcionamiento esta “bomba de aire”, se acabaron los dolores de cabeza y podíamos permanecer por más tiempo sin dificultades trabajando en el túnel. La contribución de este paso se tradujo en una aceleración de las faenas y por tanto, en abreviar el tiempo de excavación.

Para Beto tuvo un costo económico inmediato, pero se las arregló sabiendo además, que había una cuenta regresiva para su permanencia en la Cárcel y que no llegaría a cumplir ninguna de las penas que le pedían fiscales militares y ministros en visita de la Corte de Apelaciones de Santiago por las más variadas causas: desde porte y tenencia ilegal de armas y explosivos, hasta secuestro. Pero además, ¡oh sorpresa!, no sé si por vocación logística o por quizás que proyectos que tendría elaborados, en los preparativos finales de nuestra evasión, sin hacer ningún tipo de alarde, con la actitud calma y reservada que le conocíamos en las tareas del Frente, Beto aportó unos cuantos gramos de explosivo industrial y algunos otros medios que nos permitió a un grupo de los futuros fugitivos, confeccionar algunas granadas de mano, para el caso de que las cosas se pusieran feas durante la fuga.

Pasaron cerca de 13 años antes de reencontrarme con el Beto desde la noche de la evasión. En 2003 llegó hasta mi casa con Daniel, otro excavador e inventor infatigable de ese proyecto de locura que fue aquella fuga, para construir la reja que actualmente protege mi hogar (vaya paradoja: ex presos políticos evadidos, construyendo rejas).

Transcurrieron nuevamente los años, siete u ocho, y nunca más volvimos a vernos con el Beto. Hasta que el pasado 27 de diciembre me avisaron de la inesperada partida de Humberto Vargas Calderón. Tributo que, no tengo dudas, le cobró la lucha, pero sobre todo, el hecho de que su espíritu estaba hecho para la construcción de otra sociedad, una que el Beto se merecía como millones de compatriotas, pero a la vez más que muchos y por lo tanto cosechó la deuda que tiene nuestro país y su sociedad, para con los miles que se batieron contra la dictadura y por una salida superior a la rastrera negociación que lo ató y lo asfixia hasta ahora con la institucionalidad del genocida.

Desconozco los detalles de la despedida que le habrán brindado quienes acudieron a su sepelio en Chillán. Pero mi homenaje, con el corazón abrazado de amargura, se queda en aquella noche feliz del 29 de enero de 1990, cuando apenas se asomaba la luna sobre el sitio eriazo que era entonces, el terreno donde antes se encontraban los rieles del patio de maniobras de la vieja Estación Mapocho. Habíamos salido del túnel hacía solamente algunos minutos y los compañeros que nos fueron a recibir a la salida, nos condujeron hasta las ruinas de lo que pudo ser en otro tiempo una pequeña casa de trabajadores o cuidadores u oficinas. Todo el grupo evadido se reunió allí a la espera del siguiente salto. En silencio observábamos a nuestro alrededor. El Beto permanecía en cuclillas, al igual que varios. Me acerqué a él y emocionado le palmoteé el hombro. No recuerdo si me estrechó la mano o me devolvió las palmadas. Intercambiamos miradas de alegría y complicidad. Me agaché junto a él observando el entorno que no alcanzaba a revelar la luna creciente. Se oyó la voz de avanzar y emprendimos una marcha silenciosa en dirección al puente de la carretera Nortesur sobre el Río Mapocho. El Beto corrió con el grupo el tramo final, para subir a la liebre que llegó rauda y que nos alejó del sector.

Raúl Blanchet Muñoz
San Bernardo, 30 de diciembre de 2010

UNA HISTORIA DE LUCHAS, CÁRCEL Y FUGA.

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RECOPILACIÓN VISUAL DE UNA MEMORIA de PADRES EN PRISIÓN PERO LIBRES.

Otras Voces,otras latitudes, otra memoria

Verdeolivo

Tomado de http://www.adital.com.br

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Contrariamente a una idea ampliamente difundida, particularmente en Occidente, el debate crítico está presente en la sociedad Cuba. Así, el crítico más virulento del país se llama Raúl Castro.

