Memoria desterrada y reescritura en Oscura palabra, de Oliver Welden .Sergio Infante

(…) al poco andar llega el 11 de septiembre de 1973, la dictadura militar con su violenta oscuridad; también llega el trazo oscuro, aunque en otro sentido, que dejan las diasporas 

La poesía de Oliver Welden *(Santiago de Chile, 1946) tarda en dejarse  ver pero, cuando aparece, la singularidad y el brillo compensan la espera. Welden empieza a escribir en su época de liceano, y es ya un estudiante universitario al momento de publicar su primer libro, Anhista, en Santiago, el año 1965. Esta fecha lo sitúa en la promoción de poetas chilenos que se dan a conocer en fechas cercanas a la segunda mitad de los años sesenta: Omar Lara, Gonzalo Millán, Waldo Rojas, por mencionar a algunos; jóvenes a los que el golpe militar y la dictadura obligarán a cambiar de rumbo, modificar sus proyectos literarios y toda clase de proyectos, pasar a la condición de sobrevivientes, olvidarse un poco del marbete de “la nueva poesía chilena” pues serán reetiquetados por los estudiosos como la generación dispersa o de la diáspora. Conviene recordar, de paso, que antes de que este desbande suceda, la mayoría de estos jóvenes llevaba una vida intensa, llena de actividades culturales y políticas: las reuniones, los mítines, los estudios o el trabajo, la participación en fructíferas jornadas literarias en las ciudades más importantes del país, las escritura. Por esos años nacieron varias revistas que refrescaron la actividad poética: Trilce, en Valdivia, que aún se mantiene en pie, Arúspice, en Concepción, Tebaida, en Antofagasta; de esta última Oliver Welden fue fundador y redactor. En 1970, aparece en Antofagasta, el segundo libro de este poeta, Perro del amor, que gana el premio Luis Tello, otorgado por la Sociedad de Escritores de Chile y que convierte la obra de Welden en uno de los referentes de su generación. Entonces al poco andar llega el 11 de septiembre de 1973, la dictadura militar con su violenta oscuridad; también llega el trazo oscuro, aunque en otro sentido, que dejan las diasporas  El poeta se exilia en los Estados Unidos, la tierra de su padre, pasan muchos los años, la dictadura de Pinochet se termina, las visitas del poeta a Chile son esporádicas. Más tarde, la viudez y un cambio en el destino lo llevarán vivir indistintamente en Suecia y en España. Ningún sitio ha logrado reemplazar el país natal. Este, por lo demás, ya no puede ser el que fue un día, hay un desencuentro del tiempo y la geografía, el país natal solo se acerca a la certeza en la imaginación y la memoria, sostenido por nostalgias cada vez más ambiguas, contradictorias, rituales, siempre imprescindibles. Los exilios prolongados no se acaban con un decreto de amnistía o con la vuelta de la democracia, quedan en la existencia como una marca indeleble. Durante este largo periodo, la poesía de Welden, en cuanto a publicación, fue mínima, limitada a alguna revista, hasta la aparición del libro Fábulas Ocultas(Concepción, 2006), en LAR, editorial que el poeta Omar Lara dirige con notable perseverancia. La espera **de Oscura Palabra. Poesía 1970-2006 ha sido menos prolongada, se edita en Santiago en el 2010, bajo el sello de LOM. Invito a leer esta obra.

