Exilio y política en América Latina: nuevos estudios y avances teóricos

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Luis Roniger Wake Forest University
Pablo Yankelevich ENAH-INAH- México ronigerl@wfu.eduEsta dirección de correo electrónico está protegida contra los robots de spam, necesitas tener Javascript activado para poder verla  

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Estudiar las experiencias de exilio de América Latina requiere de una lectura atenta a la dinámica de los procesos históricos durante los siglos XIX y XX. Pero, también, estudiar aquellas experiencias es reconocer su pluralidad: no hubo un único tipo de exilio sino una multiplicidad, todos ellos desenvueltos sobre una variedad de motivos y de prácticas políticas y sociales, desplegadas tanto en cada una de las naciones de origen como en aquellas donde encontraron refugio los expatriados. El exilio es dinámico, modulado por el devenir de la acción política, pero también por los procesos de institucionalización, crisis y reformulación de los parámetros de la política latinoamericana.
Recurrir al exilio ha sido un recurso persistente tanto en los regímenes autoritarios como en las democracias de la región. En el amplio espectro que va de unos a otras, la exclusión de actores políticos, sociales y culturales ha sido una constante que indica el carácter limitado del juego político en los estados latinoamericanos. Bajo autoritarismos y democracias, muchos de los que perdieron el poder o militaron en la oposición a los regímenes de turno se han visto obligados a tomar el camino del exilio. La exclusión es un componente sustancial del orden autoritario. Sin embargo, no han sido pocos los casos en América Latina en donde la exclusión, más refinada o matizada, ha estado presente en las aperturas democráticas, como consecuencia de situaciones de conflictividad social y política. A menudo, las democracias han declarado su respeto a los derechos ciudadanos, pero, al igual que el autoritarismo, han utilizado la persecución y el destierro de ciudadanos y residentes que expresaron voces discrepantes. En este sentido, el uso periódico del exilio puede ser valorado como una evidencia de la naturaleza incompleta y excluyente de las formaciones estatales en la región.
El exilio -bajo distintas formas, definiciones y módulos operativos, que van del desplazamiento forzado y el extrañamiento a la expatriación y a una migración voluntaria pero precipitada- ha desempeñado un papel vital en la configuración de formas y estilos de la política latinoamericana.

[1] Sin embargo, a pesar de su ubicuidad, esta práctica aún es un espacio escasamente investigado, con una presencia muy reducida en el corpus teórico de las ciencias sociales y en el universo de la historiografía contemporánea. A pesar de lo atractivo que resulta el tema, hasta hace unos años, su estudio ocupó un lugar marginal en la reflexión sobre los procesos de constitución del orden político.

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MAPAMUNDI DEL EXILIO CHILENO

Mapa Mundi del Exilio Chileno


El exilio y la relegación interna fueron otras de las formas de represión utilizada por la dictadura militar para reprimir y subyugar a gran sector de la oposición. No se sabe con exactitud el número de chilenos que salieron al exilio entre 1973-1990, pero basado en las cifras obtenidas por organizaciones internacionales, ONG, y la Iglesia se estima que el numero de exiliados políticos podría haber alcanzado a más de 200.000 (Comisión Chilena de Derechos Humanos ,1983).
 

En esta sección (la cual esta en construcción) trataremos de resumir los aspectos mas importante relacionados con el exilio chileno y su lucha antidictatorial.

Países donde llegaron refugiados chilenos (por regiones):
Las AméricasArgentina
Bolivia
Brasil
Canadá
Colombia
Costa Rica
Cuba
Ecuador
Estados Unidos
México
Nicaragua
Panamá
Perú
Uruguay
Venezuela


EuropaAlbania
Alemania
Alemania (del Este)
Bélgica
Bulgaria
Checoslovaquia
Dinamarca
España
Finlandia
Francia
Grecia
Holanda
Hungría
Inglaterra, Escocia y Gales
Irlanda
Italia
Luxemburgo
Noruega
Polonia
Portugal
Rumania
Rusia (Unión Soviética)
Suecia
Suiza
Yugoslavia

Medio Oriente y ÁfricaAngola
Argelia
Egipto
Israel
Libia
Mozambique
Siria
Sudáfrica

OceaníaAustralia
Nueva Zelanda

AsiaChina
Corea
India
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MUJERES, MILITANCIA Y EXILIO. Historia de Vida

