"Cuando yo era niña…" (texto)

sábado 26 de marzo de 2011

“Cuando yo era niña…” (texto)

Cuando yo era niña viví en el kibutz Mishmar Haemeck, en Israel. Era 1974, yo tenía entonces nueve años y venía recién llegando de Chile, estrenando mi exilio infantil en la Tierra Prometida (y que al año siguiente se trasladó a España). Mis tíos/as y primos/as de entonces (luego nacieron varios más) también estaban allí, así que esa primera etapa del exilio la vivimos juntos, lo cual fue un bálsamo para la dura y compleja situación en que el golpe de estado en Chile nos había dejado. El kibutz es una comunidad, de origen agrícola y ganadero, que surgió en Israel a principios del siglo XX y que tuvo como inspiración las ideas socialistas del filósofo Martín Buber. Pero no es de kibutzim ni de exilios ni de política que yo quería hablarles. Simplemente contarles que cuando yo era niña viví en un kibutz en Israel. Y ese kibutz tenía de todo para que la comunidad viviera cómodamente: pequeños edificios, casas, un comedor común, un pequeño consultorio médico, un cine, piscina para los sofocantes días de verano, campos de cultivo (sobre todo naranjas y girasoles), un bosque en el que me encantaba jugar y perderme, un salón recreativo, una fábrica de artículos plásticos, un establo de vacas y caballos, una pequeña zapatería, largas naves de gallinas y pollos (desde donde mis primos y yo nos robábamos los huevos y los pollitos de puro traviesos que éramos) y un lugar llamado Merkaz Klitá (Centro de Absorción) donde vivíamos la primera etapa de nuestra aliá los extranjeros y que consistía en un pequeño barrio de pequeños edificios en los que residíamos los que aún no pasábamos a ser miembros del kibutz propiamente dichos. El verano de 1974 vivíamos en el Merkaz Klitá varias familias de todas las nacionalidades posibles: chilenos, argentinos, rusos, alemanes, norteamericanos, italianos, franceses, sudafricanos, etc. Pero tampoco les voy a contar mucho de esta experiencia porque me alargaría demasiado y no he llegado aún al punto al que quiero llegar.
Cuando yo era niña viví en un kibutz en Israel. Y los niños del Merkaz Klitá éramos eso, niños y niñas felices e inocentes, como debiera ser siempre la infancia. El kibutz tenía repartidos por varios lugares estratégicos refugios anti-bombardeos y uno de ellos estaba situado justo frente a mi casa. Algunos de estos refugios (antiguos como el kibutz) estaban ya tan integrados al lugar donde los habían construido que aparecían camuflados entre la maleza, las plantas trepadoras y el pasto (y, de hecho, una de mis entretenciones de niña era justamente jugar a descubrirlos y arreglármelas para entrar). Otro de esos refugios, situado a un lado del comedor común, había sido adaptado en su interior como pub y supongo que cumplía con ese objetivo (y digo “supongo” porque como yo tenía nueve años obviamente nunca fui de noche). El refugio que estaba frente a mi casa se alzaba notorio y prominente sobre el pasto que circundaba el pequeño edificio donde yo vivía. Mis primos (y cuando digo “mis primos” me refiero a Claudia y a Gonzalo e incluyo a mi hermana Marcia, que con sus 6 años nos seguía a todas partes y se convertía en la cómplice expectante de nuestras travesuras) y yo lo usábamos para jugar. No se nos estaba permitido entrar, pero obviamente que la infancia no está hecha para hacer caso, y menos a los aburridos adultos del kibutz que se atrevían a prohibirnos algo, así que entrábamos igual. Abríamos la puerta blindada de arriba, bajábamos las oscuras escaleras, abríamos la enorme puerta blindada de abajo (que un día, jugando y por accidente, me arrancó la uña del dedo meñique de mi pie izquierdo) y entrábamos al refugio, que durante esos meses se convirtió en nuestro “club” privado. El interior, reducido y con olor a subterráneo, estaba amoblado con varias literas dispuestas de forma que aprovechaba el espacio lo mejor posible y una pequeña habitación contigua con una cama individual. Las literas tenían pequeños carteles y un día que me fijé en ellos me di cuenta de que eran los nombres de todos los niños del Merkaz Klitá, pero ninguno de nuestros padres. Comprendí de inmediato que en caso de bombardeo se consideraba que nuestros padres estarían trabajando y entraríamos al refugio acompañados de nuestras profesoras, pues nuestro pequeño colegio estaba dentro del Merkaz. No puedo negar que una pequeña angustia atravesó mi estómago en ese momento de súbita comprensión, pero niña e inconsulta como era ésta no duró mucho. Por fortuna, nunca vivimos un bombardeo mientras vivimos allí pues en aquellos días la situación en Oriente Medio, pese a ser el amenazante polvorín que siempre ha sido, en aquel entonces vivía una tregua indefinida que más temprano que tarde se rompería (pues tratándose de batallas y de guerras, nunca ocurren tarde o nunca como uno/a desearía)
Mis primos y yo, como les contaba, usábamos el refugio como nuestro “club” particular. Recuerdo una vez que nos quedamos encerrados los cuatro primos (algún “simpático” niño nos cerró la puerta y nos dejó dentro) y cuando quisimos escapar por el respiradero (lo suficientemente grande para nuestros pequeños cuerpos de infante), descubrimos que en él se encontraba descansando una gigantesca araña peluda de largas y escalofriantes patas negras, lo cual, obviamente, nos obligó a la medida desesperada correspondiente: gritar como condenados hasta que un adulto nos abrió la puerta y nos dejó salir. Recuerdo otra ocasión en que mis primos y yo nos robamos un huevo de pato de una jaula que había en alguna parte del kibutz (el pato era la mascota regalona de alguien y fue la víctima inocente de nuestro expolio). Mis primos y yo decidimos empollar ese huevo y, de esa manera, ser testigos del nacimiento del patito que obviamente debía salir de allí. Lo llevamos al refugio, lo pusimos sobre un cojín y lo iluminamos con una bombilla. Los días pasaron e insistíamos en nuestro “tratamiento”. Pasaron otros pocos días y comenzamos a impacientarnos hasta que un día mi primo Gonzalo lo agitó un poquito (sonaba como cascabel amortiguado) y lo arrojó enojado contra la pared. El huevo se rompió y por el muro comenzó a descender una pasta verdosa que emitía un olor putrefacto. Mis primos y yo abandonamos el refugio en desbandada huyendo del mal olor. Sobra decir que no volvimos al “club” en varios días…
En fin, quiero aclarar que este retazo de mi vida no tiene ninguna intención política ni histórica. Simplemente hace unos meses vi, como todos/as, las imágenes por televisión de los niños palestinos corriendo a los refugios y de los niños israelíes corriendo a los suyos. Y obviamente que mi mente no ha podido evitar hacer la conexión con mis vivencias infantiles y mi experiencia personal con los refugios anti-bombardeos. Una cosa está más que clara y seguro estarán de acuerdo conmigo: debo agradecer mi infinita y benevolente fortuna…
Santiago, Marzo de 2011

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