Los riesgos que corre un escritor de alguna manera son sus virtudes, la apuesta se consigue plenamente cuando se logra crear no solamente un texto distinto sino que también un nuevo tipo de lector. Los riesgos que se advierten a primera vista en Oscura palabra son dos. El primero tiene que ver con la elección del tema, en este caso la memoria reciente de Chile y los chilenos, según la mirada del poeta desterrado o de su hablante que lo representa en el texto, que percibe, vive y revive unos hechos transcurridos entre los años 1970 y 2006, tal lo señala el subtitulo del libro; este lapso es la poesía y lo vivido. Época marcada por una serie de acontecimientos que, siguiendo Oscura palabra, podrían resumirse de la manera siguiente: a) Triunfo de la Unidad Popular y gobierno de Salvador Allende, los sueños esperanzados y la sedición reaccionaria; b) golpe de Estado y dictadura de Pinochet, represión, resistencia, exilio; c) la vida con posterioridad a la dictadura, los regresos. Cabe agregar que todo lo anterior, al evocarse, ocurre en un escenario que se ha vuelto fantasmagórico. También debe decirse que, a primera vista, la novedad del poemario no se encuentra precisamente en el tema, este es más que recurrente en nuestra literatura de las últimas décadas. ¿Cómo decir algo nuevo de algo tan profusamente tratado? Oliver Welden es muy consciente de que los temas, en literatura, jamás se agotan, por muy copiosa que sea su presencia en un periodo determinado. Los temas no se agotas lo que de algún modo caduca, por uso y desgaste, son las formas de expresarlos, el lenguaje. Por eso el poeta se atreve a volver a contar y cantar sobre cosas en el fondo ya sabidas pero no dichas como él las dirá y ese decir distinto es que las hará únicas e irrepetibles; entra, así, en el segundo riesgo, el de la renovación formal.

Welden se juega el todo por el todo en el tratamiento de la forma, en hallar el lenguaje, lo que además tiene una incidencia en la adscripción genérica, a la cual me referiré más adelante. La obra se ha ido diseñando con una propuesta poética muy clara, planteada en el poema dedicatoria “Para Jonathan, mi hijo” donde podemos leer: “Esta oscura palabra hacia el final de mi vida escrita/ con el pecado original del idioma y de la memoria mía/y la de tantos otros voraces y desterrados. / […] Oscura palabra de la cual me hablaron tantas voces, tantos años. / […] Oscura palabra que en silencio apuntaba el andamio del pasado/ y la arquitectura fantasma de todo lo vivido” (s/n). El título de la obra aparece aquí anafóricamente y se indica lo que el lector después podrá inferir a lo largo del libro como el conjuro y la coherencia de una voluntad poética que se expresa en unos versos realizados con paciencia de buen artesano. Paciencia que es análoga a la que se exige del lector, porque si simplemente se hojea el libro desconcertará encontrar, en un texto que por convención el destinatario supondrá lírico, una presencia hiperbólica de la palabra ajena: Un prólogo de Renard Betancourt, una presentación Virginia Vidal, un epílogo de Carlos Amador Marchant, trece epígrafes para la totalidad del libro, además de los tantos otros epígrafes que encabezan la mayoría de los poemas, en varios casos más de uno por poema. El horizonte de expectativas del lector habitual de poesía empieza a ser cuestionado, surge la pregunta: ¿No quedará eclipsada la voz del yo lírico al ser intervenida por tantas otras voces? Una pregunta totalmente legítima a la que el texto sabe responder: “Yo soy el narrador ficticio y lírico hablante y por ende digo/ que el autor buscó lo que era suyo por herencia” (36). Ser narrador ficticio y hablante lírico a la vez implica la no pureza del género. La presencia de lo épico entremezclada con lo lírico viene marcada con fuerza, ya que los dos primeros epígrafes están tomados del Cantar de mío Cid y de La Araucana, dos poemas épicos de nuestra lengua, además, en este caso, indicadores temáticos: el destierro y el país perdido, pero también, de algún modo, el enunciado y la enunciación. En este sentido, conviene subrayar que en el título Oscura palabra no opera un calificativo que se pueda oponer a una palabra clara, el adjetivo antepuestooscura señala una condición inherente a la palabra y en este caso acentuada por sus condiciones de enunciación: el destierro y las deshoras. Una palabra en la que, como se aprecia en la cita del poema al hijo, la memoria tiene una importancia crucial.

