Qué Hiciste en la Dictadura,Papá? II.- Dictadura: Otros hijos, otras víctimas

Dictadura: Otros hijos, otras víctimas

XI Foro Internacional de Psicoanálisis realizado en Chile en 2008

Enviado por RS el Lun, 10/31/2011

Los autores sostienen que, si bien hay una extendida conciencia de los daños psíquicos infligidos a las víctimas de los procesos de represión política desatados en las décadas del ’70 y el ’80 en Argentina y otros países de América Latina, hay una nueva categoría de víctimas que no ha sido reconocida ni escuchada, que es la familia del victimario clandestino y, sobre todo, su descendencia. Los autores señalan que encarar este tema puede ser una contribución fundamental para completar el anhelo de un “Nunca Más”.

LOS AUTORES

María José Ferré y Ferré: Licenciada en Psicología de la Universidad Católica, atendió profesionalmente durante una década a niños y adolescentes hijos de militares en actividad entre 1976 y 1983. Con autorización de sus pacientes trabajó academicamente con sus casos clínicos. Presentó los resultados en el XI Foro Internacional de Psicoanálisis realizado en Chile en 2008, pais donde donde revalidó su título defendiendo esa investigación.

Creemos que nadie ignora lo que nuestro país ha tenido que vivir en materia de violencia y particularmente de terrorismo de estado. No obstante, nos parece oportuno un rápido racconto histórico antes de abordar las cuestiones “psi” que nos convocan.

En 1976 se inicia un nuevo período de ocupación militar de gobierno, que produce un hecho inédito (por su masividad) en el escenario político y social argentino: la política de desaparición de personas. Aunque en períodos anteriores, hubo algunos casos famosos, como la del médico comunista Ingalinella en Rosario (1955) o del obrero peronista Felipe Vallese en San Martín, estas desapariciones fueron intentos explícitos de ocultar la muerte ocasionada preterintencionalmente por la tortura aplicada a los mismos.

A partir de 1976, como dice Crenzel en su “Historia política del Nunca Mäs”: “…para doblegar la voluntad del enemigo, era necesaria su destrucción física. La clandestinidad procuraba evitar las denuncias de la comunidad internacional (como las) que recibía la dictadura chilena, y permite extender sin límites la tortura y eliminar a los opositores sin obstáculos legales o políticos. No quedarían huellas, los secuestrados perderían visibilidad pública, se negaría su cautiverio y su asesinato no tendría responsables” (pág. 33).

Pero al mismo tiempo, la política de desapariciones pondría en cuestión la dificultad de asumir legítimamente la lucha que desarrollaban los militares implicados. En una guerra convencional, la muerte de un enemigo combatiente en lucha, no es calificada como “asesinato”. En cambio, el secuestro, la tortura, la muerte y la desaparición de una persona, sea o no combatiente, queda como un “asesinato” porque el hecho clandestino del mismo, no puede ser asumido por el perpetrador como una acción legítima, pública. Así el como el secuestrado perdía visibilidad pública, también lo hacía el perpetrador o represor encargado de esa acción, quien no podía hablar de su actuación, so pena de volver a hacer público, lo que se había decidido convertir en oculto, en clandestino, en indecible.

Esto va a producir una nueva clase de víctimas de este victimario clandestino: su propia familia, y sobre todo, su descendencia. Categoría que, entendemos no ha sido debidamente estudiada aún. La extensión de esta presentación no nos permite ahondar en desarrollos teóricos sobre la transmisión inter o transgeneracional de vivencias traumáticas; por otra parte, basta recurrir a autores de la lucidez de Abraham, Torok, Eiguer, para ilustrarse sobre el pasaje de lo no dicho y no representado por una generación a las siguientes, a quienes les queda la tarea de intentar desencriptar ese mensaje. Los mencionados autores coinciden en que lo encriptado es siempre del orden del horror, del asesinato, de la falta, y su asunción por parte del perpetrador generaría una vergüenza insoportable.