MUJERES, MILITANCIA Y EXILIO.
Historia de Vida
.Carmen Castillo
LA DICTADURA CONVIRTIO A CHILE EN PAIS DE AMNESIA GENERAL
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Dos mujeres que han vivido –que viven– el exilio como una condición permanente: nadie en verdad puede regresar, algunos no pueden engañarse con la idea del regreso, autoconvencerse que el regreso significa encontrar lo que se ha tenido que dejar, charlan.
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La escritora y cineasta chilena exilada en Francia, madre de 4 hijos, uno de los cuales murió. Fue militante del MIR (Movimiento de Izquierda Revolucionaria). El 5 de octubre de 1974 –por delación de Marcia Merino “la flaca Alejandra”, militante que se convirtió en agente de la policía política (DINA) de Pinochet– cae la casa donde vivía clandestina junto a su compañero Miguel Enríquez, máximo dirigente del MIR).
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Ximena Bedregal*
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Miguel y otros militantes son asesinados, Carmen, embarazada, cae presa y es torturada. Como consecuencia de las torturas, el hijo de ambos muere poco después de nacido.
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Es autora de dos libros: Un día de octubre en Santiago y Punto de fuga, así como de varias películas sobre Chile y México. La más conocida (ha sido transmitida en México por canal 11) es La flaca Alejandra, donde esta mujer confiesa su participación como delatora e integrante de la DINA. La película fue premiada en 1994 con la FIPA d’or y en 1995 con la Nestor Almendros Award.
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–Carmen, además de hablar de tu obra y tus éxitos como cineasta, quiero poner un tema que, aunque todavía afecta a decenas de miles de chilenas/os, en estas democracias que son una desgracia, es uno de los no temas: El exilio, en especial el exilio como mujeres.
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“Somos dos mujeres de la misma generación, ambas feministas, ambas chilenas exiladas por la dictadura de Pinochet, y ambas somos “no retornadas”, otro elemento más a integrar en nuestras identidades.
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“Insistiendo en sacar al exilio de los temas del olvido, empiezo diciendo qué es para mí el exilio y preguntándote a ti qué ha sido en tu vida.
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“Para mí el exilio es la imposición violenta de un abismo en la integridad de nuestras referencias. En ninguna parte, ni aquí, ni allá, me leo completa. En cada lugar me falta un pedazo de mí, en cada lugar hay una parte inefable, e incaptable por las/los demás. Y ese abismo es irreparable, no es posible rellenarlo, la única solución es construir algún puente que te permita cruzar de un lado al otro con el menor dolor”.
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–Siento como tú que es un dolor insalvable, un quiebre que te obliga a un estado de extranjera donde estés. La dictadura es la gran máquina del olvido y con el exilio te tratan de imponer una amnesia, una no lectura de nuestro Chile, una no lectura de ti misma completa. Y esto o se trabaja o una se muere y no son palabras, muchas mujeres murieron de mil maneras, de autodestrucción consciente o no.
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“Beatriz Allende denuncia al exilio con su suicidio en el 76, otras –ante la imposibilidad de concebir otra cosa más que el retorno– vuelven, sin condiciones, a la clandestinidad, a la muerte.
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“Frente a la máquina del olvido, junto a construir nuevas posibilidades de existencia cotidiana tuvimos que trabajar la memoria, los recuerdos porque si estos se vuelven estáticos, si se hacen obsesión y nostalgia se transforman en algo parecido al olvido porque mata y si nos mataba, era el torturador el que había ganado. Tuvimos que hacer que el recuerdo fuera algo humano, aferrarlo a la vida. Fabricar y refabricar la culpa de sobrevivir te mete fácilmente en un verdadero culto a la muerte. Aquellos que ya no estaban, aquello que ya no existía, tenía que intervenir en mi presente no como una fotografía estática sino como una experiencia que me enseña a visualizar lo otro, al otro.
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“Y esto no es fácil porque el exilio endurece tus memorias, la necesidad de aferrarte te hace sectaria, dogmática”.
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–Las memorias y el olvido, temas centrales en nuestras vidas y temas centrales en el Chile de hoy.
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–Si, el olvido se construye tanto cuando una memoria se fija hasta hacerse estática como cuando se borra. Yo he tenido que trabajar mucho mis memorias. El libro Un día de octubre en Santiago fue fundamental en mi trabajo con la memoria, mi pelea contra una memoria rígida que podía quedarse pegada, porque buscaba responderme ¿a través de que afectos y que encuentros se puede seguir viviendo y no darle el gusto al torturador?
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“Es el primer relato de lo que sucedió ese cinco de octubre de 1974 cuando cae la casa en que vivíamos clandestinos y asesinan a Miguel Enríquez. Con estos apuntes y la pregunta a muchos exilados ¿dónde estabas tú ese día?, más el testimonio de una sobreviviente del centro de tortura de la calle José Domingo Cañas, voy reconstruyendo(me) la mecánica del torturador y de la sobreviviente. Mientras trabajaba, en Francia, en una tienda para ganarme la vida, fui escribiendo y escribiendo en un cuaderno y luego, esa materia viva de recuerdos, se convirtió en el libro.
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–¿Y qué te pasa cuando vas a Chile, cuando ves ese país que ya es otro, cuando ves el desafecto a “los retornados” y las bromas sobre “el exilio dorado” y tu no retorno, cuando te dicen “la francesita” como a mi “la mexicanita”, además así, en diminutivo?
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–Ya no tengo problema en decir “aquí no puedo vivir”, yo que he sobrevivido gracias al trabajo de la memoria, no puedo vivir en un país de la amnesia general. Soy chilena, de esas chilenas de la ruptura que produjo la dictadura. Tengo derecho a pensar y actuar como esa chilena aunque no esté viviendo en Chile.
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“Afuera puedo seguir trabajando las memorias, las mías y las de ese país y lo hago porque hay otros que me dan la posibilidad de hacerlo con mis documentales. Mientras más hablemos y digamos lo que pasó y lo que pasa ahora, más podremos librarnos de los traumas y construir otra democracia.
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“Como ciudadana del mundo lo miro todo con mis experiencias de chilena, porque el exilio me llevó a entender el mundo como un territorio que nos concierne a todas/os, me voy sintiendo ciudadana del mundo sin dejar de ser chilena, lo que sucede en el mundo me concierne y tengo el derecho y la necesidad de pensarlo, opinar, intervenir. Esta es una de las líneas de vida que pude sacar del dolor del exilio”.
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–Las mujeres en la cultura patriarcal vivimos de por si una especie de exilio de nosotras mismas, somos “lo otro”, sin memoria, sin historia, sin genealogía propia en una cultura hecha por y para otros. Los viajes son simbólicamente –y prácticamente hasta hace pocas décadas– asunto de hombres que les permite volver con mas autoridad, experiencia, enriquecidos por la aventura. Ellos tienen permiso social para romper y traspasar fronteras mientras la mujer espera en su lugar manteniendo el origen de ellos, el lugar a donde pueden volver.
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“Las que salimos exiliadas, castigadas por nuestra propia posición o detrás del marido, conocimos el feminismo afuera, o sea contactamos con los instrumentos para entendernos y para integrar la fragmentación de nuestras existencias cuando ya no podíamos contactar con nuestros orígenes concretos, con muchos de esos fragmentos. En este sentido siento que el exilio obliga a las mujeres a dobles o triples procesos y la carga con dobles o triples ausencias”.
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–Yo creo que el exilio fue más doloroso para nosotras, un sentimiento de retroceso hasta que nos encontramos con el feminismo.
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“Fueron mujeres las que a mi me ayudaron a encontrar una nueva manera de recordar, de vivir y pensar que no la teníamos antes. En ese sentido, su experiencia se ligó a mi historia. En los trabajos que he hecho posteriormente me doy cuenta que las mujeres procesamos dolores muy profundos que los hombres no logran contactar o expresar, por ejemplo durante el documental sobre la flaca Alejandra, me di cuenta que las mujeres encontraban las palabras del dolor para relacionar sus vivencias con su condición de mujer, la experiencia del exilio e incluso como se insertaron antes.