Maurice ,Halbwachs1945, antes de ser deportado y muerto en el campo de concentración de Buchenwald, en Halbwachs1945, dejó unos apuntes sobre el proceso de la memoria que prácticamente han venido a convertirse en la base para el estudio moderno de la materia. Descubiertos en 1950, esos escritos plantean que la memoria es un proceso que va siempre de lo colectivo a lo individual, siempre recordamos con los otros. Sería lato detenerse en explicar esta idea, baste decir que un planteamiento muy semejante subyace en el proceso constructivo de la memoria desterrada, que, por añadidura, es el eje temático que atraviesa Oscura palabra. Eje al cual se subordinan todos los otros temas, tan recurrentes en la literatura producida por chilenos en las últimas décadas. Eje que justamente permite una mirada renovadora sobre estos temas tan visitados. El exceso en el uso de los epígrafes, algo muy consciente y propio de una voluntad constructiva, marca la presencia de la memoria colectiva, que permitirá el recuerdo individual. Estos epígrafes si bien son mayoritariamente literarios, también tienen su origen en otro tipo de discursos y de registros; más de una frase cruel y chabacana del tirano Pinochet puede encontrarse entre ellos. Lo interesante es que muchas veces no se limitan a su función epigráfica sino que penetran el poema mediante una técnica que combina el collage con la puesta en abismo, como puede apreciarse con mucha claridad en el poema “Mosaico y escombro: los pálidos muros del palacio” (26-28) donde las mismas voces de los epígrafes, de Salvador Allende, Patricio Manns, Violeta Parra y Pablo Neruda, se refractan y fragmentan en el cuerpo del poema, mezclándose además con el lema del escudo nacional, con un verso del Cantar de mío Cid, con otro de La canción de Yungay, con un informe inglés que detalla el armamento y las fuerzas utilizadas en el ataque a la Moneda, etc. En los poemas estas voces del otro no necesariamente se captan desde textos escritos, a lo leído antes de escrito o reescrito se suma con mucha vehemencia lo escuchado: “esta será la últim oportunid en que me pued dirigir/ a ustedes la fuerz aére ha bombardead las torres/ de radi Por ales y radio Corpora ción llegó volando/ el cuervo sobre mi suelo soldados de chile miren/ cómo nos hablan de libertad […] (27).

Desde mi experiencia de exiliado, me atrevo a decir que se han escogido textos escuchados innumerables veces a lo largo de muchos años, oídos como si hicieran parte de un ritual insoslayable, del conjuro que despierta la memoria y la lleva a una tierra de espectros, fantasmal ella misma: “Producto soy de la memoria de mi tierra natal” (69). Y cuando el desterrado, en los regresos reales, pisa esa tierra, la memoria se encarga de llenarla de almas en pena, de dolorosos recuerdos, como si en ese país el trauma colectivo, lo no resuelto, impidiera que tiempo y espacio se volvieran a reencontrar: “y el fondo de la tierra es un jardín de muertos/ y en ella la muerte multiplica su olvido” (64). No en vano el libro se publica “En homenaje a/ Ariel Dantón Santibáñez Estay (1948), /poeta de Chile, /secuestrado en 1973 y 1974,/torturado en Villa Grimaldi, /desaparecido en 1974/ asesinado” (s/n).

El texto avanza, poema a poema, configurando un discurso sobre nuestra memoria reciente que va de la experiencia compartida a una ya más personal, esto se nota porque el tema del desterrado va cobrando importancia y porque la técnica del collage se atenúa y hasta desaparece, lo que en ningún caso significa que se agote el diálogo intertextual, simplemente se muestra menos en la superficie del poema. Si se mira Oscura palabra con una visión de conjunto o como si fuera un único y extenso poema, cuestión perfectamente posible debido a la gran coherencia discursiva que atraviesa el libro, se advierte que a medida que nos vamos acercando al final la presencia del hablante y de su condición de desterrado se intensifica, hay una lucha por hacer del país fantasmagórico un cuerpo tangible, como puede verse en el poema “Las entrañas de un lugar de nacimiento” ahí encontramos: “entre la quinta y sexta costillas –o quinto espacio intercostal–,/ es decir, los espacios marítimos de las islas australes y el estrecho de Magallanes,/ en una línea con el punto medio de la clavícula izquierda” (77-78). ¿Se consuma esta unión, tan cercana a la unión mística, entre el desterrado y el país? Seguramente por instantes: “Oh país, la sombra larga, el fin del mundo, / como la mujer que amas y que no te ama:/faro apagado de súbito” (75). Lo que si está claro es que el poeta lo intenta hasta el final, es lo que le da sentido a su vida.