A partir del trabajo clínico con hijos de militares, comenzamos a reflexionar sobre una suerte de repetición a nivel de la sociedad de una característica que observamos en el contexto familiar del grupo de pacientes a los que nos referimos: el silencio, silencio que NO ES SALUD (contradiciendo el tristemente célebre slogan que rodeaba el Obelisco durante los años setenta, como pretendida campaña contra la polución sonora). Nos preguntamos si la ausencia de estudios (al menos que cuenten con una amplia difusión) referidos a los hijos de los victimarios de la última dictadura militar argentina, expresaría otra forma de desconocer lo efectivamente sucedido en nuestro país, concepto éste aportado por Fernando González en La guerra de las Memorias. Citamos al autor: “… un tipo de acontecimientos efectivamente sucedidos en los cuales se produce una interferencia entre la Historia con mayúscula, que incide de manera determinante en las vidas de los implicados y las historias individuales; de ahí que no sea aleatorio el obviar la importancia de su efectiva facticidad. (…) Se trata de colocarse en una escala en la que se pueda dar cuenta del fenómeno interferencial de tal manera que impida considerarlo como algo puramente personal o, a lo más, como del ámbito de lo familiar” (p. 21)

Existe una nítida y creciente conciencia social del daño infligido en el psiquismo de las víctimas del terrorismo de estado.  No parece haber, insistimos, similar claridad en lo relativo a los efectos que el accionar de los victimarios podría tener en sus descendientes. Pareciera coexistir el “de esto no se habla” de la sociedad en general con el de cada uno de estos pacientes en su propio hogar. Frente a un silencio que se reproducía también en las sesiones, decidimos comenzar a interrogar por el sentir respecto a crecer con un papá militar en una Argentina de la post dictadura. La primer reacción era generalmente de sorpresa, en una curiosa mezcla con alivio: “de eso puedo hablar acá? Qué suerte, porque nunca me lo preguntó nadie!” contestó una joven que tenía en ese momento 25 años.

En relación a ello, resultan interesantes algunas observaciones que Baltasar Garzón y Vicente Romero hacen en su publicación: El alma de los verdugos: “(…) los únicos que podrían explicar cómo se comportan en la intimidad de sus hogares callan, igual que callan ellos (…).” “Lo normal es que la práctica de la violencia más extrema y despiadada desestabilizara a sus autores, y que también acabara resintiéndose de ello el siempre complejo entramado de las relaciones paterno filiales de los criminales de Estado” (p. 241). En nuestra experiencia profesional, resulta una descripción fiel del interior de esos hogares.

Algunas preguntas y reflexiones surgen: en primer lugar, respecto de las causas de dicho silencio: se deriva del “no querer saber” de la sociedad como defensa ante lo traumático, o más bien deriva de una tendencia a identificar a los hijos con los mismos victimarios, o si acaso el silencio que los hijos de victimarios sostienen resulta el factor determinante del silencio de la sociedad en su conjunto. Por otro lado, se nos presenta la cuestión nada menor, de la heredabilidad de la culpa. Desde la Biblia en adelante, la literatura documenta las veces que la humanidad ha rodeado este tema, con diferentes resultados. No realizaremos ahora ese recorrido bibliográfico porque excedería el alcance de nuestra ponencia.

La tensión y el secreto que conlleva la doble vida de un represor se extiende a todo su núcleo familiar. En los años ’70, muchos de los miembros de las Fuerzas Armadas y de Seguridad han negado su condición de tales y sus familias han acompañado en esa negación. Son “empleados públicos”. La justificación de su actitud no se encuentra en el reconocimiento del trabajo sucio que hacen, sino en la posibilidad de resultar víctimas de un terrorismo que desde su óptica hace una guerra indiscriminada contra quienes velan por la seguridad. Las esposas acompañan en este ocultamiento, y los hijos lo terminan naturalizando.

Crecer en un clima de sospecha, secreto y proyección paranoide, no puede sino llevar al desarrollo de síntomas como los que aparecen años después en la población que nos ocupa: pesadillas, identificación con el agresor, agresividad difusa, tendencia a la transgresión, dificultad para establecer identificaciones positivas.

¿Por qué ocuparnos los trabajadores de la salud mental de este tema? Por motivos de índole diversa.

Desde el punto de vista clínico y si se quiere psico-profiláctico, partiendo de postulados psicoanalíticos universalmente aceptados, es verosímil pensar que la posibilidad de tramitación vía comprensión, disminuye las posibilidades de repetición. Esto, entre otros factores, debido al advenimiento a la conciencia de identificaciones inconscientes con figuras paternas violentas o con sus víctimas; lo que generaría personalidades transgresoras o psicóticas en un caso, o con cuadros de desvalimiento en el otro. En el transcurso de los tratamientos hemos observado que la primera alternativa es seguida principalmente por los hijos varones; la segunda, en cambio, es encarnada por las hijas mujeres. No pensamos que se trate de algo azaroso, pero no podemos abarcar en el presente trabajo esta cuestión con la profundidad que amerita.