En Occidente, Cuba es representada como una sociedad cerrada sobre sí misma, donde el debate crítico es inexistente y la pluralidad de las ideas prohibida por el poder. En realidad, Cuba está lejos de ser una sociedad monolítica que compartiría un pensamiento único. En efecto, la cultura del debate se desarrolla cada día más y la simboliza el Presidente cubano Raúl Castro que se ha convertido en el primer de las vicisitudes, contradicciones, aberraciones e injusticias presentes en la sociedad cubana

La necesidad de cambio y del debate crítico

En diciembre de 2010, en una intervención ante el Parlamento cubano, Raúl Castro tuvo un discurso más alarmista y puso al gobierno y a los ciudadanos frente a sus…

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Solo me duele cuando me rio…

Verdeolivo

Tomado de: http://www.tribunadelbiobio.cl/
Por Gabriel Reyes A

    “El régimen arbitrario
    cuyo recuerdo me espanta
    pues sale de mi garganta
    un grito muy necesario.
    Porque aquellos carcelarios
    me recuerdan la canción
    que dice, preste atención,
    como oscuro vaticinio
    de aquel horrible exterminio:
    ¡Asilo contra opresión!”

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20130120-072458.jpgUn nuevo relato de nuestra memoria reciente, de los hechos ocurridos hace poco menos de 40 años, tras el golpe militar del 11 de septiembre de 1973, en nuestro país, nos comparte nuestro amigo y colaborador, Gabriel Reyes. Para que el olvido no sepulte a la memoria, aunque ésta se empecina en reaparecer con más fuerza cuando ello ocurre.

Este verano, como lo hace desde hace varios años, nos visitó nuestro amigo Carlos, quien luego de su exilio en México se radicó definitivamente en Panamá.

Aprovechando la visita, invité a un par de amigos que viven en Concepción con los que nos conocíamos desde 1973 en…

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REVISTA ESPIRAL

Por Su Celis

Ir a un ex centro de detención y tortura nunca es fácil. Menos si se trata de un ex campo de concentración perdido en el mapa de este largo país. Hace algunos meses tuve la posibilidad de visitar Pisagua. Esa “Cárcel natural”. Me impresionaron varias cosas desde que el bus se acercaba a su destino, partiendo por el camino lleno de acantilados. Sus playas de aguas cristalinas que contrastan absolutamente con los cerros casi pegados al mar. Impresiona además,  la distribución del poblado en una larga franja a orillas del mar.

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Mi visita no era de “turista” si no que iba en el grupo de personas que se trasladaron hasta Pisagua a conmemorar el día del ejecutado político (30 de octubre). Ex prisioneros, familiares de ejecutados o desaparecidos, dirigentes políticos, autoridades políticas de la región y personas, como yo, conscientes de la urgencia de memoria.

El campo…

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Verdeolivo

Publicado por Memoria Barrio O’Higgins (extracto)

Durante la década del 30 y 40 el movimiento poblacional iba convirtiendo tanto a “Ramaditas” como a “San Roque” y “Rocuant” en un sector populoso empujando a las autoridades de la iglesia a dar nacimiento a numerosas capillas en lugares como “Cuesta Dorada”, “Villa Esperanza”, capilla “Perpetuo Socorro” en Rocuant o en el sector de La Isla.
No fue hasta el año 1969 y luego de un gran cantidad de sacerdotes que por poco tiempo se mantenían en la parroquia, que el obispo Emilio Tagle designa al capellán de la Universidad Técnica Federico Santa María, el padre Alfredo Hudson Tillmanns como nuevo párroco. Este hecho será significativo para el proceso de asentamiento de las nuevas ideas pastorales de liberación cristiana en el Barrio O’Higgins donde un nuevo cristianismo y la opción por los pobres impactaría la vida de los grupos y sectores más progresistas…

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ESOS VALIENTES MARINOS DE MI PAÍS

Corte Suprema reabre caso de marinos antigolpistas torturados en 1973

28 junio, 2012 –5 comentarios

Por Matías Rojas

Tras un fallo unánime de la Corte Suprema, el Poder Judicial ha decretado la reapertura de la investigación del caso “marinos antigolpistas”, que involucra a más de 80 ex funcionarios de la Armada como víctimas de detenciones arbitrarias y torturas, antes y después del golpe de Estado de 1973.

El fallo dictaminó que la jueza Eliana Quezada, quien desestimó los méritos para iniciar una investigación exhaustiva, no agotó todas las instancias para determinar responsabilidades. La nueva investigación estará a cargo del juez Julio Miranda Lillo de la Corte de Apelaciones, quien ya citó a declarar a ex defensores de los marinos detenidos en 1973. El juez también ordenó a la Armada entregar todos los antecedentes del caso.