Como es natural, lo lírico ocupa un lugar destacado cuando la voz del hablante se vuelve hacia su circunstancia personal y toca aspectos más íntimos. Sin embargo, la cuestión del género de esta obra es más compleja. Como una gran parte de las obras que se escriben actualmente, los géneros se entremezclan y sus límites se hacen borrosos. Aquí lo lírico se entrelaza con lo épico; comulgamos con la emoción del instante, pero también, y con mucha fuerza, advertimos que transcurre aquí el relato de una historia colectiva e individual, un devenir. Una historia que, por lo cercana, debe más a la memoria reciente que a la historiografía, de manera que el género memorialístico entra en el juego. Se recuerda y se construye el recuerdo batallando contra el olvido, condición necesaria a la hora de los balances que se hacen y deben hacerse: “con el perdón de la culpa nada queda/y así todo forma parte natural del olvido” (74).

No es ajena a todo lo que aquí se ha dicho la posibilidad de inferir en Oscura palabra no solo una poética, sino que también una ética para la vida, nacida de una vida entre el destierro y lo perdido. Quizá en el fondo esto sea lo que permite que, al volver sobre temas tan recurrentes, se pueda lograr aquello que planteara Octavio Paz, que las cosas se dijeran como si se nombraran por primera vez; es decir, la poesía.

Estocolmo, 2 de marzo de 2011

http://es.wikipedia.org/wiki/Oliver_Welden

**www.youtube.com/watch?v=F9bhhbhelOM

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 Referencia
Sergio Infante.  “Memoria desterrada y reescritura en Oscura palabra, de Oliver Welden.”  Anaquel Austral. Ed. Virginia Vidal. Santiago : Editorial Poetas Antiimperialistas de América.   26 de Marzo de 2011.
<  http://virginia-vidal.com/publicados/ensayos/article_427.shtml >

 

PUBLICACIONES : CRÓNICAS

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Exilio chileno: 1973-1990 
Carmen Pinto Luna

 

Ana Vásquez define el exilio como un castigo que se les impone a las personas privándolas del derecho de vivir en su propia patria, la que se vive en general como una injusticia e impone elregreso como único medio de reparación, es probablemente una de las razones por las cuales la idea de retorno es uno de los mitos constitutivos de la comunidad en exilio. Para los chilenos el exilio y el retorno al país se acoplan como una causa y su consecuencia, el retorno se impone por lo tanto como el único fin lógico. (Vásquez, 1988[1]).

Sobre el número de chilenos que partió al exilio las cifras son vagas y difusas, y hasta hoy no hay un consenso sobre la cantidad exacta de personas que se vieron afectadas.  En lo que si hay consenso es a la hora de señalar que el destierro significó un gran dolor, y un giro en 180 grados en sus vidas, tanto para los que partieron, los que trataron de iniciar una nueva vida, los que retornaron, como para los que decidieron quedarse por razones diversas,  todos además coinciden en que el exilio nunca fue dorado.

En el caso de Chile, junto con el exilio político se constituyó un exilio llamado económico. El desempleo, condición consustancial a la implementación de un nuevo modelo político y económico, es en la práctica una forma más de represión que afectando a trabajadores, técnicos y profesionales, obliga a miles de ellos a buscar horizontes en otros países. Como lo señala Marina Franco, la decisión personal de abandonar el país se produce  porque juzgaron su permanencia en el país “de alto riesgo para la supervivencia propia o de los seres cercanos, o porque las condiciones represivas prohibían el ejercicio de una profesión política, cultural o laboral” (Franco, 2008[2]).

Es claro, que los emigrantes chilenos que salieron o fueron expulsados del país a consecuencia del golpe de Estado fueron refugiados que huían de la represión política. No podría haber, en efecto, situación más evidente en el caso chileno luego del golpe militar, y parece casi indecente hacerse la pregunta si tuvieron que partir de manera forzada, es claro que esta fue, aún por razones económicas, asociada a la idea de una necesidad imperiosa o forzosa. Las formas de represión vividas por cada uno: detención, tortura, muerte o desaparecimiento de algún familiar o amigo, condicionaron  esta decisión.