La cripta deviene en fantasma en la siguiente generación, y si este fantasma no es puesto al descubierto por la saludable vía de la figurabilidad, se expresará ciertamente a través de la motricidad. César y Sara Botella definen la figurabilidad como: “Un proceso regrediente (…) que exige unificación, coherencia e inteligibilidad.” Al cumplir un papel reorganizador de la vida psíquica, termina diciendo, tiene un efecto antitraumático.

Desde el punto de vista deontológico, consideramos que a los profesionales se nos presenta una encrucijada compleja: cómo acompañar a estos pacientes en el proceso de develación de su historia y la de sus progenitores, teniendo presente el dilema al que hicimos referencia. Creemos que esta disyuntiva se ve agravada por la dificultad de sostener una actitud lo más objetiva posible, conservando la distancia adecuada para reflexionar más allá del horror que la historia argentina de esos años genera en nosotros. Las palabras del Dr. Maldavsky resuenan ligadas a estas cuestiones: “Cuando nos hallamos ante situaciones en las que el desenfreno conduce hacia el abuso moral o físico sobre otras personas, que a veces sólo cesa ante su degradación extrema o su muerte, nos llenamos de un ingenuo y horrorizado asombro no exento de cierta fascinación, que a su vez resulta reveladora. Nos preguntamos entonces, espantados, cómo han ocurrido tales atrocidades.” (Maldavsky, Linajes Abúlicos, pág. 219).

Esperamos contribuir, con estas reflexiones, a la apertura de un tema álgido y delicado, pero que estamos convencidos que debe ser encarado en tiempos lo más cercanos posibles. Sabemos que argentinos y latinoamericanos en general, hemos compartido el dolor y el horror de crímenes declarados de lesa humanidad. Instalar este tema, el de una nueva categoría de víctimas que no ha sido reconocida ni escuchada, puede ser una contribución fundamental para completar el anhelo de un “Nunca Más”.

¿Qué hiciste en la dictadura, papá? I.-

¿Qué hiciste en la dictadura, papá? I.-

Por

Jimena Rosli

Ferré y Ferré es psicóloga desde 1985. Trabajó durante una década en la obra social de las Fuerzas Armadas. Luego hizo una investigación sobre 45 casos de hijos de victimarios. (JUAN ULRICH)
Entrevista: María José Ferré y Ferré. Diálogo con una psicóloga argentina que trató durante diez años a hijos de militares.

María José Ferré y Ferré tiene 49 años y se recibió de licenciada en Psicología de la Universidad Católica en 1985. Durante diez años trabajó en una obra social de las FF.AA., con niños y adolescentes de hasta 18 años. Muchos eran hijos de militares que estuvieron en actividad entre los años 1976 y 1983. Durante la cursada de la diplomatura en Problemas y Patologías del Desvalimiento de la Universidad de Ciencias Empresariales y Sociales (Uces) se interesó en la temática y decidió investigarla. Tomó los casos de 45 pacientes nacidos durante el período de la última dictadura. Se especializó en el análisis de las pesadillas y se puso a estudiar sobre el tema. A todos les pidió permiso para trabajar de manera académica con sus casos clínicos. Presentó los resultados en el XI Foro Internacional de Psicoanálisis que se hizo en Chile en 2008. * Era una versión corta de la investigación, que se llamó Mi padre ¿fue? un represor: transmisión generacional del trauma . Ese mismo año revalidó su título de psicóloga en Chile, defendiendo el trabajo completo. Miradas al Surla entrevistó en su consultorio de Congreso, con las paredes cubiertas por una biblioteca llena de libros.