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“Por algo pongo en mis trabajos a las mujeres, también entrevisto a hombres pero no los pongo por que al editar los veo más abstractos, en mis películas son mujeres las que hacen la reflexión de los campos de concentración, del exilio. Ya en el exilio también veo una gran diferencia de vivir las relaciones.
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“Esa historia y reflexión nuestra hace falta también en Chile; cuando voy a Chile y presento mis trabajos veo la necesidad de la juventud de conocer esa otra parte de la historia, el cómo éramos, cómo vivíamos, qué sentíamos y allá mis trabajos circulan casi únicamente de mano en mano”.
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–La forma en que militábamos en los partidos ha sido reflexionada por el feminismo, también el modo específico en que se empleó la violencia de los torturadores hacia las mujeres. Lo que creo que no ha sido suficientemente reflexionado es el exilio de las mujeres como tal.
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–La violencia ha sido relatada, sí, pero no se si tanto la militancia. Yo he hablado mucho con mujeres ex combatientes chilenas, argentinas y uruguayas sobre, por ejemplo, nuestra relación con las armas. ¿era un símbolo de poder, una prolongación fálica o había en nuestro modo de tenerlas y usarlas algo particular? El feminismo nos obligó a reflexionar cosas como estas.
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–¿Y cual es la conclusión?
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–Yo no quiero idealizar porque la mujer torturadora fue la más cruel, desde el sin poder cuando accede al poder es peor que el hombre, pero también vimos que muchas de nosotras no vivíamos las armas como un símbolo de poder, nos relacionábamos con ellas como con algo indispensable para vivir, las despreciábamos como poder en sí… No eran un juguete para sentirnos poderosas.
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–Tu perteneces a una línea paterna de conocidos políticos chilenos y fuiste la compañera del máximo dirigente del MIR, que muere como se entiende un héroe: traicionado, combatiendo contra los esbirros de la dictadura. ¿Qué peso ha tenido esto en tu ser mujer?
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–Tuve un rechazo corporal a convertirme en la viuda de un héroe, primero porque mi relación con Miguel fue una historia de amor que nunca determinó mi rol social. Si la muerte no me había aplastado no podía permitir que me aplastara el amor.
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“A la militancia no me llevo un hombre sino el sentirme viva, por lo tanto mi plenitud para vivir, para combatir la muerte que traía como experiencia, no podía estar en relación a la imagen de un hombre aunque lo amara. Esto lo logré gracias al apoyo y la mirada de otras mujeres que me ayudaron a combatir al aparato, a la institución que te obliga a someterte a un cierto rol; mujeres que me decían “no te instales en algo que no eres tú” y eso fue muy difícil pero cuando dije “no”, nadie pudo obligarme a más nada”.
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–Tu eres fundamentalmente cineasta y has contado cómo tu trabajo te ayudo a procesar los dolores del exilio, pero ¿por qué elegiste el cine, qué tiene el cine que te resultó mejor instrumento de creación y de auto re-creación?
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–Primero porque le tengo un respeto paralizante a la escritura. Sólo he logrado escribir y publicar cuando ya no podía más, cuando ponerle palabras a los hechos era algo vital para superar el miedo. Ya te conté como escribí Un día de octubre en Santiago y luego el otro libro, Punto de fuga sale de lo que me produce mi primer retorno a Chile en el 87, la angustia de no reconocer nada, un relato sincero sobre lo que es enfrentar el desfase entre exilio y regreso en sólo 15 días que fue el tiempo del permiso de estadía que me dio la dictadura.
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“Lo de la Flaca Alejandra, era también un tema obsesivo para mí, por eso empiezo escribiendo, pero de pronto me doy cuenta que quiero filmar, con la escritura ya no podía mostrar lo que necesitaba, requería otros lenguajes. Me lancé con la inconsciencia de quien no sabe, pero a partir de ahí se creó un núcleo de complicidad entre mi creación y el cine.
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“La escritura requiere de una forma de soledad que no puedo. Es fácil quedarse pegada en el pasado, como una foto fija, y para quienes tenemos que mover el pasado y necesitamos una memoria en movimiento, del devenir –si no, te hundes, te aplastas– hay que poner la foto fija en movimiento para que te ayude a vivir. Hay que ponerle al relato más lenguajes, todos los que hablan dentro tuyo para seguir viviendo, para inventar, para seguir luchando”.
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–En este sentido ¿qué te pasó cuando hiciste el documental de la flaca Alejandra?
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–Llegué a hacer esa película después de un enorme trabajo con la memoria, en el pensamiento y en la emoción. Yo logro llegar con una emoción neutra, tratando que no salgan confusiones de culpabilidades ni perdones, con el objetivo de que el espectador decidiera.
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“Lo que ambas teníamos en común era la relación con la muerte y yo vengo a escuchar la otra parte de esa relación, vengo a tratar de que hable de su relación con el torturador; yo ya había trabajado mucho la situación de la tortura y sabía que en ese momento podía estar junto a ella sin juzgarla.
“Nos juntamos para hacer un trabajo y luego ella siguió su vida y yo la mía. Aunque logré mantener ese estado durante la edición, porque sabía bien lo que quería hacer, en ese período surgieron cosas fuertes, por ejemplo vuelve la muerte de mi niño, el duelo de mi hijo lo comencé durante ese trabajo. Nuevamente tuve el apoyo de quienes me decían “no te quedes pegada, vamos a seguirle mirando y trabajando”.
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“Después vino la polémica que despertó la película, lo que me gusta porque significa que hace pensar, hablar, recordar y tomar posición sobre hechos hasta ahora mudos; pero últimamente –en el contexto del juicio a Pinochet– la volví a ver y me conmocionó mucho, fue fuerte, muy fuerte para mi”.
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–Tu trabajo cinematográfico es fundamentalmente sobre y en Chile.
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–Sí, ya no puedo estar en Chile sólo por estar; no puedo ir sin un proyecto mío. Es como que para sentirme bien allá necesito estar releyendo, retrabajando a ese mi país. Mis trabajos son fundamentales para contactar con Chile, para estar allá.
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–Ultimamente has hecho películas sobre México.
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–Hice La verdadera leyenda del subcomandante Marcos porque pretendo que no surja una caricatura de lo que fuimos, me interesa mucho este nuevo invento de radicalidad del zapatismo que no se la dan las armas sino lo no negociable, aunque fue bien importante que estuvieran armados al comienzo.
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“También acabo de terminar El bolero, una educación amorosa, un viaje totalmente personal al bolero, a la música y a mis amigas de México, es mi bolero mexicano, esta tierra de la amistad, este territorio para mí, femenino.
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–¿Nuevos proyectos?
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–Tenemos un proyecto con Patricio Guzmán –el cineasta chileno– sobre Chile a partir del juicio a Pinochet, una reflexión sobre toda esta época. Son dos tipos de documentales. El haría el gran documental sobre el proceso, la jurisprudencia, la legislación etc. y yo haría un documental en tono menor donde trabajo con y sobre tres mujeres.
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–¿por qué sería “en tono menor”?
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– Bueno, porque no serían los grandes análisis, sino lo humano de la experimentación, la experiencia.
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–¿No será al revés, tu harías el tono mayor y él el marco para comprender eso?
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C.C. Bueno… tal vez tienes razón.
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* Periodista y escritora. El reportaje, originalmente publicado en La Jornada de México, se complementa con mayor información. Se lo encuentra aquí.