Los exiliados, en su gran mayoría, pensaban constantemente en el retorno y es ahí donde el exilio se diferencia de otras migraciones de tipo económico, para estos últimos el regreso es en cualquier momento posible. “Quienes salieron de manera forzada, no pueden retornar al país sin exponerse a los riesgos de los cuales huyeron. Por lo demás, cuando una persona se beneficia de una protección internacional acordada por la Convención de Ginebra, no puede reclamar la protección de su país ni puede volver a él sin riesgos de perder el estatuto de refugiado. (Gaillard, 1997[3]).

Al mismo tiempo se vive una situación de aislamiento y desarraigo graficada por un “estoy aquí, pero no pertenezco“. Las casas de los exiliados eran como un país en miniatura. Ismael: “hablábamos español al interior de la casa, estaban las fotos de Allende y de Víctor Jara, escuchábamos los discos de los Quila. La familia, desde Chile, tejió una red de amor, conectándonos a través de cartas, dibujos, conversaciones grabadas”.

El choque cultural se manifiesta en formas y períodos diversos. El exiliado vive una situación disociada entre los requerimientos inmediatos de adaptación y sobrevida que le imponen las condiciones del país y el anhelo siempre presente de retornar a la patria. La gran mayoría vivió muchos años de exilio sin deshacer las maletas. Sebastián: “mi mamá tenía las maletas literalmente listas, porque pronto volveríamos a Chile, nunca estuvo en nuestra familia la idea de quedarnos en otro país, por eso tampoco solicitamos la nacionalización”.

La patria se idealiza petrificándola en formas pretéritas conservadas en el recuerdo. En ocasiones los análisis políticos hicieron creer “que antes de fin de año estaremos de vuelta”, lo que refuerza el sentimiento de transitoriedad. Angélica: “siempre tuvimos un sillón que recogimos de la calle, mi papá lo tapizó y, una mesa que nos regalaron a la cual mi papá le puso una tabla para agrandarla, en los once años de exilio nunca la cambiamos”.

Se fortalecen entonces mecanismos de defensa que incluyen, entre otros, el reforzamiento de patrones tradicionales de relación intrafamiliar, la reclusión en un marco de interacciones estrechas (el grupo partidario, el núcleo de chilenos), el refugiarse en la noticia sobre y desde Chile, la que se vive siempre con atraso.

Memoria del exilio: Al articular el concepto de memoria en el espacio público en lo referente al exilio asistimos a que dicha categoría analítica está afecta a un vaciamiento de su propia palabra en un contexto post dictatorial que ha naturalizado el orden social. Para Nelly Richard la condición “post” no puede sino evocar un constante pensamiento sufriente atrapado en el recuerdo del ayer y la injusticia del hoy, vaciándose la densidad de la propia historia que transita entre el querer olvidar-recordar, quedando ésta exiliada a ser una narrativa del no acontecimiento. (Richard, 1998[4]).

El exilio ha sido la violación de los derechos humanos que menos ha sido tematizada. A la negación en el discurso social del exilio como una experiencia limite se agrega la ausencia de espacios colectivos donde dicha vivencia pueda ser reflexionada. “Así, por ejemplo, en las conmemoraciones del trigésimo aniversario del golpe de Estado en Chile, un tema ausente de las discusiones sobre la memoria fue, precisamente, el exilio y el retorno.Los seminarios, debates y mesas redondas no lo abordaron, probablemente porque no lo consideraron importante”. (Rebolledo, 2006[5]).