–¿Cómo nace el interés por esta temática?
–Empecé a notar una serie de características, síntomas y rasgos que se repetían en los casos. Armé ciertos patrones o cosas en común. Los psicólogos no creemos en las casualidades. Me interesé en todo esto y descubrí el sufrimiento de estos chicos y chicas, ya hoy hombres y mujeres de entre veinte y treinta años. Al crecer se fueron preguntando sobre qué hicieron sus padres en esa época.
–¿Cómo lo empezó a trabajar?
–Los pacientes traían a la sesión sus sueños y pesadillas. Empezamos a hablar, a interpretarlos y enfocarlos en la relación que podían tener con la actividad de sus padres. En vez de recibir resistencias, me encontré con que sentían alivio. Me decían “uy, ¿de esto puedo hablar acá?”, “¿a vos te puedo contar?” o “¿sabés que nunca se lo pude decir a nadie?”.
–Claro, justamente estando en una obra social de militares…
–Pero no se daba una particular indicación que diga “de esto no hay que hablar”. Crecieron con ese mandato. En casa se daban pautas que no se podían cuestionar. “Vos en el colegio tenés que decir que tu papá es peluquero”, les explicaban. Una paciente me decía: “Yo con ocho años me preguntaba, ¿por qué tengo que decir que es peluquero si es militar?”, “vos decís eso, porque lo digo yo”, le respondían. Ahora los pacientes son adultos, que si hoy en día van a una entrevista de trabajo definen a su padre como empleado estatal. Décadas después no pueden decir o prefieren no decir “mi padre es militar”.
–¿No lo decían con orgullo?
–No en esa época. En muchos casos la versión era que no se podía decir porque era peligroso o había gente mala. Los malos eran los otros. Era una cuestión de proteger a la familia. “¿Por qué no volvemos dos días seguidos por el mismo camino de la escuela?”, se preguntaban, por ejemplo.
–¿Qué síntomas se ven en estos pacientes?
–Me volqué en terapia al tema de las pesadillas, pero también hay síntomas físicos. Hay un común denominador, y no es el mismo en varones y mujeres. Todavía estoy analizando el por qué de la diferencia. Es la segunda parte de mi estudio. A grandes rasgos, en los hombres hay personalidades transgresoras: repetir en la escuela, consumo de drogas y hasta situaciones de delincuencia. Se podría hablar de lo que para esos papás sería transgresor, como hijos militando en partidos de izquierda o estudiando Filosofía. Cada generación hace lo que puede con lo que recibió de la anterior. Algunos repiten y otros tratan de elaborar algo distinto.
–¿Y las hijas mujeres?
–Tienen personalidades tendientes a la sumisión. Crecieron en el no preguntar, en el “no se entiende muy bien pero no importa”. Desarrollaron una capacidad de negación inconveniente para ellas mismas. Por ejemplo, encontré muchas chicas con relaciones de pareja terribles. Eran engañadas, los hombres tenían historias y hasta vidas paralelas. No era una canita al aire. Lo que llama la atención es que realmente no se daban cuenta. Te dicen que mucho no les “cerraba” cuando sus novios o maridos les decían “mirá, no me llames por las próximas cuatro horas porque voy a estar en una entrevista”. No está la curiosidad de investigar y no detenerse hasta entender. Está este entrenamiento, esta facilidad de negar, que por ahí otras personas no tenemos.
–Algo así como “el silencio es salud”…
–Claro, terminan ellas teniendo parejas donde hay cosas no dichas, secretas o cuestiones ocultas. El “de esto no se habla” está a la orden del día en la casa. No se habla del tema de la dictadura. Son familias donde el padre ha sido tan autoritario dentro del hogar como lo era afuera. El silencio es cualquier cosa menos salud. Todo lo no dicho tiene riesgo de ser repetido. Todo lo que se calla en una generación de alguna manera aparece en las siguientes.
–¿Eso es la transmisión transgeneracional?
–Sí, es como una posta. Un corredor que llega hasta un punto, le entrega el testimonio al siguiente corredor y ése arranca donde lo dejó el anterior. Le deja todo un saber inconsciente que se transmite por mecanismos que hoy por hoy no están del todo precisados, pero vemos los resultados. Como en las pesadillas.
–¿Cómo eran?
–Muchísimas historias de persecución. Los pacientes son los perseguidos y son atrapados. Incluso aparecen Falcon verdes. Otras veces eran los encargados de rescatar personas de situaciones de riesgo. A veces eran catástrofes naturales. Había una inundación y ellos eran quienes tenían que salvar a todos. Pero también tuve una paciente que soñaba que la torturaban con picanas y que la colgaban viva de un gancho. Describía las torturas que sus agresores le hacían con una nitidez que era escalofriante. Con lujo de detalles y en tanto lo vívido de su sufrimiento durante el sueño.