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Recuerdos de alegría y tragedia.Recuerdo la elección de Salvador Allende.

Recuerdos de alegría y tragedia

Periodista, escritor, diplomático, Pierre Kalfon es un gran conocedor de América Latina. En Argentina, fue director de la Alianza Francesa en los años ’60. Fue corresponsal de Le Monde en Chile de 1969 a 1973, durante todo el gobierno de la Unidad Popular, hasta su expulsión por la junta militar. Los dos textos que siguen son extractos de L’encre verte de Pablo Neruda, de próxima aparición en la editorial Terre de Brume.

Tarde de victoria

Recuerdo la elección de Salvador Allende.
El alegre frenesí que se había apoderado poco a poco de la multitud. Risas y abrazos en la calle con desconocidos que dejaban de ser desconocidos porque compartían el regocijo.
Ese 4 de septiembre de 1970, Santiago salía del invierno; la noche estaba por caer. Mucho tiempo se habían esperado los resultados de esas elecciones presidenciales, tan peleadas. Demasiado tiempo sin duda para la inquieta impaciencia de aquellos que acariciaban todavía la esperanza de una victoria de la izquierda y que vibraban del deseo de salir a gritar su alegría a las calles.
Al principio, había corrido un rumor inquietante. De los tres candidatos, el ganador era el de derechas. Los partidarios de Jorge Alessandri bajaban ya desde los barrios elegantes hacia el centro de la ciudad, blandiendo, socarronamente, banderas chilenas en las puertas de los autos, en medio de un concierto de bocinas. Y luego el rumor se desinfló, las estimaciones habían dado un vuelco. Los tocadores de bocinas, menos presumidos, habían vuelto a subir a sus opulentas casas al pie de la cordillera.
La gente esperó un poco más. Y súbitamente, fue como una marejada. ¡Allende salía primero! Salvador Allende, por la coalición de la Unión Popular. Socialistas, comunistas, radicales, cristianos de izquierda se habían unido frente a la derecha dividida. Esta vez había llegado la victoria. Seguían dudando, casi incrédulos. Sin embargo las cifras hablaban. Tal vez no fuera una victoria aplastante, ¿pero a quién le importaba? Con el 36% de los sufragios, el candidato de la izquierda aventajaba claramente al viejo conservador Alessandri y de lejos al demócrata cristiano Radomiro Tomic. Sin equívocos, se imponía Allende. El eterno vencido de las presidenciales, el mismo que después de tres fracasos ironizaba sarcástico sobre el epitafio que le otorgarían al morir: “Allende, candidato a la presidencia”, estaba ahora allí, desmintiendo a las Casandras.
La gente gritaba, saltaba: “¡El que no salta es momio!”. Se pellizcaba para asegurarse de que no estaba soñando. ¡Ah! qué magnífico era ese país, y qué maravillosos eran esos chilenos politizados hasta los huesos.
La noche había terminado de caer con el frío húmedo de septiembre. ¿Pero a quién le importaba? Desde los suburbios pobres del sur y el oeste de la capital, masas de gente afluían hacia la Alameda, el camino real de Santiago, vestidos con tejidos de colores, chales y ponchos. Mujeres, niños con las mejillas llenas y grandes ojos redondos, hombres secos y fibrosos de tez mate, con el pelo negro y lacio. Un clima festivo se desprendía de esa multitud pacífica y radiante. Para compensar una insignificante iluminación pública, también para calentarse, fuegos de artificio horadaban aquí y allá la bruma. De boca en boca se difundía la noticia: iba a hablar Allende.
Se había instalado un improvisado equipo de sonido en el primer piso del edificio de la Federación de los Estudiantes de Chile, la FECH, situada en el centro de la ciudad, frente a la colina Santa Lucía, punto de encuentro de todas las citas amorosas. Exaltado por la inefable delicia de saber que acababa de ganar por fin un combate entablado hacía treinta años, este médico de 62 años encontraba las palabras justas para saludar la victoria popular, agradecer a sus seguidores, alentar a los demás a unirse a la batalla por una mayor justicia social. A pesar de los obstáculos que iba a enfrentar, decía, Chile iba a cambiar de base. Y todo el mundo entendía que por fin iban a “dar vuelta la tortilla” y que los relegados de la prosperidad económica iban a poder participar, en alguna medida, en el festín nacional.
“Dulce patria…” Cantaban el himno chileno, aplaudían, estaban exultantes y en la alegría del momento surgía la clásica trivialidad del Chile de la gente feliz: “¡Viva Chile, mierda!”.