El fenómeno del exilio es mucho más que un accidente en la biografía de muchos desterrados, pervive en la memoria de quienes vivieron esa experiencia, existiendo diferentes memorias, entre las cuales las más notorias son el exilio como traición y, el exilio como oportunidad. El silencio está en las propias familias de las víctimas, en parte porque el dolor sigue estando presente. Sebastián: “a mi tío Mario le sacaron la mugre, lo pasó pésimo, eso fue comentario de familia, se dio en una sobremesa. Mario le contó a una sola persona, a mi abuela, le dijo yo le cuento pero nunca más me habla del tema, no me pregunte nunca más, no quiero  hablar del tema”. Ítalo: “Mi padre, hoy cuando se toma una copa, llora y nos pide disculpa, a mí, a mis hermanas, pero por qué, nosotros no fuimos consecuencia de sus decisiones sino de otros, mi viejo estuvo en Villa Grimaldi y nunca ha dicho que le pasó”. 

En los relatos de hijos de exiliados-retornados de Francia, se hace evidente que sus memorias pugnan por abrirse paso negándose al olvido, reconocen la validez de la lucha de sus padres, en muchos casos han tomado “la antorcha” que les dejaron, con orgullo y responsabilidad. Obviamente el tiempo ha trabajado de manera diferente en cada uno de ellos, pero todos vehiculan una memoria de la cual se sienten herederos y si bien no se consideran víctimas directas, asumen que sus vidas son la consecuencia del exilio de sus padres.

Como ya se ha dicho, el exilio en Chile no es un tema de conversación pública. Es como si el retorno hubiera sido una compensación al castigo y con eso se cierra el paréntesis en las vidas de tantas personas, a las que se agregan las generaciones siguientes, hijos y nietos. Un muro invisible sigue separando a los que se quedaron con quienes salieron, eufemismo que sortea nominar el drama, y en el que subyace el miedo y desconocimiento de unos sobre otros. Pero sobre todo, no se habla de la historia del exilio, es una historia muy difícil de escribir. Se trata de las vidas truncadas y recomenzadas en más de cincuenta países de todos los continentes de alrededor un millón de compatriotas.

Cada cual habla del exilio sobre su propia experiencia y sentir. Para algunos fue una tragedia personal sin remisión; algunos se suicidaron no pudiendo soportar la vida fuera de su hábitat natural, para muchos fue una oportunidad de estudiar, de adquirir una conciencia más profunda de lo que somos como país, de la historia y del futuro deseado,  Hubo también quienes se extrañaron, quienes no quisieron dejar atrás lo vivido en Chile e iniciar una vida nueva. Son los menos.

Para los hijos, el retorno a Chile significó una experiencia muy dura, especialmente para quienes volvieron antes de 1989 y se vieron obligados a vivir bajo la misma dictadura que expulsó a sus padres del país. La vigilancia funcionaba sin cesar, la mirada sobre el que volvía estaba por doquier, el retornado se enfrentaba a un Chile herido por  la aplicación de políticas de violencia y mecanismos de represión aún en vigor. Michelle: “dejé de hablar por mucho tiempo para que no notaran mi acento y no tener que mentir en torno a mi padre. Después de ir de colegio en colegio, llegué al Liceo Latino-Americano, ese mismo año tres profesores fueron degollados[6]”. Jerónimo: “Una semana después de mi llegada, ese once de septiembre hubo tres muertos. Pinochet tenía todo el poder que quería.  Fue súper traumático enfrentarse a una situación que no era la que uno esperaba. De afuera se veía  como  que la lucha era del conjunto del pueblo para derrotar a la dictadura y te das cuenta que la mitad de la gente votó por mantener el sistema.

La segunda generación, la de los hijos que salieron pequeños o que nacieron en el exilio, tiene una memoria particular sobre sus propias vivencias, pero comprenden aun mejor la situación de sus padres pues para algunos de ellos el retorno es el inicio de su propio exilio o la conciencia de no ser de acá ni de allá. Sara: “finalmente mirando hacia atrás, es el mismo movimiento pero a la inversa de lo que vivieron los papás, llegar a un país que no conoce, que no eligió”.

En sus testimonios se puede identificar una memoria del exilio como un tiempo en que la vida cotidiana se vivía de manera paralela, entre un allá y un acá, entre Chile y el país de acogida, entre el país de sus padres y el país en el cual ellos crecieron o nacieron, donde se formaron. No lo vivieron como un drama, es lo que les tocó. Claudio: “me distinguía en todo, en la forma de hablar, me llamaban el gringo, fue una experiencia y una fatalidad; es lo que me toca vivir pensé, vamos para adelante no más. Cuando llegué acá mucha gente apoyaba al régimen y no lo podía creer, no saben lo que pasó me preguntaba”.  