Las detenciones de los funcionarios en cuestión, acusados de “insubordinación” y “sedición”, comenzaron un mes antes del golpe militar de Augusto Pinochet, en agosto de 1973. Tras un seguimiento efectuado por el servicio de inteligencia de la Armada, Ancla II, la institución marítima acusó a los detenidos de insurrectos, aludiendo a una presunta infiltración del MIR en sus filas.

Las acusaciones fueron integradas al llamado Plan Zeta, una operación psicológica (o de bandera falsa) utilizada para justificar el golpe final del 11 de septiembre de 1973, cuya falsedad fue más tarde admitida por el periodista y colaborador de Pinochet, Federico Willoughby. El supuesto plan consistía en la eliminación de mandos militares y civiles opositores al gobierno de Salvador Allende.

El ex cabo segundo de la Armada, Ricardo Tobar, fue detenido el 16 de septiembre de 1973 y torturado por sus captores en el lugar de la aprehensión. Hoy afirma que se fraguó un montaje con el fin de perjudicar a aquellos uniformados que habían detectado la preparación de un golpe militar contra Allende.

Tras la elección presidencial de 1970, los uniformados pudieron dar cuenta de movimientos extraños, tales como reuniones secretas entre la alta oficialidad de la Armada y delegados de Estados Unidos, además de otras señales que generaron suspicacias. Frente a las sospechas se informó al entonces presidente Allende, y a figuras del espectro político como Garretón, Altamirano y Miguel Henríquez.

Ante la reapertura de la investigación, que lleva casi 40 años paralizada, Tobar espera que la Armada admita que torturó, lo cual “no ha reconocido, a excepción del caso del cura Woodward”, señala. Cabe destacar que en el caso Woodward, la investigación también fue llevada por el juez Miranda Lillo, quien se negó a estimar responsabilidades de altos oficiales de la Armada por el secuestro, tortura y asesinato del sacerdote en septiembre de 1973.

  • popeye dice:

    28 junio, 2012 a las 17:38

    yo tenia 18 años y era tripulante del Orella y puedo dar fe como les pegaron a los detenidos en el viaje Valparaiso Talcahuano que efectuamos.

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  • orlando dice:

    30 junio, 2012 a las 8:47

    Son culpables, traicionaron al Jefe de las FFAA y Presidente Salvador Allende …. Castigar a los torturadores de los marinos antigolpistas….Exelente el juez Julio Miranda Lillo de la Corte de Apelaciones.

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  • Pedro Manuel dice:

    30 junio, 2012 a las 11:48

    La Marina de Merino traicionó y torturó a sus propios subordinados, el secuestro y la tortura que cometieron algunos oficiales de Marina de la época son crimenes imprescriptibles, no tienen fecha en el tienpo, siempre estarán ahí hasta que se haga justicia.
    En la hora de la Corte Suprema, es de esperar que ese tribunal se ponga a la altura histórica, en el caso de estos valientes Marinos que respetaron la ley y la constitucion de la republica, algo que muchos oficiales de la Marina de Merino no hicieron.
    Viva la Marinería Antigolpista 1973.!!!

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  • Alex dice:

    30 junio, 2012 a las 23:36

    Gente de Mar de la Armada que vivió ese momento cuenta que lo que sucedió el 11 se venía incubando mucho antes. Incluso, en esos días cruciales los Oficiales a cargo de las operaciones en terreno no usaban sus uniforme y usaban tenidas de rangos inferiores y con apellidos distintos para así no ser reconocidos posteriormente. Tácticas recomendadas lo más probable por personas especializadas en golpes de estado de esa época.

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  • Patricio Carrasco dice:

    1 julio, 2012 a las 11:32

    Tuve el gran privilegio de estar detenido en la carcel de Valparaiso con ellos desde el 74 hasta el 76. Que me alegra que se haga justicia con estos compadres. Torturados por sus propios companneros de armas a meses antes del golpe, Allende no le quedo otra opcion del decir que no habian seguido el curso regular para decir que venia un golpe y fueron acusados de traicion,tenian que decirle a los propios golpistas de lo que estaba pasando, despues vino el golpe y la cosa se les puso mas fea. Unos heroes patritas en mi libro.
    d8sd


     