La carrera a las embajadas

Recuerdo la carrera a las embajadas.
El golpe del 11 de septiembre, el golpe de Estado de Pinochet, había provocado un movimiento de pánico en la izquierda, de júbilo en la derecha, de alivio vagamente intranquilo entre los demócrata cristianos.
Hacía meses que el gobierno de la Unión Popular había agitado la amenaza de un golpe de Estado. ¿Lo creía realmente? Los comunistas no dejaban de proclamar la legitimidad del ejército, pese a un intento frustrado de golpe tres meses antes. Toda la apuesta del gobierno de Allende había consistido en utilizar únicamente los recursos de la legalidad burguesa para conducir al país hacia un régimen socialista, sin recurrir a los fusiles, sin armar al pueblo. Allí estaba su originalidad. Esta hipótesis pacífica nunca había sido prevista por Marx. De modo que cuando vino el vendaval y el Palacio de la Moneda fue bombardeado, el conjunto de la izquierda chilena se encontró ampliamente desprevenido y la tragedia fue total. Fue un sálvese quien pueda generalizado. Corrimos a las embajadas. Cosa no tan fácil.
En el río Mapocho, en el corazón de Santiago, los cadáveres de los que habían sido fusilados por la noche se convertían en un espectáculo corriente. Desde arriba de los muelles, a lo largo de los ríos, los peatones silenciosos, aterrados, los miraban flotar a la deriva. Las indagaciones y las detenciones se habían multiplicado. Las cabezas de los principales dirigentes de la Unión Popular tenían precio. El poeta Pablo Neruda se había dejado morir en su casa saqueada de Santiago. Muy rápidamente, el campo de concentración del inmenso Estadio Nacional se había llenado de hombres y mujeres, casi estupefactos de encontrarse allí. Un sociólogo argentino, de nombre irlandés, había sido apresado en la clínica donde su mujer acababa de dar a luz. Estaba elegantemente vestido y lo que se le reprochaba era bastante leve como para que lo soltaran después de haberlo olvidado tres días, sentado sobre un banquito. Él me contó que había visto, pegadas en la pared en varias columnas, las listas de las personas de izquierda buscadas, donde se especificaba la afiliación política precisa de cada una. Existía incluso una columna de “extranjeros”, donde, según me dijo, tenía yo el honor de figurar en segundo lugar. Los servicios de inteligencia militares no habían perdido el tiempo bajo la administración de Allende.
Precisamente mi calidad de periodista extranjero, sumada a la de profesor enviado por el gobierno francés, me había valido una avalancha de pedidos de auxilio: amigos y desconocidos, amigos de amigos, todos en situación de emergencia. Los chilenos de izquierda no eran los únicos en peligro. Muchos latinoamericanos se encontraban en la trampa. Brasileños, bolivianos, uruguayos, habían venido a buscar refugio en Chile, huyendo de la represión en sus respectivos países. Frente a ellos no tenían otra cosa que las ametralladoras del ejército. ¿Adónde ir?
Con mi mujer improvisamos como pudimos una red de asistencia inmediata, llamando a los diplomáticos que conocíamos, a los franceses dispuestos a ayudar. Con Véronique D., una enviada especial de la AFP llamada como refuerzo, con Jacques d’A, un colega de Valparaíso, y con muchos otros, confeccionamos la lista de las embajadas amigas y la de las embajadas “malditas”. En la primera se destacaban las de México, Argentina, Suecia (gracias a un hombre extraordinario, Harald Edelstam) y la embajada de Francia, bajo la dirección del embajador Pierre de Menthon. Por el contrario, las de los países del Este, de la URSS, Alemania Federal, Holanda, se destacaban por su mala voluntad y sus puertas cerradas. Se decía que un embajador había recurrido a los carabineros para desalojar a un buen hombre que pedía protección, encaramado a las ramas de un árbol de la residencia, con un pie todavía afuera.
Sin embargo, un domingo por la mañana Holanda dio un vuelco espectacular. Ese día, muy temprano, se presentó en mi casa un diplomático holandés a quien yo conocía. “Acabo de poner en el avión a mi embajador, quien me obligaba a decirle que no. En adelante el responsable soy yo. Mañana mismo alquilo una casa, compro colchones, contrato a una cocinera. Puede ubicar allí a quien quiera”. Tuve ganas de abrazarlo. Iba a poder salvar varias vidas. Por otra parte, no esperé al día siguiente. En mi lista de espera, tres parlamentarios comunistas estaban en riesgo inmediato. Los mandé enseguida a la casa amiga.
Muchas veces la dificultad no consistía tanto en conseguir una puerta abierta como en llegar físicamente a la susodicha puerta de embajada. Frente a cada representación diplomática, la Junta había dispuesto patrullas que filtraban las entradas. ¿Alguien parecía sospechoso? De inmediato lo esposaban, a veces alrededor de un árbol, en la vereda. El automóvil de la policía vendría a ocuparse de él. Pero siempre había argucias. A fuerza de observación, habíamos notado, por ejemplo, que el acceso a la embajada de Bélgica quedaba al fondo de un callejón, en el hermoso barrio de Providencia. Los carabineros debían dejar entonces su puesto en el momento del relevo para ir a esperar el furgón de los reemplazantes en la avenida. En ese intervalo de apenas unos minutos, podíamos acompañar, ante todo sin correr, a los aspirantes al exilio y asegurarnos de que efectivamente hubiesen traspuesto el umbral tan bien vigilado un momento antes.
Después llegó el tiempo en que los mismos que ubicaban a los refugiados en las embajadas debieron, a su vez, encontrar protección en ellas, abandonar el país. Los chilenos tuvieron que aprender a vivir con Pinochet, la represión, el toque de queda, el ultraliberalismo. Diecisiete largos años…
  1. Eduardo Carrasco y sus compañeros cantaban en la fiesta de L’Humanité los días 8 y 9 de septiembre de 1973. Quiso el azar que no tomaran el avión para Santiago, según estaba previsto…
  2. Antoine Acquaviva, Georges Fournial, Pierre Gilhodès y Jean Marcelin, Chili de l’Unité Populaire, Editions sociales, París, 1971.
  3. Rinascita, Roma, 28-9-1973; 5 y 12-10-1973.