–¿No podrían haberlo escuchado u oído en algún lado?
–No lo vivieron, el conocimiento que tuvieron fue por lo que se enseña en la escuela. Los padres les decían “esa no es la verdadera historia”. Algunos tenían el Nunca Más abajo de una pila de libros.
–¿Todos sabían lo que habían hecho sus padres?
No. Y acá se presenta un dilema interesante. Más que saber, estaba la sospecha. En un momento, si partís de lo psicoanalítico, con develarlo, con hacer consciente lo que está inconsciente, se supone que caminás a una cura. Pero éste no es el caso, porque en realidad, que estos hijos lleguen a comprobar o saber fehacientemente la participación de sus padres termina con la incertidumbre, pero inaugura la certeza. Una certeza destructiva. Hubo quienes fueron a la Conadep a buscar si sus padres estaban en la lista de represores. Terminan como en un callejón sin salida. El sospechar y no animarse a preguntarlo te daña de una forma. El saberlo y confirmarlo inaugura un nuevo drama. Tuve una paciente cuyo padre se sentó a confesarle con lujo de detalles todo lo que había hecho. Lejos estaba de decir “ah, que bueno, ahora que lo sé me quedo más tranquila”.
–¿Y esto los llevó a replantearse lo que hacían sus padres?
–En muchos casos sí. El trabajo analítico ayudó, pero no crea algo que no está latente en el paciente. Nosotros ayudamos a que salga, no ponemos algo que no está. Si salió, es porque estaba.
–¿Le tocaron casos de chicos que estén de acuerdo con lo que hicieron sus padres?
–Es raro que lleguen a terapia por el armado psíquico que tienen.
Ferré y Ferré se levanta del sillón y camina hacia la biblioteca. La estantería rebalsa de libros. Con el dedo marca los que usó para su trabajo. Señala La interpretación de los sueños , de Sigmund Freud, yEl alma de los verdugos , de Baltasar Garzón y Vicente Romero. “Hay un mexicano que tiene un capítulo dedicado a la Argentina –explica–. Se llama Fernando González.” El título confirma lo que estudia: La guerra de las memorias. Psicoanálisis, historia e interpretación . “La poca bibliografía que hay sobre hijos de victimarios es la que escribieron sobre los descendientes de los nazis”, cuenta la psicóloga. Habla de Tú llevas mi nombre. La insoportable herencia de los hijos de los jerarcas nazis , que escribieron Norbert y Stephan Lebert. El libro cuenta el padecimiento de los hijos que cargan el apellido y la culpa por los crímenes de sus padres.
–¿Cómo tomaron los pacientes el hecho de que analizó sus casos?
–A todos les pedí el consentimiento para trabajar en mi tesis. Contestaban: “Qué bueno que alguien se acuerde de nosotros”. De hecho, hay algo curioso. Los casos más graves eran pacientes cuyos padres mejor estaban a nivel psíquico, económico y social. Cuanto menos procesó esa generación, más negó y silenció, peor paquete le pasó a la siguiente. Cuando hubo padres militares ya retirados que desarrollaron un cáncer o enfermedades terminales, o sea, cuanto más les quedó a ellos dando vueltas, mejor estaban los hijos. Eran conflictivas más leves y trabajables, estaban menos traumatizados.
–¿Cuál es el resultado de su estudio?
–Hay muchísimo hecho para los hijos de las víctimas y muy merecido que lo tienen. Tienen instituciones, orientación y tratamiento. Pero no hay nada para los hijos de los victimarios. Son una nueva categoría o clase de víctimas. Creo que es una postura que no está constituida ni es clara en el país. Habría que habilitar espacios de orientación o asistencia. O donde se dé formación a los psicólogos que reciban este tipo de casos. Todavía es una pelea solitaria.
–¿Por qué cree que es así?
–Me parece obvio el porqué no hay nada trabajado desde las instituciones militares. Lo que me pregunto es por qué no desde los gobiernos que siguieron después. Es un tema que todavía genera resistencias en la sociedad, creo que está atravesado por cosas como la heredabilidad de la culpa. ¿Son culpables, son responsables? Hay que poder desligar a los hijos de lo que hicieron sus padres. Los hijos nunca debemos responder por los actos de los padres, ni en éstas situaciones ni en otras. Salvo que vos elijas hacerlo por algún motivo equis. Me parece que hay algo todavía de esto, de no poder justamente pensarlos como otras víctimas.