LA MALA MEMORIA

La Mala Memoria

Por Lucio Carbonera

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Salió de la estación Lo Ovalle y vio, al otro lado de la calle, el bar restorán Montevideo. Cruzó la Gran Avenida esquivando un par de autos y se paró bajo el toldo de la entrada. Las puertas estaban abiertas de par en par y desde ahí inspeccionó el interior del local. Repasó las mismas caras sin nombre que había espiado y memorizado durante un mes entero. Entró y todos lo miraron como el elemento extraño que era en ese ambiente. Vestido con una chaqueta de cuero negra y blue jeans y zapatillas, se sentó al mostrador, sobre un taburete de madera. Ordenó una cerveza y una porción de papas fritas. El gordo canoso, de rostro rojizo y sudado que lo atendió no demoró más de cinco minutos en traer el pedido. La camisa blanca apenas le cerraba por abajo y las manos grasosas mancharon el vaso cuando lo agarró para ponerlo sobre la barra. La cerveza estaba aguada y las papas saladas. No reclamó. Miró por sobre su hombro y en la mesa de más al fondo, pegado a una muralla, entre el humo de los cigarros y los vasos que subían y bajaban, divisó su objetivo: un hombre de unos sesenta años, con el pelo gris peinado hacia atrás con gomina que todavía brillaba, bebiendo una piscola.

Las horas pasaron y los comensales fueron abandonando el Montevideo. El extraño, al notar que sólo permanecían él y el hombre que andaba buscando al interior del local, vació la tercera cerveza de medio litro y se paró. Caminó y pasó junto al hombre  y entró al baño. Temió encontrar la mesa vacía al salir. Sin embargo, al abrir la puerta, todavía estaba ahí, comenzando a bajar un nuevo vaso.n una chaqueta de cuero negra y blue jeans y zapatillas, se sentó al mostrador, sobre un taburete de madera. Ordenó una cerveza y una porción de papas fritas. El gordo canoso, de rostro rojizo y sudado que lo atendió no demoró más de cinco minutos en traer el pedido. La camisa blanca apenas le cerraba por abajo y las manos grasosas mancharon el vaso cuando lo agarró para ponerlo sobre la barra. La cerveza estaba aguada y las papas saladas. No reclamó. Miró por sobre su hombro y en la mesa de más al fondo, pegado a una muralla, entre el humo de los cigarros y los vasos que subían y bajaban, divisó su objetivo: un hombre de unos sesenta años, con el pelo gris peinado hacia atrás con gomina que todavía brillaba, bebiendo una piscola.

¿Te conozco?, preguntó el hombre cuando vio al extraño sentarse frente a él.

No.

¿Entonces?

El extraño lo examinó y vio sus manos grandes y gruesas rodeando el vaso y no pudo ocultar sus nervios.

Ya pues, habla, ¿te conozco? ¿Te debo plata? Di algo o déjame tranquilo.

Soy Francisco González y quiero hablar con usted, dijo y se abrió levemente el cierre de la chaqueta. Tenía las manos temblorosas y sudadas.

No me suena tu nombre.

El hombre tomó un trago de piscola y, como si Francisco hubiera desaparecido, volvió a la actitud melancólica que había mostrado toda la noche. El silencio de la madrugada copó el local. El gordo secaba vasos con un ojo puesto en los dos sujetos.

Durante años había pensado en este instante. El encuentro con aquel hombre se había transformado en una obsesión. Había ensayado infinitas posibilidades de diálogo para enfrentarlo. Parado frente al Montevideo, minutos antes de entrar, la rabia le parecía suficiente para acometer contra él y concretar su venganza. Pero al verlo a poco más de un metro, suficiente para oler el alcohol saliendo de su boca, no pudo evitar sentir nervios combinados con miedo.

No me conoce, pero yo sí a usted, dijo Francisco y le produjo asco tratarlo con un respeto que no sentía.

¿Sí? ¿Y de dónde me conoces?, dijo el hombre, amenazante.

Mi papá, Juan González, lo conoció.

No me suena el nombre. Debes estar equivocado. Ándate, dijo el hombre y de un trago dejó el vaso casi vacío.

No todavía, coronel Óscar Garrido. Yo sí sé quién es usted y eso es lo único que importa, dijo Francisco y creyó que la conversación tomaba el rumbo que había planeado.

No me amenaces, dijo el coronel y estiró el brazo hasta agarrarlo por la chaqueta. Francisco trató de soltarse, pero Garrido lo tiró contra la mesa y le presionó la cabeza contra la superficie grasosa.