Lecciones de una tragedia

Vidal, Dominique
Chile en el corazón. En Francia y fuera de ella, en los meses que siguieron al golpe del general Augusto Pinochet, no pasa un solo día sin que una manifestación, una concentración o un concierto del “milagrosamente a salvo” grupo Quilapayún1 haga oír la cólera del “pueblo de izquierda” europeo.
Esta ola de solidaridad responde a la barbarie de la soldadesca. Las noticias de Santiago son estremecedoras: decenas de miles de militantes confinados en el Estadio Nacional, los dedos del cantante Víctor Jara seccionados con un hacha (“¡A ver si tocas tu guitarra, ahora!”), los rumores de torturas y asesinatos en masa, la agonía de Pablo Neruda en su casa saqueada…
Pero la emoción proviene también del símbolo en que la Unión Popular se ha convertido para miles de ciudadanos europeos. Dos años antes de la victoria de Salvador Allende, en 1968, el ideal del socialismo despertó en el Viejo Continente dando –en Praga– un golpe de gracia a su caricatura del Este europeo. Algunos dedujeron de ello la necesidad de una revolución, otros prefirieron apostar a una “vía pacífica” cuyas premisas quisieron ver, en Francia, en la firma del programa común, en junio de 1972.
En 1973, comunistas y socialistas europeos ponen entonces sus propias esperanzas en el desafío chileno y los debates políticos de Santiago se imbrican con los suyos. “Si existe una lección válida para todos los países que deba desprenderse de la experiencia de Chile, ella es sin duda alguna la que condujo a esa concepción de la unidad de las fuerzas populares”, sintetiza, por ejemplo, un libro comunista publicado en esa época2.
Aquel 11 de septiembre por la mañana, el asalto a La Moneda parece aniquilar la idea misma de “vía pacífica” al socialismo. “Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor”: las últimas palabras de Allende, transmitidas por radio y televisión, conmueven aun más porque parecen remitir a un futuro lejano. De hecho, el recurso al ejército por parte de la alta burguesía, con el apoyo de Estados Unidos, dio cuenta de la Unión Popular en el poder.
Mientras el Partido Comunista francés procura eludir el golpe haciendo hincapié –repentinamente– en las diferencias entre Santiago y París, su homólogo italiano enfrenta el fondo del drama con una serie de tres artículos del secretario general Enrico Berlinguer3.
La autocrítica del dirigente transalpino concierne a la subestimación –fruto de la “distensión” entre la URSS y Estados Unidos– de la capacidad “del imperialismo y de las fuerzas reaccionarias de muchos países” para “frenar la lucha emancipadora de los pueblos”. Razón de más para tomar conciencia: “En Italia no puede llevarse a cabo una profunda transformación de la sociedad por la vía democrática (…) sino bajo la forma de una revolución de la gran mayoría de la población”. Las indispensables reformas estructurales exigen no sólo el consenso de las fuerzas de izquierda que alcanzarían el “51% de los votos”, sino también “la cooperación de las fuerzas populares de inspiración comunista y socialista con las fuerzas populares de inspiración cristiana”.
Treinta años después ¿habrá que arrojar al bebé, el famoso “compromiso histórico”, junto con el agua sucia de los chanchullos de aparato entre comunistas y demócrata cristianos a los que hace tiempo éste se ha reducido en Italia? El socialismo burocrático atraviesa sus últimos sobresaltos en el mundo, y no hay “minoría activa” que haya conseguido una revolución duradera. En cuanto a la “vía democrática”, ha quedado atascada en la arena de la socialdemocracia. Pero la verdadera pista, la sugerida por Enrico Berlinguer, no fue desbrozada en ninguna parte…
  1. Eduardo Carrasco y sus compañeros cantaban en la fiesta de L’Humanité los días 8 y 9 de septiembre de 1973. Quiso el azar que no tomaran el avión para Santiago, según estaba previsto…
  2. Antoine Acquaviva, Georges Fournial, Pierre Gilhodès y Jean Marcelin, Chili de l’Unité Populaire, Editions sociales, París, 1971.
  3. Rinascita, Roma, 28-9-1973; 5 y 12-10-1973.

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Recuerdos de alegría y tragedia

Periodista, escritor, diplomático, Pierre Kalfon es un gran conocedor de América Latina. En Argentina, fue director de la Alianza Francesa en los años ’60. Fue corresponsal de Le Monde en Chile de 1969 a 1973, durante todo el gobierno de la Unidad Popular, hasta su expulsión por la junta militar. Los dos textos que siguen son extractos de L’encre verte de Pablo Neruda, de próxima aparición en la editorial Terre de Brume.