El trauma de una generación 
Los psicólogos llaman “trauma transgeneracional” a las situaciones no resueltas que se transmiten de una generación a otra. Aunque una persona no haya sido partícipe directa ni haya vivido una problemática, la arrastra en su psiquis. Trasciende las generaciones, son traumas que continúan de padres y ancestros a hijos. Es una herencia inconsciente, como un trabajo pendiente a solucionar que se manifiesta de distintas maneras, como en enfermedades y pesadillas. La terapia del psicoanálisis ayudaría a resolverlas. Según el psiquiatra francés Serge Tisseron, el trauma transgeneracional no es por simple transmisión –en donde la persona se identifica con una situación anterior, se la apropia y la reelabora a su modo y estilo–. No es una decisión consciente, sino una influencia que no se percibe ni se puede asimilar. Así, el psiquismo de las personas no sólo estaría formado por lo individual, sino que es una construcción colectiva.

*

Krassnoff: la porfiada memoria

  Krassnoff: la porfiada memoria

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Periodista. Miembro del directorio de TVN, ex Directora.
 
Jamás olvidaré ese borrascoso atardecer del 3 de junio de 1975. Ni el chirrido de la enorme puerta de hierro deslizándose por el suelo de esa tierra maldita.
Apenas un par de horas antes me encontraba ayudando a mis hijos a hacer sus tareas escolares, cuando una patrulla de la DINA irrumpió violentamente en mi casa y me conminó a subir a un vehículo.
Uno de mis captores me cubrió los ojos con una tela adhesiva y un par de anteojos para el sol. Entonces la camioneta de vidrios polarizados inició una enloquecida carrera que concluyó frente a un recinto que, deduje, por el declive del terreno y el frío que calaba los huesos, estaba ubicado a los pies de la cordillera.
Las manos ásperas del conductor me empujaron con violencia hacia afuera. Luego, atravesé a tientas el umbral de un portón y me quedé parada, tiritando de miedo ante un paisaje invisible, tratando de descifrar los misteriosos sonidos que contiene el silencio.
El viento helado penetraba sin piedad el cuero de mis botas y empecé a escuchar, como en un macabro concierto, unos gemidos intermitentes, llantos ahogados y un escalofriante y prolongado alarido.
“Serán animales”, quise pensar. Miré al suelo por una ranura de la venda que me cubría los ojos y divisé las bellas baldosas italianas. En ese instante comprendí que había llegado a la antesala del infierno. Estaba en la Villa Grimaldi, el centro secreto de torturas más famoso de Chile.
En los días más negros, cuando de celda en celda, se propagaban rumores sangrientos, era difícil detener los atropellados latidos del corazón. Entonces yo me asomaba a la pequeña ventana de mi cuarto y permanecía largos minutos en silencio, persiguiendo la ruta de la alambrada sobre la muralla e imaginando los colores de los paisajes libres.
Una mujer de aspecto descuidado me tomó de la mano y me guió con inusitada delicadeza hacia un recinto lateral. Allí, sin más preámbulos, comenzó a desnudarme con rapidez, mientras otra gendarme, con voz de tediosa rutina, iniciaba el inventario de mis pertenencias. “Tres billetes, una cadena con una cruz de plata, un pañuelo para la cabeza, medio paquete de cigarrillos, un encendedor, una libreta de direcciones…”
Cuando abandoné la Villa, luego de 23 días infinitos, yo era otra persona. Después de los sádicos interrogatorios y de largas sesiones de tortura que incluían aplicación de electricidad en todo el cuerpo, yo me sentía sucia, vacía y humillada.
Hasta entonces el odio había sido para mí sólo un concepto intelectual. Sin embargo, ahora “ellos” me habían hecho conocer la perversa amplitud de ese sentimiento viscoso que se quedó agazapado bajo mi piel.
En los sórdidos pasillos de Villa Grimaldi aprendí a distinguir las sombras de las víctimas, los singulares ladridos de los perros y los frenazos de los vehículos que descargaban su siniestro botín de maltratados seres humanos en el patio.
Entre las voces de los guardias y los furiosos ladridos de los perros, las órdenes de vida o muerte del soberbio y sanguinario Miguel Krassnoff sembraban el terror entre los detenidos.
(NOTA AGREGADA: la Unión Demócrata Independiente, UDI, dijo que el homenaje del Alcalde de Providencia Cristián Labbé al torurador, había sido ‘un error’, sin condenar estas prácticas durante la dictadura militar en que participó desde el primer al último día).
 