Óscar, acá no, por favor, dijo el hombre detrás de la barra y el coronel soltó a Francisco.

Ya, dime qué quieres, dijo Garrido, hastiado de la situación.

Usted conoció a mi padre hace mucho tiempo.

¿Cuándo? ¿Dónde?

Francisco todavía sentía la grasa de la mesa pegada al rostro y la mano del coronel presionando con fuerza su cabeza.

Usted lo mató, dijo sin mirarlo.

¿Yo maté a tu papá?, preguntó el coronel, casi burlándose. Ándate, estás perdiendo el tiempo.

No me voy a ir, respondió Francisco, desafiante y molesto por la actitud del coronel. Lo miró directo a los ojos.

¿Y qué quieres? ¿Qué te pida perdón? Mira, te voy a decir una cosa: no eres el primero que viene, interrumpe mis piscolas y me pregunta por un familiar muerto. Y antes de que empieces decirme cosas para hacer que recuerde algo, te ahorraré todo ese tiempo: no me acuerdo. Cientos pasaron por mis manos y cuando los vi morir, los olvidé…ahora, si viniste a hacer algo, saca la pistola rápido.

Francisco González lloró en ese momento. Las lágrimas cayeron por sus mejillas y toda la seguridad ganada en el breve intercambio de palabras se desvaneció. Con un movimiento brusco, bajó el cierre de la chaqueta hasta el final, y desde el interior sacó un revólver y le apuntó directo a la cara.

¿Me vas a matar?

Francisco no respondió. Tenía los ojos hinchados y rojos de furia.

Ey, qué haces, dijo el gordo cuando vio el arma. Un disparo pasó sobre su cabeza y reventó un par de botellas detrás de él. Los vidrios cayeron sobre su espalda y el alcohol escurrió entre las otras botellas hasta el piso.

¡Qué te pasa, conchetumadre!, gritó y, pese a su físico, saltó el mostrador con agilidad. Francisco cayó sobre la silla y se apoyó contra la pared. Levantó las piernas para protegerse y dejó caer el arma al suelo.

Calma, Marco, calma, dijo el  coronel y se paró entre él y Francisco. Yo me encargo.

Sácalo de acá ahora o lo voy a matar y a ti no te dejaré entrar más.

Ya se va, dijo el coronel, dirigiéndose a Francisco.

Francisco, temblando, se acomodó en la silla y estiró el brazo para recoger el revólver.

Déjalo ahí, ordenó el coronel.

Francisco obedeció y se sentó con el cuerpo inclinado hacia adelante, con los codos sobre la mesa y la cabeza oculta detrás de las manos.

Te dije que se fuera, reclamó Marco.

Y yo te dije que yo me encargaba, respondió el coronel.

Voy a la cocina y cuando vuelva no lo quiero ver, dijo Marco. Regresó detrás del mostrador y se perdió a través de una puerta. El coronel se sentó otra vez en el lugar donde había estado toda la noche.

¿Pensabas matarme?, preguntó.

Sí, respondió Francisco, frustrado.

¿Para qué? ¿Venganza?

Francisco, sollozando, asintió con la cabeza.

Mira, escúchame.

No quiero. Quiero irme, dijo Francisco, ya sobrepasado por los acontecimientos.

Te quedas. Escúchame: olvida cualquier cosa que haya pasado. Te hará bien. Yo quisiera hacerlo, pero no puedo.

¿Recuerda a mi padre?

Te dije que no.

Francisco se abalanzó sobre el coronel y le pegó un combó. Garrido se tambaleó y casi cayó de la silla. Francisco se paró y salió corriendo a la calle. Ahí se perdió en la noche.

El cantinero volvió de la cocina y vio al coronel con un hilo de sangre en su labio inferior.

¿Hielo?, preguntó.

Un poco.

Marco fue a la cocina y volvió con unos cubos de hielo envueltos en una bolsa plástica.

Gracias, dijo el coronel y se puso la bolsa en la boca.

De todas las personas que se han sentado frente a ti en esa mesa, ninguna había tratado de matarte. Quizás qué le hiciste al hombre ese.

No me importa. Quiero olvidar, pero siguen viniendo una y otra vez para recordarme todo. Ese debe ser mi castigo.

Perdona la franqueza, pero te lo mereces. No podías sacarla gratis.

Puede ser. Capaz que tenga que matarme para poder estar tranquilo.

Te harías un favor.