Tarde de victoria

Recuerdo la elección de Salvador Allende.
El alegre frenesí que se había apoderado poco a poco de la multitud. Risas y abrazos en la calle con desconocidos que dejaban de ser desconocidos porque compartían el regocijo.
Ese 4 de septiembre de 1970, Santiago salía del invierno; la noche estaba por caer. Mucho tiempo se habían esperado los resultados de esas elecciones presidenciales, tan peleadas. Demasiado tiempo sin duda para la inquieta impaciencia de aquellos que acariciaban todavía la esperanza de una victoria de la izquierda y que vibraban del deseo de salir a gritar su alegría a las calles.
Al principio, había corrido un rumor inquietante. De los tres candidatos, el ganador era el de derechas. Los partidarios de Jorge Alessandri bajaban ya desde los barrios elegantes hacia el centro de la ciudad, blandiendo, socarronamente, banderas chilenas en las puertas de los autos, en medio de un concierto de bocinas. Y luego el rumor se desinfló, las estimaciones habían dado un vuelco. Los tocadores de bocinas, menos presumidos, habían vuelto a subir a sus opulentas casas al pie de la cordillera.
La gente esperó un poco más. Y súbitamente, fue como una marejada. ¡Allende salía primero! Salvador Allende, por la coalición de la Unión Popular. Socialistas, comunistas, radicales, cristianos de izquierda se habían unido frente a la derecha dividida. Esta vez había llegado la victoria. Seguían dudando, casi incrédulos. Sin embargo las cifras hablaban. Tal vez no fuera una victoria aplastante, ¿pero a quién le importaba? Con el 36% de los sufragios, el candidato de la izquierda aventajaba claramente al viejo conservador Alessandri y de lejos al demócrata cristiano Radomiro Tomic. Sin equívocos, se imponía Allende. El eterno vencido de las presidenciales, el mismo que después de tres fracasos ironizaba sarcástico sobre el epitafio que le otorgarían al morir: “Allende, candidato a la presidencia”, estaba ahora allí, desmintiendo a las Casandras.
La gente gritaba, saltaba: “¡El que no salta es momio!”. Se pellizcaba para asegurarse de que no estaba soñando. ¡Ah! qué magnífico era ese país, y qué maravillosos eran esos chilenos politizados hasta los huesos.
La noche había terminado de caer con el frío húmedo de septiembre. ¿Pero a quién le importaba? Desde los suburbios pobres del sur y el oeste de la capital, masas de gente afluían hacia la Alameda, el camino real de Santiago, vestidos con tejidos de colores, chales y ponchos. Mujeres, niños con las mejillas llenas y grandes ojos redondos, hombres secos y fibrosos de tez mate, con el pelo negro y lacio. Un clima festivo se desprendía de esa multitud pacífica y radiante. Para compensar una insignificante iluminación pública, también para calentarse, fuegos de artificio horadaban aquí y allá la bruma. De boca en boca se difundía la noticia: iba a hablar Allende.
Se había instalado un improvisado equipo de sonido en el primer piso del edificio de la Federación de los Estudiantes de Chile, la FECH, situada en el centro de la ciudad, frente a la colina Santa Lucía, punto de encuentro de todas las citas amorosas. Exaltado por la inefable delicia de saber que acababa de ganar por fin un combate entablado hacía treinta años, este médico de 62 años encontraba las palabras justas para saludar la victoria popular, agradecer a sus seguidores, alentar a los demás a unirse a la batalla por una mayor justicia social. A pesar de los obstáculos que iba a enfrentar, decía, Chile iba a cambiar de base. Y todo el mundo entendía que por fin iban a “dar vuelta la tortilla” y que los relegados de la prosperidad económica iban a poder participar, en alguna medida, en el festín nacional.
“Dulce patria…” Cantaban el himno chileno, aplaudían, estaban exultantes y en la alegría del momento surgía la clásica trivialidad del Chile de la gente feliz: “¡Viva Chile, mierda!”.

La carrera a las embajadas

Recuerdo la carrera a las embajadas.
El golpe del 11 de septiembre, el golpe de Estado de Pinochet, había provocado un movimiento de pánico en la izquierda, de júbilo en la derecha, de alivio vagamente intranquilo entre los demócrata cristianos.
Hacía meses que el gobierno de la Unión Popular había agitado la amenaza de un golpe de Estado. ¿Lo creía realmente? Los comunistas no dejaban de proclamar la legitimidad del ejército, pese a un intento frustrado de golpe tres meses antes. Toda la apuesta del gobierno de Allende había consistido en utilizar únicamente los recursos de la legalidad burguesa para conducir al país hacia un régimen socialista, sin recurrir a los fusiles, sin armar al pueblo. Allí estaba su originalidad. Esta hipótesis pacífica nunca había sido prevista por Marx. De modo que cuando vino el vendaval y el Palacio de la Moneda fue bombardeado, el conjunto de la izquierda chilena se encontró ampliamente desprevenido y la tragedia fue total. Fue un sálvese quien pueda generalizado. Corrimos a las embajadas. Cosa no tan fácil.
En el río Mapocho, en el corazón de Santiago, los cadáveres de los que habían sido fusilados por la noche se convertían en un espectáculo corriente. Desde arriba de los muelles, a lo largo de los ríos, los peatones silenciosos, aterrados, los miraban flotar a la deriva. Las indagaciones y las detenciones se habían multiplicado. Las cabezas de los principales dirigentes de la Unión Popular tenían precio. El poeta Pablo Neruda se había dejado morir en su casa saqueada de Santiago. Muy rápidamente, el campo de concentración del inmenso Estadio Nacional se había llenado de hombres y mujeres, casi estupefactos de encontrarse allí. Un sociólogo argentino, de nombre irlandés, había sido apresado en la clínica donde su mujer acababa de dar a luz. Estaba elegantemente vestido y lo que se le reprochaba era bastante leve como para que lo soltaran después de haberlo olvidado tres días, sentado sobre un banquito. Él me contó que había visto, pegadas en la pared en varias columnas, las listas de las personas de izquierda buscadas, donde se especificaba la afiliación política precisa de cada una. Existía incluso una columna de “extranjeros”, donde, según me dijo, tenía yo el honor de figurar en segundo lugar. Los servicios de inteligencia militares no habían perdido el tiempo bajo la administración de Allende.
Precisamente mi calidad de periodista extranjero, sumada a la de profesor enviado por el gobierno francés, me había valido una avalancha de pedidos de auxilio: amigos y desconocidos, amigos de amigos, todos en situación de emergencia. Los chilenos de izquierda no eran los únicos en peligro. Muchos latinoamericanos se encontraban en la trampa. Brasileños, bolivianos, uruguayos, habían venido a buscar refugio en Chile, huyendo de la represión en sus respectivos países. Frente a ellos no tenían otra cosa que las ametralladoras del ejército. ¿Adónde ir?
Con mi mujer improvisamos como pudimos una red de asistencia inmediata, llamando a los diplomáticos que conocíamos, a los franceses dispuestos a ayudar. Con Véronique D., una enviada especial de la AFP llamada como refuerzo, con Jacques d’A, un colega de Valparaíso, y con muchos otros, confeccionamos la lista de las embajadas amigas y la de las embajadas “malditas”. En la primera se destacaban las de México, Argentina, Suecia (gracias a un hombre extraordinario, Harald Edelstam) y la embajada de Francia, bajo la dirección del embajador Pierre de Menthon. Por el contrario, las de los países del Este, de la URSS, Alemania Federal, Holanda, se destacaban por su mala voluntad y sus puertas cerradas. Se decía que un embajador había recurrido a los carabineros para desalojar a un buen hombre que pedía protección, encaramado a las ramas de un árbol de la residencia, con un pie todavía afuera.
Sin embargo, un domingo por la mañana Holanda dio un vuelco espectacular. Ese día, muy temprano, se presentó en mi casa un diplomático holandés a quien yo conocía. “Acabo de poner en el avión a mi embajador, quien me obligaba a decirle que no. En adelante el responsable soy yo. Mañana mismo alquilo una casa, compro colchones, contrato a una cocinera. Puede ubicar allí a quien quiera”. Tuve ganas de abrazarlo. Iba a poder salvar varias vidas. Por otra parte, no esperé al día siguiente. En mi lista de espera, tres parlamentarios comunistas estaban en riesgo inmediato. Los mandé enseguida a la casa amiga.
Muchas veces la dificultad no consistía tanto en conseguir una puerta abierta como en llegar físicamente a la susodicha puerta de embajada. Frente a cada representación diplomática, la Junta había dispuesto patrullas que filtraban las entradas. ¿Alguien parecía sospechoso? De inmediato lo esposaban, a veces alrededor de un árbol, en la vereda. El automóvil de la policía vendría a ocuparse de él. Pero siempre había argucias. A fuerza de observación, habíamos notado, por ejemplo, que el acceso a la embajada de Bélgica quedaba al fondo de un callejón, en el hermoso barrio de Providencia. Los carabineros debían dejar entonces su puesto en el momento del relevo para ir a esperar el furgón de los reemplazantes en la avenida. En ese intervalo de apenas unos minutos, podíamos acompañar, ante todo sin correr, a los aspirantes al exilio y asegurarnos de que efectivamente hubiesen traspuesto el umbral tan bien vigilado un momento antes.
Después llegó el tiempo en que los mismos que ubicaban a los refugiados en las embajadas debieron, a su vez, encontrar protección en ellas, abandonar el país. Los chilenos tuvieron que aprender a vivir con Pinochet, la represión, el toque de queda, el ultraliberalismo. Diecisiete largos años…
  1. Eduardo Carrasco y sus compañeros cantaban en la fiesta de L’Humanité los días 8 y 9 de septiembre de 1973. Quiso el azar que no tomaran el avión para Santiago, según estaba previsto…
  2. Antoine Acquaviva, Georges Fournial, Pierre Gilhodès y Jean Marcelin, Chili de l’Unité Populaire, Editions sociales, París, 1971.
  3. Rinascita, Roma, 28-9-1973; 5 y 12-10-1973.