En la mayoría de las familias se conservó el idioma y la cultura, donde la música, la literatura, los afiches, las fotografías, la  artesanía, la gastronomía y, hasta la bandera nacional y las partidarias fueron su mundo propio. Jerónimo: “Siempre supe que era chileno, aunque desde que tengo uso de razón fui bilingüe, participaba en todas las actividades relacionadas con Chile junto a mis padres, y otros niños hijos de chilenos, en mi pieza tenía las banderas del partido y las del FPMR”.

Las memorias de los hijos son un  reflejo del exilio de los padres proyectado sobre ellos, aun cuando para algunos la idea de Chile era lejana o muy abstracta. Conscientes o no, los padres transfirieron a los hijos una parte de su destino de exiliados, por un lado subsiste una admiración por el compromiso adquirido por los padres en aras de un mundo mejor, más igualitario y por otro, un sentimiento de profunda injusticia y frustración al momento del retorno, experiencia que en muchos casos convierte a los padres en víctimas por segunda vez a los ojos de sus hijos.

 La compenetración con la historia de sus padres es tal, que aun cuando no estén comprometidos políticamente en el sentido de militancia partidaria, se sienten portadores y asumen una herencia humanista, de tolerancia, de respeto por los derechos humanos, de solidaridad con las luchas actuales por conquistar una sociedad más justa, como es el caso, por ejemplo, de la lucha de los estudiantes, donde participan muchos nietos de exiliados.

Muchos, incluso los que nacieron en otro país, se autocalifican como “nosotros los exiliados” o “nosotros los retornados”, y si bien hubo frustración, discriminación, sintieron rabia por haber dejado el país donde se criaron, hoy se han adaptado al país y sienten que es importante aportar, desde los diferentes lugares donde actúan: el arte, el sindicalismo, la academia, la educación, para producir los cambios por los que sus padres lucharon y como dice Ismael: “porque aquí empezó todo, la historia de nuestros padres que se comprometieron con el gobierno de la Unidad Popular, que abrazaron la causa de los más necesitados”. O, Ana: “cuando llegué a Chile echaba de menos a mis amigos, que eran todos africanos. Pero volví a vivir allá y me quise volver a Chile. Con el paso del tiempo, y sin caer en nacionalismos baratos, uno se va chilenizando y va ‘cachando’ la cultura. Ahora miro Francia con otros ojos, agradezco la oportunidad, pero mi interés está acá. Hay una energía que me llama mucho la atención y quiero que mi hijo lo viva y lo sienta”.

 UNLP. Septiembre 2012

 

[1] Vásquez, Ana y Araujo, Ana María (1988) Exils latino-américains: La malédiction d’Ulisse. Paris: Ciemi L’Harmattan.

[2] Franco, Marina (2008) El exilio, Argentinos en Francia durante la dictadura. Buenos Aires: Siglo XXI.[3] Gaillard, Anne Marie (1997) Exils et retours : Itinéraires chiliens. Paris: Ciemi L’Harmattan.[4] Richard, Nelly (1998). Residuos y Metáforas. Ensayos de crítica cultural sobre el Chile de la Transición. Santiago: Cuarto Propio.[5] Rebolledo, Loreto (2006) Memorias del desarraigo. Testimonios de exilio y retorno de hombres y mujeres de Chile. Santiago de Chile: Catalonia.

[6] Fue el secuestro y asesinato de tres miembros del Partido Comunista de Chile, perpetrado por Carabineros en 1985, Manuel Guerrero, Santiago Nattino, José Manuel Parada.

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 Referencia
Carmen Pinto Luna.  “Exilio chileno: 1973-1990 .”  Anaquel Austral. Ed. Virginia Vidal. Santiago : Editorial Poetas Antiimperialistas de América.   14 de Septiembre de 2012.
 <  http://virginia-vidal.com/publicados/cronicas/article_491.shtml >
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