Poco después fui trasladada a Cuatro Álamos, otro recinto secreto para incomunicados que estaba a cargo de un teniente psicópata que abusaba sexualmente de las detenidas y nos sometía a absurdas sesiones de hipnosis y detectores de mentiras.
Vivíamos de a tres o cuatro en cada habitación y jamás se nos permitió tomar una ducha. Nos llevaban al baño una vez al día, dejando la puerta abierta para que nos sintiésemos mas humilladas frente al morboso escrutinio de los vigilantes.
Antes de que nos encerraran para dormir, solíamos entonar canciones pegadas a la puerta que daba al corredor y en ellas desparramábamos nombres, historias, sueños y deseos. Aunque el aquí y el ahora fuesen inciertos, nos empeñábamos en inventar futuro y, con porfiado optimismo, nos preparábamos para ser libres.
La clave era no desmoralizarnos, no darnos por vencidas. Sin embargo, a veces la desesperanza nos destrozaba el alma y nos deslizábamos sin frenos en un ánimo oscuro. Nos atormentaba el recuerdo de los que nunca llegaron a la otra orilla. Y memorizábamos los nombres, fechas y plegarias que en las paredes del recinto de incomunicados de Cuatro Álamos consignaban sus desolados testimonios.
Los de los hombres eran más informativos y precisos: “Soy de Temuco. Permanecí en esta celda entre el 13 de abril y el 2 de junio de 1974. Luego, daban nombres, edades, profesiones. Los de las mujeres, en cambio, dejaban lacónica constancia de sus existencias o testimonio de sus tristezas: “He vivido 16 días de horror, avisen a mi madre. Cecilia”. “Aquí estoy Dios. ¿Existes? Blanca”.
Sabíamos que “Cuatro Álamos” era sólo un perverso recorrido del camino. Allí nadie permanecía demasiado tiempo. ¿Estaría el detenido en abril de vuelta en Temuco? ¿Dónde había concluido la pesadilla de Cecilia? ¿Se habría acordado Dios de Blanca?
 
Este es el testimonio de una presa política sobreviviente en un país sitiado por el terror y enfermo de miedo. Es solo un fragmento de la memoria de miles de hombres y mujeres víctimas de la represión en el tiempo triste de la tiranía.
Desde esos días de pesadilla, en Chile ha pasado mucha agua debajo de los puentes. Sin embargo, aún somos muchos quienes sobrevivimos al espanto y seguimos luchando por preservar el recuerdo de los que ya no están y no rendirnos ante la indiferencia y el olvido.
Estamos convencidos de que no es posible sanar el alma de nuestra patria dando la espalda a lo ocurrido. Porque sólo enfrentándolo evitaremos que esta tragedia se repita y seremos capaces de construir un futuro en que se valoren los derechos humanos y se reconozca la dignidad de cada ser humano que habita en esta tierra.
   
 

“La Vida Doble ” MEMORIA COLECTIVA y Literatura

La Vida Doble o la fragilidad de la condición humana

Diego Sazo M.Por 
Publicado el 21 Mar, 2012

Arturo Fontaine

http://es.wikipedia.org/wiki/Arturo_Fontaine_Talavera#Biograf.C3.ADa

La Vida Doble (Tusquets, Madrid, 2010), la última novela de Arturo Fontaine, representa un desafío para aquellos lectores que aspiran a tener resueltas las complejas categorías éticas sobre el bien y el mal. Principalmente, porque su contenido arroja preguntas y sugiere respuestas moralmente incómodas, en especial para los que cuentan con una visión más optimista sobre la naturaleza humana.

La novela se ambienta en los tiempos más duros de la dictadura de Pinochet y relata en primera persona la historia de Lorena (o Irene, nunca se sabrá su verdadero nombre), una combatiente de Hacha Roja –organización armada revolucionaria– que lucha por derrocar al gobierno militar. Entre sus motivaciones se identifica una profunda entrega por la causa marxista, donde la violencia y la vida quedan subordinadas a la consecución del fin político. Un día, mientras Lorena desarrolla actividades de orden subversivo, es apresada por la policía secreta del régimen. Desde entonces es sometida a brutales sesiones de tortura, donde resiste y dice aceptar estoicamente su destino. Se promete no revelar información que pueda perjudicar a sus hermanos de armas. Sin embargo, con el transcurso del tiempo uno de sus tesoros más íntimos y preciados –Anita, su hija– se devela como alternativa de presión para sus captores. Ante tal amenaza, Lorena protagoniza un cambio radical: no sólo accede a la petición de sus verdugos (algo común en quienes son sometidos al dolor físico) sino que se aboca a colaborar decididamente con la Central, la misma institución que la ha torturado y que persigue sin tregua a sus compañeros de Hacha Roja. Así, para Lorena, sentimientos como el amor y la lealtad se transmutan en odio y traición. Al final, su labor incide en la captura y asesinato de varios de ellos.

¿Qué sucedió en la mente de la protagonista? ¿Cómo pudo volcarse hacia la forma más intensa del mal: la traición?