Lecciones de una tragedia

Vidal, Dominique
Chile en el corazón. En Francia y fuera de ella, en los meses que siguieron al golpe del general Augusto Pinochet, no pasa un solo día sin que una manifestación, una concentración o un concierto del “milagrosamente a salvo” grupo Quilapayún1 haga oír la cólera del “pueblo de izquierda” europeo.
Esta ola de solidaridad responde a la barbarie de la soldadesca. Las noticias de Santiago son estremecedoras: decenas de miles de militantes confinados en el Estadio Nacional, los dedos del cantante Víctor Jara seccionados con un hacha (“¡A ver si tocas tu guitarra, ahora!”), los rumores de torturas y asesinatos en masa, la agonía de Pablo Neruda en su casa saqueada…
Pero la emoción proviene también del símbolo en que la Unión Popular se ha convertido para miles de ciudadanos europeos. Dos años antes de la victoria de Salvador Allende, en 1968, el ideal del socialismo despertó en el Viejo Continente dando –en Praga– un golpe de gracia a su caricatura del Este europeo. Algunos dedujeron de ello la necesidad de una revolución, otros prefirieron apostar a una “vía pacífica” cuyas premisas quisieron ver, en Francia, en la firma del programa común, en junio de 1972.
En 1973, comunistas y socialistas europeos ponen entonces sus propias esperanzas en el desafío chileno y los debates políticos de Santiago se imbrican con los suyos. “Si existe una lección válida para todos los países que deba desprenderse de la experiencia de Chile, ella es sin duda alguna la que condujo a esa concepción de la unidad de las fuerzas populares”, sintetiza, por ejemplo, un libro comunista publicado en esa época2.
Aquel 11 de septiembre por la mañana, el asalto a La Moneda parece aniquilar la idea misma de “vía pacífica” al socialismo. “Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor”: las últimas palabras de Allende, transmitidas por radio y televisión, conmueven aun más porque parecen remitir a un futuro lejano. De hecho, el recurso al ejército por parte de la alta burguesía, con el apoyo de Estados Unidos, dio cuenta de la Unión Popular en el poder.
Mientras el Partido Comunista francés procura eludir el golpe haciendo hincapié –repentinamente– en las diferencias entre Santiago y París, su homólogo italiano enfrenta el fondo del drama con una serie de tres artículos del secretario general Enrico Berlinguer3.
La autocrítica del dirigente transalpino concierne a la subestimación –fruto de la “distensión” entre la URSS y Estados Unidos– de la capacidad “del imperialismo y de las fuerzas reaccionarias de muchos países” para “frenar la lucha emancipadora de los pueblos”. Razón de más para tomar conciencia: “En Italia no puede llevarse a cabo una profunda transformación de la sociedad por la vía democrática (…) sino bajo la forma de una revolución de la gran mayoría de la población”. Las indispensables reformas estructurales exigen no sólo el consenso de las fuerzas de izquierda que alcanzarían el “51% de los votos”, sino también “la cooperación de las fuerzas populares de inspiración comunista y socialista con las fuerzas populares de inspiración cristiana”.
Treinta años después ¿habrá que arrojar al bebé, el famoso “compromiso histórico”, junto con el agua sucia de los chanchullos de aparato entre comunistas y demócrata cristianos a los que hace tiempo éste se ha reducido en Italia? El socialismo burocrático atraviesa sus últimos sobresaltos en el mundo, y no hay “minoría activa” que haya conseguido una revolución duradera. En cuanto a la “vía democrática”, ha quedado atascada en la arena de la socialdemocracia. Pero la verdadera pista, la sugerida por Enrico Berlinguer, no fue desbrozada en ninguna parte…
  1. Eduardo Carrasco y sus compañeros cantaban en la fiesta de L’Humanité los días 8 y 9 de septiembre de 1973. Quiso el azar que no tomaran el avión para Santiago, según estaba previsto…
  2. Antoine Acquaviva, Georges Fournial, Pierre Gilhodès y Jean Marcelin, Chili de l’Unité Populaire, Editions sociales, París, 1971.
  3. Rinascita, Roma, 28-9-1973; 5 y 12-10-1973.

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