En el fondo, estas preguntas se convierten en el eje central de la novela, llevando a Fontaine a indagar una respuesta sobre el comportamiento de Lorena. Para el autor, el “mal químicamente puro no es real” puesto que los villanos, como todos, tienen un lado humano. Aunque resulte difícil de aceptar, ellos también pueden desarrollar sentimientos de afecto como el amor y la ternura. Eso es precisamente lo que hace más enigmática la conducta de estas personas, toda vez que la maldad no agota su explicación en el mal en sí mismo. Algo hay más allá y no se limita exclusivamente a fenómenos psicopáticos.

Para su propósito, el autor se vale del relato de Lorena y se sumerge en su historia personal ―desde su juventud guerrillera hasta su rol colaboracionista con la dictadura―, logrando identificar ciertos aspectos que lo conducen hacia lo que parece ser la problemática de fondo: la condición humana. Para Fontaine, el origen de la traición de Lorena está en la fragilidad de nuestra propia esencia como personas. Por cierto, la maldad no es monopolio de algunos o de exclusiva propiedad de ciertas ideologías políticas. Más bien es transversal y puede manifestarse en cualquiera de nosotros, sobre todo si se cumplen condiciones que favorecen su expresión. Basta con ser un observador de los procesos históricos para comprobar que la condición humana –acerca de lo que estamos hechos los Hombres– es de naturaleza caída, imperfecta, carente de pleno virtuosismo y racionalidad. No somos nativamente bondadosos (como pensaba Rousseau) o malévolos (como decía Hobbes); más bien somos seres en permanente construcción moral, con pretensiones de inclinarnos hacia la idea del bien, pero imposibilitados de soslayar ciertas expresiones de maldad.

Con todo, la malicia del Hombre puede manifestarse de dos maneras: consciente o banalmente. Ambas alternativas son retratadas en la novela. La primera se representa a través de Lorena, que delata a sus antiguos compañeros de armas con pleno uso de sus sentidos y facultades (“mi traición provenía de la verdad”). Ella sabía que su opción los perjudicaba fatalmente, pero lo justificó a través del distanciamiento y desilusión hacia los ideales que alguna vez defendió (“una utopía sin más destino que la derrota”). Pero fundamentalmente lo hizo por el resguardo a la vida de su pequeña hija (“fui forzada a escoger: combatiente o madre”).

En cuanto al mal banalizado, este se reconoce en algunos de los agentes represivos del régimen, como el Gato o el Rata, que torturaron y humillaron a sus víctimas sin efectuar ningún cuestionamiento moral sobre sus actos. Para ellos, la aplicación de violencia a los cuerpos de sus víctimas no suponía ningún reproche ético, pues su labor respondía a un mandato de las jerarquías superiores. Con este proceder efectuaron una implícita transferencia moral de la responsabilidad y eludieron cualquier tipo de dilema interno que alterara el desarrollo de sus vidas cotidianas. Este tipo de mal nos recuerda al enunciado por Hannah Arendt acerca de Adolf Eichmann –el agente nazi que estuvo a cargo de la solución final contra los judíos– pues este, a pesar de ser el responsable del asesinato de millones de personas, pudo llevar una vida familiar aparentemente normal junto a su esposa e hijos.

Tras la lectura del libro, una de las reflexiones que provoca es la noción acerca de las nocivas consecuencias que tiene para la sociedad el surgimiento de ideologías totalizantes (no sólo el fascismo y el comunismo), toda vez que posibilitan y justifican el uso de la violencia como instrumento político. También el irrespeto por la dignidad humana. Pues cuando una cosmovisión política se convierte en un incuestionable valor normativo, se amplían los espacios para la ejecución de arbitrariedades, haciéndose habitual la transferencia de la responsabilidad moral de los actos (“por la causa todo, Irene: todo”). A mi juicio, la novela nos recuerda que ningún Hombre está exento de ese peligro debido a la fragilidad de nuestra propia condición. Como prolegómeno, Fontaine nos entrega algunas pistas al inicio del libro citando a Borges: “Lo que hace un hombre es como si lo hicieran todos los hombres”.En definitiva, La Vida Doble es un libro imprescindible para quienes buscan comprender la psicología de la violencia en la historia política del Chile contemporáneo. Es probable que la novela provoque desazón, principalmente por la ausencia de un final idílico o bien por rehuir a los lugares comunes y los juicios políticamente correctos. Fontaine lo dice claro: el mal no tiene domicilio ideológico. Y no se trata de la búsqueda de un empate moral entre los bandos que estuvieron en disputa, sino que supone una amarga constatación realista acerca de la condición humana. Lo que hizo Lorena (o Irene) lo pudo hacer cualquiera de nosotros.

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